ARTÍCULO: El calamar asesino que casi pudo conmigo.

Yo, agrediendo a mi hermana, y ella agrediéndome a mí… no sé quien empezó la pelea. Al final del artículo se ve como acabó la trifulca…

Queridos niños, en este año recién estrenado que ya ha nacido jodido de facto, al ser mundano, me importa un huevo lo que les ocurra a los humanos, a los de ahora. Por eso, ahondando en mi locura que espero un día sea la vuestra, me imbuyo en mis recuerdos, y en mi personal manera de contarlos que sé es de vuestro agrado. Vosotros sí que no sois tontos, hacedme caso.

Paro de rimar, aviso de antemano.

Escribo esto de milagro, ya que, con 10 o menos años, un calamar estuvo a punto de frustrar esta prolífica carrera de escritor que llevo. Lo siento, donde dije digo, digo Diego y no he parado de rimar, qué se le va a hacer, leed otra cosa, mariposa, y pelillos a la mar. El puto calamar, encima no era tal, sino que era una rodaja de lo que fue en vida, y que casi acaba con la mía, en justa venganza natural. ¿Pero quién coño creemos ser, como para comer a un ser que otrora buceaba en el mar, sin meterse con los humanos, que somos animales de secano? Eso sí, el calamar es un hijo de puta, un depredador más (fijaos en su pico) y un cabronazo que echa tinta a sus presas o a sus depredadores, vamos, que va armado y no está cautivo y desarmado. Pero, aún muerto y troceado… tiene más peligro que un ajuste de cuentas de gitanos.  El trozo de calamar que me intentó matar, estaba en un plato de un bar de Ciudad Real. ¿Cómo sospechar que algo así, esa mierdecilla insignificante iba a acabar con un mozalbete tan impresionante como somos todos los nenes, aunque no fuéramos regordetes?¡Anatema!

Encima, para más sorna, el trozo de calamar asesino me lo dio la persona de la que más me podía fiar: mi madre. ¿Cómo desconfiar de algo que te da tu madre? Ojo, el síndrome de Munchausen está cada vez más acuciante. Ahí lo dejo, queridos niños, pero no dejéis de informaros de qué coño es eso. Junto al trozo de calamar asesino, yo y mi madre, un policía armado (un gris, para el que no lo haya pillado)… pero era “uno di noi” (uno de los nuestros, dice la camorra), mi tío Higinio, un gran hombre que habitó esta Tierra. Él fue el primero que me enseñó una pelota de goma de los maderos… todavía lo recuerdo… ¡joder cómo pesaba eso y qué poco botaba: nada! Vota idiota. Ese mismo día del ataque del calamar, me preguntó: “¿Qué, a qué te vas por ahí con la litrona y tus amigos?”. Mi contacto con las litronas (botellas de cristal con un litro de birra inside que se chupa, a modo de biberón) era recogerlas en los parques de Leganés, por supuesto sin ninguna medida de higiene ni esas mariconadas de ahora, llevarlas a los frutos secos (tiendas llamadas así porque, entre otras muchas cosas, vendían frutos secos, no secados por los de la tienda, ojo) y que me dieran unas pesetas porque eran cascos retornables. No hay mejor manera de explicar la economía mundial que esta: un agricultor siembra cebada, la cosecha y la vende. El que la compra la fermenta y hace un líquido con ella, y lo mete en un recipiente de vidrio que otro chalado fabricó por su cuenta, con un horno y varios elementos químicos como aliados. El macarra de turno, pagó cien pesetas (o así) por esa botella con la birra dentro de ella, y se fue a un puto parque. El parque, por supuesto, público, y como tal pagado por todos los que nunca por allí han pasado. Se sopló esa botella y la dejó allí tirada. Entonces, niños como yo que sabíamos que ese cilindro de vidrio vacío tenía valor (económico, no del que importa, claro) cogíamos esos objetos y los devolvíamos a su punto de origen: los frutos secos. Y el de la tienda nos daba dinero que, inmediatamente, le devolvíamos, a cambio de unos frutos secos. Vamos… por si no os ha quedado claro, queridos niños, que la economía es comer y jiñar, no es nada más.

Sigo y termino con lo del calamar, por si alguno me lo ibais a preguntar. Me disperso, lo sé, lo asumo y no lo siento. Cuando mi madre me dio el trozo de calamar, yo, por supuesto, me lo comí. Fijaos que tontería, en esta época de enorme emergencia sanitaria… qué frivolidad hablar de un puto calamar. Pero es que es verdad… a mí me pudo matar y este virus tan mortal, de momento, no me ha hecho ná (ni a vosotros, porque lo que no existe no puede hacer ná, pero cómo os mola haceros las víctimas y sentiros protegidos por quien os maltrata… Síndrome de Estocolmo, queridos niños, mirad también qué es esto). El que cocinó el calamar no se preocupó de quitarle la piel, es decir,  lo troceó sin más… vamos, que le daba igual trocear un cacho de cuero que un calamar, total… él quiere que le pagues por algo, lo que tú hagas con ese algo, no es problema suyo. Pues me lo comí… porque, encima, me dieron pan. ¡Cojones qué yo sabía que el pan se comía, y, por lo tanto, con él me comí el trozo de calamar!. Pero, hete ahí que la piel de un calamar y el esófago humano, se llevan a hostias. Y eso pasó, una gloriosa pelea entre mi esófago, cautivo y desarmado, y el trozo de calamar. ¡No me jodáis que en “20 mil leguas de viaje submarino” luchan contra un calamar gigante y lo vencen… y yo iba a perecer por un trozo de calamar enano, encima! Y el esófago le dijo a mi traquea que eso de respirar está sobrevalorado, y que cuando hay un calamar de por medio, un poco de respeto ¡animalismo al canto! Vamos, que me estaba ahogando. No sé si le di una coz a mi madre, como último gesto gallardo de mi paso por la Tierra, o me vio ella morado, el caso es que me metió varios dedos de una de sus manos (tenía 2, estaba muy bien hecha ella) en la boca, hasta la garganta y, con ellos, me sacó el puto calamar asesino hijo de la gran puta mar, que me estaba derrotando y de qué manera tan ridícula, coño.

Supongo que nobleza obliga a una madre a salvar la vida que parió. Pero, para otra ocasión, queridos niños, recordad que estáis indefensos ante los adultos. A veces ellos ni se dan cuenta de lo que hacen, porque también fueron niños desatendidos y así, ad aeternum.

PD: mirad cómo coño se limpia un calamar, antes de servirlo y, encima, pagar por ello. Cuidado que es un vídeo de Arguiñano, con contenido homófobo. No me hago responsable de ello, soy un irresponsable y, si coméis calamares no limpiados por vosotros, troceadlos por Dios por la patria y el Rey, murieron nuestros padres, por Dios por la Patria y el Rey, moriremos nosotros también (esto no lo dice Arguiñano, lo decían los carlistas… la madre que me parió… quiero decir, la madre que me salvó de morir por un puto cacho de calamar):

La foto de cabecera del artículo era un montaje sensacionalista para intentar cobrar una paguita del Estado, por maltrato, pero no ha cuajado, ya en esa época mi hermana y yo nos llevábamos bien y hasta fumábamos juntos…

2 comentarios para “ARTÍCULO: El calamar asesino que casi pudo conmigo.”

  1. Rafael López Says:

    A mi ya me hiciste buscar al Munchausen éste con anterioridad, “maldito”.

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