ARTÍCULO: Suicidio o vida, elección irrenunciable.

Queridos niños, voy a contaros una historia que protagonicé en 2006 y que, sin duda alguna, hoy en día me hubiera conducido a la trena y al escarnio público. Porque es una historia llena de vida, eso que ahora no llena nada sobre la Tierra, salvo los recuerdos de los que la tuvimos.

Córdoba, barrio de la judería (espectacular e imprescindible sobre la Tierra). Yo vivía solo solito en el mundo en un gran y viejo piso, frente a Sierra Morena por buena parte de sus salidas arquitectónicas al orbe. 300 pavos al mes (agua y luz incluidas, sólo gastaba en la bombona de butano ¿qué es eso? – me dirá el más curioso de los niños –). Yo haciendo de gato bípedo, como siempre, y volviendo de “la taberna de la muerte” (bautizada así por mí y un amigo al estar ubicada en una calle con ese mismo y tétrico nombre). Serpenteando a pie, y de madrugada, por ese silencioso laberinto embriagador cordobés, oigo en lontananza una voz femenina desconocida que llama, con tono entre curiosidad y demanda, a un hombre. Llego a su altura y la voz toma cuerpo, de chica guapa, y se dirige a mí.  Resulta que estaba llamando a un notas con el que, supuestamente, iba a pasar la noche. Ella era de Montoro, un pueblo cercano, pero al no tener coche no podía volver hasta que empezaran los autobuses matutinos. Yo no conocía al notas que me decía ni sabía donde coño vivía, por lo tanto, porque ella no estaba segura de si vivía en esa calle donde ella estaba vociferando moderadamente.  En mi casa 3 dormitorios, 3 camas y un sofá. En la calle, adoquines y asfalto. Obviamente la dije que si quería pasar la noche en una cama o sofá, que viniera conmigo. Y vino. No me la pretendía follar, no soy tan vulgar, os lo aseguro. Y ella, como era 2006 y no era imbécil como son (casi) todas ahora, se vino con un perfecto desconocido, calvo rapado de metro ochenta, que venía de tomar unos gin tonic en “La taberna de la muerte”. Menos mal que era yo y no cualquier hijo de la gran puta de esos que bailan con las chicas de la Cruz Coja.

Como buen anfitrión, le saco unas birras y nos ponemos a ver algunos de los cortos y docus hechos por mí, ya que durante el trayecto hablamos de qué chorradas hacíamos para subsistir en este valle de lágrimas. Y yo le dije lo del audiovisual, por decir algo ya que mi oficio es ser hombre sobre la Tierra; y a ella le entró curiosidad por ver algo de ese pasatiempo mío que ayuda a querer el tiempo.  Bueno, que acabamos follando sin yo pretenderlo. 2 polvos, por supuesto, es lo mínimo que le pido yo a una desconocida. Tenía unas tetas privilegiadas, y presumía de ellas mientras cabalgaba sobre mí, comentando: “Siempre me dicen que lo mejor de mí son las tetas” Y cuanta razón tenían los que lo decían… Pero el mérito no eran sólo de sus 2 senos, tremendos, mediomeloneros, firmes, suaves, con pezones erectos en pirámide perfecta con los senos, casi ni se movían cuando ella lo hacía sobre mí, así de firmes eran; pero como no era muy alta y era delgada, sus tetas tenían mucho más protagonismo que en otro cuerpo con 20 cm. más y 20 kg. más. Pero no la dije nada, ella estaba orgullosa de su busto y yo me la estaba follando tan a gusto: todos contentos. El caso es que yo había llegado a Córdoba ese mismo día, tras una semana de estancia en Madrid y al subir las escaleras hasta el 4º piso (la última planta) percibí que había un fiambre bajo mis pies, pues del piso de abajo salía gente y se oían cosas de velatorio.  Como mi casero estaba siempre en una taberna cercana donde luego acabé trabajando yo (y él) pasé por ella antes de ir a la de la muerte, y me dijo que el vecino de abajo se había suicidado. Se había tirado por la ventana y, el muy gilipollas, no había caído encima de ningún cabrón. Había muerto en el asfalto, pero le estaban velando en casa, cosas que pasan. Yo no le conocía, ni a su mujer ni a sus 2 hijas de mi edad por entonces, pero al estar echando el primero con la maja desconocida, oía a la mujer llorar y comentar cosas raras del tipo “5 horas con Mario” así que, por respeto a ella y pese a arriesgarme a menoscabar mi siempre solvente erección, le dije a la desconocida que no gimiera y que no hiciera ruido al follar. Era fácil, como era menuda la sostuve con mis hercúleos brazos de machote y fui yo el que llevó el ritmo del polvo silencioso. El segundo ya se descontroló un poco, he de decirlo, pero ya fue sin estar en la cama, en otro cuarto para no hacer nada de ruido sobre el fiambre y sus plañideras.

Es una sensación curiosa follar sobre un velatorio. Pero así es la vida y, que duda cabe, la muerte. Por la mañana bien entrada se largó a su pueblo, y la di algo de pasta porque se notaba que le hacía algo de falta.

A esta chica no la volví a ver hasta un año después, cuando yo curraba de encargado en la mejor Taberna del mundo: La Espiga. Teníamos un levísimo contacto por sms (¿qué es eso?  –pregunta el mismo querido niño del butano) y se enteró de mi nuevo trabajo y vino un día a visitarme. Pero yo no entre hasta horas después de que lo hiciera ella, cuando ya estaba pedo y fumada la muy hija de puta. Me lo dijo uno de “mis camareros”.”Ahí hay una muy pedo que dice que te conoce”. Fui a verla, nos saludamos, le quité el porro de la boca (no se podían fumar porros en ese sitio y eché a la puta calle a sus 2 acompañantes que le habían pasado el peta. No solté ni una hostia, lo juro), la cogí en brazos y me la llevé a la tercera planta, a una cama, pues en la buhardilla había un dormitorio (“La boheme” lo bauticé, donde viví un tiempo y ese día era parte de ese tiempo) y la dejé durmiendo la mona. Cuando se marchó (eché) el último beodo, a eso de las 3 o las 4, subí a verla. Ella intentó volver a follar con el menda, pero yo tenía novia por entonces, aunque en Madrid, y no accedí a tan noble propuesta amatoria. Pero quería dormir en mi cama, así que le preparé un chamizo confortable en la segunda planta y a roncar bien arropadita. Al día siguiente llegaba mi novia, de Madrid, y como vendría directamente a la Taberna /casa, logré que esta notas se largara antes.  No le dije nada a mi novia, pues no es plan de explicar: “He pasado la noche con una tía que… (aquí poded toda las historia anterior)”. No era plan… eso sí… una pena no haberlo hecho… porque mi novia de entonces resultó ser una de las peores personas del mundo, y lo era ya ese día, pero yo no lo sabía. Eso es otra historia, que –por cierto– ya he contado en mi relato: “Queridísima Estelada”.

Enlazo un vídeo que hice sobre esta Taberna, ante de empezar a currar en ella, por si alguno tenéis curiosidad de ver algo del lugar, que hace muchos años ya no existe. Cosas de la vida, y de la muerte. Mi casero era el señor que sale en la foto. Mi amigo “Emily”, que me llamaba a mí: Publio Cornelio Augusto (por lo de César) y me decía: “Sésar, eres ´precios´(contracción de precioso) mientras me daba besos en la calva”.

2 comentarios para “ARTÍCULO: Suicidio o vida, elección irrenunciable.”

  1. Rafael López Says:

    El video de primerísimo nivel, el artículo también aunque, para mi, le sobra algo de “metraje”.

    Ya me conoces.

  2. ¡Y encima estamos en Cuaresma, Don Rafael! jajajjaa.

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