NUEVOS CRUZADOS

NUEVOS CRUZADOS

 “Un furor impío hierve horrible e interno en sus labios sangrientos”  VIRGILIO.        La noche dominaba hacía tiempo. El tiempo avanzaba cansinamente conforme se hacía el camino. El camino, opaco, dificultaba mi deambular. Mi deambular era torpe. La resaca tenía serias posibilidades de aparecer dentro de unas diez horas.

     Una ráfaga de viento golpea mi cuerpo, y con ella unos exabruptos coléricos. Mi curiosidad se dirige hacia la caja de Pandora, abierta a la vuelta de la esquina. Truenos de odio ensordecen mi mente, rayos de ira ciegan mi anhelo. Un grupo de unos quince valientes acosa a un, seguramente, peligrosísimo moro. La mecha del odio está encendida sin que yo sepa quien lo ha hecho. Sólo sé que va a estallarle de lleno al moro.

     Viendo los empujones, amenazas y golpes que gastan los esbirros de Don Pelayo, decido armarme de valor y poner un punto de sosiego en la Cruzada. Gritos de “moro de mierda”, “moro hijo de puta”, “¿Qué te has creído tú?”, “no me mires que te mato, cabrón”, etc., me rodean ostensiblemente. Los cruzados ni siquiera parecen percatarse de mi presencia. “Dejadle en paz, venga –insinúo seguro de mí mismo-“     Los insultos al morito persisten de igual manera. La cara de terror del chaval me sobrecoge una vez más. “¡Qué le dejéis en paz, joder –grito poniéndome entre medias del moro y el cabecilla de los guerreros santos”.     Inevitablemente se percatan de mi presencia. El moro me asemeja a un bote salvavidas y se aferra a mi espalda. Entonces siento terriblemente el temblor de sus miembros. Su voz se ahoga en etéreos balbuceos. “Quita y no te metas –dice uno empujándome levemente para quitarme de en medio. -¡A mí no me toques, cabrón. Yo soy blanco y español, ¿no lo ves?- exclamo señalándome la piel de un carrillo”     El moro apenas si logra sostenerse en pie. Nadie debería pasar tanto miedo nunca. “¿Qué dices moro? –pregunta la irascibilidad”. Vista la poca capacidad de raciocinio que invade el ambiente decido adoptar una posición imperativa y coercitiva. Atenazo a mi aliado. “¡Dejadlo en paz!. Venga, tú, pasa de ellos. ¡Vámonos!” El moro es un pelele aferrado a mí. Los ignorantes no parecen estar muy de acuerdo con mi propuesta, e insisten en sus estulteces. Yo no me achanto y, con el morito pegado a mí, me abro camino entre esa jungla de visceral intolerancia. Las vejaciones van a terminar en ese preciso instante, porque a mí me da la gana y punto.      Ante mi actitud tan segura los quince se quedan dubitativos y asombrados. Nos alejamos unos veinte metros y los insultos disminuyen. A esa distancia me vuelvo hacia ellos, algunos todavía lanzan miradas desafiantes. Yo les devuelvo la misma mirada y les insulto mudamente con el dedo medio. Se dispersan, seguramente convencidos de haberle dado una lección al moro.     Todavía no entiendo como se acojonaron tanto ante mí. Creo que el motivo es que pocos estaban seguros de la sensatez de lo que estaban haciendo con el moro.     Ya fuera del radio de acción de los energúmenos el moro recuperó el aliento y empezó a hablarme en un dudoso castellano. Le pregunto si habla inglés y él me contesta en esa lengua. A partir de ahí hablamos en inglés (como los indios muchas veces, pero entendiéndonos perfectamente).     -Policía, ¿dónde? –me pregunta.   -Deja tranquila a la policía.   -¿Dónde está la comisaría?   -¿Quieres ir allí?   -Sí. A mí no me pueden hacer esto. Yo no he hecho nada.   -Bueno, cálmate. ¿Quieres una cerveza?   -No quiero ir a más bares nunca.   -Ya, si digo que vayamos a la gasolinera y nos compremos unos botes.   -¿La comisaría está por allí?   -Luego, eso luego, ¿vale?.      Compro unas cuantas latas. Él insiste en ir a denunciar a los energúmenos. Ante su expresión de súplica e impotencia decido acompañarle hasta la comisaría.     Durante el trayecto nos presentamos. Su nombre suena a “Rasid”. Ya mucho más calmado, me da las gracias efusivamente y alaba mi bondadosa actuación. Me explica que él estaba  en el Pub “Rodeo” y que unas chicas atractivas le habían mirado un par de veces. El se había acercado a hablar con ellas, pues estaban solas. Y en ese momento empezó todo el problema. La gente del bar, clientes y empleados, le echaron a empujones de allí y se enzarzaron con él en la calle.     Seguimos andando calle abajo.  El sobrio silencio es roto por el repique de nuestros pasos. Físicamente no tenía ninguna secuela aparente, pero moralmente estaba aturdido, triste, colérico.    -No van a hacerte caso, sólo vas a crearte más problemas. Ya sé que son unos hijos de puta, pero tú en la comisaría vas a seguir siendo un moro de mierda, ¿entiendes?   -No. Quiero denunciarles por lo que me han hecho.     Ante su insistencia y ante la justicia de ésta decidí apoyarle.    -De acuerdo, a la mierda. Vamos a denunciar a esos cerdos. Yo responderé por ti. ¿Eres legal en España?   -Si, soy estudiante.   -Muy bien, se van a enterar.      Conforme se va terminando la cerveza el morito empieza a echarse para atrás en su idea. Yo intento mantenerle en su antigua determinación. Al llegar a la comisaría decide no pasar. Le insisto en que lo haga. Recojo entonces de él la misma expresión de pánico de hace un rato.    -De acuerdo Rasid, como quieras.   -¿SERVIRIA DE ALGO?- dice él retóricamente. Sus ojos titubean acuosos. Nos separamos al rato, ya era hora de acostarse.     Este ignominioso hecho, que afortunadamente no fue a más, (ignoro si yo tuve algo que ver en ello) no ocurrió en ninguna gran urbe de España, ni tuvo por protagonistas a ninguna cuadrilla de skins heads. Ocurrió en Ciudad Real (capital), en una madrugada de fin de semana. La gente que formó parte en el asunto es totalmente normal. Nadie atisbaría en ellos rasgos xenófobos o racistas alguno.     Simplemente se trataba de un grupo de estúpidos ignorantes. Y es que la ignorancia sobre las cosas suele provocar en el hombre la creación de falsas ideas, conceptos y expectativas sobre la cosa determinada. Pero el no saber éste o aquél matiz sobre ésta o aquella cosa no resulta, en demasía, dañino para la cosa en sí, ya que lo único que sale perjudicado de dicha ignorancia es la propia persona. Pero hay otro tipo de ignorancia, sobre las personas, que aparte de perjudicar al infeliz ignorante puede producir grave daño sobre el ignorado. Esta ignorancia sobre la persona lleva a la creación de falsos prejuicios, que derivan en claros perjuicios sobre la persona falsamente entendida.     Llevo yendo a Ciudad Real toda mi vida. Normalmente vivo en Madrid. Aquí en mi ciudad si ocurren hechos racistas con cierta frecuencia. Buscando una sonrojante justificación se puede decir que en la capital de España hay muchos inmigrantes delincuentes, ante los cuales no hay que tener compasión (como a los que sean de raza blanca)     Si hechos del tipo narrado ocurren en remansos de paz como Ciudad Real, donde no existen prácticamente personas de otras razas, es para ponerse a pensar. Creo que la simiente de la intolerancia está arraigada en todo el mundo y todos la tenemos impregnada en alguna medida. Cada vez son más los que la desarrollan, aunque algunos seguimos infecundos.     Yo seguiré defendiendo mis valores, sin personificación de antemano alguna, aunque hay veces que, como mi amigo Rasid, me pregunto SI SIRVE DE ALGO.     Yo no podría dormir por las noches si no defendiera mis creencias. A mí SI ME SIRVE DE ALGO.                                                                                        CÉSAR  BAKKEN                                            1999   

                                                                                               

     

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: