Relato corto y cambio: “Sólo sé que yo qué sé”

ESBOZO IMPROVISADO DEL RELATO CORTO (O NOVELA, SEGÚN LE DÉ A LA TECLA):

“SÓLO SÉ QUE YO QUÉ SÉ”

 

A mis amigos los cuento con los dedos de mis dos manos, y me sobran dedos, no amigos.

Uno de ellos es Joan Partit, un payés de Corona (Eivissa) que me saca 17 años de vida y de sabiduría vital. Sin él saberlo, me ha enseñado que antes de pensar y buscar la solución de un problema, hay que ir al problema en sí; y desde ese punto de partida es innecesario que te plantees esas comeduras de cabeza sobre un asunto que no debería existir y que se te ha ido de las manos, tanto de hecho como de facto, por no haberlo afrontado bien.

Pongo los 2 ejemplos ilustrativos, hay muchos más:

Hace 18 años, que se dice pronto, me dio una lección sobre esto que ni él mismo sospecha, pues él vive de esta manera y a los estúpidos urbanitas nos sorprende. En esa época yo trabajaba de ayudante de cocina en un hotel de 5 estrellas (ahora creo que de 4, se nota mi ausencia, jajaja) de Eivissa: “Stella Maris”. Me eché una “novia” catalana y compañera de curro, Ángela, según todos los que la vieron el mayor pibón que había en la isla… que acabó poniéndome los cuernos delante de mí en una discoteca, con un “amigo” de esos meses. Lógicamente me dio por cabrearme y hacer ciertas cosas divertidas que algunos ya sabéis. Y esa misma madrugada le eché la charla a ese putón y ella me pidió “perdón” y quiso volver conmigo con el tiempo a base de pedirme todavía más “perdones”.

A las horas siguientes (mediodía) mi divertido deambular eivissenco despechado se topó de casualidad con Joan, en una zona fuera de su hábitat: el puerto de Sant Antoni. Le conté lo ocurrido y me dijo, mientras me pedía unas cervezas: “Haberle dado mil duros” (era año sin euro todavía). Mi atolondrada cabeza de veinteañero le preguntó qué coño me estaba diciendo. Él me contestó: págale en agradecimiento por haber sacado de tu vida a esa hija de puta.

¡Exacto!. Primera lección.

Ayer me dio otra de este tipo. 18 años después y sigo sin saber casi nada de la buena vida mental. Resumiendo muchísimo (algunos sabéis la historia) una pareja íntima amiga mía de Eivissa me acusaron de hacer algo que jamás hice: verme dentro de la casa de unas personas que viven en su parcela como inquilinos –y hablando con ellos–, con las cuales están enfrentados desde hace mil años… podría haberle contado a Joan 3.789 líneas más sobre esto, defendiendo mi inocencia y sus falsas acusaciones, divagando sobre cual será su problema mental, si esquizofrenia paranoide (la que provoca visiones como de la que me acusan) y etc. Y Joan, el sabio (que también es gran amigo de esta pareja) me cortó y me dijo: “Tú puedes estar donde te salga de los cojones”.

¡Exacto!. Segunda lección.

Obvié que el problema real no era la falsa acusación, sino que mis supuestos amigos íntimos me estaban obligando a estar donde ellos quisieran que estuviera. Yo era su siervo, como lo fui de la catalana por no haber asumido realmente desde el primer día que esa tía no era trigo limpio, o por lo menos el trigo que a mí me gusta (hay mucha gente que vive en este vaivén de relaciones falsas, y les va muy bien, pero yo no quiero eso. Quien lo quiera que lo haga.)

No queremos o sabemos ver las cosas con claridad. Afrontamos problemas, creando todavía más problemas, porque obviamos la raíz de todo lo que nos rodea.

Somos siervos sin dueño, pues debido a este problema inherente a casi todos los seres humanos, sin querer estamos esclavizando a alguien que no supo ver que nosotros no éramos el amigo o compañero laboral que ellos creían o deseaban. Por eso les fallamos y nos fallan.¡Es imposible no fallar a alguien que no sabe quienes somos o que nos falle ese alguien que no sabemos quien es!

Las falsas expectativas son lo que nos jode la vida. Cuando el río suena, no es sólo porque un músico se está ahogando, sino porque agua lleva. Si nos metemos en ese ruido, que es un río, nos mojamos. Si no queremos mojarnos no podemos echarle la culpa al ruido, sino a nosotros por no ver el río.

Y mira que la vida nos da señales y las obviamos, porque no queremos perder eso que tanto queremos en ese momento. Pero si no pierdes, no ganas. El que no se libera de lo que no quiere, jamás tendrá lo que quiere.

Empezamos y acabamos la vida desnudos, eso lo sabéis todos… pero lo que no sabéis es que debemos vivir así, desnudos. Sólo desde esa perspectiva sabemos que cuando queremos nos vestimos, cuando queremos nos desvestimos… pero que si no nos gusta la ropa que llevamos, no pasa nada por ir desnudo.

Recuerdo, entre cientos de ejemplos más, como esa catalana que os digo, se quiso ir semanas antes con un tío que conocimos en la cola de una parada de taxis, tras una fiesta del agua discotequera. Teníamos que volver al hotel, que nos daba alojamiento, y ambos me dijeron que mejor se iban a la casa de él y yo al hotel, para que se secara, y ya se podía quedar ahí y luego ir al hotel a la hora de trabajar. Efectivamente, todos sabéis lo que significa eso, y yo también lo sabía, nunca fui gilipollas: se quería follar a este tío y el a ella. Normal, estaba buenísima y era rubia y todo, y él era guapetón (menos que yo, ojo, porque yo soy el top de belleza masculina…) ¿Por qué en ese momento, sabiendo esta obviedad, no saqué mil duros de mi cartera y se los di a este tipo como agradecimiento? No lo hice, porque no había hablado con Joan sobre estos asuntos. Y porque obviaba que a mí no me gustan las putas discotecas, y estaba allí por esta tía –y colándola gracias a mis contactos. Y el día de los cuernos colé también al otro, jajaja– y de algo que no te gusta no puedes sacar nada bueno. Hay que alejarse de lo que no queremos, previa cata, por supuesto.

Me regocijé en un imposible, en algo que estaba viciado de origen. Como el que se mete a trabajar en algo que no le gusta, o que con el tiempo deja de gustarle, y sigue ahí… empecinado en la estupidez humana. Eso acaba en las noticias, fijo. O en depresión severa.

Lo de “siervo” me ha recordado a que un día en Madrid, Alejandro, la parte hombre de la pareja que me acusó, le decía reiteradamente a un camarero: ¡Siervo!. Yo me disculpaba ante el camarero, pidiéndole perdón porque mi amigo iba algo borracho. Pero no era la borrachera, era que realmente él veía a la gente como su sierva. Si ese día, 17 años antes de su falsa acusación, hubiera hablado con Joan, no estaría escribiendo esto.

El día de mi deambular despechado, tras las cervezas con Joan, estuve navegando y nadando desde un velero. Resulta que Joan estaba en el Puerto porque había quedado con un amigo gabacho (como la novia de Alejandro) que tenía un velero, y me invitó a navegar. Y nos puso unas copas de Chivas reserva y todo. En ese velero acabé navegando y viviendo después. Esa noche, Alejandro me dijo que durante el día a su novia (que fue mi amiga antes que su novia) le dijo: “Deja de estar preocupada porque no sabes donde está (yo) , él no va a estar por ahí cantando fados de despechado, estará haciendo algo divertido” Y, efectivamente, lo estaba haciendo. Porque la vida es preciosa si te liberas de las cadenas y vives sin ser presa ni depredador.

Eso sí, pese a ser sabio, Joan también peca de imbécil alguna vez. Al fin y al cabo es muy difícil alejarnos de nuestros instintos primarios, del imperio de los sentidos, y de nuestro miedo más atroz: estar solos. Un día que la catalana se fue al hotel y yo hice noche en otra casa, con Joan, me dijo: “ ¿Y no te vas con ella? yo no sabría irme a dormir solo, teniendo a una novia tan guapa como esa”.

Y Alejandro, el día que la conoció me dijo al verla: “no tienes mal gusto, cabrón”.

Como nota curiosa os digo que en la cala donde “me ligué” a la catalana, Cala Gracioneta, vi el año después a Lopetegui. Yo iba sólo y de mochilero recorriendo la isla. Él estaba con lo que seguro era su familia (mujer mayor, mujer de su edad, niños menores que ellos). Me miró al verme aparecer por unas rocas por donde no suelen transitar los seres civilizados. Reconocí en él al portero que años atrás tuvo mi equipo (el FCB. Lo aclaro porque ha estado en otros y yo sólo soy de ese equipo). Lo vi en ese lugar donde hacía menos de un año yo estaba por las noches con la catalana, tomando vino que compraba escapándome del curro, y vestido de ayudante de cocina. Lo que se reía la dependienta del súper al ver mis escarceos. El puto súper habría las mismas horas en las que yo curraba….   Siempre estábamos solos los dos. Nos bañábamos en pelotas, hablábamos mucho, bebíamos el vino (yo tenía dos copas de cristal que mangué del curro, nada de puto plástico ni beber a morro). Ni se me pasó por la cabeza decirle nada a Lopetegui, porque yo le conocía, pero extrañamente él no me conocía a mí. Y ya por entonces sabía que mi vida era mucho más importante que la suya, que mi vida podría aportar mucho más a otras personas que la que aportaba la suya, pese a que él esté forrado de pasta y yo la única pasta que tengo es la que se cuece. Qué mi vida podría sorprenderme y darme alegrías y penas de pobre, que son las verdades alegrías y penas de la vida; las que se tienen sin falsedades.

Es genial que Lopetegui no sepa quien soy. Todo lo conocéis a él, pero casi nadie me conoce a mí. En esa misma cala que os digo, una noche llegaron corriendo 4 o 5 tipos, que iban perdidos por la montaña. Nos pidieron fuego para encenderse un porro. Se lo dimos. Y en agradecimiento nos regalaron costo. Y se fueron corriendo por el otro lado de la montaña. Otra noche salió un alemán en pelotas del agua. A la catalana le dio un susto de cojones, pues oía y veía algo que se aproximaba a nosotros desde el mar. A mí no me asustó, porque estoy loco. Nos preguntó en inglés que donde estaba Eivissa. Le dije que se estaba bañando en sus aguas. Insistió en la dirección para ir a Eivissa. Entonces intuí que se refería a Eivissa capital, no a la isla, y le indiqué que tenía que nadar hacia la izquierda unas 15 millas náuticas sin perder de vista la costa o acabaría en Valencia , Italia o África según su derivo. Volvió al líquido elemento y se perdió nadando en la oscuridad. Ahora que ya no estoy tan loco, le hubiera obligado a salir del agua y llamado a la policía con el móvil que por entonces no tenía. Y así le hubiera salvado la vida. Aunque… ¿quién sabe dónde andará “la cosa de Cala Gracioneta” como lo bautizamos? Igual ahora es presidente de algún gobierno.

Estas situaciones tan maravillosas no le pueden pasar a Lopetegui. Todos sabéis bien lo que le pasa a tipos como este. Qué desperdicio de vida. Ser famoso sin ser nada en la vida salvo famoso.

Para terminar os digo que todo tiene su lado bueno. He aprendido muchísimo de estas 2 lecciones del maestro Joan. Y, por suerte, mañana pisaré su mismo suelo. Y seguiré aprendiendo y enseñando, que también aprenden de mi, pese a que uno de mis axiomas vitales es “Sólo sé que yo qué sé” (tiene mi copyright, ojo…)

 

(CONTINUARÁ)

 

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