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Finalista del 1er Certamen Nacional de relatos cortos Harvey Milk

Posted in LITERATURA, Relatos on abril 19, 2011 by César Bakken Tristán

Hola, mi relato “El monstruo del armario” ha quedado finalista del

1er Certamen Nacional de relatos cortos Harvey Milk

la temática era: “lucha contra la homofobia”

Lo escribí ex profeso para el concurso, en 20 minutos, y no ha pasado corrección ortotipográfica, así que sed indulgentes conmigo.

Aquí podéis leerlo, si os apetece:

                        “El monstruo del armario”

En la vida hay cosas que nos marcan para siempre. Lo que más me ha influido en la vida, hasta el momento, es mi padre y los armarios. El motivo es el siguiente:

El primer recuerdo vital que tengo es a los 4 años, 6 meses y tres días. Yo estaba en la cama, metido debajo de la sábana y muerto de miedo. Recuerdo también que mi madre se sentó en la cama y me cogió entre sus brazos.

Cuando pasaron unos años mi madre me contó que ese día habíamos pasado la primera noche en la que actualmente sigue siendo su casa, por eso sé la edad exacta que tenía. Mientras ella ponía mi ropita en el armario de la habitación mi padre me dijo que ahora que estábamos en una casa nueva y con el suelo de parquet tenía que portarme bien y no ser malo. Según ella yo era un niño muy inquieto y por eso siempre estaba haciendo barrabasadas en la casa. Mi padre, que era un hombre muy severo, no estaba dispuesto a que un niño le rallase el parquet o estropeara los muebles nuevos que tanto le habían costado, por lo que ese día inventó una historia para amedrentarme y controlar mi agitación habitual. Me dijo que en el armario de mi habitación había un monstruo horrible que se comía a los niños malos, pero que si yo era bueno el monstruo no me haría nada. Esa misma tarde, antes de la cena, no se me ocurrió otra cosa que sacar mis coches de juguete y hacer una carrera por el pasillo. Cuando mi padre volvió de la calle, de hacer unas compras de última hora, y me vio tirado en el suelo y arañando el parquet, se enfadó muchísimo y me dio un bofetón, cogiendo todos mis coches y metiéndolos en una bolsa. Me llevó a mi habitación y, dejando la bolsa encima del armario, me dijo: “Ahí se van a quedar para siempre. Como vuelvas a portarte mal esta noche saldrá el monstruo del armario y te comerá”. Yo estaba llorando señalando los coches y diciendo que me los bajara. Mi padre se fue malhumorado y mi madre me dijo que le hiciera caso y fuera un niño bueno. Ella salió también de la habitación.

Yo hice caso omiso y arrastré una silla hasta la puerta del armario, dejando los consiguientes surcos en el parquet. Me subí a ella dispuesto a coger los coches cuando fui sorprendido por mi madre. Dice que al verla me asusté y me caí de la silla, haciendo un gran ruido, pues la silla también se cayó (y dejó un piquete en el suelo).  Mi padre vino corriendo y, al ver el estropicio y las marcas del parquet, empezó a pegarme hasta que ella le dijo que ya estaba bien, que yo era sólo un niño y tenía que ser travieso. Pero mi padre no lo veía de esa manera y decidió darme un escarmiento definitivo.

Esa noche mi madre me acostó, como siempre, y me contó un cuento. Lo que pasó a después se lo contó mi padre, pues ella no estaba ya en la habitación. Cuando me quedé solo me levanté, encendí la luz de la mesita de noche y fui hacia el armario a intentar recuperar mis coches una vez más. En es momento mi padre, que se había escondido dentro, salió de golpe dando un gran grito como de animal furioso. Yo salí espantado de la habitación, chillando y llorando. Por supuesto esa noche no dormí y la pasé debajo de las sábanas, como he explicado al principio. Durante todo el año siguiente mi madre me dijo que todas las noches, antes de apagarme la luz, tenía que abrir el armario y enseñarme que no había ningún monstruo en el.

Conforme fui creciendo comprobé que mi padre era un hombre severo, arisco, amargado y malhumorado. Y lo era especialmente conmigo, aunque se metía con todo el mundo, sobre todo con los que él llamaba: “maricones”. Según él casi todos los hombres que salían por la televisión lo eran. Ver con él cualquier cosa era un suplicio. Crecí temiéndole, pues a la mínima ya me estaba pegando, riñendo o castigando.

Un día ocurrió un hecho que marcó mi vida para siempre. Iba a salir a la calle y al pasar por la puerta del cuarto de mis padres vi que él estaba subido a una silla, dejando unas revistas encima del armario. Enseguida me aparté de la puerta y bajé a la calle. Yo tendría unos once años. Al día siguiente, estando sólo en casa, me atreví a curiosear encima del armario de mis padres, a ver que era lo que había allí. Cogí la escalera, pues con la silla no llegaba, y al asomarme comprobé que había multitud de revistas. Cogí una, al azar, y vi que era una revista pornográfica (aunque yo no lo supiera entonces). Empecé a ojearla y fue el primer día en el que se despertaron en mí los instintos sexuales. Todas las tardes me quedaba sólo desde la hora de la comida a la de la cena, por lo que a partir de aquel día siempre iba al armario y cogía una revista. Luego iba al cuarto de baño y me masturbaba con ella, para dejarla posteriormente en el mismo lugar, temiendo que mi padre la echara en falta. Así estuve unas semanas, siempre viendo escenas pornográficas de mujeres con hombres y de mujeres solas, hasta que un día cogí una revista en la que sólo salían hombres. Para mi sorpresa, comprobé que me excitaba más que las otras. Descubrí que mi padre tenía muchas revistas de esas y empecé a declinarme por ellas. Así fue como supe que me gustaban los hombres. En esa época desconocía lo que era ser heterosexual u homosexual, sólo sabía que disfrutaba mucho viendo esas revistas de hombres con hombres. Pensaba que tanto una cosa como la otra serían malas, porque mi padre escondía esas revistas.

Un sábado, cenando en el comedor, mi padre estaba viendo el fútbol y en el descanso del partido mi madre cambió de canal a un programa en el que estaban hablando varias personas. De repente, una de esas personas enseñó una revista, la misma que una de gays que tenía mi padre y dijo: “¿por qué yo no puedo comprar esto en un quiosco sin que la gente me mire mal?”  Mi padre se levantó y gritó: “¡Porque eres un maricón!” y cambió de canal, diciendo: “Hay que joderse con este país, ahora las mariconas pueden salir por la televisión y decir sus mariconadas” “menuda patada en los huevos les daba yo, ¡maricones de mierda!”. Miré a mi padre con asombro, pues estaba criticando a una persona por enseñar una de las revistas que él tenía.

Conforme fui creciendo aprendí la diferencia entre heterosexuales y homosexuales. En mi colegio los chicos hablaban cada vez más de las chicas y las chicas parecían hacer lo mismo sobre los chicos. Descubrí que antes de ser gay hay que ser mariquita, pues a un compañero mío le decían mariquita porque nunca hacía deporte con nosotros y solía jugar con las chicas. A mí no me gustaban los juegos de chicas, me gustaban los de chicos y por eso jugaba siempre con ellos, sobre todo al fútbol. Empezamos a ver revistas porno que nos encontrábamos en la calle. Todos hablaban de lo buenas que estaban las tías que salían, pero yo me fijaba sólo en los hombres.

Ahora tengo 30 años y hace 10 que mi padre no me habla, desde que le dije que era gay y me echó de casa. Nunca le he dicho que si soy gay es, en buena parte, gracias a sus revistas. Supongo que con los años hubiera descubierto que mi sexualidad era esta, pero lo cierto es que gracias a él lo descubrí muy pronto. No le he comentado nada de las revistas porque yo, al contrario que él, sé respetar a las personas y no me gusta humillarlas, mucho menos si es mi padre, por muy cabrón que sea.

Cuento esta historia para demostrar que muchos homóbofos lo son por miedo a que se sepa que a ellos les atraen sexualmente las personas de su mismo sexo.  Y también la cuento porque me hace una gracia enorme mi relación con los armarios: primero miedo atroz, luego placer, luego años de estar “dentro de él” y por último un momento de “salida de él”. Sobretodo me hace gracia saber que mi padre nunca “saldrá del armario”. Se limitará a coger y dejar revistas encima de él.  Y lo que más me divierte de todo esto es comprobar como en los armarios no hay monstruos, sólo cobardes.

césar bakken

2011

EL REY DE LAS FILAS

Posted in LITERATURA, Relatos on febrero 21, 2008 by César Bakken Tristán

  Tomás ha sido siempre un ciudadano normal y corriente, es decir: trabaja, vive en un pequeño apartamento con su mujer y sus dos hijos, ve el fútbol por televisión y se toma unas cañas de vez en cuando al salir del trabajo. No se mete con nadie y nadie suele meterse con él. Puedo decir, sin ninguna duda, que Tomás no es precisamente “carne de biografía” para ningún editor ambicioso.             No obstante, para mí si es algo más que un ciudadano estándar, pues hace cinco años que nos conocemos y hemos establecido algo que podría muy bien ser una relación de amistad.  Además, como quiera que mi profesión es, precisamente, la de editor, para mí Tomás no es  un mero ciudadano, ya que tiene una cualidad especial, innata, hasta prodigiosa podría decirse, que le hace apetecible como sujeto novelesco: es el rey de las filas.            Toda la vida de Tomás gira en torno a esperas, filas, colas, hileras, ristras, sartas, cadenas, recuas, alineaciones…; en definitiva, Tomás vive en un continuo estado de espera. Toda su vida se la pasa haciendo cola. Esta cualidad puede parecer insignificante a primera vista, pues todos los urbanitas tenemos que hacer filas en muchas ocasiones. Lo extraordinario del caso de mi amigo es que él las hace siempre, y digo siempre. Y hace todas las posibles, y digo todas. Os lo voy a especificar:            Tomás nació en el seno de una humilde familia manchega, a mediados de los cincuenta. Es el quinto de cinco hermanos. Aquí tenemos la primera de las esperas que tuvo que afrontar mi amigo. Ni que decir tiene que al ser el pequeño de la casa y, lógicamente, vástago no deseado, su infancia hogareña es un cúmulo de colas: siempre era el último que accedía al baño, era el último en ser servido en la mesa y el último en ser consultado para todos los asuntos. El vestuario que llevó hasta el día de su boda fue siempre el que iban desechando sus hermanos, por lo que siempre tuvo  que esperar para ponerse esta o aquella prenda. Fuera del hogar también empezó desde la maternidad a guardar filas. Fue el último niño en nacer, pues su madre fue la última parturienta atendida ese día.  En sus primeros días, también era el último niño al que atendían las comadronas, al ser su apellido Zamora, pues éstas situaban a los niños por orden alfabético. Este hecho del apellido le ha supuesto infinidad de esperas a lo largo de su vida, pues siempre tenía que ser el último en todo: el último en sentarse en la clase, el último en salir de la clase, el último en recibir las notas del curso, el último al pasar lista, el último en las agendas telefónicas, el último en recibir la nómina…            En cualquier caso lo del apellido, aunque significativo, no es sino una jugarreta del destino de la cual Tomás no tiene ninguna culpa.  Lo que sí se le puede atribuir son infinidad de circunstancias en las que si cabe hablar de “talento”. Estos hechos son, por ejemplo, que mi amigo fue el último de su pandilla en perder la virginidad, y lo hizo, además, con una de esas chicas ninfómanas que se cepillan a todos los del barrio. Esta chica solía acostarse hasta con seis chicos en el mismo día, ni que decir tiene que Tomás fue el sexto de uno de esos días tan promiscuos.  Y con su primera y única novia, actual esposa, también tuvo que hacer fila.  Cuando la conoció, ella salía con otro chico, por lo que Tomás tuvo que esperar hasta que cortara con él para intentar cortejarla. El caso es que en esto se tiró casi cinco años, y no es que su actual mujer durara ese tiempo con aquel novio, sino que cada vez que cambiaba de chico, Tomás no se enteraba y tenía que volver a esperar. Hasta siete novios tuvo su actual mujer, el octavo de una fila de ocho ha sido él para ella.            En su trabajo también ha aprovechado su talento, pues es el ordenanza de una empresa constructora. Su labor consiste en recorrer infinidad de organismos oficiales, notarías y negocios, atendiendo las demandas de sus jefes. Innumerables son las colas que ha tenido que esperar en la seguridad social, en correos, en las notarías, bancos, etc. Y eso durante todos sus días laborables. Y, por supuesto, como para ir a estos lugares tiene que usar el transporte público, pues también son innumerables las filas que ha tenido que hacer para subir a este o aquel autobús, o a este o aquel vagón. Hasta ciento cuatro colas llegó a acumular  un día de máxima inspiración. Fueron estas (se computa un día entero desde las doce de la noche, a las doce del día siguiente):Fue en último en acostarse, pues fue el último de su familia en  poder entrar a lavarse los dientes. Esa noche hizo el amor con su mujer, y, como siempre, ella tuvo el orgasmo y se durmió antes que él. (van tres).  Por la mañana fue el último en levantarse, tuvo que esperar a que todos se asearan para hacerlo él y a que todos se untaran la mantequilla en las tostadas para hacerlo él. (van seis). Al tener tan sólo dos copias de las llaves de casa, y como su mujer entra antes al trabajo, tuvo que esperar a que todos salieran para hacerlo él. Los vecinos de enfrente salieron al mismo tiempo, por lo que tuvo que esperar a que el ascensor les bajara a ellos primero, junto a sus dos hijos. Para comprar el periódico tuvo que esperar detrás de seis personas más. (van nueve). Cola en el autobús que le lleva a la estación de tren, cola en el estanco de la estación de tren, pues tenía que comprar el abono mensual, cola en los tornos, cola para subir por las escaleras mecánicas y cola para entrar al tren. (van catorce). Tuvo que esperar también para bajar del tren, para las escaleras de bajada , para los tornos de salida y para el autobús que le lleva al trabajo (van dieciocho).  Como es el encargado de coger el correo en la portería de la oficina, tuvo que esperar a que el conserje se lo entregara a tres personas antes. El ascensor también lleno por cuatro ocasiones (porque mientras esperaba el correo, la gente se iba acumulando en la puerta del mismo. Y van veinte).             Ya en la oficina, para entregar el correo al jefe, tuvo que esperar a que saliera un empleado que se estaba entrevistando con él.  En las siguientes ocho horas de trabajo, le fueron encargados diez asuntos, cada uno de los cuales era de ida y vuelta, por lo que  tuvo que esperar diez veces para bajar y diez para subir en ascensor (van cuarenta y una)  Tuvo que coger el metro diez veces y cinco el autobús (van setenta y una) .Por supuesto, en los diez sitios a los que fue tuvo que aguardar su turno. (van ochenta y una). A media mañana paró un momento a tomar un bocado en un bar y su bocadillo fue el último en salir de la cocina. También fue al baño, cuando estaba ocupado, claro. (Van ochenta y tres). Tras haber realizado su sexto encargo, se fue a comer al bar, con lo que sumó las dos colas del ascensor, la espera a que le dieran mesa, fue el último de los sentados en ser servido y el último en ser cobrado (van ochenta y siete)  Del trabajo a la puerta de casa, otras cinco esperas. Y una vez en casa, su mujer se estaba duchando, por lo que tuvo que aguardar para hacerlo él. (van noventa y tres). Después de cenar, tras ser el último en sentarse, en servirse y en levantarse, bajó a comprar tabaco al bar , tras esperar a que sus vecinos, y los cuñados de éstos, que habían venido de visita, descendieran en el ascensor. Tuvo que esperar a que el camarero atendiera a cinco clientes para que le diera cambio. En la máquina de tabaco, un tío con bigote estaba sacando un paquete y la máquina no le devolvía el cambio, por lo que tuvo que esperar cinco minutos hasta que el camarero la abriera para solucionar el problema. Por supuesto a él también se le tragó el cambio la máquina, por lo que tuvo que esperar a que el camarero volviera a abrirla ( van cien) Subió a casa, de nuevo el segundo en el ascensor tras su vecina Gertrudis y sus cinco caniches, y  tuvo que esperar a que sus hijos acabaran de ver una serie para poder sintonizar en la televisión los resúmenes de la vuelta ciclista.  Tuvo que esperar para mear, pues uno de sus hijos estaba suelto del estómago y frecuentaba mucho el baño. Y ya en la cama su mujer se durmió primero. ( Total: ciento cuatro colas durante el mismo día).

El caso es que ha habido un día, anteayer concretamente, en el que mi amigo no ha hecho cola en algo en lo que muchos hombres suelen y les gustaría hacer: Morir. Sí, como lo oyen, mi amigo Tomás, a los cuarenta y ocho años, ha dejado de existir. Para la única vez en la que podía haber esperado unos treinta años como poco va y se adelanta, se salta la fila, se cuela. Y además, si todas y cada una de las colas que ha tenido que esperar a lo largo de su vida, eran ajenas a su voluntad, esta vez se ha colado por iniciativa propia, se ha suicidado.  No obstante,  hasta a la hora de morirse a sabido sacar ese talento innato para la espera, pues el tanatorio  de su zona estaba lleno y se ha tenido que pasar una noche esperando en el depósito de cadáveres. 

Descanse en paz mi  amigo Tomás: “el Rey de las filas”.

TAXI DRIVER

Posted in LITERATURA, Relatos on febrero 21, 2008 by César Bakken Tristán

 

Relato de 2004, publicado en mi libro (conjunto con mi amigo Javier Mateos) “Príncipes azules y demonios de rabo largo”.

Salir  de marcha con mi amigo Pastrana siempre es una especie de aventura, y ya no tanto por él ni por mí, sino por las cosas que nos pasan cuando estamos juntos. La historia que voy a contarte sucedió hace muchos años, cuando ambos éramos unos niñatos. Ahora todo es diferente, pero siempre que la recordamos lo hacemos con una sonrisa: eran otros tiempos, pero eran buenos tiempos, ¡qué coño!.

Todo empezó en un Puticlub de barrio y barriobajero, en Leganés, nuestra ciudad natal. No éramos puteros –seguramente por falta de dinero – pero alguna vez habíamos ido a tomar la última a uno de estos puticlubs ancestrales, cutres, sórdidos… encantadores lugares para dos veinteañeros. Mi amigo y yo llevábamos varias horas tomando copas por Leganés. Estábamos cansados, tanto por la maratoniana sesión etílica, como por el aburrimiento que supone alternar por una zona de copas tan anodina y hasta sórdida como es la de Leganés. El caso es que antes de claudicar ante nuestro aburrimiento decidimos pasar a tomar la última en ese puticlub, hasta ese momento desconocido para nosotros.  Nada más entrar nos hicimos coleguitas de  las rameras, y éstas empezaron a mostrarse muy simpáticas con nosotros, tanto por el interés con el que se quiere a Andrés, como porque éramos 2 yogurines deliciosos para ellas, acostumbradas sólo a borrachuzos cincuentones.

No eran físicamente nada del otro mundo, aunque ese dato estético poco o nada nos importaba a nosotros, que únicamente aspirábamos a completar nuestro cupo alcohólico de esa noche en ese lugar nuevo, para posteriormente caminar (o arrastrarnos, en su caso) hasta nuestras casas para dormir la mona. El caso es que ante nuestras abotagadas jetas, ambas putas, españolas por cierto, hacían serios esfuerzos por despertar nuestro interés. A pesar de que sabían que no íbamos a pagar por tirárnoslas ellas nos daban la brasa a base de bien. Por si alguno de vosotros es tan toli de no haber ido nunca a un puti, os digo que ahí te cobran casi hasta por ir al baño… así que el hecho de que las zorras empezaran a invitarnos a chupitos, fue algo casi romántico, a la par que generoso. Tras el segundo chupito puedo decir que ya habían empezado a estrecharse los lazos entre nosotros y las lumis. Concretamente una de ellas hizo lazada y media con mi colega, mientras la otra se decantó claramente por mis cordones. Retomando  el dato estético anunciado antes, he de decir que la que se anudó a mi amigo no era nada del otro mundo, aunque comparada con la mía era un verdadero portento de belleza estética y estaba follable. Pastrana descubrió que tras siete u ocho copas de güisqui la libido parece ahogada, y que, paradójicamente, tras dos chupitos servidos por una mujer insinuante, revive más fuerte que nunca. Debido a este descubrimiento, decidió dedicar todo su esfuerzo a seducir a la chica. Oís bien: seducir. Porque de pagar, ni hablar, eso es trampa y así liga cualquiera. Yo, por mi parte, no es que tuviera la libido ahogada, pero como quiera que el eufemismo de tía que me había tocado en suerte no me gustaba para nada,  la tenía por ahí flotando tan ricamente, sin plantearme en ningún momento llegar a puerto alguno, pero tampoco desdeñándola, era una mujer amable y como puta, pues tenía que tratar de llevarme al huerto. No obstante le seguí el juego a la zorra para no aburrirme, ya que mi amigo estaba entregado completamente a la otra y no me hacía ni caso.  A la hora de estar allí nos anunciaron que cerraban. Nosotros, con la tontería del tonteo y los chupitos, teníamos más ganas de marcha, y vista la predisposición hacia nosotros que tenían las golfas,  las convencimos para que salieran con nosotros a tomar algo.  El único problema es que no teníamos dinero para seguir de juerga, y por aquella época ni conocíamos las tarjetas de crédito. Tal vez no es buena idea ir al centro de Madrid sin nada de pasta… pero es que yo no he sido nunca de reflexionar esas cuestiones tan mundanas.

Al salir nos dijeron que ellas vivían en Madrid capital y, de salir, tenía que ser por esa zona. Además, no tenían coche, por lo que tendríamos que ir en taxi. Yo hablé un momento con mi colega, en un alarde de responsabilidad, pues viendo que no teníamos ni un duro, no me parecía buena idea irnos a Madrid, con 2 putas, a las tres y media de la mañana. Mi colega dijo que él se iba seguro con ellas, por lo que yo, tanto por no dejarle sólo como porque también me seducía el plan, decidí ir. Por suerte el jefe de las pibas, el proxeneta, nos acercó hasta Plaza Elíptica en su furgoneta. Sí, fuimos como2 bultos sospechosos, pues los 2 chochos iban delante con el conductor que nos dejó en la Plaza Elíptica, donde una de las zorras vivía y fue para decirle algo a sus hijos ,menores de edad, claro. Mi colega sí quería tirarse a una de ellas, pero yo, ni a esa ni a la otra, pero sí tenía ganas de ver qué nos deparaba “la cita”.

En Plaza Elíptica cogimos un taxi, que nos llevó hacia el centro, por la zona del Bernabeu, me parece que son los bajos de Orense. Al llegar allí mi colega pagó el taxi con nuestro último talego. Mi cabeza le dijo que por qué coño había pagado él, y mi hígado supongo que le agradeció el gesto.  Empezamos a caminar emparejados, Pastrana con la mamá y yo con  la otra, que me agarraba muy posesivamente. Mi colega estaba bastante cachondón, y se daba besitos con la maruja puta, que no al revés. Mientras, yo trataba de encontrar mi libido por algún sitio, pero nada, se había quedado flotando plácidamente por algún remoto lugar del Atlántico y como para ponerse a buscarla a esas horas y sin barca. Mi acompañante, desconocedora de la ausencia de mi libido,  cada vez me hacía más proposiciones.  Me agarraba y decía que tenía frío, que por qué no la calentaba. Joder, una puta queriendo follar gratis no es algo que ocurra todos los días, así que la seguí un poco el juego, en deferencia a tan loable gesto. Me decía que era muy guapo (sobre gustos no hay nada escrito) y cosas por el estilo. Viendo que yo no ponía ningún ímpetu en calentarla, era ella la que me agarraba y sobaba como si estuviera en juego el premio a la tía más sobona de Madrid.  Yo intentaba convencerme de que tampoco estaba tan mal la chica, pero hasta ese momento no había sido capaz, y no lo fui en toda la noche.     Me di cuenta enseguida que el sitio por el que nos movíamos era caro del copón. Los pubes parecían muy lujosos.  Nos dirigimos hacía uno cuya puerta era custodiada por el negro más grande del mundo, vestido completamente de blanco, hasta con sombrero, y lleno de oro. Absolutamente infranqueable sin su permiso. Nos dijo que la entrada costaba dos talegos, con consumición, claro. Resolvimos tácitamente no entrar en el sitio, nosotros porque no teníamos dinero y ellas porque preferían ir a otro lugar que conocían.

Al llegar a este otro garito, el mismo rollo, apoquina pasta gansa para entrar. Ellas dijeron que pasáramos ya a ese mismo, a lo que nosotros respondimos cómplicemente que no, porque “no nos gustaba el ambiente que parecía tener”. Viniendo de dos tipos semiborrachos con pinta de meterse en el primer tugurio que se encuentren, la explicación que habíamos usado para rehusar la entrada al pub no sonaba nada convincente, pero a ellas pareció valerlas. Volvimos sobre nuestros pasos, con la esperanza de encontrar algún sitio de entrada libre. Las tías empezaron a sospechar que no teníamos ni un duro, y así nos lo hicieron saber.

-No, si ya sabía yo que no podíamos salir con vosotros, no tenéis dinero.

-Que sí, mujer, lo que pasa es que no nos gustan esos sitios.

-Claro, claro. Os hemos dicho en Leganés que nosotras nos movemos por sitios así, y que si no teníais dinero no sé para que veníais.

-Hemos pagado el taxi, que no se te olvide.

-Habéis pagado la mitad. ¿O te crees que eran sólo mil pelas?

Nuestra condición de tíos miserables estaba quedando patente por momentos, menos mal que pasamos de nuevo por el pub del negro, el cual, al vernos, se dirigió a nosotros:

– Oídme, parejitas, ¿por qué no entráis aquí? No vais a encontrar un sitio mejor en toda la zona, os lo aseguro.

– Sois muy careros –le dije yo.

–¡Qué va!  -insistió él-. Mira, vamos a hacer una cosa, os dejo pasar con la condición de que os toméis algo dentro.

“Fenómeno- pensé yo- no nos cobra la entrada en la puerta, sino en la barra. Este tío se cree que somos gilipollas”. Pero a las tías esto les pareció estupendo, por lo que no tuvimos más remedio que entrar, ya no teníamos excusa. Afortunadamente el negro se quedó impávido en su puesto, y nosotros nos movimos libremente por el garito sin el apremio de tener que pedir algo nada más entrar. Las chicas fueron derechas a la barra, yendo nosotros detrás, como con miedo de lo que pudiéramos encontrar en ella. Mi amigo y yo nos miramos haciendo el gesto de que estábamos caninos.

-¿Qué tomáis vosotros?- preguntó una de ellas.

-Eh… nada de momento, es que estamos ya hartos de tanto alcohol.- respondió Pastrana.

-Anda, no digáis tonterías.

-No, si es verdad, llevamos todo el día bebiendo. Luego más tarde tomaremos algo – dije yo.

-Pues pediros algo sin alcohol –sugirieron lógicamente.

-Qué va, si no tiene alcohol no nos gusta.

-Bueno, como queráis.

Se pidieron dos güisquis con cocaculo. Por la cara que teníamos yo y Pastrana se deducía que nos gustaría estar soplando algo, también. Pagaron religiosamente sus copas, pues nosotros no hicimos ni el gesto de sacar tabaco, no fueran a creer que las íbamos a invitar, aunque de sobra sabían ya ellas que éramos unos miserias. Se fueron un momento al servicio, antes de probar las copas. Nosotros, al ver las copas en la barra, decidimos ir a su abordaje, y que le dieran morcilla a las pibas. Le pegamos dos buenos tragos a los cubatas, que fuimos rellenando con lo que sobraba de refresco. Luego dejamos los cascos en otro lado. Al volver, las chicas dijeron que dónde estaban las botellas. Dijimos que no sabíamos, que seguramente se las había llevado la camarera. Visto ahora esto no se lo creé nadie, pero pedos como estábamos nos sonaba bastante creíble. Afortunadamente las mujeres decidieron correr un tupido velo y nos dijeron que fuéramos a sentarnos.  Antes de hacerlo decidimos ir al servicio.  Una vez dentro del lujoso mingitorio, empezamos a partirnos de risa por la situación tan rara que estábamos viviendo.

-¿Tienes algo de pasta? –le pregunté a mi colega.

-Ni un duro, mira-dijo sacándose los bolsillos a fuera.

-Joder, pues yo sólo tengo esto –dije enseñando cinco duros.

Ni que decir tiene que nos volvimos a partir la polla.

-Estas tías van a pasar de nosotros dentro de nada.

-A ver si podemos sacarlas un par de copas por lo menos.

–Oye, te has fijado en la peña que hay aquí.

– Ya te digo, si sólo con ver al negro de la puerta te lo puedes imaginar. Anda vamos a salir que estas son capaces de pirarse.

–Oye, tronco, yo estoy hasta la polla de la tía esa, la tuya por lo memos está potable, me la podrías pasar, ¿no?

– Y una mierda. Además, es ella la que me desea, ya lo has visto.

El sitio que eligieron para tomar las copas eran unos sofás blancos muy pintones, ligeramente apartados del bullicio del pub. Nada más verlos supuse que iba a ser difícil esquivar los lujuriosos ataques de mi eventual pareja. Mi colega se defendía muy bien con su piba, la cual estaba prendada por él, aunque viendo que no teníamos ni un duro estaba algo más reticente que al conocerla.  Yo hablaba automatizadamente de no sé que leches con la tía que tenía al lado, la cual se pegaba cada vez más a mí, e intentaba sobarme y que yo la sobara.      Aburrido de mi compañía decidí largarme de allí inmediatamente. Pero no físicamente, pues no quería ser descortés con la chica ni dejar tirado a Pastrana, así que desconecté la mente mientras mi amorcito me atosigaba. Empecé a fijarme en la gente que tenía por alrededor. ¡Menuda tropa! No había mucha clientela, pero con los que estaban se podía hacer perfectamente una aceptable segunda parte de “La parada de los Monstruos”. En una pequeña pista de baile habitaban un par de tías que deambulaban por ahí totalmente colocadas. Bailaban de una forma extrañísima la música “Dance” que regurgitaban los altavoces. Tenían pinta de auténticos zorrones desfasadísimos, y no parecían tener acompañantes. A decir verdad no sé si realmente iban juntas, pues lo único que las vi compartir en todo el tiempo que estuvimos allí fueron sus respectivos mareos.

Enfrente de nosotros había un montón de “gitanacos” de los ricachones, poniéndose hasta las orejas de farlopa. Se ponían allí mismo, encima de la mesa, y hasta con espejito y todo, como en las pelis. Eran los típicos gitanos súper arreglados, con sombreros y oro por todas partes. Y por la barra había una serie de indescriptibles personajes que engullían pelotazos  ávidamente mientras miraban de vez en cuando a las dos mareantes chicas de la pista.      Mi mente volvió enseguida al sofá, pues la gordita de mi acompañante insistía en que la besara. Y casi consigue robarme un beso, pues en mi alienación temporal había bajado la guardia tanto que se me había puesto encima literalmente. Menos mal que cuando iba a juntar sus labios con los míos, mi mente volvió a dominar mi cuerpo y dio rápida orden de esquivar lo que se me venía encima. Logré apartar a la chica suavemente, la cual se quedó con un gran gesto de extrañeza:  debió pensar que yo era frígido o más maricón que un palomo cojo, seguro. Menos mal que a mí me da igual lo que piensen de mí mis conocidos, por lo que lo que piensen mis desconocidos (como era ella) me importa lo mismo que la bolsa de valores.

Al rato salimos del sitio. Nos despedimos del negro de la puerta, el cual nos dio un fuerte apretón de manos, como a la entrada. A las tías pareció haberles entonado muy bien el pelotazo y sugirieron entusiasmadas que fuéramos a un sitio al que ellas iban a menudo. Nos dirigimos hacia el sitio, con la esperanza de que no cobraran entrada.  Al llegar nos encontramos con la desagradable sorpresa de que cobraban un talego y medio. “Ahora no podéis negaros- dijeron ellas- aquí si que vamos a entrar”. Nuestra cara les reveló que estábamos más tiesos que la mojama. “Si es que lo sabía, no teníamos que haber salido con vosotros. Si es que no tenéis ni para pagaros lo vuestro. Nada, pues nosotras vamos a entrar. Haced lo que queráis, ya sabéis donde estamos”.  Y dicho esto se metieron al garito, dejándonos ahí plantados, con cara de capullos. Optamos por echarnos a reír, diciéndonos mutuamente que se veía venir y que mucho habían durado con nosotros. Yo me alegré tremendamente de perder de vista a mi empalagosa pretendiente.     Eran las cinco y media de la mañana, más o menos. Empezamos a andar y, cuando salimos a la Castellana, nos dimos cuenta de que estábamos donde Cristo pegó las tres voces, y de que no teníamos un duro para volver a casa.

-Ahora qué hacemos, tío.

-Vamos a coger un taxi, ¿no?.

-Si no tenemos un duro.

-Uno puede subir a su casa cuando lleguemos y coger pelas.

-¿Vas a subir tú?, porque yo tampoco tengo pasta en mi keli, y no se la voy a pedir a mis padres en medio de un sueño.

-Pues yo estoy igual que tú.

-Podemos pillar un taxi e irnos sin pagar -sugirió mi colega.

–Vale, pero vamos a pillar uno que lo conduzca una piba o un gordinflas que no pueda ni salir del coche, no vaya a ser que nos quiera dar de hostias. Tenemos que pensar en cómo vamos a hacérsela al taxista.

Supuse que esperaríamos a que apareciera un taxista propicio para tanarle y a decidir como nos íbamos a pirar del taxi al llegar a Leganés, pero antes de que pudiera decir palabra, mi colega va y para un taxi. Le dije que qué estaba haciendo, que teníamos que elegir a algún pardillo. Pastrana dijo que daba igual, que ese mismo. Nos montamos con la esperanza de haber tenido suerte. Nada más sentarnos nos quedamos medio sin respiración, pues el tío era una especie de macarra recién salido de Carabanchel. Más que el propietario del Taxi parecía que acababa de robarlo. “La hemos cagado -pensé”.     El Fari tenía puesta música “lolaila”, y estaba fumando. Nada más arrancar nos ofreció un cigarro a cada uno. Le cogí uno, total,  con un cigarro quizás pensaría mejor la forma de chulear a aquel chuleta: un tío que te ofrece tabaco en su taxi, con una pinta de  yonqui que te cagas, de estos súper enrollados que hablan soltando tacos. Hacerle el lío a este tío era para profesionales del escaqueo, y nosotros no lo habíamos hecho en la vida. Durante el viaje empezamos a preparar el plan de fuga, en total silencio. Debido a los nervios y la ebriedad, nos reíamos bastante. Mi colega me hacía gestos ostensibles de que él se iba a pirar por la puerta de la izquierda y yo por la otra, cuando contara tres. Eran tales sus gestos, que el Fari debería de estar coscándose, pues miraba mucho por el retrovisor. Yo le decía a mi colega que no gesticulara tanto, lo que sin duda empezó a ponerle más moscas detrás de la oreja al conductor.

Durante todo el viaje fuimos hablando con el Pesetas, que no paraba de rajar. Ya te digo, era un auténtico fiera el tío. Conforme íbamos llegando a Leganés, íbamos asumiendo más la realidad: teníamos que jugársela al Torete.     Fuimos por la carretera de Toledo, y entramos por Parque Sur. El taxista nos dijo que si nos dejaba por allí. Nos miramos dubitativos, y viendo la situación decidí que ya que íbamos a hacerlo, íbamos a hacerlo bien, que nos llevara hasta la puerta de casa, qué coño. Le indiqué el camino. Subimos por la carretera de Villaverde hasta casi la entrada de Leganés centro, momento en el que le dije que se desviara por la Avenida de la Mancha, una zona bastante solitaria, pues tiene un parque en uno de los lados. Cuando faltarían unos trescientos metros para llegar a nuestras casas (vivimos uno enfrente del otro) le dije al Fari que parara cuando pudiera. Ya no había lugar a la vuelta atrás. Me fijé en que los seguros de la puerta no estaban echados, y adopté una posición totalmente campechana con el taxista. Nada más parar lo que no podíamos hacer era salir disparados cada uno por un lado, había que darle confianza al tipo para pirarse luego. Pero mi colega pasó olímpicamente de todo esto y, nada más parar, se piró echando hostias. Yo abrí la puerta y saqué la pierna derecha, mientras le preguntaba al Fari cuánto le debíamos, hurgándome en el bolsillo izquierdo del vaquero, como si fuera a sacar la pasta. El taxista, que ya había encendido la luz,  miró el taxímetro y empezó a echar sus cuentas. Mientras yo iba paulatinamente incorporándome, como para poder sacar la pasta del fondo del bolsillo. Abrí más la puerta y me levanté definitivamente, de repente. Dejé al muy capullo del Fari con la palabra en la boca y, diciéndole un sarcástico: “!Hasta Luego!” me piré a toda caña dando un portazo.      Empecé a correr calle abajo sin mirar atrás, y me topé con mi colega que salía de un jardín oscuro. Lo último que recuerdo del Torete es una visceral exclamación desde la carretera: “!Hijos de puta, cabroneeeees!” .No se me olvidarán en la vida estos insultos, los cuales merecíamos por completo.

Mi colega, al verme bajar a todo trapo, se puso a mi lado y corrió conmigo, preguntándome que si venía. “Yo qué sé, tú corre que este nos dispara”. Pasamos como balas por entre un grupo de gente que hablaba en la esquina, los cuales se quedaron estupefactos ante nuestra tremenda galopada. Ya medio asfixiados decidimos pararnos en un parquecillo que hay entre unos bloques, tanto para descansar como para despistar al Torete, no fuera a ser que nos estuviera buscando.  Estuvimos agachados tras un matorral durante unos minutos.      En la calle no había un alma y ningún ruido rompía el silencio. Decidimos ir avanzando poco a poco, mirando por todas partes. Salimos junto a la carretera, en la calle Rioja, y caminamos por la acera hacia nuestra casa. Y nada más empezar a andar, vimos como un taxi aparece delante nuestra y nos pasa al lado por la derecha.  Nos preguntamos si sería el nuestro y, antes de respondernos, comprendemos que sí  pues el coche paró en seco, a unos quince metros de nosotros, y empezó a dar marcha atrás rápidamente. ¡Pies para qué os quiero! Volvemos a correr, cruzamos una carretera, mientras oímos el ruido acelerado del taxi. Empezamos a cansarnos en serio, pues la adrenalina ya se nos había agotado. Le dije a mi colega, entre jadeos, que nos parásemos, pues ya no podía correr más. Pastrana me dijo que siguiéramos  un poquito más y entráramos a un bloque que él conocía en el que la puerta del portal está abierta.

Así lo hicimos. El bloque está pegado a la carretera por la que iba el Torete, menos mal que el portal está algo escondido. Decidimos subir hasta el décimo piso y esperar allí arriba un rato, para ver la reacción del Fari. No sé el tiempo que estuvimos, pero más de cinco minutos seguro.  Nos reíamos bastante, pero lo cierto es que estábamos cagados. Mi miedo era porque si nos pillaba el taxista, yo no tenía defensa moral alguna para defenderme de él, y tendría que aceptar las merecidas hostias que me diera, por engañarle. La virtud moral es algo que no evado nunca. Al igual que no he tenido miedo al enfrentarme a decenas de hijos de puta, yo sólo… sabía que si el fari me trincaba no podría defenderme de él, porque yo era el malo en ese caso.

Salimos despacito del bloque, mirando de un lado a otro con total sigilo, no fuera a ser que nos volviéramos a encontrar con el taxista. Afortunadamente no vimos ni rastro de él. Anduvimos lo más alejados posible de las carreteras. Durante este último trayecto los dos estábamos sin habla, con la boca totalmente seca. Yo me había quedado completamente sin saliva, la sensación de sequedad en la boca era insoportable. Cruzamos rápidamente la última carretera que nos quedaba y nos fuimos a toda leche a nuestros respectivos portales, uno enfrente del otro, con un escueto: “Hasta luego”. Ya en la seguridad de nuestras casas pudimos respirar aliviados, habíamos chuleado al Torete. Días más tarde confesamos que al llegar a casa ambos miramos tímidamente por la ventana por si veíamos al taxista, y que durante unos días cada vez que veíamos un taxi igual nos entraba un nervioso cosquilleo en la tripa hasta que se alejaba de nosotros.