ARTÍCULO-relato: Del morlaco pastueño también se hace rabo de toro.

Queridos niños:

en mis tiempos pululaba un concepto de apariencia parricida y trágica: “matar a tus padres”, que, en realidad, era todo lo contrario, pues consistía en ser independiente a tus padres, es decir, no vivir de ellos ni dándoles el coñazo una vez alcanzada la mayoría de edad. Esta liberación de ascendientes era, más o menos, respetada por todos. En mi caso ya a los 16 ganaba el dinero de mis vicios (juerga y comprar libros, básicamente) y desde esa edad no dejé de trabajar nunca en 1.001 empleos absurdos aunque aleccionadores, a cambio de dinero, hasta –curiosamente – entrar en la treintena y la cuarentena donde, por fin, encadené gloriosas épocas de no ser esclavo de ningún trabajo remunerado y ser amante de mi trabajo infatigable y no remunerado: el único trabajo que puede aportar algo a los demás, porque cuando hay dinero de por medio, nada bueno, ni para el que lo gana ni para los que le rodean. Algún día os explicaré qué es la economía y por qué, desde que existe,  el ser humano dejó de ser un animal sobre la Tierra aclimatado a su entorno, para volverse un animal despiadado y enemigo del resto de especies y aniquilador del medio ambiente.

Ahora que todo el orbe está, voluntariamente, sometido a los designios del NOM (que es el Dios al que reza Papi Estado y designa todos sus actos y, por ende, los de sus sometidos: nosotros) he de sacar ya al morlaco del título de este artículo. Concretamente al pastueño, es decir: el toro de lidia, el toro que acude sin recelo al engaño. Eso sois (casi) todos, de una manera u otra: siempre entráis y vais al trapo. Y qué mejor modo de hablar de esto que contándoos mis 3 experiencias dentro de la Plaza de Toros de Las Ventas.

“Joselito” un sádico artista asesino de toros. Humillando la cabeza, como los miles de toros que ha asesinado (si no limaran los cuernos de los toros –pierden así su referencia espacial y no pueden cornear debidamente– no les drogaran y no les desangraran con pica y banderillas… ya me gustaría a mí ver a uno de estos “valientes” enfrentarse a ellos. Cobardes hijos de puta… y con la cuadrilla siempre al quite y la enfermería al cuidado. ¿Dónde esta la cuadrilla del toro y cual es su enfermería? Los matarifes y el matadero.

La primera –y única taurina – el 17 de junio de 1993.  Yo con 18 años casi recién cumplidos. Era mi primer día de trabajo como auxiliar administrativo. Por el mediodía comilona en un buen restaurante de la Plaza Mayor de Madrid, “El soportal” (mi hipermnesia, creedme, es asombrosa). Mis jefes, Don Elías y Don Victorino (no el ganadero) presidiendo la enorme mesa donde estábamos los currelas de la empresa constructora donde yo curré ese verano y un par de semanas más (por delante y por detrás de la estación estival) y unos proveedores que nos invitaron. Todavía recuerdo el olor del orujo blanco que pidió Don Elías a los postres. Faltaban 4 años para que la puta seguridad social española me destrozara la nariz y, en buena parte, mi canino olfato.

Buena manera de empezar un curro, vive Dios que sí. Pero… la invitación de esos proveedores incluía toros. La plaza abarrotá,  y yo en tendido cercano al famoso 7… “el de los entendíos del tendido”. Incomodo es poco para describir esos asientos corridos donde las rodillas del de atrás te tocaban la chepa y tú ídem con el de delante. El hacinamiento es lo que más le gusta al hombre…el hombre hacina y yo no miento. Triste, nauseabundo y grotesco espectáculo que llamaron “Corrida de Beneficencia y concurso de ganaderías”.  6 toros para un solo torturador: Joselito. Se olían los estertores de los toros y se oía su sangre (habemus sinestesia). Por entonces yo había visto correr ya mucha sangre, sobre todo humana, tened en cuenta que me crié en un suburbio y desde hacía un año era de los Boixos Nois, pero jamás había experimentado esa impotencia y esa repugnancia de ser humano. Esa tarde de sangre a raudales y de humanos hacinados aplaudiendo la matanza, aprendí el concepto de “Beneficencia” porque os recuerdo que era una corrida a tal efecto. Ni Pérez Galdós en su “Misericordia” se acercó a lo que yo aprendí esa tarde (y sí, me he leído el libro).

Meto una elipsis más grande que la trola del congojavirus, y sigo. Mi segunda vez fue en un concierto de ACDC (10 de julio de 1996) la plaza todavía más abarrotá (y fueron 3 conciertos seguidos). Fui con 2 amigas y 2 amigos. Colamos una botella de güisqui. Tuvo que hacerlo el menos preparado del grupo… pero el único que iba con pantalón largo (yo iba con un pantalón vaquero cortado por mí a mordiscos, con el que años después no me dejaron subir a “la zona VIP” de la discoteca “Amnesia” de Eivissa el día que me llevó una conocida cocainómana que me coló a ese antro de podredumbre y luces) y le atamos la botella a la pierna, le dijimos que agarrara a una de las amigas, como si fuera su novia, y así no le cachearían. Y así fue, pero casi mata por estrangulamiento involuntario a la chica, que así de nervioso se puso al pasar entre los machacas. Yo he mangado decenas de botellas y he pasado ídem a estadios , conciertos, discotecas y tal… pero ese día no era factible, mi pinta era más parecida a los que salen en el Orgullo Trucha: descamisado y con ese pantalón… El concierto muy molón, de verdad. ACDC es una mierda de grupo que toca siempre igual con ese cansino ritmo de blus acelerado, pero es muy bailona la música y el espectáculo, aceptable.  Hice una comparativa entre los humanos de la primera vez y los de ahora, y no había diferencia alguna. Eso sí, estoy 100% seguro de que el único espectador que había estado antes en una corrida, allí, era el menda lerenda.

Meto otra elipsis y me voy al 25 de junio de 1998, concierto de Alejandro Sanz, acompañando a una prima mía, de menos edad que yo y fan del notas este (¿habéis llegado a pensar que me gustaba este gilipollas?). La plaza todavía más abarrotá que las otras 2 veces: la estupidez siempre crece. Más de 3 horas de concierto, que se dice pronto, y otra gran experiencia sociológica para mí, al contemplar a tantos miles de idiotas, y de todas las edades, muchísimos papis con nenes entre ellos, eso me asombró, lo reconozco. Y todos absolutamente entregados al notas este, cantando todas –y digo todas – las canciones. Sólo me gustó lo que menos gustó al resto: más de media hora final de fandangos y bulerías, porque este notas, antes de volverse gilipollas, cantaba este tipo de historias y se puso a hacer los bises con ello.

En fin, queridos niños, que de morlacos estamos rodeados y de pastueños estamos abrumados. Estoy 99% seguro de que todos los que cohabitaron conmigo esos 3 días, son covidiotas (con los poquísimos que tengo contacto, lo son).  ¡Con lo que antes disfrutaban hacinándose, sudando y esputando al prójimo!… y ahora mira para lo que han quedado: bozal, confinamiento y distancia social. Se lo merecen, por idiotas. “¿Y tú qué, si estabas ahí con ellos? ” preguntaréis con toda la razón del mundo, queridos niños. Yo no soy como ellos pero me gustaba mezclarme entre ellos. La mala praxis es la única manera de aprender a vivir. Además, que tonto no soy. La primera vez me pagaron por ir. La segunda me divertí yendo y fingiendo ser uno de ellos y la botella no la pagué yo; y la tercera nobleza obligaba a hacer un favor a mi querida prima pequeña y yo encantado de ser su Cicerone.

En lo de pastueño, al pobre toro de lidia le excuso, porque no le queda otra que entrar al trapo y morir como muere. Pero a los humanos no les excuso por vivir exactamente igual que el toro de lidia, pudiendo no hacerlo. Y les combato, pues tratan de pastorearme, y hasta ahí podríamos llegar. Su miedo, su analfabetismo, su psicopatía… nunca serán el fin de mi libertad.

Eso sí, me encanta el rabo de toro, haber si algún despistado va a pensar que por no ser taurino y aborrecer las corridas, soy animalista o alguna aberración humana todavía peor que ser taurino y/o covidiota. Si fuera grosero os diría que todos los humanos me comen el rabo, pero no lo diré… (¡ups!).

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