RAFAEL LÓPEZ: El silencio.

Me ha ordenado don César escribir un artículo, y cuando un capitán, aunque sea de una estarranclada balsa de náufragos, le manda a su grumete limpiar la borda, ese grumete, si es como Dios manda, procede a limpiar la borda ¡y a fondo!.

Disculpen que mezcle, en mi artículo, temas desagradables (política y sociedad) con otros de mayor enjundia. Probablemente sea una artimaña rastrera, indigna de este blog, por ello pongo la venda, a las primeras de cambio, antes de que se haya producido el trompazo (quién ose seguir leyendo que no se queje después) . 

Hace unos pocos días me relataba el señor Bakken Tristán, con su habitual calidad cuando escribe de cosas importantes, un par de experiencias suyas con uno de aquellos transistores de bolsillo, habituales hace media docena de lustros, que muchos españoles llevaban consigo para estar informados, o sentir que había alguien al lado. Recordarán mis quintos aquellos agónicos finales de la liga de fútbol, con las gradas llenas de aficionados, acompañados de esos enternecedores equipos de radio, en los que importaba más lo que le ocurría al enemigo antes que el partido que se había ido a ver, o, sencillamente, como acompañante musical en la barbería mientras se esperaba turno. 

Los entrañables recuerdos radiofónicos del bendito tirano (que no son, ni remotamente, los que he nombrado) me han animado a contarles algunas cosicas deshilvanadas:

El silencio es temible.

Yo lo aseguro, hay muchos tipos de silencio, los que evocaba César, en su correo, lo son, aunque, técnicamente, podrían considerarse que no lo eran. El silencio, para mí, es el sonido del infinito, de la soledad completa, del abismo existencial que casi todos sentimos en algunos momentos de nuestra vida. Llevamos aciagos lustros de ruido, un ruido enloquecedor, infernal, para que nadie se enfrente al silencio, para que nadie piense, porque una virtualidad del silencio es que te obliga a pensar, y no sobre mundanas, e intrascendentes, cuestiones sino sobre el fin, y la utilidad, de nuestro paso por este atribulado mundo. 

Por poner un ejemplo cutrísimo, imagínense que los dispositivos electrónicos dejasen de funcionar. Nada de guasap, ni tuiter ni nada de nada…, un vacío desasosegante para muchisimos individuos que, muy tibiamente, sentirían la majestad del silencio, durante unos breves instantes (en seguida se enredarian con estupideces). 

El silencio es rotundo e implacable, y es más elocuente que las palabras siempre. En las relaciones interpersonales, si se acompaña de la mirada, resulta devastador (siempre que la mirada sea capaz de transmitir nuestras emociones y pensamientos, algo, por desgracia, no muy habitual en estos tiempos de miseria y mediocridad). 

En Teruel hay una extensa zona de dicha provincia que se llama el Maestrazgo, y allí tienen un eslogan que reza «El Maestrazgo, donde el silencio habla», muy cierto y verdadero, porque, con una densidad de población inferior a la Laponia ártica, es fácil, para quien lo busca y tiene madurez para ello, encontrar por esos nobles lares el silencio. 

Como ahora nadie se calla ni debajo del agua, se ha pervertido el sentido del silencio, tal vez lo haya perjudicado la máxima «El que calla otorga», pero cómo el silencio es mucho más, que todo eso, reniego de semejante simpleza y abogo por el silencio (y la mirada), como elemento cuasi revolucionario, ante los ignominiosos zaherimientos de estos tiempos infames. 

El silencio y por supuesto, también, la risa. Sí esa risa descarnada, fría, furiosa, capaz de mostrar, con esa reacción, la zafiedad, el sectarismo y la idiotez de las inmundicias antropomorfas bípedas que evacuan sandeces, a diestro y, especialmente, a siniestro. 

Bueno existe una tercera opción la sempiterna legítima defensa de don César, pero para aplicarla hace falta ser un cabrón como don César, y ese molde se rompió hace nueve lustros. 

Para irme despidiendo voy a degradar mis letras juntadas con varias cuestiones de política actual: 

Que los sacamantecas vascongadas quieren separar la Rioja alavesa, ¡ya tardan!, no se a que vienen tantos botijos y acomplejamiento del malgobierno, de la Denominación de origen, y de la emasculada castuza política. 

Que los supremacistas pancatalanistas piden una cuota de doblaje al catalán del 6 % en las series de televisión. Pobrecicos, se creen tan machotes y son unos acojonaos que darian risa, y pena, si no fuese por lo que nos roban.  El 100 % les daría yo ahora mismo, así la mayoría de catalanes no vería nunca la televisión con lo cual, creo que, mejoraría su capacidad intelectiva. 

Que las alimañas bildutarras quieren los dibujicos animados para los chicos navarros doblados al vascuence, así confían en disponer de una interesante caterva de sicarios en el futuro. Pues ya tardan, porque excepto cuatro oligofrénicos, hijos de Satanás, los chicos navarricos se irán a jugar, que, por cierto, es lo que les conviene. 

¡Hay que concederles todo, y callar! (hasta que llegue la hora de que hablemos, que sólo escuchen el silencio, nunca cómplice, siempre temible) 

Y por último, referéndum para expulsar al País Asco (pocas veces César ha estado más acertado y fino) y Cataluña de España. El referéndum sólo se celebraría en territorio nacional, por lo tanto excluidos esas hostiles regiones pringadas de malnacidos, supremacistas, ladrones y corruptos. 

Las opciones para el voto serían :

– Que no se les expulse, por un buenísimo estúpido carente de fundamento. 

– Que se les expulse después de que hubieran devuelto todo lo expoliado a los españoles. Así esos engendros antropomorfos dejarían de jodernos de una puñetera vez ¡que ya está bien, Redios!

Mi voto (muy previsible por cierto) es por la expulsión, lo tranquilos que nos íbamos a quedar sin éstos carnuzos se parecería bastante al silencio.

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