¿BLANCO Y EN BOTELLA?

Recuerdo perfectamente esa noche, no podré olvidarla jamás. Ahora sé que las cosas más inverosímiles pueden ocurrir de verdad, creeré incluso a alguien que me diga que ha llegado tarde al trabajo porque se pinchó una rueda del metro y tardaron en cambiarla.

            Hasta el día en que tuvo lugar el asombroso hecho que voy a narrarte a continuación, yo era una persona totalmente descreída en las casualidades de la vida, en la mala o buena suerte, en el destino y en todo aquello que no lo pudiera provocar uno mismo con su propia actuación. Pero desde entonces he aprendido que a veces las situaciones desbordan a las personas que las viven, y que estas personas no tenemos sino que apechugar con las consecuencias de algo que no hemos provocado, pero que inevitablemente nos está sucediendo.

            Voy  a contarte ya a lo que me estoy refiriendo, y luego juzga tú mismo si es o no conveniente preocuparse por las cosas o si es mejor dejarse llevar y que los acontecimientos se precipiten, porque poco o nada puedes hacer para cambiarlos.

            El día del que te estoy hablando había sido un día rutinario como otro cualquiera. Era ya de noche cuando me dirigía hacia mi casa después de tomar unas copichuelas por ahí. Serían cerca de las dos de la madrugada, y la calle estaba prácticamente vacía. No faltarían más de diez minutos para llegar a mi casa, cuando me fijé en un tipo que estaba sacando pasta de un cajero automático situado en la calle, en la fachada del banco. Estaba de espaldas, pero pude ver que se trataba de mi a migo Paco, un buen chaval que conozco desde el colegio y al que hacía ya casi un año que no veía. Recordé en ese momento  que en el colegio siempre estábamos gastándonos bromas, por lo que decidí acercarme a saludarle, y hacerlo de la manera como lo hubiese hecho entonces: gastándole una pequeña broma.

            Resolví acercarme sigilosamente hacia él, para pegarle un pequeño susto, antes de que se diera cuenta de que se trataba de mí, su viejo coleguilla. Por ello me acerqué con cautela hacia él, que continuaba trasteando con el cajero automático. Cuando me hube situado justo detrás de él, casi no podía contener la risa de pensar en la cara que pondría al verme. Mi idea era hacerme pasar por un atracador, para asustarle un poco y luego reírme con él por el sustillo que acababa de darle. Menudo pazguato que soy, en qué hora se me ocurrió a mí hacerme el graciosillo.

            Me situé justo detrás de él, y precisamente en el momento en que estaba retirando el dinero en efectivo, le agarré por detrás. Con la mano izquierda le tapé la boca, mientras que con la derecha le oprimí la espalda simulando tener una pistola.

            -¡No te muevas o te pego un tiro! – le susurré al oído.

         Ummhmhmm… –dijo él.

         Dame ahora mismo toda la pasta, y vuelve a meter la tarjeta o te mato. –  le insistí yo casi sin poder aguantar ya la risa.

         Ummhmmhm. – volvió a contestar.

         Voy a soltarte, pero como hagas algo raro te dejo seco, ¿de acuerdo?

         Tranquilo, ahora saco el dinero, tranquilo. –dijo él con voz timorata.

 

Y justo cuando iba a decirle que era yo, su antiguo amigo Alberto, va el tío y me pega un codazo terrible en el estómago, se da la vuelta y me golpea en la cabeza con tanta fuerza que me dejó inconsciente.

            El siguiente recuerdo que tengo es ya en comisaría.

                        -Valla, por fin despierta Blancanieves. ¿Qué tal ese chichón?- me preguntó un policía desde el otro lado de la reja.

                        ¿-Pero dónde estoy? –dije yo aturdido.

         Estas en el hotel Palace, no te jode el tío –rió el policía.

         Pero oiga, en serio. ¿Estoy en la cárcel?

         No amigo, todavía no, pero tranquilo, ten paciencia, que todo se andará.

         Debe tratarse de un error, ¿qué ha pasado? ¡Yo no he hecho nada¡- grito mi impotencia.

         Eso tendrá que decidirlo el juez.

         ¿Pero de qué se me acusa? – preguntó mi incredulidad.

         Ahora mismo vas a saberlo, en cuanto te tomemos declaración. Acompáñame –dijo el policía abriendo la puerta de la celda.

 

Subimos unas escaleras que daban a un pasillo, al final del cual había un  cuarto en donde me instaron a que tomara asiento. Frente a mí se situó otro policía, tras un ordenador.

 

            -Vamos a ver, ¿son correctos estos datos?. –preguntó el agente mientras empezó a decir mi nombre, dirección y demás.

            -Si, si, pero todavía no entiendo por qué estoy aquí.

            -Vaya con Blancanieves, a dormido tanto que ya se ha olvidado del atraco. –dijo el policía que me sacó de la jaula.

            -Blancanieves no era la que durmió tanto, esa era “la bella durmiente”, que no te enteras.

         ¡Anda y que le den dos duros a las dos! –contestó el otro claramente contrariado.

         Perdonen, pero quisiera saber de qué se me acusa.

         A ver, se le acusa de intento de atraco con intimidación.

 

Fue entonces cuando recordé lo del cajero y mi buen amigo Paco. Me apresuré a aclarar la cosa.

                        -Creo que ha habido una terrible confusión. No he atracado a nadie, sólo se trataba de una broma que quería gastar a un viejo amigo. Lo que pasa es que no me dio tiempo a que le explicará, porque creyó que yo era un atracador de verdad y me dio un golpe. Si hablan con él verán que somos amigos.

                        -¿De qué amigo está hablando?. A usted le pillaron in fraganti mientras atracaba, señor mío. Es usted tan tonto que atracó a un agente de policía fuera de servicio.

                        -¿A un agente de…?. ¿Francisco es policía?

                        -¿Qué Francisco ni qué niño muerto? Usted atracó al sargento Peláez, que le redujo y le condujo hasta aquí.

                        -¿Sargento? –exclamé boquiabierto.

                        -¡Sargento! –gritó el policía.

 

                        Acto seguido apareció por la puerta un tipo alto y fortachón, como mi amigo Francisco, con su mismo corte de pelo, pero que no era mi amigo.

 

                        -Vaya hombre, por fin has despertado. Ya se te acabó el cachondeo, ¿eh?. Hacía ya meses que te estábamos buscando, y tú eres tan capullo de venir a entregarte como aquel que dice, menudo imbécil, ja, ja. – rió el tal Peláez junto al resto de los policías.

                        -¿Pero de qué están hablando, por el amor de Dios? – Yo soy Alberto García, trabajo de Auxiliar Administrativo y en mi vida he cometido un delito.

                        -Dirás que en tu vida te habíamos pillado. Eres bueno, aunque has tenido mala suerte, muy mala suerte.

         Pasará usted el resto del día en el calabozo, a la espera de la rueda de acusados a la que será sometido. Pesan sobre usted cinco denuncias por atraco.

         ¿Atraco? Pero si yo no he hecho nada, le repito que era todo una broma.- dije yo levantándome, lo cual fue interpretado como un acto de insubordinación.

         Cómo te gaste yo una broma a lo mejor tienes que pasarte dos meses en el hospital  y no riéndote precisamente – amenazó Peláez zarandeando su porra.

         Tranquilo, Sargento –inquirió el hombre de detrás de la mesa.

         Es que esta gentuza me saca de quicio, si me dejaran a mí pronto se iban a acabar los rateros como este.

 

     Intenté explicarles que yo era inocente, que en mi vida había hecho daño a nadie, que preguntaran a mis conocidos. Pero todo esto no sirvió de nada, lo único que estaba claro es que yo acababa de atracar a un policía, y eso era irrefutable.

            Pasó casi un día hasta que me sometieron a la rueda de acusados. Me situaron junto a tres tipos más, dos de los cuales eran policías. No hacía falta ser ningún lince para darse cuenta que yo era el acusado, ya que los otros tres estaban perfectamente vestidos y arreglados, con el pelo perfectamente peinado, mientras yo aparecía frente al cristal con una pinta demacrada que dejaba entrever que había estado toda la noche metido en una celda. Además tenía la señal de una herida en la frente. No cabía duda de que quien quiera que estuviese detrás de la opaca pecera me acusaría enseguida.  Me hicieron mirar de frente, sin moverme. Al momento me hicieron cambiar de sitio con los otros, y quedarme otra vez quieto. Al minuto estaba de nuevo en la celda.

 

                        Al día siguiente pude salir en libertad  , bajo una fuerte fianza que me dejó sin un duro en el banco, y a la espera de juicio. Se me había acusado de seis atracos, realizados todos ese mismo fin de semana. Los denunciantes me habían reconocido como el autor material de los mismos.  No tenía ninguna coartada factible, pues a las horas en las que se produjeron los atracos yo estaba ya durmiendo, y como vivo sólo, nadie puede atestiguar que fuera así. Hay que joderse, me habían confundido con un ratero, igual que yo confundí a mi amigo Francisco. En qué hora conocí a este tío. Le he visto tres veces en los últimos cinco años, y me lo tengo que “encontrar” precisamente esa noche, y gastarle encima la estúpida bromita.

            A las dos semanas se celebró el juicio. El juez me declaró culpable casi antes de preguntarme el nombre. Mi abogado de oficio, supongo que si tendría el título de abogado, pero de oficio no sé que sería, seguramente camarero o algo así, porque no me sirvió absolutamente de nada. “Soy tu abogado, te vas a declarar culpable, así conseguiremos que se reduzca la pena lo máximo posible. No hay nada que hacer en tu defensa… ¡atracaste a un policía, en el nombre de Dios¡. Gente como tu hace que la profesión de abogado resulte innecesaria. Yo voy a cobrar lo mismo por este que por otro caso, pero a veces es conveniente buscar algo de estímulo. Atracar a un policía, en mi vida había visto semejante cosa.” Esto fue lo único que me dijo. Ni siquiera me saludó en el juicio. Se limitó a reírse, junto al fiscal, el juez y todo el que allí estaba cuando yo me puse a declarar y conté lo de mi amigo Francisco. Según iba relatando mi versión de los hechos, la verdad absoluta, más me daba cuenta de que no había por donde agarrar mi historia, y de que era realmente algo para partirse de risa, aunque maldita la gracia que me hacía a mí.

            En el juicio también pude comprobar atónito como todos los denunciantes no dudaban en señalarme a mí como el tío que les había atracado precisamente cuando estaban sacando dinero del cajero. Resulta que el tipo que les atracó dijo básicamente lo mismo que yo al maldito Peláez, y parece ser que se parecía a mí, y como encima el lugar del delito era bastante oscuro, pues eso, que todos los gatos son pardos, y un tío de metro setenta y siete, moreno y de complexión normal puede pasar perfectamente por un gato pardo, que era el tipo de gato que habían denunciado las víctimas del atraco. Estaba frito, ya sólo me quedaba  asumir mi culpa y cumplir la pena que me impusiera el casi desternillado juez.

            Me condenaron a pasar dos años en prisión. Con un poco de suerte, conseguiría el régimen abierto en el primer año.

            Hace ya cuatro meses que cumplo condena. Aquí dentro hay una fauna que no puedes ni imaginarte. Violadores, asesinos, rateros, navajeros… delincuentes de todo tipo, vamos. Y entre ellos me encuentro yo, que lo máximo que he hecho es meter unos cuantos bollos más de los que indica en la etiqueta en la bolsa de los bollos a granel del Alcampo. Si lo sé hubiera delinquido alguna vez, pues el resultado hubiera sido el mismo que estoy viviendo ahora. Si pudiera volver atrás en el tiempo, robaría siempre los bollos que he comprado en las gasolineras, que te cuestan un “huevo” y además están siempre duros. Me iría sin pagar de algún bar en el que te han puesto una comida horrible, o una bebida de botellón. Si lo llegó a saber antes, le hubiera partido la cara al cerdo de Santiago, un amigo que me quitó la novia de forma rastrera. Debería haberle hecho comer el Walkman al tío ese de la tienda que me lo vendió jodido y que me hizo el lío con la garantía para no descambiármelo.

     Si sé que iba a acabar de todas formas en la cárcel, porque ahora creo en el destino, me hubiera puesto a insultar al alcalde de mi ciudad, por las veces que he tenido que pagar multas de aparcamiento debido a que él me ha dejado sin un sitio en el que aparcar el coche. Si lo sé, le hubiera partido la cara al capullo de mi vecino de arriba, que siempre pone la música a toda pastilla, y hasta las tantas. Si hubiera sabido esto hubiera ido un día a mi Banco con un bidón de gasolina y lo hubiera quemado enterito, a lo “kale borroka” por ser tan usureros y robarme tanto dinero en intereses sobre créditos que necesito sencillamente para vivir. Si lo sé hubiera ido un día a La Moncloa a armarle una bronca al Aznar ese por permitir que tanta gente vivamos de forma precaria.

            Pero mira que ir a parar a la trena por el motivo que yo lo he hecho. Es para tirarse de los pelos. Por supuesto que a mis compañeros de presidio no les he dicho nada del motivo real de mi ingreso en prisión, pues seguramente me iban a fastidiar bastante al descubrir que yo era un “primavera” de mucho cuidado.

            No sé lo que haré cuando salga dentro de unos meses. No sé si ir en busca de mi amigo Francisco y partirle la cara, por el lío en que me ha metido. Pero, en honor a la verdad, qué culpa tiene él de todo esto.

            Lo único que he aprendido de todo este lamentable suceso es que no voy a volver a dudar jamás de lo que me diga la gente, por muy increíble que parezca lo que me estén contando..

            Una vez conocí en un pub a un borrachín que me relató una historia de esas para no dormir. Empezó a relatarme el caso de una pareja de novios de lo más curioso. Resulta que eran un chico y una chica que vivían juntos desde hacía unos años. Lo relevante de la historia es que hace unos años, antes de conocerse mutuamente, Héctor, que así se llama el hombre, respondía al nombre de Emilia, mientras que María, que así se llama ella, era Eduardo. El borrachín me contó que a Emilia le habían gustado de siempre las chicas, pero no en plan de lesbiana, sino siendo ella un hombre, pues ella por dentro se sentía hombre. A Eduardo le ocurría lo mismo, sólo que al revés, desde niño había sido amanerado y su sueño era poder convertirse en mujer, para así sentirse realizado y poder conocer a un hombre con el que compartir su vida amorosa. Así pues que los dos decidieron operarse en el momento en que juntaron el dinero para la operación de cambio de sexo.

            Y hete aquí que Emilia pasó a ser Héctor, y Eduardo pasó a ser María. Y fue al año de estar operados cuando se conocieron tomando  copas en un pub. Héctor se sintió enseguida atraído por María pues veía en ella a la mujer que siempre hacía soñado, mientras que a María le ocurrió tres cuartos de lo mismo con él. Así que se enamoraron y se enrollaron ese mismo día. Desde entonces llevan ya un par de años viviendo juntos, y son tremendamente felices. Ninguno de los dos conoce el pasado del otro. Así que, recapitulando, resulta que lo que todos ven como un tío es una “tía en realidad” y lo que es una tía es un “tío de nacimiento”. Y resulta además que al que era antes una tía lo que le gustan son las tías, pero está en realidad enrollado con un tío, con el antiguo Eduardo. Y a lo que era un tío, lo que le gustan son los tíos, y está liado en realidad con una tía, la antigua Emilia.

                        Me costó varias horas comprender todo el lío este que me contó el borrachín, y cuando por fin lo hube entendido no le creí en absoluto. El me dijo que era cierto, que se lo había dicho un amigo suyo médico que se dedica a las operaciones de cambio de sexo, y había conocido casualmente la paradójica situación.

            Ahora sé que la historia puede ser verdad, pues he aprendido una moraleja que le iría bien a nuestra existencia, tras analizar mi caso personal y el que me contó el borrachín del Púb. : la vida es un puto lió a veces. No es leche todo lo “blanco y en botella”, puede tratarse de Mangaroca.

                     

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