ARTÍCULO: Juventud, divino teSOROS.

El infierno es terrenal y este hijo de puta es uno de sus principales demonios

Los que fuimos jóvenes antes de ser ahora viejos, sabemos lo molana que era la vida. En nuestros tiempos éramos dueños de nuestro destino, más o menos. Podías intentar ser cualquier cosa en la vida, pero lo más importante era que no te impedían vivir e intentar ser y hacer lo que quisieras, siempre que tu querencia no fuera meterle el dedo en el ojo al prójimo.

¿Qué te ibas al monte a vivir cazando gamusinos? ¡Pues adelante!

¿Qué hacías carrera en un banco y te convertías en tiburón usurero? ¡Pues adelante! Pero ese tiburón no pretendía, jamás, cazar tus gamusinos, ni tú atracar su banco. Armonía. Vivir y dejar

Cuando yo era joven tenía unas cuantas décadas, de edad, menos que ahora. Obvio. Pero, aún así, mi infancia tuvo más vida que todas las edades humanas que viven ahora.

¿Qué les hemos hecho a los infantes? De verdad, pensadlo bien sea cual sea vuestro estatus Quo, banda resultona y nada más (padre, familiar, vecino, amigo…)

¿Qué cojones, pero qué putos cojones les hemos hecho a los infantes?  Ya ni uso el pretérito, porque ya no les estamos haciendo nada, ya se lo hemos hecho todo; y ese todo es el mayor mal posible que hemos sabido hacerles.

Sí, queridos niños, los adultos somos mucho peor que un pedófilo violador y asesino, pero muchísimo peor. Somos tan perversos y psicópatas que ni siquiera tenemos que mataros porque os hemos dejando sin vida. Y eso jamás lo sabréis, mis queridos niños.

Yo sí lo sé, porque antes de tener 46 años tuve menos. Antes de ser un adulto hijo de puta fui uno de los vuestros. Y os aseguro que la vida era algo encantador a vuestra edad. Pero eso jamás lo podréis entender. No tenéis manera de medirlo. Y no busquéis el medidor en una aplicación de vuestros inseparables móviles.

Estáis totalmente condenados y lo peor es que no lo sabéis. Igual es algo bueno vuestra ignorancia sobre la muerte en vida que os han preparado los putos adultos.

Os dejo con unas letras de un celebérrimo poema de un sudaca (Rubén Darío), cuyo título titula este artículo, pero sin la S final.

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