Cine. RAFAEL LÓPEZ: “El crack II”.

Es una máxima que “segundas partes nunca fueron buenas”, y aunque la regla se cumple con pulcra frecuencia existen algunas ‘raras avis’ que, como buena excepción, hacen pervivir, y validar, la norma. Con los dedos de la mano se pueden contar segundas partes dignas herederas de las primeras, y, modestamente, vengo a proponer una película que, creo, no desmerece de la pieza original. 

Volvemos al solar patrio con la película “El crack II”, una secuela que cuenta una historia con muchas similitudes y “territorios comunes” con su antedecesora, de idéntico título pero sin el número, tanto en la trama, como en su desarrollo. Aportan un plus de continuidad el hecho de contar con el mismo elenco de actores, encabezados por los solventes Alfredo Landa, Maria Casanova, Miguel Rellan y el gran José Bodalo. Una de las cosas que más me gustan de las dos primeras películas de las andanzas del detective Germán Areta son los secundarios de superlujo con los que cuenta: en la primera entrega el protagonismo en este aspecto lo aporta el gran Manuel Tejada en un papel que borda; y la segunda entrega ofrece dos presencias de primer nivel: la primera por parte del estupendo Rafael de Penagos, quien posee esa personalisma, y timbrada, voz que es un deleite escuchar, y, también, por el primoroso Arturo Fernández en un papel lleno de matices y detalles sólo al alcance de los grandes. Su escena de diez minutos vale más que muchas películas completas de cine negro, y como “malo, malisimo” está soberbio. Los diálogos son buenos en general con algunos detalles de gran nivel. 

El director de estas películas José Luis Garci se enfango hasta el corvejon, hace cosa de un año y pico, en eso que llaman precuela (una historia que sucede con anterioridad a otras ya contadas) cuyo acertado título era “El crack cero”, porque resulta ser un bodrio infumable, cuya valoración de cero sería incluso demasiado amable. No entro en detalles porque me da hasta mala gana hablar de semejante petardo cinematográfico. Está obra añade a su mediocridad pretensiones artísticas como, por ejemplo, utilizar las imágenes el blanco y negro, cómo si durante el régimen del general Franco no existieran los colores ¡vaya memez! (ese estúpido maniqueísmo de los imbéciles que dicen aquello de “no queremos volver a una España en blanco y negro” me enerva), y un estéril, y cutre, vasallaje a las tramas y desarrollo de sus nobles precedentes, con lo que puede cuasi afirmarse que está al nivel de “Pieles” de mi querido Luys Coleto. 

La película es del año 1983, y, muy a mi pesar, no les puedo adjuntar un enlace donde ver íntegramente sus, un poco excesivos, 115 minutos de duración, pero sí los cortes mencionados anteriormente. Aunque es relativamente moderna, y el género que toca es dado a excesos visuales, y verbales, todavía mantiene esa buena costumbre de los grandes clásicos, de no dañar, gratuitamente, la sensibilidad del espectador, por lo que admite su visionado en Familia. 

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