ARTÍCULO: El día que “maté” a un ratón de campo.

“La santa” (Cabañeros)

Queridos niños, muchas veces cometemos imprudencias que jamás atisbamos como tal, y por eso las cometemos, porque en este mundo tenemos mucho más poder devastador del que imaginamos. Os cuento el día en el que yo “maté” a un ratón al que veneraba, en la casa de campo que alquilé un año –junto a un amigo que casi nunca estaba – en Cabañeros (una maravillosa pedanía llamada Santa Quiteria, “la santa”). Pura vida es este relato, os advierto por si lo que os mola es la muerte y esas atrocidades con las que nos bombardean a diario, dejad de leer esto. Hay ratón muerto al final de la historia, sí. Pero la historia no va de matar ratones.

En esta casa de campo, que no era más que un apéndice del campo, una excusa de piedra y ladrillo visto para vivir, no para vacilar de ella, menuda mierda de casa era, pero precisamente por eso me gustaba, y qué grande era y tenía un enorme terreno interior lleno de árboles frutales, rosales y esas aberraciones… y hasta una vaquerizas y establos. Y una pedazo de chimenea que es el mejor hogar donde he estado y quemado cosas. Un día vi cagarrutas negras en los cajones que a duras penas se podían llamar muebles, y que estaban en una habitación que más a duras penas todavía podía llamarse cocina. Y me dije: “Habemus ratón”. Como no tenía puto gato el ratón pululaba a sus anchas, pese a mi presencia. Yo le dejaba comida por si le entraba hambre o pereza de comer bichos y esas mierdas que comen los roedores.  Nos llevábamos muy bien. Era blanco, pues con el tiempo ya lo veía y él a mí, y nos guiñábamos el ojo. Recuerdo un día que me visitaron muchos familiares, entre ellos mi madre y varías titas, que se pusieron pañuelos en la cabeza y empezaron a limpiar la casa de campo para intentar que no fuera eso: una casa de campo. Yo las dejé, total, al día siguiente sabía que mi casa volvería a ser lo que era y debía ser: un apéndice del campo. Una de mis titas descubrió las cagaditas del ratón, y me lo dijo. Me hice el sueco y, por supuesto, aseguré que pondría trampas para acabar con ese pequeño hijo de puta.

El caso es que, sin imaginármelo, lo maté. En el baño de la casa (por llamar de esa manera a ese habitáculo con un inodoro) había una bañera, por supuesto inutilizada. Ahí había que asearse en el enorme patio de tierra y vida, a golpe de manguera, como Dios manda. Pues en la puta bañera tenía yo el cubo de fregar, la fregona y el cepillo de barrer. No es que los usara mucho, pues quien coño en su sano juicio se va a poner a fregar y barrer el campo… pero ahí estaban. La puta fregona apoyada en la bañera. Me fui unos días de la casa (iba y venía, como el Guadiana de esa misma tierra manchega) y al volver, me quedé desolado contemplando al ratón tieso y patas arriba en el interior de la bañera.  Deduje que subió por el palo de la fregona y cayó a la bañera y luego no pudo salir, porque estos ataúdes blancos para ratones resbalan de la hostia y el pobre no pudo volver a la vida, que era todo lo que rodeaba a la puta bañera inutilizada. ¡Pobre ratón! le había matado un ser humano inconsciente que jamás pensó que un palo de fregona fuera la mejor trampa de ratones del mundo.  ¿Cuántas barbaridades inconsciente de este tipo no cometeremos? ¿Cuántas barbaridades conscientes sí cometeremos, ya que somos el animal más perverso sobre la Tierra?

Me quedé un buen rato contemplando al pobre ratón muerto por mi culpa. Yo que sacaba a las moscas con la mano, que adoraba a todos los bichos de la zona, salvo a la mayoría de humanos. Había matado a un pequeño ser maravilloso, que había sobrevivido a los halcones, gatos y resto de depredadores suyos… y precisamente lo mató uno que no era su depredador. Bueno, el ratón también tuvo su culpa por gilipollas, pero entre el cerebro de un ratón y el mío, me quedo con el mío y asumo mis culpas y mi responsabilidad en este “ratonicidio”.

2 comentarios para “ARTÍCULO: El día que “maté” a un ratón de campo.”

  1. Rafael López Says:

    Historia bien contada con tu particular estilo, tan visual y entretenido.

    La tristeza del final le hará soltar una lágrima a cierto “maldito” que ambos conocemos.

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