RAFAEL LÓPEZ: Miguel. “Más vale cosido feo que roto bonico”.

Durante algo más de un lustro fui vecino, y creo que hasta algo más, de Miguel.
Cuando conocí a Miguel ya era un reciente, y otoñal, cincuentón. Era muy, pero muy, reservado en el trato con las gentes, siempre me decía que se encontraba mejor en esa ausencia social, porque le permitía estar más cerca de si mismo. Esa afinidad hacia la soledad no impedía que, una vez superada cierta cautela hacia el desconocido, fuese una persona tremendamente cordial en cada encuentro, y durante las entrañables conversaciones que mantuvimos.
Aunque yo era un poco más alto que Miguel, carecía de su fibrosa anatomía. Tenía los ojos negros como su Madre y un vigoroso pelo castaño como su Padre, tal como me acreditaron quienes les conocieron bien. Sus facciones, bien parecidas, le otorgaban un atractivo aire, sobrio y maduro. Tenía las manos grandes, endurecidas y expresivas, y una manera de ser, con una bondad natural, fuera de lo común. Aunque lo que más impresionaba de su aspecto físico era su imponente mirada.
Era hijo único, y había quedado huérfano, de Padre y Madre, cuando apenas contaba un par de años. Cómo sus padres ya eran algo mayores cuando lo concibieron, y no tenía abuelos, fue criado por unos tíos maternos que, aunque buenas personas, no le brindaron toda la dedicación, y cariño, que, a buen seguro, hubiera recibido de sus ilusionados padres. Siempre pensé que esa terrible experiencia vital motivó buena parte de su carácter, porque había un cierto aire nostálgico, en Él, que nunca le abandonaba.
Llevaba una vida austera, se distraída, en parte, cultivando un huerto, un legado familiar, donde recogía una docena de sacos de patatas, cuatro escarolas en invierno y un par de arrobas de tomates al verano, aunque lo que más le gustaba era fundirse, por caminos y parajes, con la naturaleza. Por aquellos años, se dedicaba a un poco de todo, aquí unos jornales en una obra; allá le buscaban en las tareas del campo; si había, echaba unas peonadas en el monte para limpiarlo, o plantar pinos, y no era infrecuente que algún carpintero lo llamara si tenía que preparar los premarcos para una obra nueva, o algún encargo de envergadura. En fin, como me lo recomendaron en el pueblo, lo llamé para que realizase el acondicionamiento de la casa que había buscado, mientras durase mi estancia cómo notario, en aquel pueblo.
Desde el principio me sorprendió una rara habilidad suya para manejarse con solvencia, en casi todo, y, a menudo, comprobé que no se valoraba, en su justa medida, esa cualidad entre sus convecinos. Realmente no observe tarea, o actividad, a la que no le diese treslao, jardinería electricidad, escayolas, pintura. Había adquirido esas habilidades a través del aprendizaje obtenido, en sus diferentes trabajos, con esos estupendos profesionales que, anonimamente, desarrollan su vida laboral en los pueblos. Dudo que hubiese podido encontrar una persona más idónea, y diligente. El resultado final, muy superior al que yo tenía planteado, así lo acreditaba.
Era Miguel casi severo, cuando estaba trabajando, cómo pude comprobar personalmente. Le desagradaba, y lo ponía de manifiesto, que le importunasen cuando estaba concentrado en sus quehaceres. Durante la jornada de trabajo, tenía un único momento de relajación: la hora del almuerzo. Al principio, solíamos ir a alguno de los bares del pueblo, aunque cuando la casa ya iba estando más acondicionada nos acostumbramos a almorzar allí. Noté que se sentía más cómodo alejado de la algarabía de los bares, y que disfrutaba más, de ese descanso de mitad de mañana, en esa tranquilidad doméstica, mientras dábamos buena cuenta de unos estupendos huevos fritos acompañados por unas tajadicas de panceta, o un par de trozos de conserva.
Creo que esos nutritivos y entrañables almuerzos fueron de los pocos momentos de abandono que tuvo Miguel mientras le conocí, y hasta en una ocasión quise ver, durante un instante, cómo se ausentaba, de su semblante, su sempiterna nostalgia, mientras ardían silenciosos unos leños de olivo, que perfumaban la estancia, y conversábamos tomando un orujo de miel.
Como en aquellos primeros meses mi actividad, o mejor dicho lo menguado de la misma, me lo permitia, la derive a las tardes con el objeto de poder supervisar, personalmente, el desarrollo de las mejoras en la casa, echar una mano llegado el caso, pero sobre todo porque adquirí una muy confesable debilidad por los almuerzos con Miguel.
Al año y medio de mi llegada, con el acondicionamiento ya completado, y el curso escolar recién finalizado, se vino mi Familia. Entre unas cosas y otras fueron menos las ocasiones que tuve para compartir tareas, y las, siempre, enriquecedoras, y entretenidas, charlas con Miguel, aunque cada vez que había ocasión lo buscaba para algún arreglo, un encargo, incluso para que cuidará de nuestros Hijos, tal era la confianza que le tenía, y merecía.
Le encantaba andar por los bucólicos y campestres senderos, siempre a buen paso y, en el tiempo, volver con unas matas de te de roca, o unas setas de cardo. Recuerdo que secaba el té esparciéndolo, cuidadosamente, sobre unos periódicos ya viejos que le regalaba, pasadas unas semanas, un antiguo compañero de colegio, que estaba suscrito a un diario nacional. Realizaba estas tareas en un viejo granero que había en la casa de sus Padres, que heredó, y en la que se quedó a vivir cuando sus tíos maternos faltaron. Había nacido en esa misma casa porque entonces, en los pueblos, todavía era bastante habitual que las madres diesen a luz en sus hogares.
No era un gran lector Miguel, de hecho nunca le observé leer alguno de aquellos periódicos atrasados que eran desechados una vez habían cumplido su función vehicular en el secado del té. Sin embargo tenía, en su casa, unos cuantos libros, de finales del siglo XIX, de su Abuelo materno, que guardaba cómo un auténtico tesoro. Cómo le manifesté mi afición por la lectura tuvo la gentileza de dejármelos, y tengo que reconocer que eran unos volúmenes tremendamente interesantes y muy didácticos. Tiempo después, le regalé un par de mis libros preferidos, que creí le podrian interesar, amén de maridar bien con su selecta y ancestral biblioteca, pero me dijo, muy serio, que no se comprometía a leerlos y, conociendolo, dudo que lo llegase a hacer, porque era muy cumplidor y me lo hubiese comentado.
Nos bienacostumbramos a que Miguel nos trajese té de roca, cuando estaba en el mejor momento para su consumo. Nos decía que era la mejor infusión que había, y un excelente tonificante para el apetito de los chicos. Aparte de esa cortesía suya, también, nos dio a conocer las estupendas pastas artesanas que se hacian en el pueblo: magdalenas, mantecados y tortas finas, todas ellas de primerísimo nivel, aunque, según me confesó, las tortas finas eran sus preferidas, y sentía una muy justificada devoción por ellas.
Muy al contrario de su sapiencia en estos conocimientos intemporales sobre infusiones y lamines, era Miguel el hombre menos tecnológico que haya conocido en mi vida. Tenía una antigualla de televisión, de aquellas de tubo catódico y en blanco y negro, que le había regalado, hacia mucho tiempo, un primo lejano del pueblo, cuando se la cambió por una más grande, y moderna, en color. El caso es que, con ese fósil electrónico, solía ver alguna película clásica, si algún vecino se la había recomendado, aunque cuando nos conocimos, hacía unos años que, ya, ni la veia, desde que introdujeron aquellos cambios tecnológicos, con la señal televisiva digital terrestre, y mandaron al ostracismo a su museístico equipo.
Le gustaba, de vez en cuando, escuchar la radio, aunque sólo programación musical. Tenía un antiguo radiocasete que, a pesar de los años, aún tenía hígados para hacer ruido cuando se le requería, y que, algunas veces, se llevaba al trabajo, especialmente sí tenía que realizar trabajos de fontanería, porque, según me confesó, era lo que peor se le daba y la música le ayudaba a concentrarse mejor. El último complemento tecnológico de su casa era uno de aquellos teléfonos de pared, todavía de disco y de color marfil, que tenía instalado en la cocina, y que cuando recibía una llamada, se oía el timbre en toda la vecindad. Despues de dejar el pueblo, me imagino los sobresaltos que causarían algunas de mis llamadas, ya que, no siempre, las realizaba a unas horas muy prudentes.
Miguel estudió mientras, por edad, pudo estudiar en el colegio del pueblo, porque, entre otras cosas, nunca quiso salir de allí, y prefirió, siendo apenas un mozo, ponerse a trabajar para ganarse la vida. Aunque estaba agradecido, quería aligerarles, a sus tíos, de responsabilidad y gastos, en lo más posible. Tenía una notable memoria, y se le daban muy bien los números, realizando operaciones de cálculo, con la cabeza, a una velocidad imbatible.
Una vez me mostró algo que me impresionó: saco una ajada carpeta de cartón azul con gomas, de esas de toda la vida, en la que guardaba, con celo infinito, unas cuartillas que había dejado escritas su Madre, donde comentaba esas cosas sencillas, y funcionales, sobre cómo llevar una casa de campo, los tiempos, y cuidados, para la siembra y la cosecha, antiguas recetas familiares y cosas por el estilo, que los padres más diligentes dejan por escrito para que no se pierda esa sabiduría ancestral. Aunque nunca me lo confesó creo que las lecturas de esas cuartillas se convirtieron en un referente vital, y emocional, para Miguel, y marcaron una parte de su carácter, y de la forma en que quiso vivir.
Cuando obtuve una plaza, en una de la media docena de notarias que hay, en la capital de la provincia se lo dije a Miguel. Respetuoso me felicitó, augurándome grandes venturas para mi y la Familia; un cambio, me dijo, que les permitiría a los chicos hacer estudios, si tenían interés. Unos pocos días antes de nuestra partida, recuerdo que vino a vernos y nos trajo unas bolsas variadas de esas pastas del pueblo de las que ya eramos incondicionales, y en una caja de latón, envueltas en un paño blanco, unas matas de té de roca. Nos dijo que los cambios de domicilio suelen generar numerosos, y desagradables, desajustes en el día a día, que hacen perder el apetito a cualquiera, y especialmente a los más pequeños. Nuestros Hijos, aunque ya eran más mocicos, nos dijo que aún estaban en edad de crecimiento y que les iría muy bien una infusión, de vez en cuando, en las primeras semanas.
Pero lo que recuerdo, con especial intensidad, fue el día de nuestra partida. Ya estábamos a punto de salir, cuando se presentó Miguel, primero les dijo algo a los chicos y a mi Esposa que no pude oír, porque estaba metiendo algo en el maletero, pero que les debió de hacer gracia porque vi que mi Esposa sonreía y los chicos se echaron unas de ésas infantiles risas tan sencillas, naturales y bonitas. Después me estrechó la mano con esa manera suya, tan personal, firme, sincera; no me dijo nada, pero observé cómo su profunda mirada reflejaba los ecos de tantos, e inmarcesibles, momentos compartidos, y me conmovió. No pude articular palabra, subí al coche y nos alejamos lentamente, mientras, por el retrovisor observaba cómo, con el brazo diestro rígido y un poco más de medio levantado, y la mano completamente abierta e inmóvil, nos hacía esa última señal de despedida, mientras nos tuvo a la vista.
Ayer me llamaron para decirme que habían encontrado muerto a Miguel. Fue una pareja del pueblo, que yo conocía de mi estancia, quienes lo hallaron recostado junto a un viejo chopo lombardo, al borde de un camino que solía frecuentar y que discurría pegado al río, del que lo separaba unas hileras de plantones de chopos. Llevaba en la mano una mata de ese té de roca, que tanto le gustaba, y, curiosamente, presentaba un aspecto sereno, cómo si estuviera preparado, como Dios manda, para tan crucial momento. Debía estar en los 63 años y, según tengo entendido, sólo había salido del pueblo para hacerse el DNI.
Entre los dorados campos de cereal en el verano; la agreste sierra con su perfume a tomillos; las aliagas primorosamente florecientes en mayo; las desnudas choperas echando las yemas a finales de marzo; ese camino junto al río alfombrado con las ocres, y otoñales, hojas recién caídas, y la infinidad de hermosos y solitarios lugares; allí, en esos poderosos parajes, y en los evocadores consejos escritos en unas viejas cuartillas, siempre leídas con devoción, tuvo todo lo que necesitaba para vivir plenamente y en paz.
No lo sé, pero lo aseguro, que ya estará paseando con su Padre, con quien charlará de antiguas historias y agradables remembranzas, mientras a buen paso, como a Él le gustaba, recuperan tantas jornadas que tuvieron que ser pospuestas durante una docena de lustros. Y recibirá las sentidas, e incontables, manifestaciones de cariño, que su Madre custodió durante todo ese tiempo, y Ella le dirá, tiernamente, las cosas que contaba en aquellos tesoros gráficos: el cuidado para salar bien los jamones y sacarles la gota; cómo secar el té; que “el ajo se siembra bien profundo y la cebolla que vea mundo”; las recetas, y preparación, de la matanza; cómo cambiar los plomos de la luz cuando se funden; que hay que zurcir y piazar los rotos en las ropas, aunque no queden del todo bien, porque cómo cariñosamente le recordará “más vale cosido feo que roto bonico”; y muchas, muchas cosas más.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: