ARTÍCULO: “Tuve congojavirus hace 25 años”

Tal cual, queridos niños, tuve “el bicho” y me libré por chiripa de irme con el barbas. Realmente lo he tenido muchas más veces, porque tengo enfermedades crónicas con una sintomatología tan molona que parece que te mueres… ahí está la clave de todo: discernir entre lo que sientes y lo que tienes. Esta es una historia de hospital. Cuidado con eso. Es para mayores de 7 años.

Fue en Ciudad Real capital (la ciudad de mis padres. Bueno, si fuera de ellos ya la habrían vendido. Ya me entendéis con eso del gentilicio y tal) un 10 de octubre de hace 25 o más años. Sé la fecha porque es el restaaños de mi abuela paterna y lo celebrábamos siempre en su casa. Sí, éramos muchos más de 6 y en un espacio en el que, creedme, no era fácil estar tanta gente junta sin hacer castellers.  El secreto para estas reuniones era el cariño, el afecto, las risas y comer (bien) y beber (mejor) como si no hubiera mañana. Eran tiempos en los que la gente vivía, pese a que ya supiéramos donde estaba el cementerio.

La casa de mis abuelos maternos distaba de la de los paternos en toda la distancia que hay en Ciudad Real. Eran puntos equidistantes. Pero yo los circundaba, alegremente.  La noche de autos, bueno, la tarde en este caso porque la noche me pilló en el hospital. La tarde de autos yo caminaba tan ufano y grotesco como siempre lo hago. Iba de una punta de la ciudad a la otra, porque en ambos lados estaban “mi casa”. Encima eran casas parecidas: casas bajas y barrios pobrísimos. El caso es que tras pasar por la catedral (con esto no quiero involucrar a Dios, es que es donde me pasó) empecé a sentirme algo peor de lo normal. Digo esto porque yo sufro 24 horas al día, ya que lo sueños que recuerdo son de dolor también. Imaginad lo que es “sentirse algo peor de lo normal”. Bueno… pues seguí raudo hacia mi cita familiar, pero qué va… que mi body decía: “¿A dónde vas, alma de cántaro?”. Cerca de la casa de mis abuelos paternos, el lugar de la party, hay un hospital /ambulatorio. Entre ir a ver a mi querida familia y sus vituallas, o que me salvaran la vida, elegí lo segundo. Fallo mío. Son cosas que pasan.

En urgencias mi dolor se relajó, pues resulta que yo no estaba tan enfermo como creía, ya que a un enfermo no es normal que le pidan el DNI, le pregunten qué le pasa, y le hagan esperar en una sala, para ser atendido después. Vamos… qué moribundo, lo que se dice moribundo… no lo estaba. Pero ojo, queridos niños, que mis síntomas eran reales aunque yo no supiera la causa. Con los años he aprendido que eran (son) porque mi espondilitis anquilosante y mi artrosis vertebral provocan contracciones de los músculos serratos, que a su vez le tocan los cojones al diafragma y este le dice a mis pulmones que eso de respirar está sobrevalorado. Luego le añadimos mi rinitis crónica y, casi siempre, aguda, que impide que entre aire por mi porra… y bueno… pues que si no respiras vas y la palmas. Es como tener un Ferrary sin gasolina y una bici. ¿Qué eliges conducir?

El caso es que buena parte de mi familia creía que mi no presencia (no confundir con ausencia, yo jamás me ausento) era por cosas de mi vida libérrima. Que estaría borracho por ahí, con alguna fulana y etc. de elucubraciones que me molan, por cierto. Qué mejor manera de vivir la vida que viviéndola.  Pero no. Ese día (ya noche a estas alturas del cuento) yo estaba en urgencias del hospital. Tras la primera inspección médica, y constatar que no era un zombi, me hicieron esperar “para no sé qué pruebas”. Y salí a buscar una cabina de tlf. y llamar a mi familia, para excusar mi tardanza. Nunca he querido ser la reina de la fiesta. Contestó mi tía Juani (la mujer de un tío mío paterno, vete a saber qué somos “oficialmente”, ¿concuñados del suegro del hijo de mi abuelo? a saber, el caso es que nos queremos, que no es poco) y me dio caña telefónica (algo así como el jarabe democrático del hijo de la gran puta del Che Pa Blenin) por mi ausencia y, por ende, mi tardanza en unirme a la cuchipanda familiar. Mi intención era hablar con mi madre, pero como sabía que ella estaría aferrada a labores domésticas y culinarias gloriosas, junto a mis tías y otras mujeres de mis tíos; pues le dije a mi tía que yo quería hablar con mi hermana. Es un vínculo muy directo entre mi madre y yo, qué duda cabe, elegí bien. Y, entre el jolgorio de la celebración, le di a entender que le dijera a nuestra madre que se pusiera al teléfono. A mi madre le expliqué lo que pasaba, que no era nada, pero tenía que saberlo. Precisamente la llamé para que todos supieran que si no estaba ahí no es que yo estuviera pasándolo mejor en otra parte… ni peor (bueno, un poco peor sí), era porque estaba en el puto hospital porque no podía respirar y me iba cayendo por los rincones, literalmente.

Hete aquí que mi tío Rafa, un hermano de mi padre y ¿cuñado? de mi madre… bueno, que mi tío Rafa era peluquero del hospital /ambulatorio ergo tenía  patente de corso. Y oye, que allí se plantaron los 2: madre y tito.  No hacía falta tamaño despliegue de medios, pero se agradece, qué coño, claro que se agradece ser querido y ver las muestras de esa querencia.  Qué ahora nos quieren hacer tan inhumanos… no te jode, hijos de la gran puta, ¿por qué una madre no va a estar junto a su hijo, cuando les salgan de los cojones a ambos? ¿Por qué un tito no va a estar junto a su sobrino, cuando les salgan de los cojones a ambos?

Por cierto, la galena que me tocó en urgencias estaba buena y era, además, maja. Era lo que no son los galenos. Como ella sabía que yo no era un zombi, me preguntó por mis sensaciones (al final las sensaciones son lo que nos dominan, por eso hay que conocerlas a la perfección) y acabamos hablando “de nuestras cosas”.  Cuando llegaron mi madre y mi tito, casi nos interrumpieron… jajajaja para que veáis, queridos niños, como puede ser (y es) de maravillosa la vida. Se trata de quererse, no de odiarse. Se trata de que una madre y su cuñado con enchufe en un hospital/ambulatorio, puedan ver a su hijo y a su sobrino, porque ya tardaba mucho en llegar a la cuchipanda familiar. Familia. Se trata de eso. El que no quiera ser querido, que no lo sea. El que no quiera querer, que no quiera. Pero dejadnos en paz a los que queremos querer y ser queridos.

Hogaño (guiño a un amigo) tengo muchos más dolores y síntomas mortales que los de esta historia. Pero ahora sé por qué son, y me jodo. Ya está, es así de sencillo. Ahora no iré a urgencias, sino a un supermercado. Precisamente ahora sufriré las consecuencias de no estar muerto y de no ser un zombi. Ya sabéis que voy sin bozal. Represión total hacia mí y olvido de mis enfermedades, a los embozalados les da igual eso… si fuera con muletas (debería usar una , por cierto) me partirían con ellas la cabeza, por ir sin bozal.

Eso sí, me encantaría poder ir a una cabina telefónica y hablar con mi madre.  Eso ya no podrá ser en esta dimensión… pero sé, con total certeza, que los que me atacan a diario jamás hablaron con mi madre. Esa es mi victoria.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: