ARTÍCULO: Mejor un botellón de vermú que un botellazo de lo que sea.

Queridos niños, cuando seáis mayores os aconsejo ser alcohólicos como yo, pero no borrachos como otros (*). Y cuando toméis vermú, hacedlo siempre con hielo, una rodaja de limón pinchada –para que vaya soltando jugo – y un poco de sifón (soda en las pelis americanas, que mezclan con güisqui). Como soy pobre, el vermú me lo tomo en casa (yo no voy a bares salvo en Eivissa, Guisando, Ciudad Real y Cercedilla) y compro un botellón de litro y medio, que sale más barato. La primera vez que descubrí este botellón fue en un súper ya extinto de Madrid “Hiper Usera” “Fliper O sea …” . Estaba cerca de la casa de mis caseros (poco más de medio km. o así) y, a veces, compraba cosas allí que no había en los otros lados: Gastamenos, Carrefuck y Díaz. Un día me cargué más de la cuenta pues ese botellón lo traían de pascuas a ramos y al verlo, lo pillé, con otro litro y medio de sifón. Pero ya llevaba demasiada compra y yo no soy un maricón que va con carrito.  Bien… pues al pagar, en la caja de al lado había una octogenaria con el perceptivo bastón, quejándose amargamente a unos empleados.

Tenía la buena mujer mucha compra ya pagada, pues a esa edad no es plan de bajar todos los días a comprar. Pero como no era gilipollas, usaba el servicio de “entrega a domicilio”. Pero resulta que esa mañana ya estaban todos los pedidos a domicilio completos y el de la señora tendría que esperar al turno de reparto de tarde.  Mientras yo pagaba la compra, ella le decía a la cajera y al notas de reparto a domicilio (ambos se diferencian por fuera, pero no por dentro. Ella pantalón ajustado, escote y cara de chupa pollas; él chaleco de currela, pantalón holgado lleno de bolsillos y cara de imbécil) que tenía productos de nevera que se iban a estropear, amén de que había cosas que necesitaba para la comida. Y el del chaleco: “Por la tarde, señora, se lo llevamos por la tarde”. Y la mujer: “Entonces si lo sé no lo compro”. Y la cajera: “Siguiente”. Y yo, que acabé de pagar en la caja de al lado, intervengo.

“Vamos a ver si me entero – le digo al del chaleco de currela – esta mujer no creo que viva muy lejos de aquí, no creo que tenga mucha autonomía de vuelo – ¿por qué no le lleváis la compra en un periquete y ya está?”. La cajera de tetas semipresentes por el desbotone, soltó algo así como que los pedidos no sé qué y que si la compra no sé cuanto.

“O sea –seguí yo al currela que metía otras bolsas en cajas de reparto – que a esta señora le cobráis antes de decirle que no le vais a llevar la compra a su casa –“

“Nosotros no nos hacemos responsables de eso” algo así me soltó la de las semitetas en mi cara, mientras cobraba a otro cliente/a/x.

Bueno… la cosa se ponía interesante para mí, eterno pendenciero, pero como realmente la anciana tenía productos perecederos… perecí al pendenciero, no era cuestión de estar discutiendo mucho rato y que se le jodiera la compra que con su mierda de pensión tras, seguramente, toda una denodada vida de trabajo había comprado.

Eres un maricón de mierda y no tienes ni cojones ni respeto por los mayores” algo así le dije al del chaleco, no sé si el insulto fue exactamente ese o, tal vez, “Eres un hijo de puta” No sé, yo insulto tanto que mi hipermnesia a veces no recuerda exactamente lo que dije ese día concreto. “Señora, yo le llevo la compra”. “Pero si va usted muy cargado –me dijo ella con ese trato maternal pero ese usteo de respeto a los demás” Cogí todas mis bolsas en una mano y las de ella en la otra. “Ahora sí que voy cargado, señora, vámonos de aquí”.

Queridos niños, podéis imaginaros que la velocidad de crucero de esa buena mujer era inferior a la de un caracol, por lo cual ir con tanto peso y tan despacio era equivalente a 2-3 jornadas de Gym (yo soy más de Gintónic, pero he ido bastante al Gym ese cuando no estaban de moda y sólo iban ahí los más tarados de cada barrio). Durante el camino, a  parte de darme las gracias y reiterarme su enojo con los del supermercado, me contó que su marido era todavía mayor que ella y que tenía (poned aquí enfermedades de esas edades que te impiden ya bajar a hacer la puta compra) y por eso tenía que bajar ella una vez a la semana, “como bien pueda apañarme, pero luego me lo llevan a casa ellos, que además hay que pagarlo a parte, pero yo no puedo ya como usted comprenderá”. Seguimos el lento paseo por Hediondo Puente de Bellacos hasta que llegamos a su casa, que por suerte era en dirección a la de mis caseros (digo esto porque yo jamás dejo mi compra en el puto suelo y ya tenía los dedos moraos –dijo el daltónico, pero ya me entendéis, con la sangre ahí sin circular, no sé que puto color tiene eso, yo digo “morao”). Olvidaos de la existencia del ascensor, por supuesto. Así que cuando abrió la puertecita del portal, vi una larga escalera.

“Vivimos ahí arriba” dijo señalando una puerta. Le subí la compra y al bajar, ella todavía en la calle, me reitera las gracias y me da un billete de 5 euros. “Por favor señora…no me tiene que…” “¡Qué me enfado!” gritó como sólo esas adorables ancianas ESPAÑOLAS saben hacer. Cogí el billete y le di las gracias. Me lo metí en el bolsillo rápidamente, para poder repartir el peso con mi otro brazo.

Estos son los 5 euros más honrados que he ganado. Y por mucho que me paguen ningún salario será más honrado que este. Por cierto, unos 15 años antes curré repartiendo pedidos de súper a domicilio.

Tanto la cajera semitetas como el repartidor chaleco de currela seguro que han metido a sus padres en una residencia y les tienen ahí abandonados porque por el congojavirus no les dejan entrar, exactamente como hago yo y mi familia paterna con mi abuela de 106´5 años y más cojones que todos los caballos y jinetes del Séptimo de Caballería. Hay mucha diferencia, abismal, entre unos seres humanos y otros. Yo me alegro de ser de la parte buena, porque , queridos niños, hay mucha gente mala a la que cuando seáis mayores como yo les llamaréis: “hijos de la gran puta”. Y son precisamente esos los que no me dejan salir de Madrid para ir a ver a mi abuela secuestrada y vacunada contra su voluntad. ¡Ni siquiera dejan que la llamenos por tlf.! “Protocolo COVID”. Hemos dejado que esos del Fliper O sea… lo dominen todo. Hoy en día no es que no le lleven la compra a la anciana a la que se la llevé yo… sino que a mí me intentan dar de hostias cada vez que voy a comprar.

(*) Ser alcohólico no es nada malo, ser un borracho sí. Alcohólico es el que necesita/quiere beber alcohol todos los días. Es como el resto de enfermedades pero en grado crónico. Pero el borracho es un enfermo en grado agudo. Ese es el problema, tener una enfermedad aguda. La crónica no mata.

3 comentarios para “ARTÍCULO: Mejor un botellón de vermú que un botellazo de lo que sea.”

  1. Rafael López Says:

    ¡Que buen artículo, César!

    • Lo sé, Rafael, lo sé. Todo lo que se publica en este “nuestro BLOG” es de enorme calidad, salvedad hecha de cierto mosqueperro con “Pieles”… y de cierto otro mosqueperro con “La bachata”, jajajajajajaja

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