ARTÍCULO: “Un gitano vendiendo melones no es un frutero”

Incidentes en Mestalla (el campo del Valencia). 22 años después de que yo estuviera, exactamente, en ese mismo lugar, disfrutando de la estupidez humana con motivo de la Final de Copa del Rey FC. Barcelona Vs. Mallorca siguen aconteciendo barbaries de este tipo:

https://videos.marca.com/v/0_8quktlfo-pelea-a-sillazos-y-bengalas-entre-ultras-de-valencia-y-barca-a-las-puertas-de-mestalla?uetv_pl=0&count=0

 

La policía (Débiles del orden) sólo ha tenido 22 años para evitar que haya peleas justo en los aledaños de Mestalla donde yo vi el intento de asesinato de una persona. Ojo que esto no es baladí, no es una pelea en un parque, o en un callejón a las 4 de la madrugada… no. Son peleas multitudinarias en pleno día y en el meollo de una ciudad y un estadio, en este caso, Valencia y Mestalla.

23 años tenía yo entonces, uno más que el tiempo que ha tenido la policía para evitar este tipo de peleas que no evita ni evitará jamás, pues si no fuera por ellas, ellos estarían en el paro. Ya desde el autocar yo era mejor policía que todas las débiles juntas… y a mis compañeros de peña barcelonista (una de Fuenlabrada, Fuenlabarça –terrible nombre, sí–) les señalé uno a uno a los delincuentes juveniles, y no tan juveniles, que iban a amenizarnos el día a base de hostias y navajazos: los Casuals FCB, sección extraña de los Boixos Nois, ahora conocidos por todos… 22 años después de que yo ya fuera un ex-boixos nois. Antes, a los 23 años, un hombre ya había hecho casi todo en la vida, no había videojuegos y algo había que hacer: vivir de verdad. Por eso ahora yo me descojono tanto de todo , y de casi todos.

Muchísimo alcohol en los aledaños de Mestalla. “¿Cómo se puede organizar una buena pelea aquí?” ,me preguntaba yo, aferrado a mi mini de plástico (lo de fuera, lo de dentro, para mayores de 18 años). Mi bandera amarilla de los Boixos, que todavía conservo pese a que me le intentaron robar muchas veces, atada a la cintura. Zapatos Dr. Martens punta de acero y bomber Alfa. Y la samarreta del FCB. Cuidado conmigo. Para disimular dejé que me pintaran la cara con 4 franjas blaugranas, dos en cada carrillo (de la cara, no del asesino de Paracuellos). Un tío con la cara pintada se asemeja más a un payaso que a un psicópata. Vía libre para la maldad y un gran bol de palomitas para Dios.

Qué largas son las porras de los maderos a caballo, los que las hemos visto silbar lo sabemos. La mierda de un caballo, frente a Mestalla, era España para cientos de glipollas del Barça que la rodearon danzando alrededor de ella y señalándola al grito de “¡España, España!”. Yo iba por mi cuenta y sólo volvería al autocar a la hora indicada para regresar a Madrid. En estos lugares si no vas por tu cuenta acabas detenido o apaleado. Pero no pude evitar meterme entre los de la mierda y gritarles algo así: “¡Hay que ser muy gilipollas para insultar a una mierda!” Por supuesto, los dueños de la mierda, con los humanos de las porras-lanzas encima, disolvieron la concentración cuando les vino en gana. Pero no se llevaron la mierda y eso está feo, por eso se lo recriminé y el silbido de sus porras-lanza me dejó claro que la mierda ahí se quedaba.

¿Quién no conoce a Manolo el del Bombo? ¿Seguirá vivo? ni puta idea, ni interés en saberlo, pero esa tarde, de alguna manera, le salvé la vida en su bar, que está (ba) aledaño a Mestalla. Atendía tras la barra, con su camiseta de la selección española puesta, y un nutrido grupo de Boixos descerebrados, y otros desarrapados intelectuales ajenos a los ultras, se metían con él, al grito de: “quemar el bar de España”. Sí , entre los Boixos también había gilipollas separratas. Pero yo iba con la cara pintada, como os he dicho, por lo que tenía carta blanca y lo que es mejor: patente de corso. Ante el nerviosismo de Manolo, decidí dejar un rato suelto al divertido psicópata de la cara pintada de blaugrana, y me subí a la barra. Cuando el del bombo me miró, pidiendo clemencia y que no le dejara muchas marcas en la cara tras la paliza que le íbamos a dar… le tendí mi mano para estrechársela al grito de “¡Venga Manolo, viva España, cojones!”. Mano de santo fue eso más que un apretón. Los radicales se calmaron, Manolo sonrió y el psicópata, con su cara todavía perfectamente pintada, se alejó del bar. Nunca me han gustado los bares, suele estar la tele encendida.

 

Tras la ingesta masiva de litros y litros de alcohol el despiste se iba adueñando de todos. Y era tan grande que las débiles del orden desaparecieron. “Ahora sí que nos vamos a divertir” le dije yo a uno del Barça que pasaba a mi lado.  Yo tenía perfectamente ubicados a los enfermos mentales de los Casuals FCB. Los conocía de varios partidos en Barcelona, Hediondo Puente de Bellacos y el Calderón. Ellos supongo que a mí no. Ya os digo que pintarse la cara es fundamental para parecer un gilipollas inofensivo. Uno de sus líderes, me dio una buena lección de barbarie legal, 3 o 4 años antes, en el bar junto al Camp Nou donde nos emborrachábamos como si no hubiera mañana. Entré a mear fijándome que el teléfono fijo del bar estaba metido en el baño, con el cable pillado por la puerta. La abrí  y estaba el chungo más chungo de todos los chungos de Chunguilandia, un tal Jaro. Y, con una voz que todavía recuerdo y me hace reír (cosa que a muchos les haría temblar, pero yo soy así, me pinto la cara de blaugrana) me gritó: “¡FUERAAAAAAAAAAAA!”  dándome una soberana hostia en el pecho, que yo amortigué debidamente dando un paso, como de baile y muy rápido, hacia atrás (no se cayó al suelo porque no me embistió con el cuerpo, sino sólo con el brazo) , sujetando el tlf. entre hombro y almendra… y con un enorme destornillador afilado en la otra mano. Lo de afilado lo sé porque estaba rayando con él, con sutileza de cirujano, la madera de otra puerta. “¡Sí señor!” le dije. Y salí a mear a la puta calle. Y aprendí un nuevo concepto de arma blanca. Muy útil, por cierto. Desde ese día me gustó mucho llevar, a menudo, en el bolsillo un pequeño destornillador. Todavía lo tengo, por cierto. ¡Nunca se sabe cuando hay que apretar un tornillo!.

 

Con la ausencia de las débiles del orden, que aunque inservibles acojonan, ergo evitan altercados en lugares céntricos, empezó la diversión de verdad. Algunos gilipollas del Mallorca se mezclaban, como si tal cosa, con nosotros.  Perfecto, la puerta del gallinero abierta y ni había que entrar, las gallinas salían a saludar a los zorros.  La estupidez humana no tiene parangón. Yo, con mi cara todavía impolutamente pintada, veía las jugadas mejor que si estuviera ya el partido disputándose.  Por entonces a los Casuals se les podía distinguir fácilmente por la cara de perros rabiosos que tenían todos y cada uno de ellos. El odio innato de sus caras deberían servir para que cualquiera se pusiera ojo avizor. Mi cara pintada no. Increíblemente, nadie se percataba de su presencia. Iban sin distintivos de fútbol, para pasar desapercibidos a débiles del orden y a aficionados rivales… pero hay que ser muy imbécil para no saber que un gitano vendiendo melones no es un frutero, sino un gitano vendiendo melones…

Pues nada, 4 indigentes mentales del Mallorca, muy orgullosos de sus camisetas rojas y de sus pelos largos… haciendo de gallinas entre una veintena de zorros. La emboscada fue de manual. Tan simple como ejercer el mal ante el rival más débil posible. Mientras yo estaba a una distancia prudencial, los incautos aficionados poblaban las terrazas de los bares (el del bombo entre ellos). Yo pensaba que es imposible ser tan gilipollas como para estar, tan tranquilamente, sentado en una terraza de un bar, pegado a un estadio de fútbol donde se va a jugar la Final de la Copa del Rey y sin atisbar policía o guardias de seguridad. Mientras apuraba mi enésimo mini, pensé en que era un buen momento para ir a pedir otro, pues en la confusión de las hostias que se iban a producir, era fácil irse sin pagar. Sí, fijaos que yo pensaba en cosas así mientras veía la emboscada. Pero veía como los Casuals iban envolviendo muy rápidamente a estos 4 gilipollas inocentes de todo en ese momento, no sé 5 minutos antes, pero en ese momento no eran merecedores de ninguna paliza. Decidí intervenir, pero con mucha cautela. Ya ni miraba por si había débiles del orden cerca, sé perfectamente cómo funciona el protocolo del caos, en el cual la ausencia de débiles del orden es el pistoletazo de salida. Con gestos, les indiqué a los 4 desarrapados del Mallorca que se largaran cagando hostias de ahí. Su única salvación era meterse en uno de los bares, pues ahí los delincuentes no suelen actuar tan fácilmente como en la calle. Y les indicaba con la mano que entraran a un bar. Pero la calle ya era toda un cerco de Casuals. No me hicieron ni caso, creo que ni se fijaron y, si alguno lo hizo, pensaría: “¡Mira ese idiota del Barça con la cara pintada haciendo el moñas!”

Todo fue rapidísimo, estas locuras son cuestión de pocos segundos, pese a que quien las conocemos podamos verlas en cámara muy, pero que muy lenta. Yo no podía hacer nada. Yo era (y soy) del FCB, ergo tenía salvoconducto para evitar la lluvia de hostias injustificadas. Tomé distancia prudencial y me dispuse a sufrir visualmente un nuevo espectáculo de la maldad humana y la gilipollez dándose la mano en pefecta armonía.  Pero, hete ahí que los psicópatas, a veces sorprenden al más pintado, en este caso a mí que ya sabéis que iba con la cara pintada. La jauría de Casuals, a la orden de uno de ellos, a quien Dios o Satán confunda, se desabrochó, a la vez, las chaquetas deportivas que llevaban. Todos portaban una misma camiseta, de color gris (dijo el puto daltónico que soy) con un lema que jamás olvidaré: “Sólo los más fuertes sobreviven. Casuals FCB”.

¡Estos mentecatos estaban mancillando a Nietzsche y tergiversándolo brutalmente. El drama no duró ni 10 segundos. Ponte a contar ahora mismo 10 segundos e imagina lo que puede ocurrir en ese brevísimo espacio de tiempo, si te está atacando una jauría.  ¿A qué acojona lo largos que pueden ser 10 segundos dependiendo dónde y con quién estés?

La avanzadilla de la fácil y cobarde emboscada generó caos en 3 segundos. Cuenta tres segundos ahora mismo visualizando que estás sentado en la terraza de un bar y unos tipos empiezan a tirar las mesas y las sillas, y a romper botellas en el suelo… el ruido del vidrio roto es maravilloso para estos hijos de puta. Y a los inocentes les desconcierta.   Imagina ahora 3 segundos más (ya van 6) con más de 10 tipos golpeando a los 4 imprudentes. Si estás rodeado de tu gente, no te van a atacar, eso es de primero de supervivencia callejera. Si vas, de tan buen rollo entre la afición rival, una de dos: o llevas la cara pintada como yo y eres un psicópata, o te vas a jugar la vida por algo así de estúpido. Visualiza ahora 3 segundos más, en los que la retaguardia de la jauría, ya con los 4 agredidos tendidos, viene con una mesa de terraza de bar de las de antes, más dura que la carne de pescuezo. Y con la esquina, ojo, no con un lateral para hacer menos aberrante el intento de asesinato, golpea la cabeza de uno de estos pobres mentecatos… una, dos, tres, cuatro, cinco veces. No seis, ya no había tiempo par más. Sólo hacen falta 2 segundos para hacer esta barbaridad. Llevamos ya 9 segundos. El que sobra es para que huyan confundiéndose en la masa, en el caos que ellos habían generado y la policía consintió.

Es tan fácil hacer el mal. Pero tan fácil, y sobre todo tan impune.

Los antidistubios de las débiles, con esas pintas que acojonan tanto, llegaron por supuesto cuando ya no había disturbios: esa es su especialidad.

Pasaron 11, 12,13, 14 y por lo menos 200 segundos más hasta que aparecieron, mientras un hombre relativamente joven, con la camisa del Real Mallorca, se desangraba en el suelo, con la cabeza reventada.  Así de fácil es matar a alguien, insisto, por eso sucede tan a menudo. Las furgonetas de las débiles, hicieron mucho ruido, como hacen siempre. Bajaron con las porras en ristre, repartiendo a diestro y siniestro… cuando ya no había ningún hijo de puta que mereciera las hostias.

Pero yo, con un cabreo innato que poseo ante tamañas injusticias, les grité -jugándome 1.001 hostias de su represión– :”¿Dónde estabais hace dos minutos? ¡Cabrones! ¡Esto no es un parque, estamos pegados al Estadio de Mestalla! Sois los culpables de todo.”

Y antes de decir eso, tiré mi mini al suelo, no fuera a ser que alguno me detuviera por beber en la calle.  Os juro que así es esta gente y así pasan estas cosas.

Ese día no murió el mentecato, según me dijo uno de la peña “Fuenlabarça” que me topé y que tenía una radio e iba oyendo lo que acontecía. Los de la radio decían que se iba a suspender el partido porque habían matado a un aficionado en los aledaños del estadio. El chico este estaba muy preocupado, no por el asesinato, sino por la suspensión del partido. Yo le dije: “Anda, vamos a buscar nuestra puerta de entrada. Esto es fútbol y no lo para ni Dios”. El FCB ganó, pero a los penaltis. Por suerte el chaval del Mallorca no murió ese día, pero las sandalia de San Pedro las vio muy, pero que muy bien, por culpa de su miopía vital.

Al día siguiente yo tenía un juicio en Madrid, precisamente interpuesto por la policía local de Leganés contra mi mejor amigo. La noche de autos sólo estábamos el acusado y yo, y dos maderos. Éramos relativamente culpables, pero el juicio lo ganamos, porque yo –pese a que esa mañana en Leganés me duché y se fue la pintura de la cara– siempre llevo eso por dentro y, días antes, hice un perfecto alegato para la Defensa.  Me reí mucho haciéndolo y explicándole al inútil abogado de oficio cómo debía ejercer bien su oficio.

La vida es para vivos. Y no es redundancia.

 

 

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