LOS SERES DEL AGUA

¿Qué se ha desbordado?

Agua a borbotones me inunda la mirada. La presa no está derrumbada, solamente abierta.

¿Qué es eso que flota, a trompicones, en  la corriente?

No lo distingo, yo también estoy mojándome. Me tocan, esos seres del torrente me tocan. Y entre ellos, más que tocarse, chocan.

¿Qué sois?, pregunto mientras seco mi mirada.

¿Qué queréis?, sugiero ante su silencio.

De repente observo como se enmaraña todo más. Otro reguero de agua parece chocar con el primero, o tal vez sean esos mismos seres que van remontando el primigenio torrente.¿Cómo explicar esa conducta asalmonada?

Permanezco quieto, salvo en la mirada. Cada vez el estupor aumenta, pues  los seres del agua no parecen conocerse de nada: sólo nadan.

De nuevo alguno se agarra a mí, sin mirarme, sin decirme nada. Sólo se mantiene un segundo junto a mí y vuelve al torrente para revolverse entre los demás.

Y el torrente no para, la presa no se cierra. Y esos seres, los hay a miles, tampoco paran: el agua les arrastra.

Yo me mantengo, a duras penas, en mi posición; quieto. El agua me moja por entero, pero no me anega. No como a los seres, los cuales se ahogan unos junto a otros.

De repente veo una figura humana a lo lejos. Me está llamando, me está mirando aunque yo no la oigo.

Sigo viendo la gesticulante silueta, sigo sintiendo la mirada, pero sigo sin oír lo que grita: solo escucho el escándalo del agua.

La figura también está quieta sobre una pequeña colina igual que la mía, medio inundada.

Se trata, sin duda, de una figura humana, aunque yo no distingo ni raza ni sexo. Parece gritarme algo pero sus gritos se ahogan en el torrente, como esos extraños seres. Por unos instantes creo entender sus voces  articulando algún tipo de saludo.

Decido contestar a la figura con otro saludo: ¡Hola! Parece oírme porque deja de gesticular  y se queda mirándome.

Ahora puedo verla mejor, es una mujer.

¿Estás sola?, le grito.

Su cabeza contesta que sí. Su boca articula algo que mi oído no percibe.

Qué extraño, ella sí me oye.

Decido seguir indagando. ¿Qué está pasando?, le grito. Y su gesto me contesta ignorancia plena.

Al momento empieza a excitarse dando saltos y, como si estuviera llamando a alguien, parece gritar hacia lo lejos, a su izquierda, a mi derecha.

Me llama con un brazo mientras que con el otro señala a lo lejos, hacia sus gritos.

¿Ves algo?, pregunto.

Su cabeza me dice que sí.

Mi mirada sigue su brazo extendido y, efectivamente, descubro algo a lo lejos que flota en el torrente. Es, no sé, ¿una especie de barco?

La mujer me sigue mirando mientras el objeto flotante se acerca rápidamente.

¿Qué es?, pregunto.

Ella me contesta algo, pero sigo sin oírla, por lo que vuelvo a mirar concentrando mi mirada al máximo.

¿Es un barco?

Su cabeza me dice que sí.

El objeto se va acercando, efectivamente, se trata de una especie de barco.

Sobre él veo varios humanos gritando. Casi no les oigo, pero parecen sugerirme algo urgente. Por fin les entiendo, “¡tírate al agua!”, me gritan desde el barco.

Mi mirada timorata les contesta que no puedo hacerlo, están los seres, está el agua brava…

“¡Tírate y te recogeremos!, ahí morirás.”

Y tienen razón, el agua ya casi me tapa y me arrastra, cada vez me arrastra más.

Sin pensarlo más tiempo salto decidido al torrente. Siento manotazos de los seres, mientras observo el barco y mi barbilla entra y sale del agua. Frente a mí veo arrimarse un brazo, haciendo las veces de cabo, que me ofrece su ayuda.

Aprovecho un momento de calma del agua para agarrarme al generoso brazo y subir a bordo. Ya estoy a salvo.

Sentado en la borda doy gracias a mis salvadores. Ellos me contestan que no tiene importancia, “entre nosotros tenemos que ayudarnos” dicen sin apartar la mirada del torrente.

Nos vamos alejando rápidamente de la zona. Entonces vuelvo a ver a la mujer de antes que gesticula despavorida.

Maldita sea, me había olvidado de ella. ¿Cómo había ocurrido? Ella gritaba pero nadie podía oírla.

Insto a mis compañeros a que volvamos a rescatarla pero dicen que es imposible, las corrientes mandan.

Veo como se desespera su mirada. Cada vez estamos más lejos de ella y yo no puedo hacer nada.

Sé que ella nos oye, así que le digo que no podemos rescatarla.

Su gesto se tranquiliza, resignado, mientras el agua ya casi la cubre.

Le grito que lo siento, que no puedo hacer otra cosa. Ella no me contesta, está tan triste, está tan sola, está tan abandonada…

En un espontáneo gesto, lleno de gallardía, me lanzo al agua, entre todos aquellos seres, y empiezo a nadar contra corriente hacia la pequeña porción de tierra mojada en donde ya casi flota  mi amiga desconocida.

Los seres me agarran, tratan de cogerme, pero yo logro sortearlos con destreza.

Los gritos de incredulidad procedentes del barco golpean mi nuca, cada vez más débiles, hasta que desaparece el susurro sin que yo me haya ni si quiera girado.

Por fin llego junto a ella, por fin descanso mis aturdidos músculos.

El rostro de la mujer, al verme, expresa todo su asombro y toda su ternura y agradecimiento.

Me ofrece su mano. La tomo. Le pregunto que qué tal está. Ella afirma con la cabeza.

Al principio me sorprende no oír su voz. Únicamente percibo sonidos guturales que parecen darme las gracias por lo que he hecho, por no dejarla allí sola, tirada, como seguro hicieron otros antes.

Y fue entonces cuando aprendí, mientras nuestros cuerpos flotaban unidos por las manos, arrastrados por el torrente y entre todos aquellos seres del agua; que, afortunadamente, no todos somos iguales.

 

 

 

 

 

 

Una respuesta to “LOS SERES DEL AGUA”

  1. Calor humano en las frías aguas…

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