LUYS COLETO: El asesinato de Yolanda González o la eterna impunidad de la nauseabunda Transición española.

Feliz, felicísimo, reencuentro con César. Aluche, martes 25 de mayo, los dos últimos hombres libres en tal barriada matritense. Obviamente sin bozal, no podía ser de otra manera. Y, ante vinos blancos y cafés, vespertino y prolongado intercambio de pareceres. Bill Gates, Klaus Schwab, George Soros, Fauci y su turbador y coronado círculo de amiguetes satánicos nos quieren muertos, especialmente a los últimos que podemos pensar para vivir. Y vivir para pensar. Pero, jodeos, nada podréis con nosotros. Y en tal vesperal conversa surgió el nombre de Yolanda González, cuya efigie se halla en el Intercambiador de ese mismo barrio madrileño. Cuando nos despedimos, el recuerdo de esta bilbaína vilmente masacrada continuaba persiguiéndome.

Cómo fue asesinada Yolanda

La noche del 1 de febrero de 1980 es asesinada Yolanda González Martín, estudiante bilbaína de 18 años. Un comando ultraderechista se había reunido esa misma tarde en un piso madrileño: David Martínez Loza, Emilio Hellín Moro, Ignacio Abad y el madero Juan Carlos Rodas Crespo. El primero de ellos, responsable de la sección C (que junto a la sección Z forman parte de la estructura militar/paramilitar de Fuerza Nueva: ambas serían el origen y el núcleo del escindido Frente de la Juventud), da una orden: secuestrar y asesinar a Yolanda, militante del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), bilbaína de Deusto y estudiante de Electrónica en el Centro de Formación Profesional de Vallecas.

Martínez Loza confirma telefónicamente sus órdenes: secuestro y asesinato. A la sazón, entonces, Félix Pérez Ajero y Ricardo Prieto Díaz – miembros de Fuerza Nueva-, el citado policía Rodas y el pikoleto Juan José Hellín Moro, hermano de Emilio, aguardan en los contornos del portal, Tembleque 101. Mientras, Emilio y Abad secuestran a Yolanda. La llevan en coche hacia San Martín de Valdeiglesias. Allí, en mitad de una cuneta, en mitad de la nada, como un perro, le asesinan con dos tiros en la sien – Hellín- y uno en el brazo- Abad-, al más puro estilo “paseíllo” franquista. La salvajada es reivindicada por el Batallón Vasco Español (BVE).

España unida y cadáveres ORDENADOS en las cunetas

Ultraderecha española, servicios secretos, CIA, Red Gladio…

Detenidos con posterioridad Hellín y Abad, se producen registros de pisos francos a nombre del primero, además de en los locales de su escuela de electrónica. Se encuentra lo previsible: armas, cartuchos de goma-2, material de grabación, transmisión y emisión, granadas de mano PO (Plásticas Oramil) de la soldadesca española, material auxiliar de explosivos, detonadores de mecha corta, cebos electrónicos, un bolígrafo pistola…y, ains, la joya de la corona: receptores emisores de la Malamérita y un terminal de ordenador Skaner VHF conectado directamente con  el ordenador central del Grupo 8 de los Servicios de Información de la Guardia Civil.

Computador central, por otra parte, obvio, correspondiente a una partida de cachivaches tecnológicos de la época destinados al Ministerio del Interior ucedista dirigido en ese momento por el siniestro milikito Antonio Ibáñez Freire. Los inequívocos vínculos pues entre miembros de los aparatos de seguridad del Estado, sus más hondas y recónditas cloacas, con organizaciones ultraderechistas, todo perfectamente engrasado por la criminal CIA/OTAN/Gladio: tan palmario. Y la Internacional Negra italiana, inestimable apoyo.

Hellín tras ser detenido

Emilio Hellín, ejemplo de impunidad, uno de tantos

Hellín fue detenido el 7 de febrero de 1980 y condenado en 1982 a 43 años de cárcel por su brutal crimen. Sin embargo, en agosto del mismo año protagonizó su primer intento de fuga, a pesar de lo cual, el 20 de febrero de 1987, recibió un “alucinante” permiso carcelario de seis días para salir de la cárcel de Zamora concedido por el juez de vigilancia penitenciaria, José Donato Andrés (por cierto, siempre pululando la sombra de la sospecha con los permisos dados a José Fernández Cerrá, Carlos García Juliá y, otra vez, Ignacio Abad, condenados por su participación en la matanza de Atocha).

Con esta ayuda de la “justicia” Hellín pudo fugarse de nuevo, largándose a Paraguay, con un DNI legal y con toda su familia, donde encontraría “trabajo” en los servicios de “inteligencia” del genocida Alfredo Stroessner. Tras dos años de fuga, fue descubierto por un periodista y posteriormente extraditado y devuelto al talego.

Hellín, no tocar

Pero en  julio de 1995 fue premiado con un régimen de semilibertad. En 1996 es liberado impunemente, habiendo cumplido catorce años en prisión. El resto de los condenados – Abad, Pérez Ajero, Prieto Díaz, subjefe  y secretario de Fuerza Nueva en Arganzuela, Martínez Loza – menos condenas, la misma impunidad.

Impunidad, indudablemente, que se debe a que las conexiones del asesinato y del propio Hellín con los cuerpos represivos y servicios de seguridad del Estado fueron muy estrechas y lo han seguido siendo. Lo que le ha permitido no sólo cumplir escasos años de su condena, sino hermosear su currículo como consejero de juristas en asuntos relacionados con telecomunicaciones, informática y redes sociales.

Y, por supuesto,  Hellín fue “instructor” de la Policía Nacional, la Guardia Civil y el Ministerio de Defensa bajo una identidad falsa hasta 2013. También fue contratado hasta en quince ocasiones como perito forense por el Servicio de Criminalística, la Policía Nacional y policías regionales. Por los servicios “prestados” el Ministerio del Interior desembolsó 140.000 euros entre 2006 y 2011.

Paraíso de la impunidad: la inmunda Transición

Gruesos hilos de continuidad entre la dictadura franquista en los aparatos del Estado y en los partidos del narcorrégimen pedófilo del 78. Incluso de sus elementos más fascistas, criminales y asesinos, como Emilio Hellín.

Yolanda fue víctima, no del franquismo, sino de la “pacífica” y “modélica” Transición”. Esa que ideó el mismísimo Pata Corta, bajo la tutela de la CIA, coronando al Rey Elefante, el nieto del fugado Alfonso XIII. Porque la Transición si de algo fue “modelo”, desde luego, fue de represión e impunidad. Sangrantes. Literales y metafóricas. Y de repulsivo cambio de cromos: te cambio a tu puto etarra por tu puto facha. Asco. Infinito.

Las palabras de la madre de Yolanda

Y concluyo con las palabras de la madre de Yolanda, las únicas merecedoras de respeto en todo este circo tan siniestro, tan siniestro como nuestro actual circo plandémico. “Los momentos de Yolanda desde que entraron en su casa, la tiraron al suelo, revolvieron todo, la amenazaron, la pegaron, la hicieron bajar del coche con la pistola pegada a los riñones, la llevaron al campo en plena noche oscura, mientras le pegaban y le escupían en la cara…”.

En fin.

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