TAXI DRIVER

  Salir  de marcha con mi amigo Pastrana siempre es una especie de aventura, y ya no tanto por él ni por mí, sino por las cosas que nos pasan cuando estamos juntos. La historia que voy a contarte sucedió hace muchos años, cuando ambos éramos unos niñatos. Ahora todo es diferente, pero siempre que la recordamos lo hacemos con una sonrisa: eran otros tiempos, pero eran buenos tiempos, qué narices. Todo empezó en un Pub casi vació, atendido por dos camareras de unos treinta años  y un pibe que debería ser el dueño. Mi amigo y yo llevábamos varias horas tomando copas por Leganés. Estábamos cansados, tanto por la maratoniana sesión etílica, como por el aburrimiento que supone alternar por una zona de copas tan anodina y hasta sórdida como es la de Leganés. El caso es que antes de claudicar ante nuestro aburrimiento decidimos pasar a tomar la última en un pub hasta ese momento desconocido para nosotros.  Nada más entrar nos hicimos coleguitas de  las camareras, y éstas empezaron a mostrarse muy simpáticas con nosotros. No eran físicamente nada del otro mundo, aunque ese dato estético poco o nada nos importaba a nosotros, que únicamente aspirábamos a completar nuestro cupo alcohólico de esa noche en ese lugar nuevo, para posteriormente caminar (o arrastrarnos, en su caso) hasta nuestras casas para dormir la mona. El caso es que ante nuestras abotagadas jetas, ambas camareras hacían serios esfuerzos por despertar nuestro interés. No sé si sería por matar su aburriendo o por qué sería, pero el caso es que las camareras empezaron a darnos seriamente la brasa. Nosotros estábamos a nuestro royo, por lo que tardamos un buen rato en atender las constantes llamadas de atención de las dos chicas.  Y si lo hicimos fue porque una de ellas insistió en que nos tomáramos unos chupitos con ellas. Tras el segundo chupito puedo decir que ya habían empezado a estrecharse los lazos entre nosotros y las camareras. Concretamente una de ellas hizo lazada y media con mi colega, mientras la otra se decantó claramente por mis cordones. Retomando  el dato estético anunciado antes, he de decir que la que se anudó a mi amigo no era nada del otro mundo, aunque comparada con la mía era un verdadero portento de belleza estética. Pastrana descubrió que tras siete u ocho copas de güisqui la libido parece ahogada, y que, paradójicamente, tras dos chupitos servidos por una mujer insinuante, revive más fuerte que nunca. Debido a este descubrimiento, decidió dedicar todo su esfuerzo a seducir a la chica. Yo por mi parte, no es que tuviera la libido ahogada, pero como quiera que el eufemismo de tía que me había tocado en suerte no me gustaba para nada,  la tenía por ahí flotando tan ricamente, sin plantearme en ningún momento llegar a puerto alguno. No obstante le seguí el juego a mi camarera para no aburrirme, ya que mi amigo estaba entregado completamente a la otra y no me hacía ni caso.  A la hora de estar allí nos anunciaron que el Pub cerraba ya. Nosotros, con la tontería del tonteo y los chupitos, teníamos más ganas de marcha, y vista la predisposición hacia nosotros que tenían las camareras,  las convencimos para que salieran con nosotros a tomar algo.  El único problema es que no teníamos dinero para seguir de juerga, y por aquella época ni conocíamos las tarjetas de crédito. Al salir del Pub nos dijeron que ellas vivían en Madrid y, de salir, tenía que ser por esa zona. Además, no tenían coche, por lo que tendríamos que ir en taxi. Yo hablé un momento con mi colega, pues viendo que no teníamos ni un duro, no me parecía buena idea irnos a Madrid a las tres y media de la mañana. Mi colega dijo que él se iba seguro con ellas, por lo que yo, tanto por no dejarle sólo como porque también me seducía el plan, decidí ir. Por suerte el jefe de las pibas nos acercó hasta Plaza Elíptica, desde donde cogimos un taxi. Al salir de Leganés los dos nos hicimos ilusiones de ir a la casa de una de ellas y liar una orgía romana, pero que va, una vivía con más gente y la otra tenía una hija acostada ya.      En Plaza Elíptica cogimos un taxi, que nos llevo hacia el centro, por la zona del Bernabeu, me parece que son los bajos de Orense. Al llegar allí mi colega pagó el taxi con nuestro último talego. Mi cabeza le dijo que por qué coño había pagado él, y mi hígado supongo que le agradeció el gesto.  Empezamos a caminar emparejados, Pastrana con la mamá y yo con  la otra, que me agarraba muy posesivamente. Mi colega estaba bastante cachondón, y se daba besitos con la chica. Mientras, yo trataba de encontrar mi libido por algún sitio, pero nada, se había quedado flotando plácidamente por algún remoto lugar del Atlántico y como para ponerse a buscarla a esas horas y sin barca. Mi acompañante, desconocedora de la ausencia de mi libido,  cada vez me hacía más proposiciones.  Me agarraba y decía que tenía frío, que por qué no la calentaba. Me decía que era muy guapo (sobre gustos no hay nada escrito) y cosas por el estilo. Viendo que yo no ponía mucho ímpetu en calentarla, era ella la que me agarraba y sobaba como si estuviera en juego el premio a la tía más sobona del lugar.  Yo intentaba convencerme de que tampoco estaba tan mal la chica, pero hasta ese momento no había sido capaz, y no lo fui en toda la noche.     Me di cuenta enseguida que el sitio por el que nos movíamos era caro del copòn. Los pubes parecían muy lujosos.  Nos dirigimos hacía uno cuya puerta era custodiada por el negro más grande del mundo, vestido completamente de blanco, hasta con sombrero, y lleno de oro. Absolutamente infranqueable sin su permiso. Nos dijo que la entrada costaba dos talegos, con consumición, claro. Resolvimos tácitamente no entrar en el sitio, nosotros porque no teníamos dinero y ellas por que preferían ir a otro lugar que conocían. Al llegar a este otro garito, el mismo rollo, apoquina pasta gansa para entrar. Ellas dijeron que pasáramos ya a ese mismo, a lo que nosotros respondimos cómplicemente que no, por que “no nos gustaba el ambiente que parecía tener”. Viniendo de dos tipos semiborrachos con pinta de meterse en el primer tugurio que se encuentren, la explicación que habíamos usado para rehusar la entrada al pub no sonaba nada convincente, pero a ellas pareció valerlas. Volvimos sobre nuestros pasos, con la esperanza de encontrar algún sitio de entrada libre. Las tías empezaron a sospechar que no teníamos ni un duro, y así nos lo hicieron saber.    -No, si ya sabía yo que no podíamos salir con vosotros, no tenéis dinero.   -Que sí, mujer, lo que pasa es que no nos gustan esos sitios.   -Claro, claro. Os hemos dicho en Leganés que nosotras nos movemos por sitios así, y que si no teníais dinero no sé para que veníais.   -Hemos pagado el taxi, que no se te olvide.   -Habéis pagado la mitad. ¿O te crees que eran sólo mil pelas?     Nuestra condición de tíos miserables estaba quedando patente por momentos, menos mal que pasamos de nuevo por el pub del negro, el cual, al vernos, se dirigió a nosotros:         Oírme, parejitas, ¿por qué no entráis aquí? No vais a encontrar un sitio mejor en toda la zona, os lo aseguro.         Sois muy careros –le dije yo.         ¡Qué va!  -insistió él-. Mira, vamos a hacer una cosa, os dejo pasar con la condición de que os toméis algo dentro.      “Fenómeno- pensé yo- no nos cobra la entrada en la puerta, sino en la barra. Este tío se cree que somos gilipollas” Pero a las tías esto les pareció estupendo, por lo que no tuvimos más remedio que entrar, ya no teníamos excusa. Afortunadamente el negro se quedó impávido en su puesto, y nosotros nos movimos libremente por el garito sin el apremio de tener que pedir algo nada más entrar. Las chicas fueron derechas a la barra, yendo nosotros detrás, como con miedo de lo que pudiéramos encontrar en ella. Mi amigo y yo nos miramos haciendo el gesto de que estábamos caninos.    -¿Qué tomáis vosotros?- preguntó una de ellas.   -Eh… nada de momento, es que estamos ya hartos de tanto alcohol.- respondió Pastrana.   -Anda, no digáis tonterías.    -No, si es verdad, llevamos todo el día bebiendo. Luego más tarde empezaremos a tomar cosas. – dije yo.   -Pues pediros algo sin alcohol –sugirieron lógicamente.   -Qué va, si no tiene alcohol no nos gusta.    -Bueno, como queráis.       Se pidieron dos güisquis con coca cola. Por la cara que teníamos yo y Pastrana se deducía que nos gustaría haber tomado otros tantos enseguida. Pagaron religiosamente sus copas, pues nosotros no hicimos ni el gesto de sacar tabaco, no fueran a creer que las íbamos a invitar, aunque de sobra sabían ya ellas que éramos unos miserias. Se fueron un momento al servicio, antes de probar las copas. Nosotros, al ver las copas en la barra, decidimos ir a su abordaje, y que le dieran morcilla a las pibas. Le pegamos dos buenos tragos a los cubatas, que fuimos rellenando con lo que sobraba de refresco. Luego dejamos los cascos en otro lado. Al volver, las chicas dijeron que dónde estaban las botellas. Dijimos que no sabíamos, que seguramente se las había llevado la camarera. Visto ahora esto no se lo creé nadie, pero pedos como estábamos nos sonaba bastante creíble. Afortunadamente las mujeres decidieron correr un tupido velo y nos dijeron que fuéramos a sentarnos.  Antes de hacerlo decidimos ir al servicio.  Una vez dentro del lujoso mingitorio, empezamos a partirnos de risa por la situación tan rara que estábamos viviendo.    -¿Tienes algo de pasta? –le pregunté a mi colega.   -Ni un duro, mira-dijo sacándose los bolsillos a fuera.   -Joder, pues yo sólo tengo esto –dije enseñando cinco duros.Ni que decir tiene que nos volvimos a partir la polla.   -Estas tías van a pasar de nosotros dentro de nada.   -A ver si podemos sacarlas un par de copas por lo menos.         Oye, te has fijado en la peña que hay aquí.         Ya te digo, si sólo con ver al negro de la puerta te lo puedes imaginar. Anda vamos a salir que estas son capaces de pirarse.         Oye, tronco, yo estoy hasta las narices de la tía esa, la tuya por lo memos está potable, me la podrías pasar, ¿no?         Y una mierda. Además, es ella la que me desea, ya lo has visto.      El sitio que eligieron para tomar las copas eran unos sofás blancos muy pintones, ligeramente apartados del bullicio del pub. Nada más verlos supuse que iba a ser difícil esquivar los lujuriosos ataques de mi eventual pareja. Mi colega se defendía muy bien con su piba, la cual estaba prendada por él, aunque viendo que no teníamos ni un duro estaba algo más reticente que al conocerla.  Yo hablaba automatizadamente de no sé que leches con la tía que tenía al lado, la cual se pegaba cada vez más a mí, e intentaba sobarme y que yo la sobara.      Aburrido de mi compañía decidí largarme de allí inmediatamente. Pero no físicamente, pues no quería ser descortés con la chica ni dejar tirado a Pastrana, así que desconecté la mente mientras mi amorcito me atosigaba. Empecé a fijarme en la gente que tenía por alrededor. ¡Menuda tropa! .No había mucha clientela, pero con los que estaban se podía hacer perfectamente una aceptable segunda parte de “La parada de los Monstruos”. En una pequeña pista de baile habitaban un par de tías que deambulaban por ahí totalmente colocadas. Bailaban de una forma extrañísima la música “Dance” que regurgitaban los altavoces. Tenían pinta de auténticos zorrones desfasadísimos, y no parecían tener acompañantes. A decir verdad no sé si realmente iban juntas, pues lo único que las vi compartir en todo el tiempo que estuvimos allí fueron sus respectivos mareos. Enfrente de nosotros había un montón de “gitanacos” de los ricachones, poniéndose hasta las orejas de farlopa. Se ponían allí mismo, encima de la mesa, y hasta con espejito y todo. Eran los típicos gitanos súper arreglados, con sombreros y oro por todas partes. Y por la barra había una serie de indescriptibles personajes que engullían pelotazos  ávidamente mientras miraban de vez en cuando a las dos mareantes chicas de la pista.      Mi mente volvió enseguida al sofá, pues la gordita de mi acompañante insistía en que la besara. Y casi consigue robarme un beso, pues en mi alineación temporal había bajado la guardia tanto que se me había puesto encima literalmente. Menos mal que cuando iba a juntar sus labios con los míos, mi mente volvió a dominar mi cuerpo y dio rápida orden de esquivar lo que se me venía encima. Logré apartar a la chica suavemente, la cual se quedó con un gran gesto de extrañeza:  debió pensar que yo era frígido o más maricón que un palomo cojo, seguro. Menos mal que a mí me da igual lo que piensen de mí mis conocidos, por lo que lo que piensen mis desconocidos (como era ella) me importa tanto como la declaración de la renta de mi vecina del cuarto izquierda.     Al rato salimos del sitio. Nos despedimos del negro de la puerta, el cual nos dio un fuerte apretón de manos, como a la entrada. A las tías pareció haberles entonado muy bien el pelotazo y sugirieron entusiasmadas que fuéramos a un sitio al que ellas iban a menudo. Nos dirigimos hacia el sitio, con la esperanza de que no cobraran entrada.  Al llegar nos encontramos con la desagradable sorpresa de que cobraban un talego y medio. “Ahora no podéis negaros- dijeron ellas- aquí si que vamos a entrar”. Nuestra cara le reveló que estábamos más tiesos que la mojama. “Si es que lo sabía, no teníamos que haber salido con vosotros. Si es que no tenéis ni para pagaros lo vuestro. Nada, pues nosotras vamos a entrar. Hacer lo que queráis, ya sabéis donde estamos”.  Y dicho esto se metieron al garito, dejándonos ahí plantados, con cara de capullos. Optamos por echarnos a reír, diciéndonos mutuamente que se veía venir y que mucho habían durado con nosotros. Yo me alegré tremendamente de perder de vista a mi empalagosa pretendiente.     Eran las cinco y media de la mañana, más o menos. Empezamos a andar y, cuando salimos a la Castellana, nos dimos cuenta de que estábamos donde Cristo pegó las tres voces, y de que no teníamos un duro para volver a casa.    -Ahora qué hacemos, tío.   -Vamos a coger un taxi, ¿no?.   -Si no tenemos un duro.   -Uno puede subir a su casa cuando lleguemos y coger pelas.   -¿Vas a subir tú?, porque yo tampoco tengo pasta en mi keli, y no se la voy a pedir a mis padres en medio de un sueño.   -Pues yo estoy igual que tú.   -Podemos pillar un taxi e irnos sin pagar.-sugirió mi colega.    -Vale, pero vamos a pillar uno que lo conduzca una piba o un gordinflas que no pueda ni salir del coche, no vaya a ser que nos persiga o algo. Tenemos que pensar en cómo vamos a hacérsela al taxista       Supuse que esperaríamos a que apareciera un taxista propicio para tanarle y a decidir como nos íbamos a pirar del taxi al llegar a Leganés, pero antes de que pudiera decir palabra, mi colega va y para un taxi. Le dije que qué estaba haciendo, que teníamos que elegir a algún pardillo. Pastrana dijo que daba igual, que ese mismo. Nos montamos con la esperanza de haber tenido suerte. Nada más sentarnos nos quedamos medio sin respiración, pues el tío era una especie de macarra recién salido de Carabanchel. Más que el propietario del Taxi parecía que acababa de robarlo. “La hemos cagado -pensé”.     El Fari tenía puesta música “lolaila”, y estaba fumando. Nada más arrancar nos ofreció un cigarro a cada uno. Le cogí uno, total,  con un cigarro quizás pensaría mejor la forma de chulear a aquel chuleta: un tío que te ofrece tabaco en su taxi, con una pinta de  yonqui que te cagas, de estos super enrollados que hablan soltando tacos. Hacerle el lío a este tío era para profesionales del escaqueo, y nosotros no lo habíamos hecho en la vida. Durante el viaje empezamos a preparar el plan de fuga, en total silencio. Debido a los nervios y la ebriedad, nos reíamos bastante. Mi colega me hacía gestos ostensibles de que él se iba a pirar por la puerta de la izquierda y yo por la otra, cuando contara tres. Eran tales sus gestos, que el Fari debería de estar coscándose, pues miraba mucho por el retrovisor. Yo le decía a mi colega que no gesticulara tanto, lo que sin duda empezó a ponerle más moscas detrás de la oreja al conductor. Durante todo el viaje fuimos hablando con el Fari, que no paraba de rajar. Ya te digo, era un auténtico fiera el tío. Con forme íbamos llegando a Leganés, íbamos asumiendo más la realidad: teníamos que jugársela al Torete.     Fuimos por la carretera de Toledo, y entramos por Parque Sur. El taxista nos dijo que si nos dejaba por allí. Nos miramos dubitativos, y viendo la situación decidí que ya que íbamos a hacerlo, íbamos a hacerlo bien, que nos llevara hasta la puerta de casa, qué coño. Le indiqué el camino. Subimos por la carretera de Villaverde hasta casi la entrada de Leganés, momento en el que le dije que se desviara por la Avenida de la Mancha, una zona bastante solitaria, pues tiene un parque en uno de los lados. Cuando faltarían unos trescientos metros para llegar a nuestras casas (vivimos uno enfrente del otro) le dije al Fari que parara cuando pudiera. Ya no había lugar a la vuelta atrás. Me fijé en que los seguros de la puerta no estaban echados, y adopté una posición totalmente campechana con el taxista. Nada más parar lo que no podíamos hacer era salir disparados cada uno por un lado, había que darle confianza al tipo para pirarse luego. Pero mi colega pasó olímpicamente de todo esto y, nada más parar, se piró echando hostias. Yo abrí la puerta y saqué la pierna derecha, mientras le preguntaba al Fari cuánto le debíamos, hurgándome en el bolsillo izquierdo del vaquero, como si fuera a sacar la pasta. El taxista, que ya había encendido la luz,  miró el taxímetro y empezó a echar sus cuentas. Mientras yo iba paulatinamente incorporándome, como para poder sacar la pasta del fondo del bolsillo. Abrí más la puerta y me levanté definitivamente, de repente. Dejé al muy capullo del Fari con la palabra en la boca y, diciéndole un sarcástico: “!Hasta Luego!” me piré a toda caña dando un portazo.      Empecé a correr calle abajo sin mirar atrás, y me topé con mi colega que salía de un jardín oscuro. Lo último que recuerdo del Torete es una visceral exclamación desde la carretera: “!Hijos de puta, cabroneeeees!” .No se me olvidarán en la vida estos insultos.      Mi colega, al verme bajar a todo trapo, se puso a mi lado y corrió conmigo, preguntándome que si venía. “Yo qué sé, tu corre”. Pasamos como balas por entre un grupo de gente que hablaba en la esquina, los cuales se quedaron estupefactos ante nuestra tremenda galopada. Ya medio asfixiados decidimos pararnos en un parquecillo que hay entre unos bloques, tanto para descansar como para despistar al Torete, no fuera a ser que nos estuviera buscando.  Estuvimos agachados tras un matorral durante unos minutos.      En la calle no había un alma y ningún ruido rompía el silencio. Decidimos ir avanzando poco a poco, mirando por todas partes. Salimos junto a la carretera, en la calle Rioja, y caminamos por la acera hacia nuestra casa. Y nada más empezar a andar, vimos como un taxi aparece delante nuestra y nos pasa al lado por la derecha.  Nos preguntamos si sería el nuestro y, antes de respondernos, comprendemos que sí  pues el coche paró en seco, a unos quince metros de nosotros, y empezó a dar marcha atrás rápidamente. ¡Pies para qué os quiero!. Volvemos a correr, cruzamos una carretera, mientras oímos el ruido acelerado del taxi. Empezamos a cansarnos en serio, pues la adrenalina ya se nos había agotado.. Le dije a mi colega, entre jadeos, que nos parásemos, pues ya no podía correr más. Pastrana me dijo que siguiéramos  un poquito más y entráramos a un bloque que él conoce en el que la puerta del portal está abierta. Así lo hicimos. El bloque está pegado a la carretera por la que iba el Torete, menos mal que el portal está algo escondido. Decidimos subir hasta el décimo piso y esperar allí arriba un rato, para ver la reacción del Fari. No sé el tiempo que estuvimos, pero más de cinco minutos seguro.  Nos reíamos bastante, pero lo cierto es que estábamos cagados. Salimos despacito del bloque, mirando de un lado a otro con total sigilo, no fuera a ser que nos volviéramos a encontrar con el taxista. Afortunadamente no vimos ni rastro de él. Anduvimos lo más alejados posible de las carreteras. Durante este último trayecto los dos estábamos sin habla, con la boca totalmente seca. Yo me había quedado completamente sin saliva, la sensación de sequedad en la boca era insoportable. Cruzamos rápidamente la última carretera que nos quedaba y nos fuimos a toda leche a nuestros respectivos portales, uno enfrente del otro, con un escueto: “Hasta luego”. Ya en la seguridad de nuestras casas pudimos respirar aliviados, habíamos chuleado al Torete. Días más tarde confesamos que al llegar a casa ambos miramos tímidamente por la ventana por si veíamos al taxista, y que durante unos días cada vez que veíamos un taxi igual nos entraba un nervioso cosquilleo en la tripa hasta que se alejaba de nosotros.

Una respuesta to “TAXI DRIVER”

  1. qué miedo más gracioso he "pasao" Says:

    No tengo palabras; no me deja la risa

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