EL REY DE LAS FILAS

  Tomás ha sido siempre un ciudadano normal y corriente, es decir: trabaja, vive en un pequeño apartamento con su mujer y sus dos hijos, ve el fútbol por televisión y se toma unas cañas de vez en cuando al salir del trabajo. No se mete con nadie y nadie suele meterse con él. Puedo decir, sin ninguna duda, que Tomás no es precisamente “carne de biografía” para ningún editor ambicioso.             No obstante, para mí si es algo más que un ciudadano estándar, pues hace cinco años que nos conocemos y hemos establecido algo que podría muy bien ser una relación de amistad.  Además, como quiera que mi profesión es, precisamente, la de editor, para mí Tomás no es  un mero ciudadano, ya que tiene una cualidad especial, innata, hasta prodigiosa podría decirse, que le hace apetecible como sujeto novelesco: es el rey de las filas.            Toda la vida de Tomás gira en torno a esperas, filas, colas, hileras, ristras, sartas, cadenas, recuas, alineaciones…; en definitiva, Tomás vive en un continuo estado de espera. Toda su vida se la pasa haciendo cola. Esta cualidad puede parecer insignificante a primera vista, pues todos los urbanitas tenemos que hacer filas en muchas ocasiones. Lo extraordinario del caso de mi amigo es que él las hace siempre, y digo siempre. Y hace todas las posibles, y digo todas. Os lo voy a especificar:            Tomás nació en el seno de una humilde familia manchega, a mediados de los cincuenta. Es el quinto de cinco hermanos. Aquí tenemos la primera de las esperas que tuvo que afrontar mi amigo. Ni que decir tiene que al ser el pequeño de la casa y, lógicamente, vástago no deseado, su infancia hogareña es un cúmulo de colas: siempre era el último que accedía al baño, era el último en ser servido en la mesa y el último en ser consultado para todos los asuntos. El vestuario que llevó hasta el día de su boda fue siempre el que iban desechando sus hermanos, por lo que siempre tuvo  que esperar para ponerse esta o aquella prenda. Fuera del hogar también empezó desde la maternidad a guardar filas. Fue el último niño en nacer, pues su madre fue la última parturienta atendida ese día.  En sus primeros días, también era el último niño al que atendían las comadronas, al ser su apellido Zamora, pues éstas situaban a los niños por orden alfabético. Este hecho del apellido le ha supuesto infinidad de esperas a lo largo de su vida, pues siempre tenía que ser el último en todo: el último en sentarse en la clase, el último en salir de la clase, el último en recibir las notas del curso, el último al pasar lista, el último en las agendas telefónicas, el último en recibir la nómina…            En cualquier caso lo del apellido, aunque significativo, no es sino una jugarreta del destino de la cual Tomás no tiene ninguna culpa.  Lo que sí se le puede atribuir son infinidad de circunstancias en las que si cabe hablar de “talento”. Estos hechos son, por ejemplo, que mi amigo fue el último de su pandilla en perder la virginidad, y lo hizo, además, con una de esas chicas ninfómanas que se cepillan a todos los del barrio. Esta chica solía acostarse hasta con seis chicos en el mismo día, ni que decir tiene que Tomás fue el sexto de uno de esos días tan promiscuos.  Y con su primera y única novia, actual esposa, también tuvo que hacer fila.  Cuando la conoció, ella salía con otro chico, por lo que Tomás tuvo que esperar hasta que cortara con él para intentar cortejarla. El caso es que en esto se tiró casi cinco años, y no es que su actual mujer durara ese tiempo con aquel novio, sino que cada vez que cambiaba de chico, Tomás no se enteraba y tenía que volver a esperar. Hasta siete novios tuvo su actual mujer, el octavo de una fila de ocho ha sido él para ella.            En su trabajo también ha aprovechado su talento, pues es el ordenanza de una empresa constructora. Su labor consiste en recorrer infinidad de organismos oficiales, notarías y negocios, atendiendo las demandas de sus jefes. Innumerables son las colas que ha tenido que esperar en la seguridad social, en correos, en las notarías, bancos, etc. Y eso durante todos sus días laborables. Y, por supuesto, como para ir a estos lugares tiene que usar el transporte público, pues también son innumerables las filas que ha tenido que hacer para subir a este o aquel autobús, o a este o aquel vagón. Hasta ciento cuatro colas llegó a acumular  un día de máxima inspiración. Fueron estas (se computa un día entero desde las doce de la noche, a las doce del día siguiente):Fue en último en acostarse, pues fue el último de su familia en  poder entrar a lavarse los dientes. Esa noche hizo el amor con su mujer, y, como siempre, ella tuvo el orgasmo y se durmió antes que él. (van tres).  Por la mañana fue el último en levantarse, tuvo que esperar a que todos se asearan para hacerlo él y a que todos se untaran la mantequilla en las tostadas para hacerlo él. (van seis). Al tener tan sólo dos copias de las llaves de casa, y como su mujer entra antes al trabajo, tuvo que esperar a que todos salieran para hacerlo él. Los vecinos de enfrente salieron al mismo tiempo, por lo que tuvo que esperar a que el ascensor les bajara a ellos primero, junto a sus dos hijos. Para comprar el periódico tuvo que esperar detrás de seis personas más. (van nueve). Cola en el autobús que le lleva a la estación de tren, cola en el estanco de la estación de tren, pues tenía que comprar el abono mensual, cola en los tornos, cola para subir por las escaleras mecánicas y cola para entrar al tren. (van catorce). Tuvo que esperar también para bajar del tren, para las escaleras de bajada , para los tornos de salida y para el autobús que le lleva al trabajo (van dieciocho).  Como es el encargado de coger el correo en la portería de la oficina, tuvo que esperar a que el conserje se lo entregara a tres personas antes. El ascensor también lleno por cuatro ocasiones (porque mientras esperaba el correo, la gente se iba acumulando en la puerta del mismo. Y van veinte).             Ya en la oficina, para entregar el correo al jefe, tuvo que esperar a que saliera un empleado que se estaba entrevistando con él.  En las siguientes ocho horas de trabajo, le fueron encargados diez asuntos, cada uno de los cuales era de ida y vuelta, por lo que  tuvo que esperar diez veces para bajar y diez para subir en ascensor (van cuarenta y una)  Tuvo que coger el metro diez veces y cinco el autobús (van setenta y una) .Por supuesto, en los diez sitios a los que fue tuvo que aguardar su turno. (van ochenta y una). A media mañana paró un momento a tomar un bocado en un bar y su bocadillo fue el último en salir de la cocina. También fue al baño, cuando estaba ocupado, claro. (Van ochenta y tres). Tras haber realizado su sexto encargo, se fue a comer al bar, con lo que sumó las dos colas del ascensor, la espera a que le dieran mesa, fue el último de los sentados en ser servido y el último en ser cobrado (van ochenta y siete)  Del trabajo a la puerta de casa, otras cinco esperas. Y una vez en casa, su mujer se estaba duchando, por lo que tuvo que aguardar para hacerlo él. (van noventa y tres). Después de cenar, tras ser el último en sentarse, en servirse y en levantarse, bajó a comprar tabaco al bar , tras esperar a que sus vecinos, y los cuñados de éstos, que habían venido de visita, descendieran en el ascensor. Tuvo que esperar a que el camarero atendiera a cinco clientes para que le diera cambio. En la máquina de tabaco, un tío con bigote estaba sacando un paquete y la máquina no le devolvía el cambio, por lo que tuvo que esperar cinco minutos hasta que el camarero la abriera para solucionar el problema. Por supuesto a él también se le tragó el cambio la máquina, por lo que tuvo que esperar a que el camarero volviera a abrirla ( van cien) Subió a casa, de nuevo el segundo en el ascensor tras su vecina Gertrudis y sus cinco caniches, y  tuvo que esperar a que sus hijos acabaran de ver una serie para poder sintonizar en la televisión los resúmenes de la vuelta ciclista.  Tuvo que esperar para mear, pues uno de sus hijos estaba suelto del estómago y frecuentaba mucho el baño. Y ya en la cama su mujer se durmió primero. ( Total: ciento cuatro colas durante el mismo día).

El caso es que ha habido un día, anteayer concretamente, en el que mi amigo no ha hecho cola en algo en lo que muchos hombres suelen y les gustaría hacer: Morir. Sí, como lo oyen, mi amigo Tomás, a los cuarenta y ocho años, ha dejado de existir. Para la única vez en la que podía haber esperado unos treinta años como poco va y se adelanta, se salta la fila, se cuela. Y además, si todas y cada una de las colas que ha tenido que esperar a lo largo de su vida, eran ajenas a su voluntad, esta vez se ha colado por iniciativa propia, se ha suicidado.  No obstante,  hasta a la hora de morirse a sabido sacar ese talento innato para la espera, pues el tanatorio  de su zona estaba lleno y se ha tenido que pasar una noche esperando en el depósito de cadáveres. 

Descanse en paz mi  amigo Tomás: “el Rey de las filas”.

3 comentarios to “EL REY DE LAS FILAS”

  1. MUY BIEN CONTADA LA HISTORIA, SUPONGO QUE NO SERA CIERTA ?.
    P.D – EL BLOG TAMBIEN ESTA MUY BIEN

  2. paquitosevilla@hotmail.com Says:

    hola, césar, encantado de leer tus cuentos y tus versolipsos, la leche,
    cuídate mucho y sé feliz el verano calorín calorán q llevamos todos
    en brazos, etc… un abrazo grande

  3. el que espera, desespera Says:

    wow!

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