ARTÍCULO: llorar por las orejas y sonreír.

Queridos niños, la vida os va a dar más palos que a una estera si no la afrontáis con cojones y alegría. Todo lo que no sea eso será penar en vida y, lo más grave: hacer de la vida de los demás un infierno, pues los cobardes y tristes son los que joden el mundo, y por ende, la vida de todos los seres vivos. Motivos vais a tener de sobra para ser cobardes y tristes, por ello os pondré una simple experiencia del menda lerenda por si os sirven en un futuro, que ya está bien de que viváis acojonados y sometidos y en ese falso y estúpido arrorró de Papa Estado, el peor enemigo que tendréis en la vida, palabra de ácrata. Y os lo dice un discapacitado físico (oficial, con carnet vitalicio pero sin pensión, por supuesto, no tengo carnet de ningún partido) multilisiado que debería estar híper medicado y guardando cama cada 2×3, según los matasanos:

A la vuelta de una de mis múltiples estancias en Eivissa para quedarme a vivir allí, volví a Madrid tras varios meses y no cuajar mi perpetuidad isleña. Iba muy cargado, no sé si una mula lo soportaría, jamás se me ocurriría maltratar a un animal para comprobarlo. Y coincidió, no sé si por causalidad del porte o por uno de los brotes aleatorios de mis enfermedades oseoarticulares, que me dolía el body a lo bestia. Por suerte tenía 2 potentes analgésicos de farmafia que me regaló un amigo médico naturista de la isla, que me estuvo tratando mucho tiempo y gratis “para cuando no soportes más el dolor”. Me tomé uno… y que si quieres arroz catalina, así que tiré de coraje y mi fortaleza energética. En el metro el dolor era insoportable (yo no cojo taxis, tanto por ser pobre en dinero como por coherencia obrera), pero la gracia que me hacía ocupar tanto espacio y las miradas de odio de los currelas por ello, paliaba el dolor un pelín. En el tren de cercanías, ídem. Luego, por la calle, las ruedas de mi hiperbólico maletón claudicaron ante el peso soportado (DEP, las ruedas) y tuve que arrastrar el maletón (junto a un mochilón más grande que yo y otra bolsa de viaje con mis cámaras de vídeo, trípode y etc. de gilipolleces).

Subiendo al tercer piso de la casa de mis viejos (no era navidad pero volvía a casa) se rompe el asa del maletón. Así que subí en 2 tandas, el la primera, “la nevera”. Al entrar a la chabola vertical, rápido saludo a mis padres y corriendo a mi mini habitáculo a tumbarme boca arriba en la cama de 90 cm. (más bien “tronco vaaaaaaa”). Y nada más caer era tal el dolor soportado que empecé a derramar lagrimones como un grifo abierto (espero que nunca tengáis tanto dolor físico que os haga llorar de manera espontánea), pero en seguida me percaté de que, en esa postura, las lágrimas me caían por las orejas y con un caudal admirable. Y pensé: “joder, qué imagen más bonita” Y empecé a sonreír imaginándome a mí mismo en un plano cenital como el final de la gran película de Leone “Once upon a time un América” y, como hizo el personaje de De Niro… sonreí. Él acababa de fumar opio en un fumadero chino y sonreía por el pelotazo de la droga, yo acababa de volver a casa. Y cómo dice el final de la no menos buena peli “Good moorning Vietnam”: “No hay ningún lugar como el hogar”.

Os enlazo los 2 magistrales finales, y no os reviento la peli con ello porque no desvelan nada de la historia, pero son un colofón colosal a las mismas, una vez las hayáis visto.

 




Una respuesta para “ARTÍCULO: llorar por las orejas y sonreír.”

  1. Rafael López Says:

    Buen artículo, César.

    De las películas no tengo opinión porque no las he visto.

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