ARTÍCULO: el más rico – y sano – del cementerio.

“La posesión de la Salud, es como la de la Hacienda, que se goza gastándola, y si no se gasta, no se goza” (Quevedo).

Tremenda y clarividente frase, queridos niños. Metéosla en el melón y tirad la llave del lugar donde la dejéis, para que no se escape. La vida trata sobre un tránsito por esta dimensión tras el cual tenéis que pasar a la otra con el cuerpo destrozado, la cartera vacía y la mente plena de recuerdos gozosos y vitales. Vivir con miedo, con amargura, con racanería y con celo sanitario y salubre es, simplemente, de gilipollas. ¡Nadie debería morirse sano y rico! Eso sí… libre albedrío, por supuesto, y sarna con gusto no pica.  Pero lo intolerable es que quienes eligen estar muertos en vida nos exijan a los demás hacer lo mismo.

Esto es lo aberrante de la plandemia, que están matándonos en vida, por nuestro bien, para evitar que muramos no nos dejan vivir. Estas paradojas ni pueden ni deben tolerarse. ¡Dejadnos en paz, covidiotas! vivid en vuestra burbuja aséptica, ahorrad todo lo que ganáis “para el futuro” “como colchón” y etc. de eufemismos con los que justificáis vuestra tristeza de estar vivos. Pero no os metáis en mi vida. Yo trasiego sin parar, no ahorro nada porque no gano casi nada y todo lo gasto en mi vida, no en una cuenta bancaria (que, de facto, no tengo ni tendré).

Desde los 4 años siempre he tenido alegría vital y he contemplado cada día como una experiencia inolvidable. Pero no fue hasta los 15 años cuando percibí “una revelación” que me hizo amar desmesuradamente estar vivo y ejercer como ser humano sobre la Tierra, asumiendo todos los riesgos propios y ajenos que eso conlleva. Fue minutos antes del fallecimiento de mi abuelo paterno, cuando me despedí de él dándole un beso en la frente de su moribundo cuerpo. Sin entrar en asuntos metafísicos, en ese momento percibí el mayor insufle vital de mi vida, hasta ese momento. Besando un cuerpo que estaba irremisiblemente saliendo de esta dimensión, noté la mayor alegría que he sentido en mi vida, pese a la tristeza de la pérdida de mi abuelo. Salí a la calle y contemplé árboles, cielo y asfalto con ojos ávidos; y un paroxismo, desconocido hasta ese momento, llenó todo mi cuerpo y me hizo prometerme a mí mismo que no desperdiciaría ni un solo minuto de mi querida vida. Y así lo he ido haciendo hasta hace 14 meses.

Y no me olvido de vosotros, covidiotas, me las vais a pagar. No sé cuando, ni como, ni cuantos… pero tenemos un asunto pendiente vosotros y yo. Me debéis 14 meses de mi apreciada vida y me los vais a pagar (y siguen sumándose los días, que hacen semanas, y meses…). Cuando pueda librarme de vuestra satrapía, de vuestro sadismo, de vuestra tortura, ajustaré cuentas con todos los que pueda de vosotros. Y los que me conocéis sabéis que jamás falto a mi palabra y que soy taxativo y tenaz en todas y cada una de mis luchas en pos de la autodefensa y la justicia social basada en el respeto a los demás y en la libertad inherente a cada ser humano, que jamás puede ser menoscabada y, ni mucho menos, sojuzgada como lo está siendo aquí y ahora.

Vuestro miedo a la vida ha mutado en terror a la muerte y ha derivado en convertir en horror la vida de los que no tememos a la muerte.

Como bien me dijo Don Luys, citando al filósofo Ludwig Wittgestein: “Diles que mi vida fue maravillosa”, palabras que dirigió a su galeno, pocos segundos antes de fallecer,a modo de epitafio. Y yo, siempre añado: “Os digo que mi vida es maravillosa”.

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