ARTÍCULO: ¡Ay! … qué pena, estar vivo y sufrir plandemia.

Foto aleatoria de internet

Durante la última guerra civil española provocada por los comunistas y los separatistas, algunas mujeres, que se habían quedado al cuidado de sus descendientes y ascendientes, exclamaban: “¡ay! qué pena, tener marido y no tener cena”, a modo de quejumbrosa letanía provocada por la ausencia de sus maridos, que estaban en el frente dándose de hostias con el enemigo, otrora amigo, vecino y/o familiar; y a la hambruna que el comunismo provocó en esos años. Son especialistas en matar de hambre al pueblo estos cabrones. Se suponía que el marido era el que llevaba, normalmente, el jornal a casa en esa época.

Mi abuela materna siempre tenía esa coletilla de “¡Ay! qué pena”. Una tarde que una de sus hermanas (mi tía abuela Josefa ya casi ciega y con una salud más que delicada) estaba en casa de mis abuelos pasando el rato, mi abuela exclamó su sempiterna coletilla, que yo apostillé con “tener marido y no tener cena”, ante lo cual, mi tía Josefa exclamó: “Más pena es tener cena y no tener marido”. Era viuda desde hacía más de una década y seguía echando de menos a su marido y padre de sus 5 hijos. Me dejó perplejo con esa certera reflexión. Antes las mujeres –por lo menos las de mi enorme familia – eran sabias, trabajadoras, infatigables, alegres, emprendedoras, luchadoras, amables, guerreras, cariñosas, ecuánimes, amantes, madres, abuelas, amigas, hermanas, paisanas… ¿qué queda de todo eso en las mujeres de ahora?

Hoy, como ayer, volvemos a ser víctimas de unos victimarios colosales que van de filántropos y humanistas. Ayer eran abiertamente comunistas y fascistas separatistas, hoy son globalistas pero siguen siendo comunistas y fascistas separatistas. Lejos de mejorar, estamos empeorando a paso firme y con botas de 7 leguas. Ayer el pueblo español se reveló ante sus expoliadores, hoy el pueblo español es su propio expoliador. Tanto mi abuela como su porrón de hermanas y un hermano fallecieron ya. Yo que los conocí a todos y vi como se movían por el mundo, daría lo que fuera por haber sido uno de ellos, por haber vivido en esa época y estar ya criando malvas hace años, porque cuando has visto y vivido la vida, estar muerto en ella es un plan desolador. Antes, por lo menos, nos quedaba la redención de la lucha armada contra los tiranos y los psicópatas. ¿Qué nos queda ahora salvo recordar tiempos pasados y compadecernos por las nuevas generaciones que, vivan lo que vivan, jamás vivirán la vida? Mal asunto para la gente de mi generación y anteriores que tengan descendencia. Supongo que si hubieran sabido a qué mundo traían a su prole, hubieran guardado siempre la distancia mínima de seguridad con su cónyuge. Siempre. Y, ante todo, exclamando sin parar: “¡Ay! qué pena…”

2 comentarios para “ARTÍCULO: ¡Ay! … qué pena, estar vivo y sufrir plandemia.”

  1. Rafael López Says:

    ¡Que historia tan entrañable! y ¡qué densidad de verdades, con palabras tan ajustadas!

    Felicidades, César.

    Comparto, íntegramente, el espíritu de tu estupendo artículo aunque mi experiencia vivencial no fuese exactamente igual a la tuya. Ver, y oír, a estas feminirojas, o transrojas, o lo que sean del “género” que sean, a quienes hemos conocido a MUJERES DE VERDAD resulta deprimente, y nauseabundo a la vez. Y lo peor es que no están solas, porque las acompañan los feminirojos y transrojos de turno.

    ¿Que enseñarán a sus hijos y nietos estas desquiciadas? Nada bueno, porque a muchos los asesinaran legalmente a través del aborto, y a los que escapen de la “irá de Herodes” moderna los adoctrinaran hasta eliminar cualquier atisbo de humanidad.

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