ARTÍCULO: “¡Llevar bozal estará prohibido!”

LEER EN “El Correo de España”: https://elcorreodeespana.com/politica/39240516/Llevar-bozal-estara-prohibido-Por-Cesar-Bakken-Tristan.html

El paisanaje espenol es fiel reflejo del orbe, por la información que nos llega de él, pero teniendo la suerte de ser espenol y –sobre todo – vivir en Espena, podemos hacer el mayor estudio sociológico y antropológico de la historia. Siempre que puedo (que es siempre que quiero pues no dejo de hacer experimentos a este respecto, ya que estoy vivo y coleo por la urbe, a la sazón capital del Reino de la periodista republicana) lo hago. Voy:

Ayer me embistieron seguratas y maderos con vocación de juristas y médicos. Por cierto, tras unas embestidas y antes de las siguientes, estuve durante horas deambulando junto a toros y vacas sueltas que, curiosamente, no embisten. En la macabra Renfe de Atocha un segurata innovó unas teorías que merecen ser contadas y que vaticinan el título de mi artículo. Me dijo que según el Real Decreto (intuyo que se refería al que decretó el Estado de excepción comunista disfrazado de alarma) yo no puedo acceder sin bozal ni a trenes ni autobuses. Que como enfermo respiratorio sólo puedo estar sin bozal en el interior de la estación. ¡Y se quedó tan ancho! ¡Es centinela de leyes que ni conoce! Menudo hijo de puta… no sabe lo que son las órdenes ministeriales de Sanidad y Trabajo que regulan el uso del bozal y donde y por quien… impresionante. Pero lo mejor no fue eso… sino que al ver uno de mis informes médicos eximentes de ser perro bípedo (esto es muy bueno, coged algo de beber, poneos cómodos y seguid leyendo) descubrió que el rinólogo escribió: “no puede usar mascarilla” bajo una línea que dice: “Tratamiento, otras recomendaciones”. Y rebuznó algo antológico, un monumento a la espenolidad: “aquí pone que se recomienda, no que se obliga, o sea que sí puede llevar mascarilla si quiere, caballero”. ¡Este tipejo, esta sabandija de rostro semioculto por suerte para mis ojos, no sabe lo que es un informe médico ni un tratamiento!. El pobre extraviado mental severo cree que los médico obligan o prohíben… Imaginad un diabético ejecutado por saltarse la prohibición médica de tomar azúcar. ¡Es la hostia! Si por este tarado con licencia para aporrear fuera, todos los que lleváis bozal deberíais presentar un informe médico donde se os exima de la obligación de no llevarlo. Es decir, si los médicos hicieran lo que este enano mental plantea, ni el Tato se libraba de la Gestapo del congojavirus. ¿Imagináis la salivación gozosa que este panorama provoca en las débiles del orden y armadas? ¡Poder aplicar su sadismo a todos, A TODOS, no sólo a los 4 enfermos como yo que vamos sin bozal!

Ya por la tarde, en la Estación Sur de Autobuses, el asunto se sublimó y llegó a un paroxismo que me hizo confundir severamente el amor y el odio, y aunarlos y disfrutarlos esquizofrénicamente. Llego a la taquilla de una empresa de autobuses y cuando saludo a la dependienta parapetada como en los bancos de los años 80, me agrede el ladrido de un panchito disfrazado de segurata (o viceversa, ya no estoy seguro de estas cosas). “Caballero, la mascarilla”. “No puedo usarla por enfermedad respiratoria”. “Todo el mundo tiene que llevarla” “No, ahora te enseño los informes, espera”. Sigo con la taquillera y aparecen 2 maderos muy fornidos, con 743 armas al cinto y con la ropa ceñida que tanto les gusta, dejando ver unos tatuajes muy sexys… son exactamente iguales a los “montamanes” que yo quemaba de pequeño, salvo por los tattus. “¡Caballero, la mascarilla!”. “Perdona –le digo a la mujer parapetada y me giro a los pitufos hormonados – no puedo llevarla por enfermedad, como dice la ley” “¡Anda, a mí no me haces caso y a la policía sí!” grita un ahora envalentonado segurata disfrazado de panchito (insisto en mi confusión). “No les hago caso ni a ti ni a ellos, sólo os respondo como dicta la ley. No incumplo ninguna ley”. “Lo que diga el miembro de seguridad es lo más importante y usted no le ha hecho caso” ladra un cachas aferrado a su pistola enfundada. “Me lo ha dicho cuando estaba hablando con esta señora y le he dicho que ahora le enseño los informes”. “¡No puede ir sin mascarilla!” “Sí que puedo, como le he dicho al segurata” “¡No puede, nadie puede ir sin ella!”.

Aquí el inútil mental se puso al nivel del segurata de Atocha, lo cual me preocupó, porque estos esbirros del comunismo sí que han de saber por cojones la ley por la cual están habilitados a matarte. Le explico lo de la enfermedad, me pide un “documento acreditativo de ello” así lo llamó, lo juro por Arturo. Se lo doy y le digo: “toma este y ve leyendo, mientras yo sigo con la taquillera. ¿Puedo o seguimos haciendo esperar a todo el mundo?” Me autoriza, pues a estos psicópatas les encanta ordenar y, para él, autorizar mi petición era dar una orden, por eso se lo pedí así. Acabo mis gestiones de ventanilla y, sin moverme de allí pues tu espalda ha de estar siempre cubierta en estos casos donde hay un panchito disfrazado de segurata a tu izquierda y dos montamanes con tattus en frente y varios más a pocos metros… y el madero sigue leyendo un puto folio con 4 líneas., está claro que leer no es lo suyo. “Enséñeme su documento nacional de identidad”. Se lo enseño, pero el tipejo confunde enseñar con dar, pues lo coge y lo contrasta durante más de un minuto con el nombre del paciente del papel, mientras le recuerdo la ley vigente que me exime del uso del bozal. Al comprobar que no puede joderme por ahí, lo intenta por otros lados. “¿De dónde viene? ¿A dónde se dirige?” Como no quería acabar en comisaría –hace mucho que no me llevan allí y ni ganas de volver – respondo. “Vengo de Cercedilla, me he bajado en Atocha (iba con mi bici de montaña)”. “¡Eso es mentira!” “(…) todo es mentira, todo es mentira menos tú, uuuhhh uhhhh, y si lo fueras te lo suplico, miénteme, todo es mentira menos tuuuuuuuu (…) canto en mi quijotera estas estrofas de mi amigo Luis (Aute) mientras él sigue rebuznando provocaciones para hacerme decir o hacer algo que le valga para aporrearme, dispararme o detenerme –o las 3 cosas –. Y mientras Luis sigue con su concierto privado para mí, mi voz le repite, una y otra vez, que la ley me ampara, que no estoy haciendo nada ilegal y que hay gente en la cola esperando. El tarugo azul empieza a doblar metódica y lentamente mi informe, hasta que lo hace uno con mi DNI. Luis sigue cantando y yo con lo de la ley y la cola. Su compañero se da cuenta de que no me van a poder hostiar y se gira a un pobre hombre a unos 15 metros de mí y le grita brutalmente: “¡Caballero, la mascarilla ha de cubrir toda la nariz!” El pobre hombre agacha la cabeza y se sube el bozal hasta las cejas. Yo me río, sigo mirando al mendrugo armado, que me da por fin lo que es mío y me largo de allí sonriendo al panchito de la porra con esa sonrisa que muestra los dientes cerrados y los ojos pestañeantes. Esa sonrisa que ya nadie tiene por culpa del bozal. Ni sonrisa ni expresión facial alguna. Pobres… pronto les pondrán el burka.

Salgo y una maraña de taxistas fuman impunemente en la puerta donde no se pude fumar. Eso sí, todos con la mascarilla en la barbilla y los que no fuman puesta. Me alejo de su nube tóxica y me pongo el ridículo casco salvamultas de la bici. Cambio a Luis por Leoncavallo y recordando el final de la magistral “Pagliacci” interpretada por Plácido Domingo, en mi cabeza suena: “(…) la commedia è finita” (la comedia acabó) ti-rii-ririiiiiiii-riiiiiiiiiii- ti-riri-ri-ri riiiiiiiiiiiiii”. Plácido Domingo acaba de matar a su esposa y al amante de ella. Pedaleo mientras río con la analogía de lo que las femirrojas le han hecho al tenor y lo que hizo en su personaje de esta soberbia ópera. ¿Sabrán algo de esto los esbirros del comunismo? Me refiero a la ópera, a la sensibilidad, al intelecto…

Mientras pedaleo por el puto asfalto Luis y Domingo son atropellados y ya sólo pienso en “¡Caballero, caballero, caballero!” y en que mi vida, y la vuestra si sois sensatos y sensibles, está en sus manos.

Menos mal que soy mortal.

 

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