ARTÍCULO: ¿Van los niños y adolescentes con bozal donde no es obligatorio?

En Madrid capital, sobre todo en Hediondo Puente de Bellacos que es donde más tiempo muero, el 90% largo de los que veo por la calle (recordad, queridos niños de verdad, no los zombis de los que hablo) usan bozal, tanto si van acompañados por adultos – embozalados o no – o si van solos.

Me surgen varias cuestiones:

1/ ¿Esos adultos sin bozal que acompañan a menores… por qué cojones no les obligan a ir sin bozal. Sí, obligar, pues son menores y han de velar por su salud e integridad física, me cago en su puto servilismo al NOM.

2/ ¿De ese 90% largo, cuántos estarán encantados de ir de la mano de pederastas, pues esa es la cultura que les han metido en vena?

3/ ¿Cuándo estos mini-covidiotas crezcan nos matarán a todos o dejarán a unos cuantos adultos de ahora para esclavizarlos o experimentar con nosotros?

Fui menor de edad, lo juro… y en 1979 (a los 4 años) empecé 1º de párvulos, en el colegio “El Salvador” (aquí podéis ver alguna de mis historias publicadas sobre este centro escolar donde pasé 10 años). El primer día de adoctrinamiento escolar es mi primer recuerdo vital. Todos los micos vestidos con ridículos manteles de merendola campestre (vulgo babi), de la mano de adultos… y todos llorando y gritando porque, intuí, no querían entrar al aula, estábamos ya dentro del centro de adoctrinamiento. Y yo, de la mano de mi madre, flipando de que todos tuvieran tan poca estima de sus acompañantes y tan poca confianza en ellos. Yo sabía que a cualquier lugar donde me llevar mi madre sería un buen lugar y, por lo tanto, no tenía que llorar ni quejarme.

Luego aprendí que la vida, realmente, es un camino de eterna soledad y que hasta una madre puede no saber que está haciendo algo malo. Y eso lo aprendí al poco de empezar mi periplo estudiantil que duraría 22 años más, esa misma tarde – eran jornadas de mañana y tarde – cuando la clase consistió en hacernos dormir la siesta sentados en la silla y recostados en el pupitre, y hasta nos dijeron la postura que teníamos que adoptar: torso apollado (perdón, apoyado, sin elle de polla) en la mesa, cabeza reposando en un brazo y el otro cubriéndola.

Si llego a nacer en 2017 no sé que habrían hecho conmigo los covidiotas, porque os aseguro que yo, a los 4 años, sería el mismo libérrimo irredento que fui a los 44, cuando empezó la PLANdemia.

Yo nací libre y contestatario. Eso es algo innato, un don en toda regla. Menos mal que tengo 44 años de vida por detrás de la PLANdemia. A mí ya no me van a amargar la vida, porque la he vivido y de qué manera.

“Diles que mi vida fue maravillosa”, Luys, pero que acabó 18 años antes que la del dueño de esta estupenda cita, Ludwig Wittgenstein.

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