ARTÍCULO: Hace poco defendí a los maderos.

Fachada anterior de la Residencia infantil Chamberí”

Hace unos meses trabajé un mes a cambio de dinero. Fue al inicio del atroz arresto domiciliario que el eufemismo de estos hijos de puta gobernantes llamó “confinamiento sanitario”, y el pueblo aplaudió –literalmente – y bailó desde sus celdas que pagan a precio de oro, bien al casero o bien al banco. Concretamente en la madrileña “residencia infantil Chamberí”, otro eufemismo más, porque eso es una residencia de delincuentes juveniles, la mayoría menores de edad y otros indocumentados que se afeitan hace más de un lustro y, efectivamente, infantes que son perfectamente adiestrados por los otros para ser igual o mejores delincuentes que ellos.  Trabajé ex profeso para tener salvoconducto y poder salir de la casa de mis caseros cuando me saliera de los cojones, cosa que siempre hice, por cierto, pero no me vinieron mal los 2 mil pavos ganados ni la experiencia vital de currar allí, tema del que hablaré en algún momento, que no ahora, pues ese curro de mierda como auxiliar de control es un simple marco sobre la primera y última vez que he defendido a los maderos.

Resulta que los “residentes” de ese lugar que paga el erario (si supierais la de pasta innecesaria que se van en estos centros… donde hay más trabajadores que residentes y todos cobran una media de 2 mil euros al mes – unos más y unos menos, por eso es una media, cojones, que ya veo a uno que curre allí por 1.200 pavos despotricando contra mi afirmación –). Los residentes viven a cuerpo de Rey: comida a mesa puesta 3 veces al día, servicio de limpieza, atención médica y lúdica, patios de recreo y deporte, manga ancha para que fumen y se droguen, wifi gratis, una paga mensual que se gastan en ropa cara, servicio de seguridad 24 horas al día… y todo pagado por el erario, cuando la mitad o más son hijos de espenoles vivitos y coleando. Vamos, es como los ricos que meten a sus hijos en escuelas -internados, sólo que a lo pobre y pagando el erario. Luego están los menas. Uno de estos fue el primero que me hizo defender a los maderos, pues al verme en el control de acceso, en su poco español me empezó a preguntar que si yo era un policía (así llamó a los putos maderos), pero lo pronunciaba a lo moro: “pulishía”, y antes de que le pudiera contestar, empezó a dar puñetazos a una puerta al grito de “yo mato a pulishía”.

“No soy policía ¿y por qué los quieres matar?” , le pregunté. Su única respuesta era seguir dando golpes a la puerta y repetir lo mismo. “¿No sabes que la policía es quien te protege y de no ser por ella no estarías aquí? ¿Quieres matar a quien te da de comer y te protege?”. No se enteró de nada, supongo, porque es un puto moro delincuente juvenil que no sabe ni pensar, así que mucho menos hablar y menos en español. Así que le ordené que se largara, y se largó.

Entramado de cuerdas en las escaleras de la residencia, para evitar “caídas o suicidios”.

Con los que sí pude hablar fue con 2 delincuentes juveniles españoles que fueron “castigados” siendo aislados en 2 cuartos que están justo donde el control de acceso. Miki se llama uno (de unos 15 años pero aparenta menos) y el otro no recuerdo el nombre pero sí que tenía 11 años. Cuando me quedé sólo en la zona, fui a hablar con los 2 cabroncetes. Les habían encerrado, pero sin llave, por lo que Miki abría la puerta e intentaba salir con cualquier excusa. Me percaté de que estaba descalzo y sin calcetines, y como eran ya las 22 h. hacía rasca y máxime en un suelo de baldosa. Cogí papel de cocina (algo similar) y le dije que apoyara ahí los pies. Abrí la otra puerta, llamando previamente, para ver qué coño estaba haciendo el otro. Lo de llamar previamente lo hice para que dejara de hacer la barrabasada que estuviera haciendo, al saber que iba a entrar alguien. Aún así, estaba a punto de partirse la crisma, haciendo el gilipollas sentado en una silla grande , haciendo el caballito con ella y su cuello haciendo de tope entre la pared y el respaldo de la silla. Ahí supe que este nene demandaba atención, por eso no se sentó correctamente pese a oír mi llamada. Y hacer el cafre es la única manera que conoce de que los adultos le hagan caso. “¡Ponte bien, gilipollas!”. Le expliqué lo de partirse la crisma y me dijo que le daba igual, y que él no había hecho nada. Resulta que se habían pegado y por eso les habían llevado “a mis dominios”. Les puse bajo el quicio de las puertas, correctamente sentados, para que habláramos los 3, pues ya me diréis, queridos niños, que tipo de lección vital van a aprender estos 2 siendo encerrados… salvo la lección de odiar aún más al segurata que les encerró y al auxiliar de control que les mantuvo encerrados.  Creedme cuando os aseguro que todas las personas, sean quienes y lo que sean, tienen algo que decir y por eso hay que oírlas y luego, si se puede, dialogar con ellas o reventarse a hostias mutuas, pero lo primero: la dialéctica. Y eso es lo que apliqué, con una sutil pizca de mayéutica socrática, es decir (resumiendo mucho): preguntándoles sus propias respuestas que ellos mismos ignoraban tener.

Miki se autodefinió como “quinquillero” y estaba henchido de orgullo por ello, al igual que por su tío, ya que “el otro día le arrancó a un pitufo un dedo de un mordisco. Odio a los pitufos, voy a matar a todos los que pueda” (pitufos es “madero”, para estos delincuentes). “Entonces tu tío está en la cárcel o en el hospital”. “No, está en su casa…” Entonces tu tío no le arrancó el dedo a ningún policía, porque de haberlo hecho ahora estaría preso o en el hospital de la paliza que le habrían dado los policías”. Ahí se quedó pensando el nene, que es muy macarra, pero yo no lo era menos a su edad ni actualmente. A todo hay quien gane. El diálogo a 3 es muy largo para desarrollar ahora, pero la conclusión es que los 2 delincuentes juveniles abandonados en las voraces manos de Papá Estado se quedaron asombrados de que, por fin, “una autoridad” se interesara por ellos y les tratara de tú a tú. Les expliqué que ese odio que tenían a “los pitufos” (el máximo anhelo declarado de los 2 era matar pitufos de mayores, y tener hijos). Lo de la prole me dejó descolocado: 2 mocosos que todavía son hijos más que adultos, ya planificando algo tan serio como es ser padres. “Me he tirado a todas las de aquí”, presumía Miki.  Les enseñé, con el móvil, los trailers de mis documentales en Senegal y en los campamentos saharauis, donde salen menores como ellos. Y estuvimos hablando sobre lo diferente que debería ser la vida en Espena y allí, pero que los seres humanos son los mismos en ambas partes y tienen, básicamente, las mismas necesidades y anhelos. 

El deincuente fiscal, sin encarcelar, Marcelo (jurgolista multimillonario) en uno de los patios de la Residencia, pervirtiendo a menores en una de sus redes sociales, con la excusa del puto jurgol de élite, camisetas moras y esclavistas de nenes del tercer mundo, y perpetuando este estúpido sistema de valores occidentales, donde una puta pelota está por encima de todos los libros.

Les hice ver que ellos 2 eran unos privilegiados, por todo lo que tenían ahora, y gratis. Y que no podían ser tan imbéciles como para odiar a la mano que les otorgaba ese privilegio. Que dentro de unos años, cuando cumplieran los 18, ese mismo Estado que ahora les acuna, les echaría a la puta calle, y que si no estaban preparados para eso, serían carne de cárcel, de miseria o de cementerio, y que sus enemigos no iban a ser “los pitufos”, sino todos los que ahora creen que son sus amigos. Bueno, dio para mucho esa hora de conversación, durante la cual 2 delincuentes que habían llegado gritando y quejándose por “su reclusión en los cuartos de castigo” acabaron hablando, respetuosamente pero de colegueo no de miedo, de tú a tú conmigo y entre ellos.  Justo antes de que los devolvieran a sus cuartos compartidos para dormir, Miki me dijo: “Tú no eres el de la puerta, tú eres el jefe de todos estos” “No, yo soy el auxiliar de control” “¡Ya! y yo que me lo creo” “¿Por qué crees que soy el jefe?” “Porque se nota”. Y no lo dijo con odio, sino con respeto y, tal vez, admiración.

Seguramente a la media hora siguiente ya estaban otra vez de peleas, sin apreciar lo privilegiados que son y deseando matar “pitufos”, pero es que yo no renové el contrato para seguir metido en ese antro, y los dejé en manos de los otros… los que ni saben ni quieren educar a nadie, sino ganar dinero soportándoles. Tenemos un problema social tan grave en Espena, que muchos ni se dan cuenta de ello y lo fomentan a cada instante. Pobres, no saben que el pan para hoy es hambre para mañana. Y sufrimiento y dolor. Todo llegará. Yo me siento seguro, porque como dijo “el quinquillero”: soy el jefe de todos estos.

2 comentarios para “ARTÍCULO: Hace poco defendí a los maderos.”

  1. Rafael López Says:

    Buen artículo “Jefe”.

  2. joseignacioh Says:

    (A ver si no recuerdo mal), el juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, sólo condena a “encierro” a lo peor de lo peor. A los demás los puede condenar desde sacarse la ESO a condenas similares.
    Tiene una filosofía bastante benévola con los jóvenes delincuentes o “choricillos” como también los llama.
    Y por lo visto le funciona.

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