ARTÍCULO- relato: Bares, con B de bozal. Zozobra, con Z de zoo.

Perros maltratados sin bozal ni distancia social. Dueños maltratadores con bozal y distancia social.

Resulta enternecedor ver tropa embozalada en bares y/o fumando en la calle.  Yo les miro: unos engullendo bozal en codo, otros en la garganta (así no cogerán faringitis…), otros en la mesa y los más divertidos bajándolo para ingerir y subiéndolo para masticar y tragar (¡ahí se atraganten, coño!). Otros dando por culo con el cigarro en ambiente común, sin importarle una minga la salud de los demás, pero con el bozal en la barbilla, por supuesto. Y todos, indefectiblemente, con el bozal puesto como Satán manda al levantarse de la mesa y/o salir de los garitos de trasiego y engullimiento.

Vamos a ver, queridos niños, cuidaos mucho de cualquier adulto, o de cualquier niño, embozalado. Guardad siempre la distancia de seguridad con ellos, que no ha de ser menor de 1 km. a la redonda. El embozalado de divide en múltiples grupos, los principales: el covidiota y el cobarde. En los bares es donde más gracia hacen, pues todos creen que al sentarse en la mesa el virus espera atado al árbol de al lado, cual perro de amo torturador. Y los que fuman creen que el cigarro espanta al virus cual hoguera a las fieras.

6 gilipollas brindando por su esclavitud (y la de los vitalistas)

En fin (o en principio, que es más progresista, como dice Mafalda), los embozalados me han hecho regresar a mi infancia y comienzo de adolescencia, cuando iba recurrentemente al puto Zoo de Madrid (debido a que siempre había algún familiar foráneo a quien llevar “había que ir al Zoo, por supuesto. Eso sí, la primera vez que fui lo hice en parvulitos, que nos llevaron los adultos del cole – y algún adúltero…  que como pasé en el cole 10 años y los profes casi no cambiaron, me pispé de cada cosa que hacen los adultos, que tela, telita, tela –. Como veis, ya por entonces la educación era una mierda: ¿a quién se le ocurre llevar a nenes de 5 años a ver la tortura animal? Tengo fotos tremendas, a la par que entrañables, de mis estancias en el Zoo, pero no en la casa de mis caseros que alquilo y pago a precio de oro, así que no puedo ponerlas ahora, una pena).

Mis principales recuerdos del zoo son el mal olor generalizado, del cual nadie parecía percatarse (eso era como una gran cuadra). Luego el foso de los mandriles que estaban todo el rato fornicando. Hacían cabriolas alucinantes para acabar siempre de la misma manera: dándole matraca a una “mandrila” por detrás. Luego estaban los gorilas en un pasadizo, tras una cristalera (los primeros negros que vi, en persona, se parecían mucho a ellos. No es racismo, es una realidad facial innegable, que no se me enfaden los animalistas…) y luego las aves enormes –águilas, buitres, cóndor… ¡en jaulas de canario –comparando el tamaño – ! Y, como no, “mi favorito”: un pobre oso polar, totalmente al sol (más de 40 grados, temperatura ideal para un oso polar). Debido al maltrato el oso estaba –obviamente – más trastornado que el que vota a Podemos y su rutina era siempre ir de un lado al otro de su foso, hacer un giro con gruñido y alzamiento de cabeza al llegar a un extremo, y vuelta a lo mismo. Los gilipollas exclamaban: “Mira qué gracioso el oso”. Y yo pensaba: “cuánto imbécil hay y los que me quedan por conocer”.

Pero sin quitar mérito a lo antedicho, y a otras muchas cosas que no narro para no hacer este delirio muy largo, el mejor momento del Zoo era cuando daban de comer a los leones y fieras parecidas. ¡Lo anunciaban a bombo y platillo! A tal hora, en la jaula de tal bestia, podrán ver como se les da de comer. Y ahí iba todo cristo, a la hora indicada. 

A esa hora, entraban en escena varios hijos de puta humanos (¡cuidadores les llamaban! jajajaja, joder, deja de cuidarme) que portaban enormes pedazos de trozos de vaca crudos y los tiraban a las bestias… pobres animales que nunca sabrán lo que es cazar ni vivir en libertad… y pobres de aquellos que no nacieron en cautiverio y sí lo supieron.  Es aquí donde hago una analogía con los embozalados de bares. La única diferencia entre las bestias del Zoo y ellos, es que la carne se la dan algo más hecha y, encima, les cobran por echársela. Nada más. El embozalado –covidiota o cobarde que no se atreve a enfrentarse al NOM ni al covidiota – vive en una enorme jaula, tan grande que algunos la recorren en coche o avión. Pero la vida es cualitativa, no cuantitativa. ¿Qué cualidad –momento calidad incluido – vital tienen estos seres del averno? Por mí que se la pique un pollo a todos… el problema, queridos niños, es que ahora nosotros, los vitalistas, ni siquiera podemos ser como esos animales maltratados del Zoo, porque esos animales son quienes os he dicho. ¿Quiénes somos nosotros, entonces? NADA. Y ser la nada, es demasiado (malo).

Los vitalistas sufrimos a los mismos cuidadores que las bestias del Zoo. Pero que sepan que alguna bestia se ha rebelado contra su torturador y lo ha hecho pedazos. Y no olvidéis, covidiotas torturadores, que TODOS compartimos la misma jaula… o sea, que las probabilidades de que un vitalista os despedace son enormemente mayores a las del Zoo.. y allí ya ha ocurrido… cuando veas los pedazos del torturador cortar, pon los tuyos a remojar…

Y termino con la zozobra del titular, que me recuerda esta expresión marinera sobre la zozobra de un barco: más vale que zozobre que fafalte.

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