ARTÍCULO: Brutalidad (policial es ya redundancia) contra un panchi beodo.

A colación del artículo de hoy de mi amigo Luys Coleto, he de decir mucho, muchísimo al respecto, no del artículo y los hechos que narra y desconozco, sino de la brutalidad. Los que tenéis la suerte o desgracia de conocerme en persona, sabéis que jamás miento (ni de manera piadosa).  Si no me conocéis podéis leer alguno de mis artículos o ver alguno de mis vídeos sobre este tema de la brutalidad. 

Hoy voy a contaros una historia más sobre ella, concretamente de los munipas de Madrid y los nacionales, todos hechos acaecidos en Hediondo Puente de Bellacos y vistos por mí y mi parienta, desde la terraza de la casa de mis caseros que alquilo y no es ni de ellos sino de un Banco. Es malo acostumbrarse a la utraviolencia, os lo aseguro porque yo lo hice. Hechos como los que leeréis ahora son el pan nuestro de cada día en la urbe. En este caso, las hostias no me las intentaron dar a mí. Tuve suerte de ser un espectador. Pero otras muchas veces he sido el protagonista, y para la gente pacífica como yo ser el prota de estas putadas es terrible. Pero… nobleza obliga a defenderse. “Ser es defenderse” (Ramiro de Maeztu dixit).

Hata hace año y poco, en este puto barrio los gritos eran la norma habitual. Ahora con la plandemia ya ni grita la peña. Ver a gente con hachas, con machetes… todo de color de rosa, vaya… el sitio ideal para criar a una familia. Qué puto barrio. Los primeros meses hasta nos asomábamos si los decibelios de los gritos humanos eran demasiado altos o demasiado cercanos. Eso fue lo que ocurrió en esto que os cuento ahora, acaecido una madrugada de hace más de 1 lustro y puede que 2 (el tiempo pasa volado, por suerte… ya queda menos para el descanso eterno). Un panchito y 2 panchitas, gritando como posesos. Pero sin pelea (otras muchas veces sí les he visto a hostias entre ellos y ellas, en esta misma calle, pero ese día no. De hecho, uno de mis caseros –el que vive en este mismo inmundo edificio – me decía siempre que por qué no sacaba mi cámara para grabar todas las aberraciones que veíamos, que serían unos vídeos cojonudos. Y yo siempre le dije lo mismo: mi cámara es para crear no para recrear la inmundicia humana).

El notas prota de esta historia con un pedo del copón bendito, se tenía en pie por mera intuición, pero todos los coches eran apoyos de su borrachera. Y una de las panchis llamó a la policía con el móvil.  No sé para qué, porque el beodo lo que necesitaba era una cama blandita, no a la policía. Bueno… pues al segundo llegan los munipas. Se bajan de su cuadriga motorizada y monitorizada y se interesan por los “altercados” que ya os digo yo que eran 2 panchitas histéricas y un panchito beodo perdido. Nada grave ni preocupante. Ante la presencia policial el borracho se alteró, pues él mediría metro y medio y los munipas eran de los fornidos, gente gym total. Se sintió amenazado, porque él no había hecho nada que yo hubiera visto y las 2 mujeres le habían denunciado. Los munipas, con esa amabilidad que se gastan cuando saben que no tienen rival en frente… se cebaron y de qué manera con el notas este. Primero le provocaron con “caballero, no se acerque” y esas lindeces que dicen ellos. Y el beodo, más gilipollas que el que jiña haciendo el pino… va y le intenta dar una hostia a un munipa. Imaginad la hostia de un borracho de metro cincuenta a 2 maromacos armados y, supuestamente, sobrios. Fue de película, un intento de agresión a cámara lenta, como cuando juegas al boxeo con un niño de 2 años… Pues uno de los maderos vio el cielo abierto, sacó la porra (la legal, la extensible ilegal de punta de acero no; igual ya es legal, no lo sé… todos la llevan, eso sí). El caso es que no he oído mejor tambor que el panchito. joder cómo resonaba su caja torácica a cada golpetazo del munipa. Casi saco mi flauta dulce para acompañar su ritmo molón. Y, encima, cantaba el tío, parecía un cantaor de flamenco, pero no estaba cantando sino soltando alaridos brutales, estertores ante la paliza que le estaban dando. No se caía ni se partió por la mitad el panchi, porque el munipa fue hábil y le apoyó sobre un coche antes de empeñar la paliza. Bueno… pues las 2 panchis que habían llamado a estos armados… se acojonaron ante la brutal paliza, y gritaban ahora asustadas por ello y le pedían a los maderos que dejaran de apalizar al del metro y medio. Y que si quieres arroz Catalina… el munipa siguió dale que te pego, pero a tope. Sólo le pegaba uno, el otro apartaba a las otrora denunciantes.  Llego otro coche patrulla, de munipas. Se bajaron y contemplaron bien la paliza. No puedo asegurarlo pero seguro que hicieron sus apuestas y todo para ver cuando caería el pobre hombre al suelo. La cosa era fácil, cuando perdiera el coche de apoyo.

Pero oye, que no fue así. Llegaron unos nacionales y las 2 mujeres fueron despavoridas a pedirles auxilio para el panchito que, por culpa de ellas, estaba siendo devastado. El del tambor, al ver a los maderos, paró de dar hostias. Tal vez también estaba cansado. Estaba muy cachas pero hasta un deportista de élite necesita tomar aire.  Bueno… el panchi, tomando fuerzas de no sé donde, porque ya os digo que su metro y medio, pedo total y aporreado brutal, lo que pedía era cama y sueño; se pone a gritar a los nacionales, algo así: “GraSias señores, me están matando, grasias por venir ustedes. Ayúdenme”.  “Vaya amigos que se ha buscado este”- le dije a mi parienta – pero ya no le van a pegar más, una hostia más y lo desmontan del todo, no lo van a tocar. Ahora al trullo, de cabeza”. Efectivamente, le metieron en el coche, con esa amabilidad que les caracteriza… es decir, a empujones e insultos… ¡de verdad, qué el panchi era insignificante! que era un metro y medio y 45 kilos, no más, fijo.

Pero, queridos niños, lo mejor (o lo peor, depende de si ya sois psicópatas o no) es que llegaron 3 ambulancias, 2 de ellas UVI móvil y una de ellas enorme, que ni entraba bien por esta mierda de calle. Y, desde un coche patrulla, un munipa dijo por el walki o la emisora fija: “Agente herido” Tal cual, como el las pelis, TAL CUAL.  Y ese maromaco cachas a tope que había estado tocando el tambor… va y se mete en una de las ambulancias, sujetándose la mano… y mostrando mucho dolor… seguramente en una de las 20 mil hostias que le soltó al pobre borracho, hasta se hizo daño en la mano y… pues nada. Que se lo llevaron en la ambulancia. Y al apaleado no… ese estaba dentro de un coche patrulla y esposado.

“ Joder, qué aguante tiene el tipo, igual se muere dentro de un rato de las hemorragias internas”, algo así le dije a mi parienta. Estábamos ya acostumbrados a ver estas cosas y muchísimo peores. ¿Cómo puede alguien acostumbrarse a esta barbarie? Es algo para lo cual sí que tengo respuesta y que me encantaría no tener que contestar jamás.

Qué vida, qué mundo. Cuanta violencia consentida. Pero no todos somos un panchito borracho de metro y medio y 45 kilos. Qué va. Por eso muchos seguimos todavía vivos, pese a que esos mismos maderos (tanto monta monta tanto) hayan intentado hacernos ser un tambor humano. No son tontos del todo. Para nada. Menos mal que ahora hay cámaras por todas partes y todos los móviles graban… si no fuera por eso, ya no habría vida humana sobre la urbe. Nos hubieran masacrado a todos. Estos funcionarios tan amables… asalariaos nuestros. No hay peor enemigo que el que no reconoces como tal. Cuidado. Y sobre todo cuidaos los que seáis blancos, heterosexuales, erarios y españoles. Somos sus víctimas favoritas y, me atrevería a decir, que las únicas.

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