EL GAS DELATOR

                                                                                                                   CESAR BAKKEN

  

EL GAS DELATOR

  

     El día acababa de despertar, y con él la vida en la gran ciudad. Los primeros coches comenzaban a aparecer por las calles, y los bares y quioscos empezaban a abrir sus cierres. En un pequeño bar del madrileño distrito de Arganzuela el día ya había comenzado, pues así lo indicaba el ruido de la máquina tragaperras, que se había convertido desde años ha en una especie de gallo urbano dentro de ese bar.

     -Es una costumbre como otra cualquiera,  cada uno tiene sus manías –dijo  Jenaro a Amadeo, el camarero que le estaba sirviendo el primer carajillo de la mañana..

      -Di que sí, qué coño, que el que no lo hace es porque no puede-  le contestó el otro desde el otro lado de la barra.       -Y es que donde estén un buen par de hostias pegadas a tiempo que se quite cualquier cosa. Lo malo es cuando se convierte ya en rutinario, eso es lo complicado. Cuando llegas ya a ese punto todo parece que se va a la mierda, te sientes como atrapado en una vida que no es la que te gustaría estar viviendo. Menos mal que llegados a ese punto siempre puedes apoyarte en los hijos, que para algo los hemos traído  a este jodido mundo, ¿no?.         Si, amigo, eso pensaba yo también pero llega un día en que los cabrones crecen y se largan de casa. Eso es inevitable y cuando llegamos a ese punto ¿qué hacemos entonces?. Pues te lo digo yo: jodernos y quedarnos con cara de gilipollas. – dijo Amadeo mientras servía el segundo carajillo a su amigo.         Eso es lo que estoy temiendo ahora. Siento que me voy a quedar sólo. Miro a mi familia y ya no encuentro en ella el apoyo y la motivación de antaño. Recuerdo que antes de casarme  todo era de color de rosa.  – dijo Jenaro bebiendo de un trago su segundo carajillo-  Nunca olvidaré nuestro primer día en el Parque del Retiro, recién llegados del pueblo. Fuimos a la zona esa del lago, cuando el sol se estaba poniendo. Era primavera, lo sé porque Margarita es alérgica y ese día estaba estornudando cosa linda. Íbamos a casarnos al mes siguiente, en el pueblo, pero estábamos ya aquí trabajando y amueblando nuestro piso. Joder, eso si eran buenos tiempos. Cada vez que paso por el Parque me acuerdo. Fue allí donde la pegué mi primera buena hostia. En Madrid quiero decir, porque las palizas del pueblo no cuentan. Que cierto es eso de que la vida de la capital no tiene nada que ver a la del pueblo.         El pueblo es  para los paletos – sentenció Amadeo.         Si, aunque menudas palizas que le daba mi padre a mi madre, joder, el abuelo Zacarías siempre decía que no sabe de donde había sacado mi padre ese nervio, pues él siempre tenía que tirar de correa, así era de debilucho. El caso es que lo que te estaba diciendo, que cuando le pegas una buena hostia a tu mujer y ella te pide perdón por haberte llenado la mano de mocos, eso es imborrable. A veces lo hablamos  y nos dan ganas de volver al mismo banco de entonces y volver a hostiarla allí.          Coño, ¿y por qué no lo hacéis? Revivir viejos tiempos siempre es bueno – Exclamó el camarero sirviendo el tercer carajillo de la mañana.         Pues porque ya no tenemos veinte años, hombre. Ya no  es lo mismo, ahora le pegas a  la parienta un par de hostias mientras ves la tele y te quedas tan a gusto.         Eso es conformismo, que nos hemos vuelto muy cómodos, qué coño.         Claro, pero no puedes hacer nada para remediarlo, ya es tarde. Y lo que te decía antes, que también te cansas de pegar siempre a la misma mujer. Me lo decía siempre mi abuelo y yo no le creía, porque a mi abuela si que le pegaba buenas tundas. Y aún así siempre me decía: “Jenarito, recuerda que tu mujer siempre te acabará aburriendo por lo que procura formar una buena familia y buscarte también un par de amantes”. Y me soltaba una hostia de las buenas. Joder, todavía me emociono al recordarlo.         Pero los tiempos cambian, ¿a que sí?, ¿A qué tú ahora le pegas a tus hijos dos días seguidos y empiezan a quejarse?         ¡Calla dos días¡ Que si les pego una hostia un martes tengo que esperar hasta la semana siguiente por lo menos, que si no empiezan las caras largas. Así no hay quien esté. Menuda mierda, cuando me termino la botella de Dyc y comprendo que no puedo hostiar a nadie a gusto me entran ganas de estrellármela en la cabeza. Menos mal que Margarita siempre está ahí para que le de un par de hostias y para echar un polvo, que si no creo que me volvería loco. Aunque ya no es como antes. Recuerdo como antes de que tuviéramos hijos  alguna vez la rompía un brazo de una paliza, y como si nada, ella me la seguía meneando con la otra mano cada vez que a mí me daba la gana. Eso era una mujer, y no como ahora, coño; que si la pegas un martes tienes que esperar hasta el lunes por lo menos para volver a hostiarla. ¡y eso no es vida¡         ¿Y por qué no pruebas con las putas, como hacíamos antes?         Calla, que ahora las muy putas se defienden. Desde que una me hecho un spray de esos defensivos no he vuelto a intentarlo. Además, qué coño, que es muy triste comprobar que a una simple puta le pegas mejores palizas que a tu señora.         También tienes razón, haber si vamos a estar todos locos.- dijo Amadeo sirviendo el cuarto carajillo.         Para ya, que hoy tengo que conducir, no me jodas. Luego por la tarde me lo tomo.         Venga hombre, ¿me vas a hacer el desprecio?         Bueno, todo sea por los amigos.         ¿Y cómo es que tienes que conducir hoy?         Porque hay huelga de autobuses. La madre que los parió, siempre están igual.         A todos esos de las huelgas les ponía yo en fila ante un paredón de fusilamiento, ya verías como cuando hubieran caído unos cuantos los demás desconvocaban la jodida huelga.         Tú si que sabes, qué coño, ponme una copa de ginebra, vamos a brindar por lo que has dicho. Tras beberse de un trago la copa caliente de Larios, Amadeo se fue medio tambaleándose a su trabajo. Llegó algo tarde, pues aparcar en Madrid es misión casi imposible. Trabaja de mecánico en un taller. Es una verdadera eminencia en lo relativo a  coches. Pero no le saques de ahí y del fútbol, porque del resto de los componentes de la vida -, o sea, de casi todo – no tiene ni la más remota idea.     Mientras él estaba dándole a la llave inglesa y a los botellines que junto a sus dos compañeros traen constantemente del bar de al lado, en su casa su mujer acababa de levantarse y estaba viendo la televisión mientras planchaba algo de ropa. Margarita, que así se llama la señora, tiene la costumbre de realizar las tareas de la casa con la televisión encendida (las dos, la del salón y la de la cocina). Suele ver los programas para “marujas” que emiten por las mañanas. El que estaba viendo ese día era el sempiterno de María  Teresa Campos. En el momento en que estaba planchado los calzoncillos de su marido, empezó en la televisión un debate sobre el maltrato a las mujeres. Salieron en pantalla cinco señoras con gafas de sol que daban testimonio de los malos tratos a los que habían sido sometidas durante años por parte de sus parejas sentimentales. Margarita no pudo evitar componer una sonrisa amarga al contemplar su amoratado ojo en el reflejo de la puerta del comedor. “Yo si que podría hablar toda la mañana sobre este asunto –pensó compungida”. Llevaba veintidós años casada con Jenaro. Ya de novios la pegaba, por lo que sumando también este periodo  eran treinta años los que se había pasado recibiendo mandobles de su marido. Ella tenía cuarenta y cinco, por lo que recapitulando se había pasado dos tercios de su vida recibiendo hostias como el que recibe correo bancario, o sea, casi a diario. Según iban pasando los testimonios, más vueltas le daba ella al asunto, preguntándose que cómo podía ser tan estúpida de aguantar ese tipo de vida. El caso es que su  madre ya recibía palizas de su padre, y la madre de ésta lo mismo de su abuelo. Lo tenía asumido desde pequeña y lo encontraba como algo normal, había aprendido que eso era la vida en pareja y que el amor de su marido tenía estos “altibajos”, pero que él la quería mucho.     Y en estas cábalas estaba, junto a la Campos, cuando apareció el soñoliento cuerpo de su hijo.        -Ya estás viendo las tonterías esas – dijo con tono de reproche.         Hoy es muy interesante, mira.         Coño, podrías llamar tú y pegarles una buena charla – dio el hijo al ver el tema sobre el que versaba el debate – seguro que podrías enseñarlas a cómo encajar bien los golpes.         Tú también podrías llamar, ¿eh? – contestó Margarita con aire  contrariado.         A mi me queda muy poco tiempo de estar aquí, tú vas a ser la que no podrá ponerse nunca un bikini por los moratones.         Cállate, qué sabrás tú.          Yo sólo sé que alguien que se dedica a pegar a su mujer y a sus hijos constantemente es un hijo de puta. Eso es precisamente lo que es papa.         Qué sabrás tú. Tu padre nos quiere mucho, lo que pasa es que cuando bebe pierde un poco el control y  a veces…         ¿A veces?. Joder, yo diría que siempre está borracho.         Bueno, vamos a dejar el tema que siempre hablamos de lo mismo. Hoy es, además, el día del padre, así que habrá que comprar algún regalo.         Si, no te jode, ¡una botella de güisqui y un látigo¡, -sentenció el chaval.      Margarita siguió viendo a la Campos según planchaba, mientras que Carlos se fue a la cocina a desayunar.  Permaneció muy atenta a lo que decían las mujeres del debate, y por primera vez en su vida sintió que ya no quería seguir viviendo de esa forma. Y así se lo hizo saber a su hijo.           ¿Y qué quieres que hagamos? – le preguntó el chaval.         No lo sé, pero ya no pienso aguantar que tu padre me ponga la mano encima.         Ahora cuando venga por la tarde, medio borracho, se lo explicas, ya verás la somanta de hostias que te pega…         Tenemos que hacer algo.         Tu vida gira en torno a él, si te divorcias no tendrás nada. ¿Dónde va a trabajar una mujer de tu edad y sin formación?         Eso es lo único que me ha mantenido atado a él durante estos años, eso y vosotros.         Si, pero desde que Paco se casó y sabes que yo me  largo dentro de bien poco, te estás pensando qué vas a hacer sola, ¿no?. Es normal, desde que se fue Paco tocamos a más hostias cada uno de los dos, ¿te has dado cuenta?.         Pues a mí no me va a pegar ninguna vez más. Si quieres podemos terminar hoy mismo con esto.      A las ocho de la tarde llegó a casa , como siempre , Jenaro. Tras saludar brevemente a su mujer  y quitarse el mono del taller, se bajó al bar, como todos los días.  “No comas mucho en el bar, que hoy tengo una cena especial , que es el día del padre, cariño – dijo ella.” “  A mí me importa tres cojones el día del padre, tú ten lista la cena como siempre y no hagas experimentos raros, a ver si vamos a tenerla también hoy”.     A las diez, como siempre, Jenaro ya estaba sentado en la mesa del comedor, viendo lo que estuvieran echando a esa hora por  televisión y  completamente borracho. Elvira empezó a servir la cena. Había hecho unas gachas de pitos, que le gustan mucho a su marido, aunque esta vez  aderezadas con un condimento especial, insípido, incoloro e inoloro: matarratas. Jenaro, ávido de esa hambruna típica del borracho, devoró literalmente la cazuela de gachas, sin saborearlas ni  percatarse de que tanto su mujer como  su hijo no  las probaron. Al terminar se tiró su típico eructo y, dejando la mesa tal como estaba, se fue al sofá para ver la televisión. “Tú, -ordenó a su hijo como hacía siempre – tráeme la jodida copa,¿no ves que ya estoy sentado?” . Carlos le trajo la copa de güisqui como hacía siempre, extrañado de que su padre no diera muestras de encontrarse mal. “¿Pusiste todo el bote?” “Sí, no entiendo como no le hace efecto”. Efectivamente, Jenaro estaba tomando su copa igual que todos los días, sin atisbarse en él ningún rasgo de envenenamiento.  Sería tal vez el alcohol ingerido lo  que hacía de antídoto ante el veneno puesto por su mujer en la cena. No obstante un bote entero de matarratas no es ninguna tontería, por lo que a la media hora de estar sentado en el sofá  Jenaro empezó a encontrarse indispuesto. “Creo que he cenado demasiado – dijo llevándose la mano al vientre con gesto dolorido – o a saber la mierda que le has echado a esto, seguro que estarían caducadas las putas gachas”. “Tómate la copa y a ver si te encuentras mejor – aconsejó la mujer”.   Jenaro intentó darle un nuevo trago a la copa, pero acabó tirándola al suelo, del fuerte dolor que sintió en el estómago. “ Ah, -exclamó retorciéndose junto a la copa rota- me encuentro fatal. Llama a una ambulancia, me siento morir, no es broma.” “Llámala tú, cerdo – exclamó el hijo” “No puedo ni moverme – balbuceó él, congestionado”. “A lo mejor te ha sentado mal esto – dijo la mujer mostrándole el paquete de matarratas”  La mirada de Jenaro se congestionó aún más y pareció decir algún tipo de iracundo insulto, pues su boca ya no podía articular palabra alguna. Y de esta manera, mirando con odio y asombro a su mujer, murió tirado en el suelo.     El plan les había salido perfecto, ahora tan sólo tenían que deshacerse del cuerpo para que no les inculparan y denunciar la desaparición de su marido, por lo que Margarita tendría derecho a cobrar una pensión vitalicia igual que la de viudedad. La forma que habían acordado deshacerse del cuerpo era infalible, aunque les demoraría casi una semana: se lo iban a comer poco a poco.     Al día siguiente del asesinato denunciaron la desaparición de Jenaro. Nadie recordaba haberle visto el día anterior, salvo el dueño del bar que aseguró que , como siempre, estuvo allí hasta las diez. A partir de esa hora nadie más había visto al hombre , pues nadie se fija en lo que hace un alcohólico todos los días.     Amaro, el camarero, fue el único que declaró ante la policía que Jenaro nunca se hubiera marchado sin decírselo a él. “Mi hermano, es como mi hermano – decía constantemente el camarero claramente embriagado”. Margarita y  Carlos mostraron su asombro ante los agentes, exclamando que el día de la desaparición Jenaro había bajado al bar después de cambiarse pero que no había vuelto luego. Acordaron dejar pasar una semana, tras la cual, si no había señales del hombre, se lo daría oficialmente por desaparecido.  Y así pasó la semana entera, llegando el lunes, día en el que por fin desapareció Jenaro por completo, tras el sonido de la cisterna.     Tanto la viuda como su hijo estaban felices, pues todo había salido conforme habían planeado y ahora podrían vivir por fin tranquilos. Pero no habían contado con los peritos de la compañía de seguros que debía hacer frente al pago de la pensión, los cuales sospechaban que se trataba de algún tipo de  fraude para cobrar. Se pusieron a investigar a la familia. Tanto a la mujer como al chico  no les preocupaba la investigación que pudieran llevar a cabo, pues el cuerpo había desaparecido y no podían acusarles de nada.     Les citaron a los dos para comparecer ante la compañía de seguros y arreglar los papeles de la pensión. Acudieron puntuales a la cita, pero hete aquí que lo que parecía a priori un encuentro rutinario se convirtió en el día en el que se descubrió el delito. La cita era a las doce de la mañana en las oficinas de la mutua. Ya nada más levantarse tanto Margarita como su hijo notaron cierto malestar corporal, algo parecido a una hinchazón interna provocada por una mala digestión o por los gases. No obstante, no lograban expulsar ningún gas. Acudieron puntuales a la cita y fue en el despacho de uno de los peritos cuando ocurrió lo inexplicable.  Estaban firmando los documentos cuando Carlos no pudo reprimir un eructo en el cual se podía oír claramente la palabra : “!cabrones¡”.  Tanto el perito como ellos dos se quedaron asombrados de lo ocurrido. “Lo siento – dijo extrañado el chaval” Pero al instante de eso fue la madre quien no pudo contener una ventosidad, la cual sonó con un claro “Hijos de puta” (aunque con sonido de pedo,  extremadamente grave y gutural, como la voz que se le pone siempre al diablo en las películas) El perito empezó a pedir explicaciones ante lo sucedido, pero los más sorprendidos eran Carlos y Margarita, los cuales se miraban asombrados ante lo que estaba sucediendo. Y la incontenible necesidad de eructar y ventosear  se apoderó de ellos. Se tapaban la boca y permanecían cerrilmente sentados, apretando el culo. Pero todo era inútil, los gases salían inconteniblemente, cada vez más rápidamente : “Me han matado ellos” “Son unos asesinos, me envenenaron “ “Cabrones, vais a pagar por lo que hicisteis”, … y así continuaron un sin fin más de frases que inculpaban claramente a los dos en la desaparición de Jenaro.       Rápidamente la oficina se llenó de personas , que contemplaban atónitos lo que estaba sucediendo, sin dar crédito. Se trataba de Jenaro, quien en forma de pedo y eructo estaba denunciando su propio asesinato. En un momento dado exclamó en un pedo que :”Hasta que no confeséis no os libraréis de mi”. Y así fue como los dos confesaron su crimen, pues no podían soportar la desesperación de estar eructando y tirándose pedos delatores constantemente. Por supuesto que no trascendió la forma en la que se habían visto obligados a confesar su crimen, pues ¿cómo se iba a explicar a la opinión pública que habían sido víctimas de “el gas delator”?    

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2 comentarios to “EL GAS DELATOR”

  1. GONZALO Says:

    ESTAN BUENOS TUS CUENTOS, ALGO MACABROS, PERO ENTRETENIDOS, A VER SI LOS PUBLICAS EN PAPEL, SALUDOS

  2. cuéntameuncuento Says:

    Molan los cuentos, sí. Me gusta mucho cómo vas introduciendo en la escena a quien los lee, sin que apenas se percate. Maestro!

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