KAREN GARCÍA: Un poco de historia. Otras “pandemias” (Alaska. 1924).

Nome, Alaska. Población de unos 10.000 habitantes cerca del círculo polar ártico. Invierno de 1924. El doctor Curtis Welch da aviso de un extraño brote de amigdalitis en la población, de la que él es su único componente médico. Junto a él, 4 enfermeras. Los niños del lugar empiezan a morir por causas indeterminadas. Se sospecha que no es solo una amigdalitis, sino una difteria (palabras mayores, pues su sola mención crea terror). Se propaga con rapidez (en poco tiempo mueren 5 niños, aunque el doctor no practica autopsias). El 22 de enero de 1925 se acaba dando la voz de alarma a las autoridades sanitarias mediante el uso del telégrafo.

Nome, a principios del XX

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“Es casi inevitable una epidemia de difteria aquí. STOP. Necesito urgentemente 1 millón de unidades de antitoxina de difteria. STOP. La única manera de transportarlo es por correo. STOP. Ya he solicitado al Comisionario de Salud de los territorios la antitoxina. STOP. Hay alrededor de 300 nativos blancos en el distrito (sic)”.

A fines de enero había ya más de 20 casos confirmados de difteria. Se estima que las cifras de mortandad podrían llegar a niveles intolerables.

La noticia se extiende por los medios de comunicación de todo el mundo, tanto americanos como europeos (y aun en colonias en Asia y Oceanía) a través de la prensa y, sobre todo, radio, medio de comunicación de masas del momento. La gente, aterrorizada y angustiada.

Afortunadamente, existe una solución: se han encontrado 1.1 millones de dosis de suero antidiftérico en los hospitales de la costa oeste de Estados Unidos. Casualmente, el Instituto Pasteur, que ya tenía categoría de multinacional en la época –con amplísimo desarrollo comercial- había sacado en 1923 (año anterior al inicio de esta dramática epidemia), un nuevo suero diftérico de segunda generación. La inversión: enorme.

Telegrama para pedir ayuda sanitaria

Se llega a la conclusión de que el único medio factible para que los viales lleguen a destino (rechazando la opción aeronáutica, dadas las desfavorables condiciones climatológicas -fuertes ventiscas de nieve, etc.-) es a través del uso de perros de trineo o mushing.

Para empezar, se enviarán 300.000 unidades, en viales de cristal, perfectamente amortiguados, dentro de un cilindro de 9 kilogramos de peso.

Las temperaturas, terroríficas: rondando los -50 ºC  y con vientos de más de 40 km/hora.

Se acuerda un relevo de los conductores y los perros de trineo. Los viales no pueden tardar más de seis días en llegar a su destino. Normalmente la distancia a recorrer (89 kilómetros) tomaría 30 días. El récord conocido de la ruta era de 9. Pero se requiere de un acto heróico. Un milagro.

Los radioyentes de todo el mundo, pegados a sus sillones.

‘Wild Bill’ Shanon (así le conocían) es el nombre del primer musher en emprender la aventura. Cuando llega a su destino (al siguiente relevo) su cara aparece congelada por el frostbite. Han muerto 5 de los 22 perros iniciales.

Mientras, Nome, una ciudad desértica. En cuarentena. Los radioyentes del planeta asisten angustiados, con una mezcla de terror, dolor, miedo, suspense… y esperanza, ante el drama en desarrollo.

Nome, a principios del XX

El número de muertes oficiales se calcula entre 5 y 7 (no se hicieron autopsias) aunque el doctor Welch calcula que debía haber otros 100 casos dado que los esquimales (que vivían en sus asentamientos a las afueras de la ciudad), no solían reportar las muertes de sus hijos.

Finalmente, tras todos aquellos días de tensión mundial, terror, suspense… se da la noticia: gracias a los milagrosos sueros se logra salvar a los habitantes de dicha población. El mundo entero llora de alegría y emoción. La lección: aprendida. Los sueros: fundamentales.

Consecuencia lógica: los gobiernos del mundo entero, que habían seguido, casualmente, la trágica historia por la radio, hacen el pedido del suero milagroso. Sin suero, todos muertos. Tal es la demanda recibida que el Instituto Pasteur es incapaz de satisfacerla; aunque, afortunadamente (y dado que es monopolista del producto) obtiene unos astronómicos ingresos monetarios procedentes de los pedidos de todo el mundo. Una fortuna.

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El suceso queda grabado en la mente colectiva de la humanidad (se le bautizaría como La Gran Carrera de Mercy –The Great Race of Mercy-). Pero también lo hacen los participantes de la historia: es puesto a cargo del asunto al noruego Leonhard Seppala, experto en estas lides. En la sección cánida quedan indelebles los nombres, por supuesto, también, de sus indiscutibles héroes: los perros guía principales que intervinieron en la heroicidad sanitaria. Uno de ellos, Balto, vería erigida con posterioridad una estatua en su nombre en Central Park, New York. Otro propio le ocurre a Togo, quien, sorprendentemente, con sus 12 largos años (y debido a su inteligencia y capacidad de liderazgo naturales) resulta clave en la exitosa culminación de la travesía. Se convierte en el evento más famoso en la historia del ‘mushing’.

Seppala y Togo, el Husky que lideró el tiro durante los 91 kilómetros que llevó el suero (más del doble que cualquier otro equipo) y los trescientos y pico kilómetros adicionales que recorrieron para poder hacer el relevo.

La historia del grupo de perros que conformaron la expedición es una historia en sí misma. Tras muchas idas y venidas como “atracciones de feria” en diferentes tours por el país, acaban pasando el resto de sus días en el zoo de Cleveland, donde son recibidos como si de héroes se tratara (la prensa, siempre presente).

¿Quién afirmó que había difteria en el lugar? La prensa y radio. Fueron ellos los que difundieron la terrorífica noticia. Por todo el mundo (no solo en USA).

¿En qué prueba o método diagnóstico válido se basaron para diagnosticar la enfermedad como “difteria” y no como una vulgar amigdalitis? El único método satisfactorio de diagnóstico válido en aquella época implicaba detectar la bacteria en la garganta. A día de hoy sabemos (porque así lo afirma la comunidad científica internacional), que esa prueba es inválida: da positivo a casi todo el mundo. Y es que los seres humanos tenemos no ya 1 sino 4 familias de bacterias diftéricas que cohabitan con nosotros en estado de perfecta salud. Son endémicas a nuestro organismo. No era posible, por tanto, diferenciar, en aquella época, si aquellos casos no eran, ni más ni menos, que las vulgares y conocidas “anginas” o “amigdalitis”. Utilizaron el nombre (más espectacular, más temido) de difteria en lugar del sinónimo (sí, son sinónimos) “amigdalitis” para designar un brote de anginas invernales de un remoto lugar de Alaska.

Se han escrito novelas sobre el tema, como Relay (Relevos) de Frantisek Omelka; también documentales y películas: algunas de animación como Balto (1995)

La última película realizada sobre estos acontecimientos tan singulares, tan familiares ya para nosotros (¿o no?) hoy día es Togo. Se estrenó en la gran pantalla en 2019. Protagonista principal: Willem Dafoe . Detrás: la siempre omnipresente factoría Disney.

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