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RELATO CORTO: “¡Qué asco!”

Posted in Relatos on enero 7, 2021 by César Bakken Tristán

©César Bakken Tristán. 2011.

Todo está oscuro y hace mucho frío. No veo absolutamente nada y me golpeo constantemente con multitud de objetos aparentemente inertes. Estoy sangrando, creo, a lo mejor es sudor, o las dos cosas. Calmo mi ansiedad y  me detengo un momento para pensar en qué hacer, porque el cuerpo me duele muchísimo a causa de tanto golpe, aunque debido al frío el dolor se minimiza, algo bueno tiene el frío, aunque si no consigo salir de aquí en breve moriré de hipotermia.

He perdido la noción del tiempo pero calculo que llevaré aquí varias horas. Estoy paralizado por el frío. Tal vez si no hiciese este frío lo estaría por el miedo, la oscuridad absoluta me asusta. Estoy resignado a mi suerte, no puedo hacer otra cosa. Lo único que me queda ahora es el instinto de supervivencia innato en todos los seres vivos (a excepción de los suicidas, claro). No pienso aceptar mi destino mortal, tengo que buscar alguna solución, seguir con vida más tiempo ya que a veces las situaciones mejoran solas. Si esta mejora tengo que estar vivo para beneficiarme de ello.

Pero tanta oscuridad y frío me están desquiciando y es imposible controlar la ansiedad que me produce. Lo mejor será quedarme quieto en donde estoy ahora, al tacto aparentemente un rincón, y abrazarme a mi mismo para intentar minimizar el tremendo frío que hace. Imposible, no aguanto en esta posición, las paredes están heladas, me congelo más todavía. Tengo que moverme, si me quedo quieto moriré congelado. Pero si me muevo puedo morir a causa de algún golpe. Lo mejor será establecer una especie de pequeña “zona de seguridad” en la que moverme constantemente sin riesgos de golpes o caídas. Sí, lo mejor será eso, voy a ir de un lado para otro: uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis pasos. Con eso bastará, en esta corta distancia no hay ningún obstáculo. Pero no debo equivocarme, si doy un paso más igual me golpeo con algo o caigo al vacío. Sólo estos pasos y vuelta atrás. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis… uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis… Sólo así, moviéndome de un lado para otro lo más rápido pueda me mantendré con vida más tiempo. Pero tengo que pensar en algo que me saque de aquí.  Voy a intentar recordar cómo he llegado hasta aquí, pero no puedo, mi cerebro parece estar igual de contraído que el resto del cuerpo.  Piensa, vamos, piensa; si no lo haces no hay ninguna esperanza. ¿Cómo he llegado aquí? Recuerdo una puerta frente a mí, una puerta que se abrió de repente. Yo estaba dentro de una casa, creo. Sí, era una casa, ¿qué hacía yo en ese lugar? Bueno, eso no importa, tengo que concentrarme en la puerta. Una  puerta se abrió de repente y  una gran luz salió de su interior.  ¡Claro, eso es! la luz me cegó, ahora lo recuerdo, y algo me empujó hacia la puerta. Nada más entrar ya sentí el frío. De pronto oí un fuerte ruido tras de mí, como un portazo. ¡Claro!, fue la puerta que se cerró. Y de repente desapareció la luz y todo se quedó absolutamente oscuro y frío, y a cada segundo mucho más frío.

¿Qué había tras esa puerta, qué hay aquí dentro? No pude ver nada antes de caer tras ella. Tal vez deba caminar muy lentamente y palpar lo que me rodea. Tengo que arriesgarme. Si me quedo quieto moriré enseguida y si sólo me muevo en mi “zona de seguridad” lo único que haré será retrasar mi muerte. Vamos a ver, ¿hacia dónde voy? Aquí detrás hay una pared. Voy a avanzar hacia delante, despacio, muy despacio. Todo parece despejado. Claro, sigo dentro de mi “zona de seguridad”. Ya debo de haber salido de ella, pero no toco nada. ¡Ahora sí! He tocado algo frío, ¿será otra pared?.  ¡Uff!, no sé lo que será pero tengo que volver a tocarlo. Es algo que no se mueve, pero no es una pared, tiene volumen. Puedo rodearlo. ¿Qué será? A ver, si no me separo de ella podré saber qué forma tiene. Es circular y parece igual por todos lados.  Voy a seguir, a ver qué me encuentro. Despacio, muy despacio, no quiero golpearme más.

Un momento, creo que huelo a comida. No sé, tal vez estoy delirando, pero juraría que estoy oliendo a comida. ¿De dónde viene el olor? Si como algo conseguiré calorías para mi helado cuerpo y podré aguantar un rato más aquí dentro. ¿Por qué huele a comida? A lo mejor es una trampa. ¡Claro! es una trampa. Quien me haya metido aquí me está tendiendo una trampa, pero no voy a picar, no pienso picar. Me están poniendo un cebo para que pique. Voy a volver hacia atrás. No puedo, estoy desorientado, ¡maldita oscuridad!. Seguiré hacia adelante, muy despacio, muy despacio. ¿Qué es esto? He chocado con otro objeto. No es el mismo de antes, este es más pequeño y está pegajoso… ¿qué demonios es esto?  Esto huele, huele… ¡huele a chorizo!  Debería comer un poco, necesito calorías. ¡No!, es la trampa, el cebo, no puedo picar, a mí no van a engañarme así. Voy a ir hacia atrás, deprisa, para que no salte la trampa.

¡Ahhhh! me he caído, se ha terminado el suelo y he caído al vacío. Me he dado un buen golpe, casi no puedo moverme.  Pero tengo que levantarme, si me quedo quieto moriré en breve.

¿Chorizo?, ¿antes toqué un pedazo de chorizo? Creo que estoy cada vez peor, estoy delirando. No puedo más, no puedo moverme. Un último esfuerzo, sólo uno más. He logrado incorporarme. Así, ¡ánimo! avanza un poco más, ya no puede ir peor. Despacio, muy despacio… ¡Ahhhh! me caigo.

¿Qué ha pasado? qué es esto, ¡he caído a una piscina! Lo que me faltaba, mojarme con este frío. Pero un momento, esto no es agua. ¿qué es esto? Es un líquido denso y huele… huele a comida. Otra vez la comida, estoy delirando. Menos mal que floto fácilmente, pero me siento peor que antes. No puedo más, no me hundo pero no puedo más… me rindo, no voy a poder salir de aquí. Si me desmayo me hundiré y todo habrá terminado para mí. ¿por qué así? sólo me gustaría saber por qué tengo que morir así.

¡Ahhhh! ¡La luz, otra vez la luz! ¡Se ha abierto la puerta, pero no veo nada!, la luz de fuera me deslumbra, ¿qué está pasando? No puedo más, estoy muy débil, no puedo más… no puedo… no pued… no pue… no…

-Mamá, hay una mosca en la sopa.

-¡Qué asco!

-¿La quito?

-No, no, hijo, por Dios. Tira la sopa, comeremos otra cosa. Qué asco de bichos, siempre molestando. A ver qué comemos ahora.

-¡Mira! se está moviendo, no está muerta.

-Trae, por Dios, dame la sopa. Ya está, al fregadero. ¡Qué asco! Y estaba dentro del frigorífico, a saber que más cosas habrá tocado. ¡Qué asco!

RELATO CORTO: “La extraña pareja heterosexual”

Posted in LITERATURA, Relatos with tags , on diciembre 15, 2020 by César Bakken Tristán

Relato que escribí hace más de 20 años y recupero ahora… ya sabréis por qué.

Sandra y Álvaro llevan saliendo más de dos años. Son una pareja aparentemente típica y normal: él trabaja de encargado de almacén en un supermercado y ella es administrativa de una agencia de seguros. Se quieren, se llevan bien y son muy felices juntos. Pero hay una circunstancia vital personal de cada uno de ellos que el otro no conoce: hasta hace cuatro años Álvaro se llamaba Marta y Sandra se llamaba Roberto. Los dos eran unas personas atrapadas en un cuerpo sexualmente diferente al que ellos deseaban tener y ahora tienen, por fin.

Se conocieron por casualidad, en un autocar en el que les toco sentarse juntos. Desde el momento en que se vieron surgió la atracción. Las cinco horas de viaje se encargaron de afianzar esa atracción. Y el hecho de que los dos viajaran solos, y por primera vez, a Córdoba terminó de apuntalar su relación. Al volver a Madrid no tardaron ni dos semanas en irse a vivir juntos: cosas del amor, que siempre tiene prisa.

Ambos pasaron una infancia y una adolescencia muy dura debido a su conflicto sexual interno. No fue fácil soportar la presión social por salirse del cauce normal de la sexualidad humana y querer ser diferentes al resto, no por rebeldía ni provocación, simplemente por seguir los instintos internos que les decían constantemente que no querían vivir con el cuerpo que la naturaleza les había asignado. Es una lucha loable e incomprensiblemente mal vista por la sociedad (incomprensible porque es una cuestión personal que no afecta a nadie, salvo al que quiere cambiar su identidad sexual. Por eso nadie tiene derecho a criticar o impedir este asunto). Tras muchos años de sacrificio lograron ahorrar el dinero suficiente para hacerse una operación de cambio de sexo. Las intervenciones fueron todo un éxito y a simple vista nadie diría que les han operado. Ambos tratan el asunto como “tabú” y no quieren ni mencionarlo, pues su vida actual es lo que soñaron desde siempre y no quieren recordar tiempos pasados.

Desde niño a Sandra siempre le gustaron los hombres, pero no como gay, sino siendo él una mujer. A Álvaro le pasaba lo mismo, sólo que al revés. Siempre mantuvieron relaciones con personas de su mismo sexo, pero dentro del rol homosexual. Desde el afortunado cambio de sexo por fin pudieron empezar a mantenerlas plenamente, con los cuerpos que ellos deseaban y sin que nadie sospechase nunca que no habían nacido así.

Su historia es muy curiosa, pues ninguno de los dos conoce el cambio de sexo del otro. Sandra siempre quiso estar con una mujer y ahora está realmente enamorada de un hombre de nacimiento. Álvaro siempre quiso estar con un hombre y ahora está realmente enamorado de una mujer de nacimiento.

Los dos han terminado enamorándose de una persona de su mismo sexo de nacimiento. Aunque lo supieran seguramente les daría igual, pero es paradójico que no lo sepan y comprobar que realmente da igual lo que el ser humano haga con su cuerpo, siempre que sea voluntariamente y buscando la felicidad propia y la ajena. Este caso deja bien claro que el azar no distingue entre sexos y está disponible para la felicidad de todos.

Relato corto y cambio: “Sólo sé que yo qué sé”

Posted in Ensayos, Relatos on marzo 7, 2019 by César Bakken Tristán

ESBOZO IMPROVISADO DEL RELATO CORTO (O NOVELA, SEGÚN LE DÉ A LA TECLA):

“SÓLO SÉ QUE YO QUÉ SÉ”

 

A mis amigos los cuento con los dedos de mis dos manos, y me sobran dedos, no amigos.

Uno de ellos es Joan Partit, un payés de Corona (Eivissa) que me saca 17 años de vida y de sabiduría vital. Sin él saberlo, me ha enseñado que antes de pensar y buscar la solución de un problema, hay que ir al problema en sí; y desde ese punto de partida es innecesario que te plantees esas comeduras de cabeza sobre un asunto que no debería existir y que se te ha ido de las manos, tanto de hecho como de facto, por no haberlo afrontado bien.

Pongo los 2 ejemplos ilustrativos, hay muchos más:

Hace 18 años, que se dice pronto, me dio una lección sobre esto que ni él mismo sospecha, pues él vive de esta manera y a los estúpidos urbanitas nos sorprende. En esa época yo trabajaba de ayudante de cocina en un hotel de 5 estrellas (ahora creo que de 4, se nota mi ausencia, jajaja) de Eivissa: “Stella Maris”. Me eché una “novia” catalana y compañera de curro, Ángela, según todos los que la vieron el mayor pibón que había en la isla… que acabó poniéndome los cuernos delante de mí en una discoteca, con un “amigo” de esos meses. Lógicamente me dio por cabrearme y hacer ciertas cosas divertidas que algunos ya sabéis. Y esa misma madrugada le eché la charla a ese putón y ella me pidió “perdón” y quiso volver conmigo con el tiempo a base de pedirme todavía más “perdones”.

A las horas siguientes (mediodía) mi divertido deambular eivissenco despechado se topó de casualidad con Joan, en una zona fuera de su hábitat: el puerto de Sant Antoni. Le conté lo ocurrido y me dijo, mientras me pedía unas cervezas: “Haberle dado mil duros” (era año sin euro todavía). Mi atolondrada cabeza de veinteañero le preguntó qué coño me estaba diciendo. Él me contestó: págale en agradecimiento por haber sacado de tu vida a esa hija de puta.

¡Exacto!. Primera lección.

Ayer me dio otra de este tipo. 18 años después y sigo sin saber casi nada de la buena vida mental. Resumiendo muchísimo (algunos sabéis la historia) una pareja íntima amiga mía de Eivissa me acusaron de hacer algo que jamás hice: verme dentro de la casa de unas personas que viven en su parcela como inquilinos –y hablando con ellos–, con las cuales están enfrentados desde hace mil años… podría haberle contado a Joan 3.789 líneas más sobre esto, defendiendo mi inocencia y sus falsas acusaciones, divagando sobre cual será su problema mental, si esquizofrenia paranoide (la que provoca visiones como de la que me acusan) y etc. Y Joan, el sabio (que también es gran amigo de esta pareja) me cortó y me dijo: “Tú puedes estar donde te salga de los cojones”.

¡Exacto!. Segunda lección.

Obvié que el problema real no era la falsa acusación, sino que mis supuestos amigos íntimos me estaban obligando a estar donde ellos quisieran que estuviera. Yo era su siervo, como lo fui de la catalana por no haber asumido realmente desde el primer día que esa tía no era trigo limpio, o por lo menos el trigo que a mí me gusta (hay mucha gente que vive en este vaivén de relaciones falsas, y les va muy bien, pero yo no quiero eso. Quien lo quiera que lo haga.)

No queremos o sabemos ver las cosas con claridad. Afrontamos problemas, creando todavía más problemas, porque obviamos la raíz de todo lo que nos rodea.

Somos siervos sin dueño, pues debido a este problema inherente a casi todos los seres humanos, sin querer estamos esclavizando a alguien que no supo ver que nosotros no éramos el amigo o compañero laboral que ellos creían o deseaban. Por eso les fallamos y nos fallan.¡Es imposible no fallar a alguien que no sabe quienes somos o que nos falle ese alguien que no sabemos quien es!

Las falsas expectativas son lo que nos jode la vida. Cuando el río suena, no es sólo porque un músico se está ahogando, sino porque agua lleva. Si nos metemos en ese ruido, que es un río, nos mojamos. Si no queremos mojarnos no podemos echarle la culpa al ruido, sino a nosotros por no ver el río.

Y mira que la vida nos da señales y las obviamos, porque no queremos perder eso que tanto queremos en ese momento. Pero si no pierdes, no ganas. El que no se libera de lo que no quiere, jamás tendrá lo que quiere.

Empezamos y acabamos la vida desnudos, eso lo sabéis todos… pero lo que no sabéis es que debemos vivir así, desnudos. Sólo desde esa perspectiva sabemos que cuando queremos nos vestimos, cuando queremos nos desvestimos… pero que si no nos gusta la ropa que llevamos, no pasa nada por ir desnudo.

Recuerdo, entre cientos de ejemplos más, como esa catalana que os digo, se quiso ir semanas antes con un tío que conocimos en la cola de una parada de taxis, tras una fiesta del agua discotequera. Teníamos que volver al hotel, que nos daba alojamiento, y ambos me dijeron que mejor se iban a la casa de él y yo al hotel, para que se secara, y ya se podía quedar ahí y luego ir al hotel a la hora de trabajar. Efectivamente, todos sabéis lo que significa eso, y yo también lo sabía, nunca fui gilipollas: se quería follar a este tío y el a ella. Normal, estaba buenísima y era rubia y todo, y él era guapetón (menos que yo, ojo, porque yo soy el top de belleza masculina…) ¿Por qué en ese momento, sabiendo esta obviedad, no saqué mil duros de mi cartera y se los di a este tipo como agradecimiento? No lo hice, porque no había hablado con Joan sobre estos asuntos. Y porque obviaba que a mí no me gustan las putas discotecas, y estaba allí por esta tía –y colándola gracias a mis contactos. Y el día de los cuernos colé también al otro, jajaja– y de algo que no te gusta no puedes sacar nada bueno. Hay que alejarse de lo que no queremos, previa cata, por supuesto.

Me regocijé en un imposible, en algo que estaba viciado de origen. Como el que se mete a trabajar en algo que no le gusta, o que con el tiempo deja de gustarle, y sigue ahí… empecinado en la estupidez humana. Eso acaba en las noticias, fijo. O en depresión severa.

Lo de “siervo” me ha recordado a que un día en Madrid, Alejandro, la parte hombre de la pareja que me acusó, le decía reiteradamente a un camarero: ¡Siervo!. Yo me disculpaba ante el camarero, pidiéndole perdón porque mi amigo iba algo borracho. Pero no era la borrachera, era que realmente él veía a la gente como su sierva. Si ese día, 17 años antes de su falsa acusación, hubiera hablado con Joan, no estaría escribiendo esto.

El día de mi deambular despechado, tras las cervezas con Joan, estuve navegando y nadando desde un velero. Resulta que Joan estaba en el Puerto porque había quedado con un amigo gabacho (como la novia de Alejandro) que tenía un velero, y me invitó a navegar. Y nos puso unas copas de Chivas reserva y todo. En ese velero acabé navegando y viviendo después. Esa noche, Alejandro me dijo que durante el día a su novia (que fue mi amiga antes que su novia) le dijo: “Deja de estar preocupada porque no sabes donde está (yo) , él no va a estar por ahí cantando fados de despechado, estará haciendo algo divertido” Y, efectivamente, lo estaba haciendo. Porque la vida es preciosa si te liberas de las cadenas y vives sin ser presa ni depredador.

Eso sí, pese a ser sabio, Joan también peca de imbécil alguna vez. Al fin y al cabo es muy difícil alejarnos de nuestros instintos primarios, del imperio de los sentidos, y de nuestro miedo más atroz: estar solos. Un día que la catalana se fue al hotel y yo hice noche en otra casa, con Joan, me dijo: “ ¿Y no te vas con ella? yo no sabría irme a dormir solo, teniendo a una novia tan guapa como esa”.

Y Alejandro, el día que la conoció me dijo al verla: “no tienes mal gusto, cabrón”.

Como nota curiosa os digo que en la cala donde “me ligué” a la catalana, Cala Gracioneta, vi el año después a Lopetegui. Yo iba sólo y de mochilero recorriendo la isla. Él estaba con lo que seguro era su familia (mujer mayor, mujer de su edad, niños menores que ellos). Me miró al verme aparecer por unas rocas por donde no suelen transitar los seres civilizados. Reconocí en él al portero que años atrás tuvo mi equipo (el FCB. Lo aclaro porque ha estado en otros y yo sólo soy de ese equipo). Lo vi en ese lugar donde hacía menos de un año yo estaba por las noches con la catalana, tomando vino que compraba escapándome del curro, y vestido de ayudante de cocina. Lo que se reía la dependienta del súper al ver mis escarceos. El puto súper habría las mismas horas en las que yo curraba….   Siempre estábamos solos los dos. Nos bañábamos en pelotas, hablábamos mucho, bebíamos el vino (yo tenía dos copas de cristal que mangué del curro, nada de puto plástico ni beber a morro). Ni se me pasó por la cabeza decirle nada a Lopetegui, porque yo le conocía, pero extrañamente él no me conocía a mí. Y ya por entonces sabía que mi vida era mucho más importante que la suya, que mi vida podría aportar mucho más a otras personas que la que aportaba la suya, pese a que él esté forrado de pasta y yo la única pasta que tengo es la que se cuece. Qué mi vida podría sorprenderme y darme alegrías y penas de pobre, que son las verdades alegrías y penas de la vida; las que se tienen sin falsedades.

Es genial que Lopetegui no sepa quien soy. Todo lo conocéis a él, pero casi nadie me conoce a mí. En esa misma cala que os digo, una noche llegaron corriendo 4 o 5 tipos, que iban perdidos por la montaña. Nos pidieron fuego para encenderse un porro. Se lo dimos. Y en agradecimiento nos regalaron costo. Y se fueron corriendo por el otro lado de la montaña. Otra noche salió un alemán en pelotas del agua. A la catalana le dio un susto de cojones, pues oía y veía algo que se aproximaba a nosotros desde el mar. A mí no me asustó, porque estoy loco. Nos preguntó en inglés que donde estaba Eivissa. Le dije que se estaba bañando en sus aguas. Insistió en la dirección para ir a Eivissa. Entonces intuí que se refería a Eivissa capital, no a la isla, y le indiqué que tenía que nadar hacia la izquierda unas 15 millas náuticas sin perder de vista la costa o acabaría en Valencia , Italia o África según su derivo. Volvió al líquido elemento y se perdió nadando en la oscuridad. Ahora que ya no estoy tan loco, le hubiera obligado a salir del agua y llamado a la policía con el móvil que por entonces no tenía. Y así le hubiera salvado la vida. Aunque… ¿quién sabe dónde andará “la cosa de Cala Gracioneta” como lo bautizamos? Igual ahora es presidente de algún gobierno.

Estas situaciones tan maravillosas no le pueden pasar a Lopetegui. Todos sabéis bien lo que le pasa a tipos como este. Qué desperdicio de vida. Ser famoso sin ser nada en la vida salvo famoso.

Para terminar os digo que todo tiene su lado bueno. He aprendido muchísimo de estas 2 lecciones del maestro Joan. Y, por suerte, mañana pisaré su mismo suelo. Y seguiré aprendiendo y enseñando, que también aprenden de mi, pese a que uno de mis axiomas vitales es “Sólo sé que yo qué sé” (tiene mi copyright, ojo…)

 

(CONTINUARÁ)

 

RELATO: “Queridísima Estelada”

Posted in LITERATURA, Relatos with tags , , , on octubre 17, 2017 by César Bakken Tristán

Queridísima Estelada:

 

Últimamente me he preguntado si todavía recordarás nítidamente aquel trío (“ménage à trois” me parece muy sofisticado) que te montaste conmigo y el amor de tu vida. Fue la noche del 2 de octubre de 2003. Hace ya tanto de aquel fatídico día y peor noche en tu piso compartido, y aledaños, de Lavapiés, que por eso me dirijo a ti, Estela, a fin de curiosear por tu abúlica memoria. Parece mentira lo que entre los mass media y mi hipermnesia se puede llegar a recordar tan vívidamente. Nunca me gustó mirar para otro lado ante los oprobios, ni siquiera los del recuerdo, bien lo sabes. Habiendo compartido tanta vida, en tiempo y vivencias, con una felona como tú, necesitaría mil páginas para abordar tus afrentas hacia mí, pero me centro en esta, que además está radiantemente de moda en esta España desquiciada, plutocrática, endogámica, cleptocrática, alelada, nepotista y oligárquica.

Mi bendita o maldita memoria, según lo que evoque, fue despertada por este grotesco suceso hace ya un par de años, gracias a la impertinencia de los mass media, que engalanaron mi quijotera con la foto de un abogado/diputado del partido fascista catalán y etarra CUP, con un talento y afición sublimes como abogado defensor de terroristas, acompañada de un nombre: Benet Salellas. Inmediatamente saltaron las alarmas en mi atolondrada cabeza y te puse un güasap con la foto y el nombre para confirmar mi sospecha de que se trataba de él, del tercer miembro de aquel trío madrileño nocturno, del amor de tu vida. Como si del final de una mala película se tratara, me confirmaste que , efectivamente, el asesino era el mayordomo.

Por suerte para mí (no sé si para ti también), fue un trío tántrico, psicosomático… qué se yo, pero no fue un acto sexual al uso, por supuesto, pues sólo estuvo en tu pérfida mente. Menos mal, porque hubiera parecido algo así como el típico chiste malo de: “esto son un francés, un inglés y un español…”, pues yo era tu novio (o pareja, o compañero o cualquier otra manera que tenías de llamarme menos novio) y el amor de tu vida era gay (un burgués no puede ser maricón). Pero vaya… esta peculiaridad de la identidad sexual de este despreciable individuo sólo la sabíamos por entonces él y yo (lo de él lo supongo, lo mío no, pues te lo dije esa misma noche, tras conocerlo, y me lo confirmaste años después, tras haberme cambiado como novio, pareja, compañero… por él). Empatizo mucho con psiques ajenas, quien bien me conoce bien lo sabe.

Desde que la “memocracia” (gobierno de los memos, una enfermedad incurable y pandémica) permite que los etarras y fascistas sin tapujos puedan ostentar cargos políticos en España, los mass media me han agasajado, y martirizado, con pantagruélicos banquetes informativos sobre este mentecato y su grupo de tarados catalanes. En varios e-mails posteriores en los que te puse al día de la realidad de tu ex-pareja/compañero me confesaste tu desinterés y desconocimiento de toda la realidad sociopolítica actual, pero como al igual que el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, el de la realidad sociopolítica no exime de que yo te diga lo que me de la gana (que es algo así como “lo que me salga de los cojones” pero en fino, como si el contexto fuera una cena familiar y no una reunión de amigos). Obviar las humanidades, la historia, la sociopolítica, la filosofía, etc. es el mal más extendido en España, sobre todo entre personas muy inteligentes como tú, pero enormemente necias a la vez. Tantos años de estudio para ser arquitecta dan como resultado un exquisito dominio de la construcción de edificios, sublimes conocimientos en arte, desborde de creatividad… pero nula formación sociopolítica, que es lo que rige todo lo demás y, por lo tanto, hay que conocerlo como el abecedario.

Mi hipermnesia no alcanza el extremo de recordar la fecha de una cena de hace 14 años, pero a donde no llega aparece Google. Sé que fue el 2 de octubre porque el día siguiente fue el juicio en la Audiencia Nacional contra varios integrantes del Comando Barcelona de ETA, a dos de los cuales (Daniel Morell y Sergio Orge) defendía el amor de tu vida. Antes de que nos presentaras, y tras más de un año que me hablabas de él casi al nivel de los mass media de ahora (recuerda que hasta mi compañero de piso de unos meses antes, Andrés, conocía a este tipo y a su pandilla de secuaces gerundenses y hablabais de ellos) creía que iba a conocer al único abogado altruista, benévolo, filántropo y encantador del mundo, pues así me lo habías vendido y yo, por entonces, no usaba internet para nada. Si la hubiera usado, con solo googlear “Benet Salellas abogado” me hubiera topado con un tipo de aspecto irrisorio y nauseabundo a partes iguales, o desiguales según te pille el humor al mirar la foto, y hubiera leído su biografía. Este tipo era el capo del bufete familiar donde trabajaba de penalista tu amor, su padre, que ya no es un peligro para la humanidad pero sí para San Pedro y sus querubines. De casta le viene al galgo… en este caso, sobre todo, la rabia. Un bufete encargado de defender a terroristas de ETA y la Yihad, okupas, fascistas catalanes que queman banderas de España en actos públicos, comunistas, etc. El caso es que no lo hice y le saludé al llegar como quien recibe a un amigo. No obstante, habiendo yo dejado Derecho en cuarto y tras varios encontronazos con la ley, sabía que abogado y bondad es un antagonismo en el 100% de los casos, aunque sigo esperando esa excepción que confirma toda regla, que creí de veras iba a ser tu adorado amigo gerundense.

Lo de la excepción se evaporó como esos dos peces de hielo de la canción de Sabina, pues al nada de entrar nos contó a qué venía a pernoctar a tu casa, pues tú no lo sabías, ¡hasta ahí llega tu pasotismo! A la mañana siguiente iba a defender a los etarras, que habían sido detenidos por hacer de su casa un piso franco para ETA, no para todos los miembros, pues necesitarían el Palacio Real y estarían apretados, ojo, sino para varios. Dijo que era inconcebible que este Estado fascista que, según él, es España hubiera acusado a sus dos clientes por el mero hecho de ser dos hombres jóvenes y no a la anciana que vivía frente a su piso, pues el soplo era que en la planta de tal piso de Barcelona estaba el piso franco, pero sin saber cual de las dos puertas que había era. Eso era prejuzgar en base a prejuicios fascistas, según él, porque una anciana ha de ser inocente de antemano y dos jóvenes no. Que fueran realmente los que alojaron a miembros de ETA a él le daba igual… aunque era verdad y así nos lo contó y se quedó tan ancho el notas. Claro, que para ancho el juez de la Audiencia Nacional que absolvió a estos dos terroristas…tú y yo sabemos más que todo un juez de tan alto tribunal, somos cojonudos, como la sección de reconocimiento del Sargento de Hierro.

Sin duda sufrí algún tipo de estado de shock, lo que acababa de contarme era lo último que imaginaba oír, por delante incluso del famoso: “Yo soy tu padre” que le soltó Darth Vader a Luke; pues no entiendo como según me dijo eso no reaccioné a lo Charles Bronson, ya que estoy citando pelis. Pero como bien dice una ley de Murphy: “ninguna situación es tan mala como parece, puede empeorar”. Lo que no sabe el tal Murphy este es que cuando una mala situación no se ataca y ataja de inicio, se desboca y no para nunca de crecer y de emponzoñarlo todo. Fíjate a lo que ha llegado tu amado desde esa noche, googlea un poco y alucina o hínchate de orgullo. Tras cenar y averiguar que este tío era mala gente, maricón (esa noche no sabía que era un burgués) y alcohólico crónico y agudo (agudo es el que se emborracha, crónico el que bebe todos los días sin emborracharse, y las 2 cosas el que está todos los días pedo) bajamos al Candela, un famoso bar flamenco lleno de gitanos, extranjeros y otras personas de dudoso bienvivir, que estaba al lado de tu piso compartido. Allí fue donde la caja de Pandora se abrió a tope y si no fuera porque por entonces mi cabeza ya era calva y la parte que no me la rapaba al 0,5, hubiera vuelto a tu casa con unos pelos tipo la loca de los gatos de los Simpson.

Me sigue asombrando que nunca me hayas dicho nada coherente relativo al altercado que este extraviado mental, este energúmeno colosal, protagonizó en el Candela. Tras decirle que me había licenciado hacía menos de un año en Ciencias Políticas y estaba preparando un proyecto para una beca de investigación sobre mi teoría de que los grupos terroristas españoles han sido siempre mafias y no movimientos ideológicos ni revolucionarios… empezó el follón. Tu amigo Gandhi nos obsequió con gritos, insultos hacia mí, violentos golpes en la mesa, amenazas también hacia mí, amagos de dejar el bar y reiteradas huidas a la barra cagándose en todo lo que para él era cagable. Aquí te recuerdo algo que me jodió mucho: ni tú ni yo recordamos coger pasta para salir, sólo teníamos para una consumición y este tipo, haciendo gala de su catalanidad, no nos invitó a nada y se tomó 5 o más tercios de cerveza, Mahou roja por supuesto, pues es antiespañol pero no gilipollas. Ya que le diste alojamiento y cena gratis bien podía haber tenido el detalle o habernos hecho un préstamo a bajo interés. No me extraña que los Bancos importantes catalanes hayan salido por pies una vez que este tipo y sus gañanes han alcanzado el poder.

Respondí a su fascismo de la única manera que no hay que hacerlo: sin violencia verbal y/o física. Todavía no me lo explico, porque soy muy vehemente y tengo mucha mala/buena hostia, y un tío que me grita que apoya a ETA, a Terra Lliure, al GRAPO, (al FRAP no lo conocía el indigente intelectual) a la Yihad; que odia a España, que somos todos fascistas criminales genocidas, que oprimimos y masacramos a Cataluña, intuyo que desde mucho antes de que existiera España, Europa y el Planeta Tierra. Eso sí, me gritó (con mirada de psicópata) un insulto que me hizo mucha gracia: “¡Principito!” en referencia al del libro francés. Si por entonces llego a tener el tatuaje que llevo ahora con un dibujo de ese libro, se lo enseño y le da un merecido soponcio. La explicación a mi pasividad está clara, sufrí una obnubilación temporal debido a tu inquisidora presencia y al respeto inicial que para mí merecían los adorados e idolatrados amigos de la que era mi novia por entonces. Eso sí, rebatí con datos reales todos y cada uno de sus delirios, alcé también la voz para que entre sus gritos me oyera. Le humillé culturalmente. Pisoteé su atrofiado discurso sin compasión. Cómo se cabrean los fascistas cuando les demuestras las mentiras de su odio.

En el extremo del esperpento llegué a darle de nuevo la mano en tu casa tras tu insistente petición a ambos de que “hiciésemos las paces”. Joder, nunca he sido tan gilipollas en mi vida. Esa sí que es la excepción que confirma la regla de mi tolerancia cero con los fascistas. Tras irnos cada mochuelo a nuestro olivo, tú y yo compartíamos uno y él estaba en otro aledaño ,pared con pared, se me olvidó el altercado pues me asaltaste sexualmente como nunca lo habías hecho, parecía que te había pagado o algo, o que éramos parte de una escena erótica de película. Con los años comprendí que tu lascivia inaudita de esa noche respondía a alguna perversidad tuya, a la que yo he dado en llamar jocosamente “trío”, tras saber que ya por entonces –y hasta antes de conocerme– el tipejo este era para ti “el amor de mi vida”. Permíteme que te recuerde algo que ese piso de Lavapiés me evoca: la noche en que me dijiste que tú ya no me gustabas y que yo estaba pensando en otra mientras estaba intentando dormir en tu cama. El motivo era que esa noche estaba pegado a ti, sin estar palote. Cuando lo estaba, que era casi siempre, me decías que sólo te quería para follar. En fin.

A la mañana siguiente me recuperé de mi estado de imbecilidad de la noche anterior y lo primero que hice fue consultar con una abogada penalista sobre que el abogado defensor de dos etarras me había dicho que eran culpables e iba a defender su inocencia ante la Audiencia Nacional. Me contestó lo que yo sabía, que no se podía hacer nada por la confidencialidad entre cliente y abogado y el derecho a defensa que tienen todos, aunque sean culpables. Desde ese día mi relación con este etarra fue de odio brutal mutuo, como me confesaste que te dijo. Lógico, alguien como él que odia tanto, debido a su psicopatía genética y alimentada en la adoctrinadora dictadura catalana post-transición, ¿cómo no iba a odiarme? Cómo me gustaría otro cara a cara con él ahora que ya pasó mi enajenación mental transitoria. Siempre tendré la curiosidad de saber lo que le respondías cuando despotricaba de mí. Porque como siempre le defendías cuando hablaba de él, supongo que en el colmo de la paranoia harías lo mismo conmigo, pues tú de ideología sociopolítica andas más escasa que de ropa uno que se está duchando. Mi odio sí que está justificado, cualquier persona de bien lo sabe, menos tú y Cocomocho & secta de tarados.

Cada uno es libre de juntarse con quien quiera y ya los demás que juzguen y se relacionen con quien quiera también. Pero de lo que nadie es libre es de mediatizar la vida de su pareja en base a mentiras, provocar con el engaño falsas expectativas, erróneas realidades y actos que nunca se hubieran producido. Cambiaste mi destino. Llenaste mi presente de mierda y mi futuro de incertidumbre. El futuro es una suma de presentes. Me jodiste el presente, me jodiste el futuro, o me lo cambiaste. Tras dejar lo nuestro mi vida mejoró profesional y sentimentalmente, y así sigue (cuando digo “profesional” hablo de ejercer una profesión, no de ganar dinero con ella, el dinero no me interesa, ni cobro ni pago peajes a la vida).

“La duda es el principio de la sabiduría” (Descartes, el del “cogito ergo sum”) Yo siempre dude de ti, argumentos me dabas más que de sobra, pero mi ceguera se superpuso a la duda.

“La palabra se ha dado al hombre para que pueda encubrir su pensamiento” (Talleyrand) Cuántas mentiras te aguanté, hasta que la verdad afloró, de una manera u otra la verdad siempre aflora, todo se sabe y se hace justicia. La pena es que, muchas veces, esa justicia llega tarde y el daño es ya irreparable. Los egoístas manejáis a la gente como marionetas y sólo alguien tan perspicaz como yo pudo descubrir tu engaño y tras 3 años de errores vitales continuados por mi ignorancia de tu mentira, retomar el timón de la nave de mi vida y volver a poner proa al norte, como el verniano capitán Hatteras.

Al poco de lo del Candela me dejaste, una vez más. Esta vez alegaste que nunca habías visto cabreado y fuera de sí a Benet, un hombre de paz (como su adorado amigo Otegui) , adorable y todas esas mierdas que tu mente barruntó. Que sólo yo era tan malvado como para sacar de sus casillas a alguien así y que eso no ibas a consentirlo para tu vida, no querías a alguien como yo en ella. Y por eso me dejaste. ¡Cojonudo! El ultrajado e insultado por un etarra fascista catalán, que además era tu novio, era el malo y el otro el bueno. Normal, tenías planes de futuro con él y el amor es ciego. Menos mal que hasta tu hermana, que fue la que te presentó a este parásito, nos dijo: “Ya me han dicho que el otro día fatal con Benet. No me extraña, se le ha ido la olla totalmente defendiendo a ETA” al año y medio, cuando defendió a Al Qaeda, dijo lo mismo. Menos mal , alguien de tu entorno que pensaba coherentemente como yo. ¡Menuda sorpresa te llevarías!. Acabo con tu hermana diciéndote que me dijo, sin yo preguntárselo: “mi hermana hace cosas muy raras, inexplicables, como enamorarse locamente de Benet en cuanto se lo presenté”. Obviamente yo sabía de este sentimiento hacia él, pues saltaba a la vista en cada uno de tus comentarios. Querer o desear a alguien ajeno a tu pareja no es malo, al contrario, es necesario. No podemos vivir obcecados. Ese fue mi error, yo sí me obcequé contigo y no sólo no veía a otras… sino que no te veía a ti. Por supuesto al poco volvimos a ser pareja. Qué puto desquicio el nuestro.

Para no aburrirte con lo que sabes de sobra, sólo decirte cómo averigüé que me habías dejado por él. Tras la enésima vez que cortaste conmigo, yéndote a vivir a Londres sin billete de vuelta, sin proyecto laboral o formativo alguno, a un piso compartido y a trabajar en un pub… con 30 años y casi recién licenciada en arquitectura. Fue una sutil manera de dejarme, sabiendo que yo no te seguiría en esa loca aventura pues ya había estado 15 días en Londres y no quería volver, y que en esas fechas me estaba labrando un porvenir como creativo audiovisual y literario en España y, lo más importante, que no creía en las relaciones a distancia y menos bajo esas circunstancias de irse “porque sí , no sé a qué y no sé cuando volveré”; y ni se me pasaba por la cabeza abandonar tanto tiempo a amigos y familiares. Pero sin duda recordarás que no insististe lo más mínimo en que te acompañase. Creo que sobran las conclusiones. A los pocos meses cortamos oficialmente, por lo menos por mi parte, tú ya lo hiciste cuando decidiste irte. El caso es que en ese tiempo yo era bastante Zambombo contigo. Zambombo es un estupendo personaje calzonazos, protagonista del buen libro: “Amor se escribe sin hache” de Jardiel Poncela. El libro, y mi conducta de entonces, la resume Poncela así: “(…) Porque el hombre es el ser más ingenuo de la Creación, y donde la mujer pone cálculo, él no pone más que simpleza”.

Pasamos aproximadamente un año separados. Yo en Madrid, Eivissa y Córdoba. Fui tan Zambombo que durante ese tiempo no quise estar con nadie. Estaba emocionalmente enajenado. El resto de mi vida era feliz, mi estupidez solo era en esto. De hecho prosperé mucho en mi trabajo y en mis experiencias vitales y humanas. El caso es que mientras yo era Zambombo tu eras Mata Hari… Me escribiste un e-mail desde Londres diciéndome que querías volver conmigo, que nuestra historia no había acabado y que si patatín, patatán, cuando lo que tocaba era un “colorín, colorado, este cuento se ha acabado”. Yo me lo creí y como el gilipollas que era en todo lo relativo a ti, acepté, piqué el anzuelo y te llamé al día siguiente desde el trabajo. Soltaste carrete y me dijiste que era todo un error, que ya habías cambiado de idea y que leyera otro e-mail posterior. ¡Joder, en menos de 24 horas!. Fui a un ciber esa noche y leí que pasabas definitivamente de mi. Imagina mi cabreo (cuando las 2 únicas opciones son hundirse o cabrearse, elijo la segunda). Ahí mandé a tomar por culo a Zambombo, aunque tardé 6 meses en volver a tener relaciones con otra mujer, porque Zambombo nunca se fue. El motivo de tu esquizofrenia sentimental hacia mí, que me ocultaste en estos e-mails, fue que el etarra había ido a visitarte a Londres y te habías liado con él. ¡Vaya! Qué distracción más tonta la tuya. Luego empezasteis una relación sentimental a caballo entre Londres – Gerona. Y Navarra (donde viviste después) – Gerona. Tras volverle gay (tiene cojones la cosa) decidió dejarte y tú a él, tras ver que ni rendía en la cama y estaba siempre borracho y no te hacía ni caso, pues lógicamente se rompió vuestro idilio. Y viviendo yo felizmente en Córdoba, decidiste contraatacar y asediarme hasta que lograste que volviéramos a ser pareja. Me fui a vivir a Eivissa, una vez más, y te invité a que vinieras por segunda vez comigo a mi isla, y ¡zas! Otra vez apareció Zambombo.

Si me hubieras dicho la verdad te hubiera aconsejado métodos infalibles para mantener vuestra relación: cortarte el pelo a lo Anna Gabriel (en esa época a lo abertxale, que esta era desconocida), cambiarte el nombre añadiéndole una “da” que sabes es lo que más le pone al tarado provinciano este, confeccionar un traje de pubilla de encaje (es el traje regional de las catalanas)y recibirle así en la cama, follar con barretinas, qué se yo, había tantos remedios para lo vuestro. Pero Benet es tan catalanista que lo que más le tira es la butifarra…

Y como antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, pues yo te pillé, pues te conocía bien y sabía que me la estabas jugando. Eso sí, sólo te hice confesar que habías estado con el etarra en Londres y luego os habíais visto en Navarra y Gerona, pero sólo en plan amigos que se enrollaron sin tener sexo y que nunca fuisteis pareja. Anda que… ¡qué tan Zambombo no era! Menos mal que tu diario me desveló con los meses toda la verdad que yo sospechaba, aquella madrugada en la que estando tú fuera de Madrid lo dejaste al pie de la cama y a la vista, como para que me tropezara y todo, joder. Quería leer algo y cogí algunos libros aledaños a él… y al abrir ese descubrí que era tu diario. Hojeé rápidamente hasta llegar a ver las palabras clave que me interesaban y leí anonadado y asombrado todo el proceso mental que te llevó a dejarme y a liarte con el etarra. “El amor de mi vida” lo llamabas. “(…) no puedo dejar escapar esta oportunidad de estar, por fin, con él (…)” Tras sobrevivir a eso, previa comprobación con los más afamados grafólogos del mundo para asegurarme que lo habías escrito tú y huir despavorido esa mañana a Ciudad Real para capear el temporal con un amigo, te dejé para siempre y, esta vez sí, maté al bonachón de Zambombo definitivamente.

Al par de días volví a la escena del crimen para recoger mi equipo de música. Tus lágrimas de cocodrilo (que tantas veces había visto ya) me empaparon la camiseta al sollozo de: “No me dejes, por favor, no me quiero perder tu vida”. Te dejé las cosas claras, jamás podría volver a tocarte ni sentir algo que no fuera desprecio por ti. En la escalera te pregunté para finalizar.”¿Cómo pudiste mentirme tanto durante tanto tiempo?” “Porque si te hubiera dicho la verdad me hubieras mandado a tomar por el culo”, contestaste. “Efectivamente, ahí te mando”.  Tiempo después dijiste que “te había violado” al leer tu diario. ¿Por qué lo dejaste a mi vista junto a otros libros? Sabes que jamás he husmeado en cajones ajenos, ni ojeado móviles ajenos furtivamente (cosa que tú si hacías con el mío, pero yo no tenía nada que ocultar), creo que el destino te jugó una mala pasada dejando tu diario ahí… hasta él estaba ya cansado de tus mentiras y de que estuvieras dirigiendo mi vida erróneamente en base a ese y otros engaños. Sería curioso verte como acusada en un juicio de lo que sea y que te hubieran pillado por, pongamos como ejemplo, unos e-mails y llamadas tuyas que te delataron: “Señor juez, esas pruebas no sirven, es mi intimidad, no me viole y decláreme inocente”

Con los años se me olvidó toda esta mezquindad, ya ni me acordaba del etarra, me la sudaba. Con el tiempo todo pasa, el tiempo todo lo cura, ya sabes. Volvimos a retomar un ligero contacto como medio amigos (un amigo es algo importante, no hay que confundirlo con nuestra pequeña relación tras lo de la escalera). Pero debido al surgimiento de la CUP y al poder que en ella, lógicamente, ha tomado el ex-amor de tu vida, volvió a asediarme tu traición de hace años.

¿Sabes que tu ex-amor es diputado y portavoz de la CUP (y líder del sector duro… él que no tiene ni cuarto y mitad de media hostia) cobra por ello 60 mil euros anuales de nuestros impuestos y se está forrando con toda esta pantomima separatista en la que él si cree, así está de tarado. Por lo menos los políticos separatistas que están por encima de él (que tampoco son muchos, su cargo es bastante alto ya) pasan de todo y sólo quieren robar y manejar a las masas de extraviados mentales para este fin. Lo que sí sabes es que tiene 11 propiedades inmobiliarias…¡y defiende a los okupas y está en contra del capital y de la propiedad privada! jajajaja. Un antisistema que vive de puta madre en el sistema, como toda la piara de dirigentes de la CUP y partidos aledaños. Pero tú no difieres mucho de él, pues me dijiste que ves fenomenal que tenga todas esas propiedades… sigues sin saber qué es la incongruencia, la hipocresía, el expolio al pueblo… normal, tú tienes 3 propiedades, algo es algo y has cobrado de un Ministerio español, y fuiste voluntaria (pagando, ergo financiando) a un campo de trabajo cubano, ese régimen comunista dictatorial. Y has ido a ganar dinero a Qatar, trabajando como una privilegiada mientras cientos de miles de trabajadores son esclavos legales allí y el pueblo vive bajo el yugo y el crimen sistemático de la Sharia que rige en esa teocracia fascista ultracapitalista para su élite gobernante que, además, financia a la Yihad. Sois tal para cual, tanto monta monta tanto. ¿Qué coño te va a importar a ti que este tipo esté sembrando Cataluña de odio irracional, supremacista, racista y mezquino?¿qué esté arruinando la vida de varias generaciones adoctrinándolos desde párvulos para su criminal causa? Si ya lo supiste aquella noche de la cena y el Candela y te la sudó.

¿Qué es mejor/peor, ser extraviada mental o malvada? Tú te empeñas en mostrarte como lo primero ante mí… pero hay actos que por mucha intención que tengan han de ser juzgados desde la imparcialidad de los hechos acaecidos. “La historia nos juzgará” Certero axioma humanista. Esquizofrenia colectiva no significa razón. Tú estuviste en aquella cena de Lavapiés y en el Candela, estábamos solos los 3. Cuando erais pareja defendió como abogado a miembros de Al Qaeda, estuviste en Gerona y viste con quien se relacionaba y lo mal que te trataba (eso me lo dijiste tú) y mil cosas más. Su padre estaba vivo entonces, ¿no conociste a ese imitador de Karl Marx? ¿ni a su hermano que, cómo no, es también diputado de la CUP ahora? No, a mí no me la cuelas más. Eres peor que él porque dices no ser consciente de ello. ¿Eva Braun fue nazi o sólo fue la pareja sentimental de Hitler? Piénsalo.

Espero que algún día logres que la bondad y el sentido común se apropien de una parte, aunque sea pequeña, de tu cerebro. Sólo así podrás dejar de hacer tanto daño a las personas que te quieren, porque estoy seguro de que tu pareja actual –si es que todavía la conservas– también está siendo engañado por ti y es, como lo fui yo, un Zambombo de tomo y lomo.

Aunque aprendí mucho de esos años contigo, viví en mis carnes una variante emocional o gilipollesca total del Síndrome de Estocolmo, fallo mío pero mereció la pena para conocer la parte más oscura de la psique humana. Freud se habría hinchado a tomar apuntes contigo, aunque igual se le hubiera ido todavía más la mano con la farlopa que tomaba, a fin de celebrar tener una paciente tan jugosa como tú.

De todas maneras esta perversidad tuya en hacer “tríos” la vi y te lo dije desde el inicio de nuestra relación, cuando me llevaste al teatro Gurdulú de Leganés, con la excusa de ver a mi amigo Picota recitar su versolipsis… y sabías que estaría allí tu ex-novio, Jose “el orejas” como yo le apodaba y que decía que yo era “un macarra”, bueno, lo que dijo textualmente fue: “¿cómo puedes estar con ese macarra?”. Me exhibiste ante él y tuvisteis una discusión de la hostia, conmigo delante. Normal, él era otro Zambombo y se cabreó de que le restregaras a tu nuevo ligue por la cara, máxime cuando ese nuevo ligue era tan guapo, culto, inteligente, simpático y atractivo en general como yo… y esto no es que lo diga yo, que todavía tengo una abuela y con 103 añitos, sino que me lo diste a entender diciéndome: “contigo por fin puedo fardar de estar con un tío guapo y atractivo de verdad. Te puedo enseñar bien por ahí”.

Por supuesto que en nuestra relación hubo cosas buenas y muy buenas, pero viciadas por tu egoísmo e interés personal que te llevó a ocultarme algo tan malo que anula todo lo bueno. No es muy grato saber que estuve con una persona que estaba locamente enamorada de otra y que hasta que no se lió con ella no me abandonó. Y que esa otra era quien era. Vaya tela, menos mal que no tengo ni vergüenza ni orgullo, pero tampoco soy de piedra… bueno para ti fui una piedra pómez.

 

Finalista del 1er Certamen Nacional de relatos cortos Harvey Milk

Posted in LITERATURA, Relatos on abril 19, 2011 by César Bakken Tristán

Hola, mi relato “El monstruo del armario” ha quedado finalista del

1er Certamen Nacional de relatos cortos Harvey Milk

la temática era: “lucha contra la homofobia”

Lo escribí ex profeso para el concurso, en 20 minutos, y no ha pasado corrección ortotipográfica, así que sed indulgentes conmigo.

Aquí podéis leerlo, si os apetece:

                        “El monstruo del armario”

En la vida hay cosas que nos marcan para siempre. Lo que más me ha influido en la vida, hasta el momento, es mi padre y los armarios. El motivo es el siguiente:

El primer recuerdo vital que tengo es a los 4 años, 6 meses y tres días. Yo estaba en la cama, metido debajo de la sábana y muerto de miedo. Recuerdo también que mi madre se sentó en la cama y me cogió entre sus brazos.

Cuando pasaron unos años mi madre me contó que ese día habíamos pasado la primera noche en la que actualmente sigue siendo su casa, por eso sé la edad exacta que tenía. Mientras ella ponía mi ropita en el armario de la habitación mi padre me dijo que ahora que estábamos en una casa nueva y con el suelo de parquet tenía que portarme bien y no ser malo. Según ella yo era un niño muy inquieto y por eso siempre estaba haciendo barrabasadas en la casa. Mi padre, que era un hombre muy severo, no estaba dispuesto a que un niño le rallase el parquet o estropeara los muebles nuevos que tanto le habían costado, por lo que ese día inventó una historia para amedrentarme y controlar mi agitación habitual. Me dijo que en el armario de mi habitación había un monstruo horrible que se comía a los niños malos, pero que si yo era bueno el monstruo no me haría nada. Esa misma tarde, antes de la cena, no se me ocurrió otra cosa que sacar mis coches de juguete y hacer una carrera por el pasillo. Cuando mi padre volvió de la calle, de hacer unas compras de última hora, y me vio tirado en el suelo y arañando el parquet, se enfadó muchísimo y me dio un bofetón, cogiendo todos mis coches y metiéndolos en una bolsa. Me llevó a mi habitación y, dejando la bolsa encima del armario, me dijo: “Ahí se van a quedar para siempre. Como vuelvas a portarte mal esta noche saldrá el monstruo del armario y te comerá”. Yo estaba llorando señalando los coches y diciendo que me los bajara. Mi padre se fue malhumorado y mi madre me dijo que le hiciera caso y fuera un niño bueno. Ella salió también de la habitación.

Yo hice caso omiso y arrastré una silla hasta la puerta del armario, dejando los consiguientes surcos en el parquet. Me subí a ella dispuesto a coger los coches cuando fui sorprendido por mi madre. Dice que al verla me asusté y me caí de la silla, haciendo un gran ruido, pues la silla también se cayó (y dejó un piquete en el suelo).  Mi padre vino corriendo y, al ver el estropicio y las marcas del parquet, empezó a pegarme hasta que ella le dijo que ya estaba bien, que yo era sólo un niño y tenía que ser travieso. Pero mi padre no lo veía de esa manera y decidió darme un escarmiento definitivo.

Esa noche mi madre me acostó, como siempre, y me contó un cuento. Lo que pasó a después se lo contó mi padre, pues ella no estaba ya en la habitación. Cuando me quedé solo me levanté, encendí la luz de la mesita de noche y fui hacia el armario a intentar recuperar mis coches una vez más. En es momento mi padre, que se había escondido dentro, salió de golpe dando un gran grito como de animal furioso. Yo salí espantado de la habitación, chillando y llorando. Por supuesto esa noche no dormí y la pasé debajo de las sábanas, como he explicado al principio. Durante todo el año siguiente mi madre me dijo que todas las noches, antes de apagarme la luz, tenía que abrir el armario y enseñarme que no había ningún monstruo en el.

Conforme fui creciendo comprobé que mi padre era un hombre severo, arisco, amargado y malhumorado. Y lo era especialmente conmigo, aunque se metía con todo el mundo, sobre todo con los que él llamaba: “maricones”. Según él casi todos los hombres que salían por la televisión lo eran. Ver con él cualquier cosa era un suplicio. Crecí temiéndole, pues a la mínima ya me estaba pegando, riñendo o castigando.

Un día ocurrió un hecho que marcó mi vida para siempre. Iba a salir a la calle y al pasar por la puerta del cuarto de mis padres vi que él estaba subido a una silla, dejando unas revistas encima del armario. Enseguida me aparté de la puerta y bajé a la calle. Yo tendría unos once años. Al día siguiente, estando sólo en casa, me atreví a curiosear encima del armario de mis padres, a ver que era lo que había allí. Cogí la escalera, pues con la silla no llegaba, y al asomarme comprobé que había multitud de revistas. Cogí una, al azar, y vi que era una revista pornográfica (aunque yo no lo supiera entonces). Empecé a ojearla y fue el primer día en el que se despertaron en mí los instintos sexuales. Todas las tardes me quedaba sólo desde la hora de la comida a la de la cena, por lo que a partir de aquel día siempre iba al armario y cogía una revista. Luego iba al cuarto de baño y me masturbaba con ella, para dejarla posteriormente en el mismo lugar, temiendo que mi padre la echara en falta. Así estuve unas semanas, siempre viendo escenas pornográficas de mujeres con hombres y de mujeres solas, hasta que un día cogí una revista en la que sólo salían hombres. Para mi sorpresa, comprobé que me excitaba más que las otras. Descubrí que mi padre tenía muchas revistas de esas y empecé a declinarme por ellas. Así fue como supe que me gustaban los hombres. En esa época desconocía lo que era ser heterosexual u homosexual, sólo sabía que disfrutaba mucho viendo esas revistas de hombres con hombres. Pensaba que tanto una cosa como la otra serían malas, porque mi padre escondía esas revistas.

Un sábado, cenando en el comedor, mi padre estaba viendo el fútbol y en el descanso del partido mi madre cambió de canal a un programa en el que estaban hablando varias personas. De repente, una de esas personas enseñó una revista, la misma que una de gays que tenía mi padre y dijo: “¿por qué yo no puedo comprar esto en un quiosco sin que la gente me mire mal?”  Mi padre se levantó y gritó: “¡Porque eres un maricón!” y cambió de canal, diciendo: “Hay que joderse con este país, ahora las mariconas pueden salir por la televisión y decir sus mariconadas” “menuda patada en los huevos les daba yo, ¡maricones de mierda!”. Miré a mi padre con asombro, pues estaba criticando a una persona por enseñar una de las revistas que él tenía.

Conforme fui creciendo aprendí la diferencia entre heterosexuales y homosexuales. En mi colegio los chicos hablaban cada vez más de las chicas y las chicas parecían hacer lo mismo sobre los chicos. Descubrí que antes de ser gay hay que ser mariquita, pues a un compañero mío le decían mariquita porque nunca hacía deporte con nosotros y solía jugar con las chicas. A mí no me gustaban los juegos de chicas, me gustaban los de chicos y por eso jugaba siempre con ellos, sobre todo al fútbol. Empezamos a ver revistas porno que nos encontrábamos en la calle. Todos hablaban de lo buenas que estaban las tías que salían, pero yo me fijaba sólo en los hombres.

Ahora tengo 30 años y hace 10 que mi padre no me habla, desde que le dije que era gay y me echó de casa. Nunca le he dicho que si soy gay es, en buena parte, gracias a sus revistas. Supongo que con los años hubiera descubierto que mi sexualidad era esta, pero lo cierto es que gracias a él lo descubrí muy pronto. No le he comentado nada de las revistas porque yo, al contrario que él, sé respetar a las personas y no me gusta humillarlas, mucho menos si es mi padre, por muy cabrón que sea.

Cuento esta historia para demostrar que muchos homóbofos lo son por miedo a que se sepa que a ellos les atraen sexualmente las personas de su mismo sexo.  Y también la cuento porque me hace una gracia enorme mi relación con los armarios: primero miedo atroz, luego placer, luego años de estar “dentro de él” y por último un momento de “salida de él”. Sobretodo me hace gracia saber que mi padre nunca “saldrá del armario”. Se limitará a coger y dejar revistas encima de él.  Y lo que más me divierte de todo esto es comprobar como en los armarios no hay monstruos, sólo cobardes.

césar bakken

2011

EL REY DE LAS FILAS

Posted in LITERATURA, Relatos on febrero 21, 2008 by César Bakken Tristán

  Tomás ha sido siempre un ciudadano normal y corriente, es decir: trabaja, vive en un pequeño apartamento con su mujer y sus dos hijos, ve el fútbol por televisión y se toma unas cañas de vez en cuando al salir del trabajo. No se mete con nadie y nadie suele meterse con él. Puedo decir, sin ninguna duda, que Tomás no es precisamente “carne de biografía” para ningún editor ambicioso.             No obstante, para mí si es algo más que un ciudadano estándar, pues hace cinco años que nos conocemos y hemos establecido algo que podría muy bien ser una relación de amistad.  Además, como quiera que mi profesión es, precisamente, la de editor, para mí Tomás no es  un mero ciudadano, ya que tiene una cualidad especial, innata, hasta prodigiosa podría decirse, que le hace apetecible como sujeto novelesco: es el rey de las filas.            Toda la vida de Tomás gira en torno a esperas, filas, colas, hileras, ristras, sartas, cadenas, recuas, alineaciones…; en definitiva, Tomás vive en un continuo estado de espera. Toda su vida se la pasa haciendo cola. Esta cualidad puede parecer insignificante a primera vista, pues todos los urbanitas tenemos que hacer filas en muchas ocasiones. Lo extraordinario del caso de mi amigo es que él las hace siempre, y digo siempre. Y hace todas las posibles, y digo todas. Os lo voy a especificar:            Tomás nació en el seno de una humilde familia manchega, a mediados de los cincuenta. Es el quinto de cinco hermanos. Aquí tenemos la primera de las esperas que tuvo que afrontar mi amigo. Ni que decir tiene que al ser el pequeño de la casa y, lógicamente, vástago no deseado, su infancia hogareña es un cúmulo de colas: siempre era el último que accedía al baño, era el último en ser servido en la mesa y el último en ser consultado para todos los asuntos. El vestuario que llevó hasta el día de su boda fue siempre el que iban desechando sus hermanos, por lo que siempre tuvo  que esperar para ponerse esta o aquella prenda. Fuera del hogar también empezó desde la maternidad a guardar filas. Fue el último niño en nacer, pues su madre fue la última parturienta atendida ese día.  En sus primeros días, también era el último niño al que atendían las comadronas, al ser su apellido Zamora, pues éstas situaban a los niños por orden alfabético. Este hecho del apellido le ha supuesto infinidad de esperas a lo largo de su vida, pues siempre tenía que ser el último en todo: el último en sentarse en la clase, el último en salir de la clase, el último en recibir las notas del curso, el último al pasar lista, el último en las agendas telefónicas, el último en recibir la nómina…            En cualquier caso lo del apellido, aunque significativo, no es sino una jugarreta del destino de la cual Tomás no tiene ninguna culpa.  Lo que sí se le puede atribuir son infinidad de circunstancias en las que si cabe hablar de “talento”. Estos hechos son, por ejemplo, que mi amigo fue el último de su pandilla en perder la virginidad, y lo hizo, además, con una de esas chicas ninfómanas que se cepillan a todos los del barrio. Esta chica solía acostarse hasta con seis chicos en el mismo día, ni que decir tiene que Tomás fue el sexto de uno de esos días tan promiscuos.  Y con su primera y única novia, actual esposa, también tuvo que hacer fila.  Cuando la conoció, ella salía con otro chico, por lo que Tomás tuvo que esperar hasta que cortara con él para intentar cortejarla. El caso es que en esto se tiró casi cinco años, y no es que su actual mujer durara ese tiempo con aquel novio, sino que cada vez que cambiaba de chico, Tomás no se enteraba y tenía que volver a esperar. Hasta siete novios tuvo su actual mujer, el octavo de una fila de ocho ha sido él para ella.            En su trabajo también ha aprovechado su talento, pues es el ordenanza de una empresa constructora. Su labor consiste en recorrer infinidad de organismos oficiales, notarías y negocios, atendiendo las demandas de sus jefes. Innumerables son las colas que ha tenido que esperar en la seguridad social, en correos, en las notarías, bancos, etc. Y eso durante todos sus días laborables. Y, por supuesto, como para ir a estos lugares tiene que usar el transporte público, pues también son innumerables las filas que ha tenido que hacer para subir a este o aquel autobús, o a este o aquel vagón. Hasta ciento cuatro colas llegó a acumular  un día de máxima inspiración. Fueron estas (se computa un día entero desde las doce de la noche, a las doce del día siguiente):Fue en último en acostarse, pues fue el último de su familia en  poder entrar a lavarse los dientes. Esa noche hizo el amor con su mujer, y, como siempre, ella tuvo el orgasmo y se durmió antes que él. (van tres).  Por la mañana fue el último en levantarse, tuvo que esperar a que todos se asearan para hacerlo él y a que todos se untaran la mantequilla en las tostadas para hacerlo él. (van seis). Al tener tan sólo dos copias de las llaves de casa, y como su mujer entra antes al trabajo, tuvo que esperar a que todos salieran para hacerlo él. Los vecinos de enfrente salieron al mismo tiempo, por lo que tuvo que esperar a que el ascensor les bajara a ellos primero, junto a sus dos hijos. Para comprar el periódico tuvo que esperar detrás de seis personas más. (van nueve). Cola en el autobús que le lleva a la estación de tren, cola en el estanco de la estación de tren, pues tenía que comprar el abono mensual, cola en los tornos, cola para subir por las escaleras mecánicas y cola para entrar al tren. (van catorce). Tuvo que esperar también para bajar del tren, para las escaleras de bajada , para los tornos de salida y para el autobús que le lleva al trabajo (van dieciocho).  Como es el encargado de coger el correo en la portería de la oficina, tuvo que esperar a que el conserje se lo entregara a tres personas antes. El ascensor también lleno por cuatro ocasiones (porque mientras esperaba el correo, la gente se iba acumulando en la puerta del mismo. Y van veinte).             Ya en la oficina, para entregar el correo al jefe, tuvo que esperar a que saliera un empleado que se estaba entrevistando con él.  En las siguientes ocho horas de trabajo, le fueron encargados diez asuntos, cada uno de los cuales era de ida y vuelta, por lo que  tuvo que esperar diez veces para bajar y diez para subir en ascensor (van cuarenta y una)  Tuvo que coger el metro diez veces y cinco el autobús (van setenta y una) .Por supuesto, en los diez sitios a los que fue tuvo que aguardar su turno. (van ochenta y una). A media mañana paró un momento a tomar un bocado en un bar y su bocadillo fue el último en salir de la cocina. También fue al baño, cuando estaba ocupado, claro. (Van ochenta y tres). Tras haber realizado su sexto encargo, se fue a comer al bar, con lo que sumó las dos colas del ascensor, la espera a que le dieran mesa, fue el último de los sentados en ser servido y el último en ser cobrado (van ochenta y siete)  Del trabajo a la puerta de casa, otras cinco esperas. Y una vez en casa, su mujer se estaba duchando, por lo que tuvo que aguardar para hacerlo él. (van noventa y tres). Después de cenar, tras ser el último en sentarse, en servirse y en levantarse, bajó a comprar tabaco al bar , tras esperar a que sus vecinos, y los cuñados de éstos, que habían venido de visita, descendieran en el ascensor. Tuvo que esperar a que el camarero atendiera a cinco clientes para que le diera cambio. En la máquina de tabaco, un tío con bigote estaba sacando un paquete y la máquina no le devolvía el cambio, por lo que tuvo que esperar cinco minutos hasta que el camarero la abriera para solucionar el problema. Por supuesto a él también se le tragó el cambio la máquina, por lo que tuvo que esperar a que el camarero volviera a abrirla ( van cien) Subió a casa, de nuevo el segundo en el ascensor tras su vecina Gertrudis y sus cinco caniches, y  tuvo que esperar a que sus hijos acabaran de ver una serie para poder sintonizar en la televisión los resúmenes de la vuelta ciclista.  Tuvo que esperar para mear, pues uno de sus hijos estaba suelto del estómago y frecuentaba mucho el baño. Y ya en la cama su mujer se durmió primero. ( Total: ciento cuatro colas durante el mismo día).

El caso es que ha habido un día, anteayer concretamente, en el que mi amigo no ha hecho cola en algo en lo que muchos hombres suelen y les gustaría hacer: Morir. Sí, como lo oyen, mi amigo Tomás, a los cuarenta y ocho años, ha dejado de existir. Para la única vez en la que podía haber esperado unos treinta años como poco va y se adelanta, se salta la fila, se cuela. Y además, si todas y cada una de las colas que ha tenido que esperar a lo largo de su vida, eran ajenas a su voluntad, esta vez se ha colado por iniciativa propia, se ha suicidado.  No obstante,  hasta a la hora de morirse a sabido sacar ese talento innato para la espera, pues el tanatorio  de su zona estaba lleno y se ha tenido que pasar una noche esperando en el depósito de cadáveres. 

Descanse en paz mi  amigo Tomás: “el Rey de las filas”.