RELATO- artículo: dormir, bajo techo, está sobrevalorado.

La diferencia entre un indigente y un “naturista” es simplemente el lugar donde habitan a la intemperie. He sido “naturista” muchas veces, pero voy a contaros una de indigencia temporal, sólo una noche, que es más bien deambular urbano. Lo he ejercido en múltiples ciudades: Venecia, Barcelona, Salamanca, Ciudad Real, Faro, Toledo, Madrid… pero esta que os narro fue en un pueblo grande riojano: Arnedo. Escribo sobre esto porque ya sabéis que desde hace 14 meses es mejor vivir de los recuerdos, sinceramente el único motivo por el cual no me he suicidado o matado a alguien por esta tenaz, atroz y criminal PLANDEMIA (pero tranquis, sátrapas covidiotas y gente que me quiere: tengo tantos recuerdos para narrar que no me dará tiempo a hacerlo ni aunque viva lo que mi abuela paterna, que pronto cumplirá 107 palos).

Fui a Arnedo acompañando al presentador –otrora un gran amigo (aquí podéis ver la asquerosa relación que tenemos ahora, y el juicio que deberíamos tener pronto espero poder contarlo, porque promete) del Festival de cine de Arnedo, en otoño de 2007. Me invitó a ir, por la patilla, y alojarnos juntos en su habitación de hotel. Pero su novia de entonces se apuntó al viaje, a última hora y ejerció su derecho de pernada, ante lo cual mi amigo me dijo que no podía quedarme con ellos “a no ser que no consigas alojamiento” –dijo con viperina boca pequeña. Curiosamente a esta mujer la conocí antes que él, en Tánger, una nochevieja rara que pasé en Musulmania que da para otra historieta de estas).  Como me quedé sin alojamiento, la organización del Festival me instó a buscar rápido alguna habitación dentro de la escasísima oferta de hospedaje del pueblo (15 mil habitantes), pero pasé del tema y decidí aplicar la fórmula que tantas veces me ha funcionado, y que es mucho más molona que ir a una jodida pensión cutre: ligarme a una tía, follar, beber, reír, follar otra vez, conversar, follar otra vez y dormir en su casa.

El evento era, como todos los de esta índole, un coñazo devorador de intelecto; así que me escapé de él, junto a la novia de mi amigo, para irnos de birras. Antes del evento recorrí el pueblo después de comer (momento donde conocí al actor Juan Díaz y fragüé relativa amistad posterior con él), subí a su castillo, trepando por el muro y todo –nunca olvidéis que yo estoy loco, no me imitéis nunca, queridos niños – y mientras la peña sesteaba yo buscaba a un antiguo buen amigo de la UAM que, también, vivió y trabajó conmigo unos meses en Eivissa. Recordé que era de Arnedo y como ya no tenía su tlf. le busqué, y lo encontré, el tlf. no a él porque vivía en Oviedo en la misma casa donde estuve una vez (pero eso es otra historia molona, como lo de Tánger). Tras el cierre del puto Festival nos fuimos a gorronear al catering /fiesta fin de truño montado por los paganinis del mismo. Ahí era donde tenía que intentar emborracharme, comer algo y buscar alojamiento en cama de moza solícita, o en su sofá después del fornicio, pues dormir y joder con alguien no va ligado, para nada.

Yo era por entonces un tipo muy risueño, porque lo que todos y todas me querían cerca. Qué se le va a hacer. Pero yo siempre cambiaba el polo de mi imán, a demanda propia, y solía repeler –con educación y mano izquierda, tipo “despedida a la francesa” a la mayoría de los que me interpelaban –.  Cuando me percaté de que la fiesta iba a acabar pronto y cada mochuelo se iba a ir a su olivo y yo Dios sabe donde… me puse a ligar. Eché el ojo a una morena buenorra que me “hacía ojitos”. Hablamos y, de soslayo, de dejé caer mi carencia de estancia para pernoctar. En seguida me dijo, entusiasmada, que me fuera a su casa. “Joder, qué fácil ha sido” me dije. Demasiado fácil… porque a la hora o así me di cuenta que era la mujer o novia de uno de los organizadores, el cual me dijo, igual de entusiasmado (qué gente más rara), que fuera a dormir a su casa (la de los 2, se entiende, jajaja, aclaración necesaria porque, a veces, me ha pasado que el cornudo me deja, tan alegremente, con la zorra de su pareja. Tremendo pero cierto, como la cornamenta del susodicho). Me desapunté.

Centré mi atención en una rubia buenorra, aunque tal vez menos que la otra… pero el tiempo apremiaba y hacía un frío del carajo en la calle.  Y me la ligué en un plis plas, por supuesto, la duda ofende si es que la habéis tenido. Nos enrollamos como si tuviéramos 15 años, pero ella estuvo hábil y me caló rápido. Hay gente muy rara por ahí, esta tía, en tan poco rato “se enamoró de mí”. Resulta que era la farmacéutica del pueblo de al lado, Arnedillo, joder qué buen ojo tengo, una tía con pasta y que me podía regalar tiritas. Vivía sola y sin compromiso y yo le gustaba… ¡era perfecta coño! Pero nada… muy cateta para asuntos amatorios, eso de follar por follar como que no le iba y quería compromiso y no sé que chorradas más con un tipo que acababa de conocer tomando copas. me dijo, textualmente: “No me fío de vosotros los artistas. Si vienes a mi casa esta noche no me querrás ver más cuando te vayas a Madrid” “¡Pero si yo no soy artista!” – le dije, pero no coló porque los del Festival confundían ser creador cultural con ser un puto artista y ella se quedó en la copla, mariposa, pues era amiga de la morena de antes –. Obviamente no iba a mentirla para convencerla de que no tenía razón, mentir es un don con el que no me ha bendecido Dios. Aún así la quise convencer, entre beso y beso y metidas de mano que era una estupidez no pasar juntos esa noche. Pero ella, erre que erre, me cagonSanSatán, que se iba a enamorar de mí y patatín patatán de chorradas varias. Joder, qué fácil vende su amor mucha gente. No me extrañan las hostias sentimentales que se llevan.

El caso es que al poco me vi solo en Arnedo y con todo cerrado.  Quedé a las 8:30h. con los de la furgona que me había traído, para volver a Madrid. Era la 1 y poco. Así que me fui a dar una vuelta para cerciorarme de que no había ningún antro para refugiarme con al excusa de tomar la penúltima y, quien sabe, lograr acomodo en cama de moza placentera o de mozo amistoso. Pero nada: pueblo fantasma y un frío de cojones. Menos mal que llevaba buen abrigo. Volví al castillo, pero allí el viento era más ofensivo que un cañonazo a 5 metros. Así que deambulé y deambulé. Si lo sé hubiera mangado una botella de licor para calentar mi noche y ponerme beodo, que así todo pasa antes y mejor… pero no me cosqué de la jugada a tiempo. Aterido y somnoliento me acomodé en las escaleras de emergencia de no sé qué jodido edificio, para intentar echar una cabezada, pero qué va, menudo frío y que incomodo lugar. El culo, un témpano. Seguí andando, hasta que descubrí un banco de madera y, por lo tanto, no helado, lejos de edificios, en una especie de parque a la intemperie con el campo en lontananza. Acomodé mi cartera junto a mis huevos para asegurarme que no me la robaran, me puse la capucha y a sobar. Me despertó la luz del amanecer. Es muy bonito ver amanecer, sea donde sea, os lo aseguro. El paulatino cambio de temperatura del color es apabullantemente bonito y los pájaros siempre cantan, estés donde estés. Seguí horizontal y acurrucado mientras noté que pasaba gente a mi lado, los más madrugadores que dan un paseo muy matutino, cabrones.  Murmuraban cosas al pasar a mi lado, por supuesto.

Volví al punto donde habíamos quedado para volver a Madrid. Y fue como en las películas de humor absurdo. Llegué 15 minutos antes –tras haber podido tomar una infusión y un bollo en una pastelería – justo en el momento en el que se iba la puta furgoneta (era de esas de 9 plazas). Y me quedé con cara de gilipollas. Luego uno de la organización me llevó –junto al presentador y su novia – a Logroño y nos pagó los billetes de autocar. Yo no tenía sueño, por cierto, ¿quién puede tener sueño, con 32 años, habiendo dormitado un par de horas a bajo cero de temperatura? Cuánto maricón hay ahora, y no me refiero a nada sexual. Por cierto, desde que la farmacéutica de Arnedillo se largó, como todos los demás, no volví a pensar ni en ella ni en todos los demás. ¡Qué bien, pero qué rematadamente bien se está solo y sabiendo que no necesitas a nadie ni a nada, para ser feliz, sin hacer daño a nadie!

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