MusicARTÍCULO: Aute, “volver a verte”.

Era muy sutil mi (casi) amigo Luis.  Vendía asuntos trascendentales, filosofía moderna y certera, como temas de amor. Lo comercial en la apariencia (“no sólo de pan vivía el Aute”) y lo trascendental en la esencia.

Este temazo es un ejemplo, pese a que empieza de la manera más cursi posible: “Me muero de ganas de decirte: ´te quiero`”. Pero el resto es buenísimo y sutil a más no poder, pese a alguna metáfora y rima chorra, inevitables porque esto está dirigido a todo el paisanaje; obvio.

Pero los que leemos entre líneas, máxime cuando hemos conocido al que las ha escrito, sabemos interpretar (o tal vez magnificar, pero el efecto es el mismo). Me quedo con el “No hacías preguntas no querías respuestas” y, por supuesto, con lo axial: “Y sé que no podré volver a verte, jamás”. Impresionante la evolución de este tema, que empieza con lo que os he dicho de las ganas de decir “te quiero” y acaba con un axioma vital tan sencillo como impresionante y, si no se gestiona bien, deprimente a tope.

Es lo que más le reprocho a la vida: no poder volver a ver a tanto ser querido, jamás. Y lo peor: no poder volver a verme a mí mismo, en aquellos momentos vitales tan magníficos (tal vez magnificados, como dije antes sobre esta canción que, por cierto, tiene 2 momentos gloriosos con el simple cambio de tiempos verbales: “Eras y eres” y “era y es”).

No me refiero sólo a los fallecidos, esas personas que nos esperan Dios sabe dónde (nunca mejor dicho). A estos seres tan queridos los velamos a diario y sabemos, perfectamente, que en esta dimensión jamás volveremos a verles. Recordamos aquel momento con ellos, aquellas palabras, aquel gesto, aquella anécdota, aquel consejo, aquella discusión… y solemos tener fotos para mirarles a la cara mientras, más tarde o más temprano, nuestra mirada se torna borrosa por el agua derramada por los ojos que casi parece una ofrenda. Nuestra mente asume, o tal vez se rinde sin condiciones, ante lo evidente de no poder volver a verles… jamás. Hay personas que no superan estas pérdidas. Error entendible, pero error. Y errar es de humanos, pero vivir en el error es un horror y morir por él, es de gilipollas. Y es una deshonra para esa persona ausente, porque qué mayor oprobio a su memoria que penar por ellos, en vida.

El día que yo me muera sé que mis amigos harán fiesta en mi honor y mis enemigos ni se enterarán de que me he ido, porque el odio siempre le pide la vez al amor.

Saber que no podrás volver a ver a gente que está viva es una sensación perturbadora, pero con la esperanza de que no existe el “jamás” que dice Luis. Supongo que todos tenemos personas en la retina con las cuales teníamos tantas cosas todavía por vivir, que nos parece imposible que ya no estén en nuestra vida. Yo miro mucho a mi alrededor y reflexiono que por qué coño estoy donde estoy, rodeado de quien lo estoy… con lo bien que me lo montaba antes, o con lo mal que se lo montaba el destino para no ser macabro conmigo. Y no me refiero a mi parienta y a “4 amigos” que me quedan, sino al resto de ¿seres humanos? que me rodean, o más bien, me asedian.

Ya lo he comentado en algún artículo, pero lo repito, porque hay que insistir en lo bueno. Ted Danson dijo una frase espectacular interpretando a Gulliver en una magistral “TV movie” adaptación de la novela de Jonathan Swift: “(…) las cosas no son como se ven, sino como se recuerdan” Y, por si fuera poco, de propina nos soltó esto: “ (…) porque no podemos vivir más años, pero sí hacer que los años sean más largos”. EXACTO, Ted Danson. Lo clavaste. Y me dirijo a él porque no recuerdo esas frases en la novela, la leí hace unos 30 años. Pero le hago un notorio homenaje a Swift, citando su enorme cita que engalana “La conjura de los necios”: “Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”.

La ponderación es algo que no hay que dejar de lado, ni su prima hermana la mesura. Haber vivido tanto y tan bien, con tantos y tan buenos, con tantos y tan malos, con tanta vida por detrás, hace que vivir estos tiempos de infierno social y desquicio intelectual se tornen algo más soportables, o totalmente insoportables; según los afrontemos. Llevo más de 1 año bajo el mismo techo (el mini-ático cochambroso de mis caseros que alquilo a precio de oro en Hediondo Puente de Bellacos, un lugar olvidado por Dios y adorado por Satán), mi última escapada fue en junio de 2020, a mi adorada y futura casa, Cercedilla. En tren público de cercanías – 12 pavazos de billete por algo que ya he pagado con mis impuestos – discutiendo muy violentamente (en autodefensa, yo jamás he agredido a nadie ni lo haré) con segurratas de 2 patas y maderos nacionales, por no llevar bozal, cosa que jamás hice, hago ni haré. Y como me niego a tener coche (pese a tener carné) pues nada, encerrado de por vida, intuyo.

¿Sabéis de quién es la culpa de mi encierro? No… no es del NOM (que también, obvio) es de los no covidiotas que se ponen el puto bozal (y una vez concedido eso, se hacen PCR y hasta se vacunan, sí… conozco a antiPLANdemias que se han vacunado) para poder viajar, comprar y etc. (un etcétera que, sobre todo, es cobardía y miedo al rechazo y escarnio públicos).

Yo tengo un timbre de voz como el de Luis (Aute), ya lo comprobamos un día juntos. Pero paso de ser cantante. Luis tragaba con todo, siempre que ese todo no le privara de nada. Él quería dinero. Yo no. Con él discutí civilizadamente muchas veces, a colación de sus muchas concesiones al NOM (llámalo globalismo, satanismo, comunismo…). Siempre me dio la razón, no como a los tontos, sino porque yo la tenía. Luis no era gilipollas, pero se metió en un berenjenal de descendientes, propiedades, fama, fans… y de ahí ya no se puede salir. Pero conmigo lo hacía, precisamente porque yo no era parte de esa tela de araña donde él se metió. Luis es la única persona a la que le he colgado muchas veces el teléfono (sin malos modos, obvio), habiéndole llamado yo (al fijo, él no tenía móvil) y deseando seguir hablando con él, por el mero hecho de que tras muchos minutos de estupenda conversación yo no podía permitir disturbar a Luis y que de manera inconsciente él se pasara al lado claro de la fuerza. En este lado sólo podemos vivir un par de privilegiados. Es muy difícil vivir en él, os lo garantizo.

Y Antonio García de Diego, otro antiguo conocido (casi no puedo llamarle ni “casi amigo” pero fuimos buenos colegas y hasta compuso un tema para mi peli “¿Quién eres? (el poder de la mentira)”) también era amigo y socio laboral de Luis “y de otros de cuyo nombre no quiero acordarme”, y él también me decía y contaba cosas que no salen, ni saldrán en los mass mierda. Cosas de amigos. Pero en el fondo, amigos pusilánimes. Es tan fácil, pero tan rematadamente fácil, ganar mucha pasta y lores sociales… normal que tengamos la sociedad que tenemos.

Yo no cedo. Ni jamás lo haré.

Todos los falsos luchadores contra el NOM van con bozal. Eso es un hecho demostrado y, además, los muy hijos de puta se autoengañan (pese a que a mí no me engañan) diciendo que se ponen el bozal por “respeto al miedo de los demás”. Ya… claro. Si el miedo de los demás fuera estar en un risco… vosotros jamás subiríais allí, panda de pusilánimes siervos del NOM, que no esbirros, pero casi.

Pues eso, que la canción de Luis me ha recordado cuando la vida inundaba mi vida, pese a las inclemencias humanas. Tiempos en los que yo podía elegir morirme de hambre, sin que nadie me lo impidiera. Tiempos que no volverán JAMÁS. Sé que no volveré a verlos, pero mucho peor es la vida de aquellos que jamás los vieron, que son casi todos los humanos vivos.

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