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Finalista del 1er Certamen Nacional de relatos cortos Harvey Milk

Posted in Relatos on abril 19, 2011 by César Bakken Tristán

Hola, mi relato “El monstruo del armario” ha quedado finalista del

1er Certamen Nacional de relatos cortos Harvey Milk

la temática era: “lucha contra la homofobia”

Lo escribí ex profeso para el concurso, en 20 minutos, y no ha pasado corrección ortotipográfica, así que sed indulgentes conmigo.

Aquí podéis leerlo, si os apetece:

                        “El monstruo del armario”

En la vida hay cosas que nos marcan para siempre. Lo que más me ha influido en la vida, hasta el momento, es mi padre y los armarios. El motivo es el siguiente:

El primer recuerdo vital que tengo es a los 4 años, 6 meses y tres días. Yo estaba en la cama, metido debajo de la sábana y muerto de miedo. Recuerdo también que mi madre se sentó en la cama y me cogió entre sus brazos.

Cuando pasaron unos años mi madre me contó que ese día habíamos pasado la primera noche en la que actualmente sigue siendo su casa, por eso sé la edad exacta que tenía. Mientras ella ponía mi ropita en el armario de la habitación mi padre me dijo que ahora que estábamos en una casa nueva y con el suelo de parquet tenía que portarme bien y no ser malo. Según ella yo era un niño muy inquieto y por eso siempre estaba haciendo barrabasadas en la casa. Mi padre, que era un hombre muy severo, no estaba dispuesto a que un niño le rallase el parquet o estropeara los muebles nuevos que tanto le habían costado, por lo que ese día inventó una historia para amedrentarme y controlar mi agitación habitual. Me dijo que en el armario de mi habitación había un monstruo horrible que se comía a los niños malos, pero que si yo era bueno el monstruo no me haría nada. Esa misma tarde, antes de la cena, no se me ocurrió otra cosa que sacar mis coches de juguete y hacer una carrera por el pasillo. Cuando mi padre volvió de la calle, de hacer unas compras de última hora, y me vio tirado en el suelo y arañando el parquet, se enfadó muchísimo y me dio un bofetón, cogiendo todos mis coches y metiéndolos en una bolsa. Me llevó a mi habitación y, dejando la bolsa encima del armario, me dijo: “Ahí se van a quedar para siempre. Como vuelvas a portarte mal esta noche saldrá el monstruo del armario y te comerá”. Yo estaba llorando señalando los coches y diciendo que me los bajara. Mi padre se fue malhumorado y mi madre me dijo que le hiciera caso y fuera un niño bueno. Ella salió también de la habitación.

Yo hice caso omiso y arrastré una silla hasta la puerta del armario, dejando los consiguientes surcos en el parquet. Me subí a ella dispuesto a coger los coches cuando fui sorprendido por mi madre. Dice que al verla me asusté y me caí de la silla, haciendo un gran ruido, pues la silla también se cayó (y dejó un piquete en el suelo).  Mi padre vino corriendo y, al ver el estropicio y las marcas del parquet, empezó a pegarme hasta que ella le dijo que ya estaba bien, que yo era sólo un niño y tenía que ser travieso. Pero mi padre no lo veía de esa manera y decidió darme un escarmiento definitivo.

Esa noche mi madre me acostó, como siempre, y me contó un cuento. Lo que pasó a después se lo contó mi padre, pues ella no estaba ya en la habitación. Cuando me quedé solo me levanté, encendí la luz de la mesita de noche y fui hacia el armario a intentar recuperar mis coches una vez más. En es momento mi padre, que se había escondido dentro, salió de golpe dando un gran grito como de animal furioso. Yo salí espantado de la habitación, chillando y llorando. Por supuesto esa noche no dormí y la pasé debajo de las sábanas, como he explicado al principio. Durante todo el año siguiente mi madre me dijo que todas las noches, antes de apagarme la luz, tenía que abrir el armario y enseñarme que no había ningún monstruo en el.

Conforme fui creciendo comprobé que mi padre era un hombre severo, arisco, amargado y malhumorado. Y lo era especialmente conmigo, aunque se metía con todo el mundo, sobre todo con los que él llamaba: “maricones”. Según él casi todos los hombres que salían por la televisión lo eran. Ver con él cualquier cosa era un suplicio. Crecí temiéndole, pues a la mínima ya me estaba pegando, riñendo o castigando.

Un día ocurrió un hecho que marcó mi vida para siempre. Iba a salir a la calle y al pasar por la puerta del cuarto de mis padres vi que él estaba subido a una silla, dejando unas revistas encima del armario. Enseguida me aparté de la puerta y bajé a la calle. Yo tendría unos once años. Al día siguiente, estando sólo en casa, me atreví a curiosear encima del armario de mis padres, a ver que era lo que había allí. Cogí la escalera, pues con la silla no llegaba, y al asomarme comprobé que había multitud de revistas. Cogí una, al azar, y vi que era una revista pornográfica (aunque yo no lo supiera entonces). Empecé a ojearla y fue el primer día en el que se despertaron en mí los instintos sexuales. Todas las tardes me quedaba sólo desde la hora de la comida a la de la cena, por lo que a partir de aquel día siempre iba al armario y cogía una revista. Luego iba al cuarto de baño y me masturbaba con ella, para dejarla posteriormente en el mismo lugar, temiendo que mi padre la echara en falta. Así estuve unas semanas, siempre viendo escenas pornográficas de mujeres con hombres y de mujeres solas, hasta que un día cogí una revista en la que sólo salían hombres. Para mi sorpresa, comprobé que me excitaba más que las otras. Descubrí que mi padre tenía muchas revistas de esas y empecé a declinarme por ellas. Así fue como supe que me gustaban los hombres. En esa época desconocía lo que era ser heterosexual u homosexual, sólo sabía que disfrutaba mucho viendo esas revistas de hombres con hombres. Pensaba que tanto una cosa como la otra serían malas, porque mi padre escondía esas revistas.

Un sábado, cenando en el comedor, mi padre estaba viendo el fútbol y en el descanso del partido mi madre cambió de canal a un programa en el que estaban hablando varias personas. De repente, una de esas personas enseñó una revista, la misma que una de gays que tenía mi padre y dijo: “¿por qué yo no puedo comprar esto en un quiosco sin que la gente me mire mal?”  Mi padre se levantó y gritó: “¡Porque eres un maricón!” y cambió de canal, diciendo: “Hay que joderse con este país, ahora las mariconas pueden salir por la televisión y decir sus mariconadas” “menuda patada en los huevos les daba yo, ¡maricones de mierda!”. Miré a mi padre con asombro, pues estaba criticando a una persona por enseñar una de las revistas que él tenía.

Conforme fui creciendo aprendí la diferencia entre heterosexuales y homosexuales. En mi colegio los chicos hablaban cada vez más de las chicas y las chicas parecían hacer lo mismo sobre los chicos. Descubrí que antes de ser gay hay que ser mariquita, pues a un compañero mío le decían mariquita porque nunca hacía deporte con nosotros y solía jugar con las chicas. A mí no me gustaban los juegos de chicas, me gustaban los de chicos y por eso jugaba siempre con ellos, sobre todo al fútbol. Empezamos a ver revistas porno que nos encontrábamos en la calle. Todos hablaban de lo buenas que estaban las tías que salían, pero yo me fijaba sólo en los hombres.

Ahora tengo 30 años y hace 10 que mi padre no me habla, desde que le dije que era gay y me echó de casa. Nunca le he dicho que si soy gay es, en buena parte, gracias a sus revistas. Supongo que con los años hubiera descubierto que mi sexualidad era esta, pero lo cierto es que gracias a él lo descubrí muy pronto. No le he comentado nada de las revistas porque yo, al contrario que él, sé respetar a las personas y no me gusta humillarlas, mucho menos si es mi padre, por muy cabrón que sea.

Cuento esta historia para demostrar que muchos homóbofos lo son por miedo a que se sepa que a ellos les atraen sexualmente las personas de su mismo sexo.  Y también la cuento porque me hace una gracia enorme mi relación con los armarios: primero miedo atroz, luego placer, luego años de estar “dentro de él” y por último un momento de “salida de él”. Sobretodo me hace gracia saber que mi padre nunca “saldrá del armario”. Se limitará a coger y dejar revistas encima de él.  Y lo que más me divierte de todo esto es comprobar como en los armarios no hay monstruos, sólo cobardes.

césar bakken

2011

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¡Qué paren el mundo…!(novela corta)

Posted in Relatos on julio 7, 2008 by César Bakken Tristán

 

CESAR BAKKEN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Qué paren el mundo…”

 

 

 

 

 

 

 

   “Es triste, pero la gente está dispuesta a hacer cualquier cosa por dinero, lo que sea, incluso trabajar”

CESAR BAKKEN

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este libro se escribió en Madrid, entre abril y mayo de 2002.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Roberto es una persona aparentemente normal, no destaca especialmente por nada y puede pasar desapercibido en casi cualquier ambiente y circunstancia. Responde al típico perfil del psicópata o del terrorista (si es que alguien quiere hacer esta distinción), pues es una persona amable y que puede pasar años y años viviendo en sociedad sin dar muestra de su verdadera naturaleza ni de sus intenciones.

     El caso es que Roberto no es ningún tipo de asesino, sino algo mucho peor todavía: es una de esas  personas que llevan la cabeza para algo más que sujetar la gorra (aunque al llevar él una gorra a veces, podría contentarse con esto). El resultado de tamaña afición – la cual debería estar catalogada dentro de los vicios sociales a perseguir-  fue la huída de Madrid  que ,meses después de los episodios de comedia nacional que se van a relatar a continuación, se vio obligado a realizar al grito de “ ¡Qué paren el mundo, que me bajo!”. Y es que vivir en una gran urbe como Madrid tiene estas cosas: si  lo tomas en serio te mueres y si  lo tomas en broma te matan, por lo que a él, que se lo tomo a ratos en serio y a ratos en broma, le desterraron.

     Desde hacía muchos, pero muchos años, Roberto se había dado cuenta de que con la muerte de los Reyes Magos de Oriente (que ahora él no sabría decir  si no tienen algo que ver con una cosa que la gente llama “la guerra en Oriente Próximo” y que, a juzgar por el tiempo que lleva produciéndose va a resultar un clásico todavía mayor y mejor que el Barça- Real Madrid) esto de la vida iba en serio, y que si quería conseguir la jodida nave espacial de los Famóbil, tenía que currárselo personalmente. Es por esto que empezó a comportarse de una forma extraña, casi enfermiza, pues se interesó por el tema trabajo. Lógicamente no empezó a trabajar a la temprana edad  en que se enteró de que sus padres eran los Reyes, pues lo único bueno que tiene Madrid es que hasta los dieciséis años nadie tiene derecho a explotarte. Ahora se pregunta si los millones de niños que curran de esclavos en el mundo se habrán comprado antes que él la jodida nave de los Famóbil. En cualquier caso a él también le costó un esfuerzo comparable  al del puñado de estos niños que cosen zapatillas “Nike” conseguir su apreciado regalo, y los de años sucesivos, pues si bien no trabajaba, si tenía que trabajarse a sus padres y esto, señores, puede resultar más arduo incluso que estar doce horas picando.

     Tras este infantil periodo de engaños, camelos, subterfugios y veleidades múltiples pasó a una etapa todavía más extraña: su incorporación al mundo laboral. Fueron unos meses muy bonitos aquellos en los que, animado ante las perspectivas inmediatas de independencia económica, empezó a repartir propaganda de una agencia de viajes junto a unos colegas  por una peseta y media el papel (buen convenio el que se montaron, porque diez años después de esto pagan la mitad de esta cantidad, hecha incluso la proporción lógica del cambio del valor del dinero). Aquello parecía El Dorado, pues  en 1991, con dieciséis años, ganar tres mil pesetas al día era todo un lujo. Y gastarlas era ya la de Dios, pues esa sensación de quemar la pasta que se tiene en esas situaciones no se repite más en la vida. Él y sus colegas se gastaban a diario lo que ganaban, en juergas y demás y es que, amigo lector, en verano y con esa edad es insospechable la cantidad de cerveza que se puede llegar a beber y la cantidad de raciones que puede llegar a comer. El caso es que al par de semanas de estar llevando “el papeleo” de la agencia de viajes se dio cuenta de que esto del trabajo está bien por el tema retribución que recibes a cambio, pero que está todavía mejor si no te pateas medio Madrid para conseguirlo y engordar la cuenta corriente de tu estulto jefe (porque no sé como se las apañan pero todos, todos los jefes, son siempre gilipollas), por lo que decidió dejar de repartir propaganda aunque no dejar el trabajo. Durante un par de semanas más siguieron trabajando tirando absolutamente todo el papel que les daban, hasta que el jefe comprendió que o bien la campaña o bien el reparto no funcionaba, pues no llamaba nadie a su Agencia.

     Este fue el pistoletazo de salida a unos años de continuos y variopintos trabajos los cuales, si se agitan  con un poco de estudios, un grupo de amigos, un poco de fútbol, libros y cosas así, dan por resultado una vida; la de Roberto. A fin de no aburrir al lector y de no hacer una especie de interminable glosario laboral que , aunque aleccionador y divertido, nos apartaría del principal argumento de esta obra, se dará un gran salto en el tiempo, una elipsis que dirían los “todólogos”  ( todólogo: persona que opina sobre todo y  a todas horas en los programas de televisión o radio y que , por norma general, no tiene ni puta idea de lo que está diciendo)   y nos situaremos directamente en este último año, en el 2002, donde la experiencia acumulada a lo largo de su vida  condenó a Roberto al destierro, como al Cid en su día. Y hablando de Rodrigo Díaz De Vivar, es curioso como si ahora paras a cualquier mocoso por la calle (los mocosos ahora llegan a tener hasta treinta años, ojo) y le preguntas quien es “El Matamoros” te responden que es un tipo calvo que sale por la tele y dice cosas muy guais a la peña, insultando a toda la basca y metiéndose con todo dios. Ya si le comentas que te estas refiriendo al Cid Campeador, una de dos: o te pegan una hostia o los más mayores te dicen si tiene algo que ver con la movida “acid house” de hace unos años.

     Fue allá por febrero cuando se acabó la buena vida para el chaval, pues tras haber consumido el milagro del subsidio por desempleo tuvo de nuevo que plantearse el tema de trabajar para comprarse la nueva nave de los Famóbil, que en este caso adoptaba la forma de  segundo plazo de la matrícula de la universidad y de visita obligada al dentista, la primera en su vida, por lo que tenía que dejarse una pasta.  Es por esto que un día se decidió y miró el periódico para buscar una oferta de empleo acorde con su perfil.  Lo bueno de la búsqueda de trabajo es que te va abriendo cada vez un mayor margen de posibilidades, y compruebas como el excelente sistema en el que vivimos ha conseguido convertirte en una especie de todo terreno humano capaz de desempeñar cualquier tipo de trabajo. Esta es la lectura positiva, claro, pues la negativa (la real) es que encontrar un trabajo medio digno es algo casi imposible y al final vas bajando el listón de tus expectativas hasta que acabas por enterrarlo dos metros bajo tierra y empiezas a llamar a todo lugar donde te ofrezcan empleo.

 Como lo que él pretendía era trabajar sólo unos cuantos meses hasta que llegara el verano, tampoco le preocupaba en exceso el tema, pues en hostelería siempre puedes encontrar un buen trabajo de esclavo para ese periodo. ¡Ay!, bendita inocencia, esto ya no es tan malo como antaño, ahora es mucho peor: se pasó un mes entero dando vueltas por Madrid sin encontrar ningún tipo de empleo.

     El primer día que hojeó el periódico estaba lleno de ilusión y de expectativas, permitiéndose incluso el lujo de  marcar con un bolígrafo las ofertas que más le interesaban. ¿Se da cuenta el lector de lo que esto significa?, rechazaba empleos así como así, sin darse importancia. Que veía que un anuncio  para trabajar de esclavo le pillaba a dos horas de su casa, el tío lo descartaba. Que veía que otro trabajo era pagado todavía peor que la media, el tío también lo rechazaba. Claro, conforme fueron pasando los días empezó lo del listón antes comentado.

     A la hora de buscar trabajo en hostelería hay que tener mucho cuidado, pues todos los puestos que te ofrecen son un “engaña-bobos” y al final acabas o bien limpiando vomitonas y mesas  como si hubieras nacido con el don o bien pudriéndote en una maloliente cocina junto a un cocinero/a alcohólico/a  y gordo/a como él/ella  solo/a. El caso es que cuando realizó su primera llamada laboral todavía mantenía intacta su auto impuesta creencia en la bondad humana. Durante su primera tanda de llamadas logró concertar cinco entrevistas para esa misma mañana. A lo mejor el lector se pregunta que cómo se puede tener la entrevista el mismo día que se llama y por la mañana. La respuesta es sencilla: el periódico tienes que comprarlo a las ocho de la mañana, realizar tus llamadas hasta las diez  y correr a toda hostia a las mismas para que no se te adelanten los otros doscientos tipos que han hecho lo mismo que tú.

     Menos mal que en Madrid hay una cosa que se llama metro, y que te lleva a todas partes en un periquete. Y lo tenemos desde tiempos inmemorables, haya cuando los bigotes de Alfonso XIII  todavía eran recortados semanalmente.  Claro, lo que el borbón no sabe es que el bribón que es ahora el máximo responsable de esto  pasa olímpicamente de asumir que la ciudad se ha quedado pequeña y que el metro, como parte de la ciudad, también, por lo que vayas a la hora que vayas siempre está atestado de gente. Osaka, así debería llamarse el metro de Madrid.

     Pues lo dicho, que esa mañana, casi sin perder tiempo en desayunar, Roberto se fue como alma que lleva el diablo hacia la búsqueda de empleo. Como siempre tuvo que sortear la vigilancia de los esbirros del sistema (guardias jurados y revisores) que se empeñan en que pague un billete para viajar en el transporte público construido y mantenido con el dinero de sus impuestos. Menos mal que él ha  asumido que si no te gusta el sistema no puedes financiarlo, por lo que siempre se cuela en el transporte público, siempre que se puede, pues cuando hay un par de jurados encefalograma ya no plano, sino declinado, que son capaces de matarte a hostias si ven que te cuelas, es mejor pagar y conservar el tipo. Afortunadamente los jurados no aparecen casi nunca si sabes elegir los sitios adecuados. El viaje en  tren de cercanías hasta Atocha es bastante tranquilo, pues desde hace más de medio año no asoma por los vagones nada parecido a un revisor, ya  que los gerifaltes de la RENFE se han dado cuenta de que gastan más en sueldos que en lo que estos esbirros recaudan multando a la tropa. Ahora los ha reciclado no se sabe muy bien dónde,  obligándoles en ocasiones a hacer las veces de guardia jurado en los tornos de entrada / salida de las estaciones. Roberto le preguntó un día a uno de estos que si se daba la circunstancia de que un tío se colaba ante sus narices que qúe coño iban a hacer ellos, ¿perseguirle y arrearle un mamporro con el “corta billetes”?. La respuesta del revisor fue tan lacónica como sincera: no hacemos nada. Obviamente Roberto le dio las gracias y se despidió de él para acto seguido saltar, delante de sus narices,  por encima de uno de los tornos de entrada.

     El caso es que en Atocha parece que han invertido más dinero que nunca en esbirros jurados, pues cada vez es más difícil salir forzando los tornos, ya que suele haber varios guardias vigilando desde fuera. El caso es que como en España una de cada tres personas es absolutamente gilipollas, de los veinte jurados que hay en todo momento pululando por los tornos de la estación siempre te toca alguno de ese grupo, y como quiera que en profesiones como estas basadas en aporrear a la gente y empuñar una pistola la media aumenta  a dos y media de cada tres, casi siempre tienes como vigilante a un pobre tonto sin baba  que ni aunque enciendas una bengala se va a dar cuenta de que te estas colando. En cualquier caso para los días que hacen redadas a las salidas y se colocan siete personas en cada una (ya da igual que sean gipipollas o no, pues siete cerebros abotagados forman uno normal más que de sobra) tienes la opción de ahorrarte la paliza  y/o la multa saliendo por la parte centrar del hall, por las taquillas que casi siempre están abiertas. Mejor todavía, sales sin forzar la salida y nadie te dice nada. Es de locos, de verdad.  Pero hay un día al mes en el que esta salida está cerrada y sólo te abren si enseñas el billete. Para este día en el que no se puede forzar la salida al estar sitiada por los tontos de la porra y en el que la salida de la taquilla está cerrada, la solución es tan simple como pedir un billete en la ventanilla, sin recargo alguno, pagar lo que hubieras pagado en el origen del viaje y salir tranquilamente sonriendo a los jurados. Es de locos pues encima hay un cartel en la taquilla que dice que los viajeros que no tengan billete deberán abonar, para salir de la estación, la cantidad resultante de multiplicar el precio de tu billete por diez, mas la edad del padre del taquillero y la última cifra del número premiado en los ciegos del día anterior. En definitiva: un pastón. Pero claro, tú le dices al de la taquilla que vas a cierto sitio, él se cree que estas haciendo trasbordo y sales por la puerta con la sonrisa  antes comentada y habiendo pagado tan sólo un euro.

     Roberto coge luego el metro, que te lleva al centro de Madrid en siete minutos. La operación de colarse es todavía más fácil que en la RENFE, pues en Atocha hay dos accesos a Osaka  y aunque haya trescientos jurados siempre se ponen en la entrada de abajo, como si fueran las Termópilas, y en la parte de la derecha de las taquillas, la grande. Tienes la opción de colarte por la entrada de abajo por la parte de la izquierda y si no quieres arriesgarte lo más mínimo pasas por la entrada de arriba, con la única censura del taquillero medio borracho que si a caso te ve saltando o forzando la puerta de salida para entrar no va a decir nada a nadie, ni siquiera a su cerebro, que en ese momento estará seguramente hablando con alguien, pues los empleado de las taquillas siempre están tirando de teléfono. Podrían aprovechar esto y montarse algún tipo de 906 para sacar un sobresueldo.

     La primera entrevista era en un bar de Montera, casi esquina con Gran Vía. Trabajar rodeado entre mujeres es algo que no le importaría hacer a ningún hombre, pero si se trata de putas y travestis drogadictas acompañados de sus delincuentes chulos la cosa cambia. En cualquier caso no había que descartar la primera oferta así como así.  Roberto llegó  a la entrevista a la hora convenida.  Era un bar pequeño situado frente al Mac Pato Donal de Montera con Gran Vía.  Un único camarero,  igualito a Brutus, el de Popeye, estaba atareado detrás de la barra. Roberto tenía la esperanza de que ese no fuera el elemento que tenía que hacerle la entrevista, pues lucía pinta de ser el puto amo de toda la calle (para los lectores de fuera de Madrid hay que recordar que Montera es la calle de las prostitutas y la droga por antonomasia).

 

                    Hola, venía por la oferta de trabajo – dijo el chaval arrepintiéndose de cada palabra que iba diciendo.

                    Sí, es aquí – gruñó la bestia humana- Estoy buscando a alguien que se encargue del bar él solo, para cerrarlo y todo. Alguien con experiencia. ¿Tú ties?

                    No, la verdad es que como encargado no, sólo de ayudante – contestó el chaval aliviado de que no cumpliera el perfil.

                    De toas formas puedo enseñarte el manejo del bar en unos días y yastá – gruñó de nuevo.

                    No, creo que me viene grande – dijo  Roberto subiendo la voz porque había un par de putas  en el local discutiendo con un proxeneta.- Gracias.

 

 Salió de allí rápidamente, pues aunque el trabajo era sencillo de  realizar, no le seducía en absoluto hacerlo en un lugar  del Salvaje Oeste, con una recortada debajo de la barra, echando a los que organizaran las broncas diarias  y apuntando a las putas las bebidas que tomaran. No, no hay que entrar voluntariamente en las cloacas de la vida, ahí solo se puede llegar por  equivocación o por desesperación absoluta.

     La siguiente entrevista era en un bar cercano situado en la Palaza del Carmen, uno de los múltiples “Cambrinus” que hay en Madrid. Roberto sabe perfectamente que no hay que tomarse nada en las franquicias, pues son establecimientos de fast food   disfrazados de lugar típico. Son garitos para guiris y, hasta que se demuestre lo contrario, él no es un guiri en Madrid. Pero como sólo quería trabajar y no consumir nada, pues era una opción  tan  válida como cualquier otra. Por teléfono le habían dicho que tenía que estar antes de las dos, por lo que llegaba con dos horas de cuello.  Preguntó al primer tipo que vio detrás de la barra, el cual le dijo que esperara a que consultara con otro que debía de ser su superior. Apareció el segundo en escena y Roberto le repitió el motivo de su visita. Este le dijo que esperara y que hablara mejor con un tercero, el cual apareció al rato ante el chaval. Volvió a repetir lo mismo dicho a los otros dos y éste le contestó que tenía que venir a partir de las dos, que es cuando estaría el encargado. “Pero si me han dicho que viniera antes de las dos” “Me extraña, pues el encargado nunca está aquí por las mañanas” Resignación.

     Acordó en que volvería luego y se fue a la tercera entrevista. Tenía que coger el metro pues esta vez debía ir hasta Nuevos Ministerios. Se coló en sol, el lugar más fácil para hacerlo pues tiene una entrada, la del oso y el madroño que nunca está vigilada en una de sus partes. No te ven ni los de la pecera. Esta vez el bar era uno de estos para pijos, muy emperifollado, caro y de comida minimalista. Nada más entrar le mosqueó el hecho de que todo el personal fuera latinoamericano. No es que tenga nada en contra de esta gentuza, no en serio, no es que tenga nada en contra de esta gente, al contrario, él tiene amigos sudamericanos y centroamericanos. El problema es que esta es mano de obra barata, por lo que el puto empresario le quería explotar a base de bien. Para los latinos americanos está muy bien el trabajo, ya que al cambio con la moneda de su país les sale rentable (como a los españoles que van a algunos países europeos o a Norteamérica), pero para un españolito la cosa no cuadra en absoluto. Efectivamente, el jefe, más madrileño que Pichi le dijo las condiciones. Básicamente eran estas: Trabajar como una mula seis días a la semana y cobrar como la misma mula, pues ¿qué gastos puede tener una mula? Ni que decir tiene que descartó el trabajo, pues las bridas nunca han hecho juego con  sus bonitos ojos.

     La cuarta entrevista era en la calle Orense, en una oficina que lleva varios restaurantes. Se repitió lo mismo de antes, se empeñaban en ponerle  las orejas de burro. Serían ya cerca de las dos cuando regresó al Cambrinus para entrevistarse con el encargado. Creía que iban a recibirle sin problemas, pero volvió a repetirse la misma jugada de por la mañana,  tuvo que hablar con tres personas distintas para al final recibir la misma respuesta: “el encargado viene a partir de las seis”. Comoquiera que tenía una quinta entrevista por la tarde decidió no perder la calma y regresar al local a partir de las seis. Fue a su nueva entrevista, esta vez en Cuzco. Otra vez el metro y otra vez le empezaron a cantar aquello de Peret del “borriquito como tú, tururú…”  a coro entre una plantilla de latinoamericanos explotados.  Se fue a comer a un bar, de menú, que seis euros no van a ninguna parte y a la hora de comer hay que hacerlo sentado y caliente (aunque el gran Leonardo dijera que siempre que se comiera había que hacerlo de pie, por salud)

 A las seis, como un reloj, ya estaba de vuelta en la plaza del Carmen. Y de nuevo el carrusel de los tres pazguatos y la nueva mala: el encargado acaba de marcharse, volverá a las ocho”. Esto era ya para mear y no echar gota. Paciencia, que es la madre de la ciencia, y ponerse a trabajar de pinche en este restaurante parecía una labor muy científica, así que a esperar un par de horas más que nada en esta vida es fácil. Lo malo es que cuando las cosas sencillas se complican por la incompetencia de unos pocos la situación empieza a ser cabreante, que era exactamente lo que estaba ocurriendo en este caso. Roberto estuvo dando vueltas por Madrid, menos mal que por lo menos la zona en la que estaba es la mas bonita de la capital española y dos horas pasan voladas yendo del Palacio Real al museo del Prado. A las ocho, por fin, oyó de boca de un camarero que sí, que el encargado estaba ya  en el bar.  Permaneció apoyado en una columna esperando la aparición del jefe. Pero fueron pasando los minutos, hasta que pasó un cuarto de hora y allí no aparecía nadie. Le preguntó a una camarera, pues la incompetencia de los hombres había quedado demostrada a lo largo del día. Esta le dijo que iba a bajar a avisar al encargado que estaba  en la oficina del sótano. Al rato volvió la chica y dijo que ya se lo había dicho.  Pero pasó otro cuarto de hora ante lo cual Roberto empezó a cabrearse seriamente con Cambrinus y toda su familia. La chica, única persona coherente del lugar, le preguntó que si todavía no le habían recibido. Bajó de nuevo a la oficina a apremiar al jefe, prometiéndole a su regreso que éste ya subía a recibirle. El permaneció en su columna, cuando de repente llegó un tío con pinta de gilipollas y flipado que se puso a hablar con una tía buena que estaba justo al lado de Roberto.  El chaval  adivinó enseguida que ese era el encargado, pues cumplía todos los requisitos: no le había ni saludado, sabiendo perfectamente que él era el de la entrevista, empezó a vacilar con la tía buena y a mostrar su prepotencia diciendo a los camareros que no le cobraran nada a ella y dándoles un par de órdenes estúpidas para demostrar que él era quien partía el bacalao ahí dentro.   Y así estuvieron otros diez minutos, espalda con espalda sin que el gilipollas le hiciera el menor caso. Roberto ya iba a darle un toque al tío cuando éste se volvió y le dijo que esperara un segundo, que ahora mismo le atendía. Lo que hay que aguantar, otros diez minutos esperando. Cuando por fin pudo hablar con el encargado la entrevista duró exactamente un minuto. Se limitó a decirle que ya habían cogido a gente para los dos puestos que había libres y que, no obstante, tomaría sus datos en una agenda por si acaso. Y encima le dio la mano. Roberto tuvo la tentación de según le daba la mano derecha, sujetarle fuerte para que no se escapara y darle una buena hostia con la izquierda. El problema es que él no es zurdo  y no le pegaría como se merecía, por lo que decidió dejar la cosa como estaba. ¿Cómo se puede ser tan cabrón para tener a alguien dando vueltas por Madrid todo el día para nada? ¿Qué sistema jerárquico tan estúpido hay en estos sitios que  un simple camarero no es capaz de informar de si el puesto vacante sigue o no libre? Resulta que en esta franquicia, como en todas, cada empleado tiene un rango, aunque cobran todos casi igual de poco, pero lo que importa aquí es el rollito del poder. El primer camarero con el que habló el chaval era la última mierda del lugar, por lo que no estaba autorizado a decir a nadie si había o no trabajo y debía derivar a otro camarero, su superior, cualquier tema que no fuera servir una caña. Este segundo tipo es el encargado de la barra y puede decidir en el tema tapas a poner, pero lo que es información laboral nada de nada., por lo que tampoco le informó al chaval de que ya no había trabajo. Tenía que consultar con un tercero que era el encargado de la cocina y de las mesas,  el cual tampoco tenía esta competencia. El caso es que todos sabían que no había trabajo y le habían hecho volver al chaval una y otra vez para nada.  Y al final, cuando por fin se digna a aparecer el jefe de todo el circo, resulta que le hace esperar otra hora para despacharle en un minuto diciéndole lo que ya sabían todos los putos lacayos vestidos de blanco.¿Estamos todos locos? Menuda secta.¿Cómo ponerse a trabajar en un lugar así?

      Volvió a su casa con el rabo entre las piernas. La vida acababa de sorprenderle negativamente de nuevo.

     A la mañana siguiente volvió a comprar el periódico, comprobando como los anuncios eran básicamente los mismos. Esta vez seleccionó otros que había descartado el día anterior. Ya por teléfono desechó por lo menos cinco y se quedó al final con  tres que demandaban un  esclavo normal, sin latigazos ni nada.  La primera entrevista era en la Ciudad Universitaria, en  la cocina de un colegio mayor. Por lo menos tenía el aliciente de que en estos colegios hay mucho cachondeo y puedes ligar fácilmente con alguna de las inquilinas. Pues bien, la primera en la frente, el sitio era sólo de nabos.  Es igual, no tenía que desesperarse, pues él quería encontrar trabajo y no novia. La oferta que le hicieron era, como decirlo para que el lector lo entienda… ¡para meter de hostias al jefe de personal!. Y encima tenía la desfachatez el tío de decir que era un buen trabajo, con sus vacaciones y todo. La oferta era esta: trabajar ocho horas en turno partido, es decir, de  nueve a una  y de seis a diez, cinco días a la semana (trabajando siempre el fin de semana). Le iban a pagar unos seiscientos cincuenta euros al mes , es decir, ni siquiera cinco a la hora. Eso sí, le daban de comer, todo un detalle. Recapitulando, tenía que levantarse todos los días a las siete  y llegaría a su casa a las once pasadas, luego viviría en el colegio mayor por seiscientos cincuenta euros al mes. Y encima el trabajo no era seguro, pues había otros candidatos apuntados. ¡Tuvo encima que darle las gracias al negrero, pues necesitaba el trabajo y hasta debería estudiar semejante oferta! Y eso es totalmente legal, pues así está el convenio de hostelería. O sea, que los sindicatos, defensores a ultranza del trabajador, han firmado este tipo de esclavismo con la patronal ,todo esto bajo el auspicio de un gobierno a cuyo frente hay un tipo con bigote que tiene una mujer que una vez dijo, a lo M.L. King: “He tenido un sueño, soñé con el pleno empleo” . No diré al lector la opinión que Roberto tiene de esta señora, de su marido, de los sindicatos y de los convenios, para evitar verme salpicado por las demandas legales de todos ellos si algún día leen este libro, que espero sea el mismo día en que se seque el Pacífico.

     La segunda entrevista era en norte de Madrid, metro Tetuán. Nada más entrar en el local de la entrevista no le dio buena espina, pues era una oficina extrañamente decorada y con siete relojes colgados en la pared que indicaban la hora en siete capitales distintas del mundo. Y efectivamente, como decía el  anuncio ese del desodorante, “la primera impresión es la que queda” , pues cuando salió de la entrevista sabía que no iba a trabajar con semejantes tarados. Nada más entrar a su entrevista, lo primero que le preguntó el entrevistador fue: “¿sabes que es la biología?” El se quedó a cuadros, claro. Contestó lo primero que se le ocurrió y le preguntó que a qué venía esa pregunta, que si no se trataba de trabajar de camarero. “Si – siguió el tipo- pero es que nosotros somos una empresa que nos dedicamos a la alimentación biológica. Todo lo que servimos es “bio” y por lo tanto nos gusta saber la opinión que tienen nuestros empleados de esos productos, ya que tienen que creer plenamente en ellos para trabajar bien.” Empezó a explicarle que los productos de esta cadena hostelera eran cultivados de forma totalmente natural, que no servían alcohol y todo era a base de zumos diuréticos y bioenergéticos y bio muchas cosas más. Que los cultivaban prácticamente en la clandestinidad y que por eso la producción era mucho más cara que el resto de productos. Que eran naturales y sin ningún tratamiento químico, por lo que producir un tomate les costaba un huevo, pues hasta lo aislaban de la contaminada atmósfera de la tierra. Empezó a preguntarle que qué hacía en la vida y cuales eran sus aspiraciones. Obviamente Roberto le dijo que trabajar de camarero en Madrid no era su expectativa, que únicamente quería el trabajo para un tiempo. Se interesó por el libro que llevaba, una recopilación de obras del gran Máximo Gorki. Por supuesto no sabía quien era este escritor. Roberto le dijo que él también estaba a favor de una alimentación sana y que , es más, solía consumir productos de huerto, totalmente naturales, cuando iba a su pueblo y cosas por el estilo. El bio-tarado ese le dijo que no tenía nada que ver, pues hasta el hortelano usaba productos antinaturales para  sus cosechas. Le dijo , además, que en una semana le llamarían y le harían una prueba de varios días en uno de sus establecimientos, y si su jefe consideraba que era lo suficientemente bio- bueno para trabajar allí le contratarían un mes de bio-prueba y luego le renovarían por más tiempo. Sólo pensar en el tipo de bio-clientela que puede acudir a restaurantes de este tipo hizo que Roberto sintiera un escalofrío, aunque no mandó directamente a la bio-mierda al loco este, pues, como el lector bien conoce, necesitaba el trabajo.

     Tras le entrevista en este lugar, decidió que ya estaba bien por ese día, pasando de ir a la otra que tenía.

     Al día siguiente tuvo que ir ya al dentista, pues la boca le dolía cada vez más. Fue a una clínica cercana a su casa para que le hicieran un presupuesto. Le dijeron que tenía que hacerse once empastes y una limpieza. “¡órdago!- pensó él”. Le hicieron un presupuesto que se fue a los cuatrocientos veinte euros. Decidió hacerse un seguro dental, pues pagando  setenta y dos euros conseguirían que cada empaste le costara menos de la mitad que en una clínica normal, o sea, unos doce euros. No tenía trabajo, pero como afortunadamente tenía padres, les pidió prestado el dinero, al igual que los 210 euros para la universidad.

     Decidió cambiar de objetivo laboral y empezó a interesarte por el tema reponedor, ya que en los centros comerciales siempre necesitan esclavos de este tipo, pues el personal va cambiando camaleónicamente, al ser tan, pero tan precario el trabajo.  Concertó una entrevista en el Alcosto, donde ya estuvo trabajando hace años.  Rellenó el mogollón de datos que le pedían, desde su nombre y su estado civil, hasta el último trabajo que ha realizado y las expectativas que esperaba de su posible nueva empresa. Hasta le pidieron que indicara la cantidad de dinero que quería cobrar y el puesto que le gustaría ocupar. ¡Pero coño, qué tipo de preguntas son estas! ¿Qué iba a poner: seis millones de euros al mes y trabajar tocándose los huevos a dos manos desde casa? Tras una entrevista en la que se dedicaron a leer lo que había escrito, luego a día de hoy todavía no sabe el chaval para qué coño se la hicieron, le dijeron que si salía un puesto vacante acorde a su perfil le llamarían. Y esto mismo ocurrió en el Acampo. También envió una carta curricular  al Lid y otra al Díaz. Bueno, el sector grandes almacenes ya estaba más que cubierto. 

     Como no se fiaba en absoluto de que le llamaran de ninguno de los sitios en los que había estado, decidió seguir buscando, a ver si por bombardeo masivo conseguía ganar la batalla contra el paro.  Decidió pedir trabajo en el Rodillas, que para él es lo peor tanto como restaurante como en sitio para trabajar, pero bueno, necesitaba la pasta para pagarse su dosis diaria de vida y cualquier lugar valía. Pensó en la frase aquella que ya dijera el Ché Guevara “prefiero morir de pie que trabajar en el rodillas” e hizo caso omiso de ella. Incluso llamó a dos agencias de trabajo temporal con las que había trabajado anteriormente, que siempre dan algún precario empleo.

     Todavía no estaba conforme con su búsqueda , por lo que cuando vio en el teletexto un anuncio del VIS, que anunciaba a bombo y platillo que necesitaban personal y que ofrecían incorporación inmediata, pensó “Ya está ,me meteré de esclavo aquí, que como es un sitio muy grande seguro que me cogen enseguida.” Llamó y concertó una entrevista para el viernes, por lo que decidió tomarse el día siguiente de descanso. Y cuando acabó de hablar con el tipo del VIS, recibió una llamada inesperada y afortunada. Le llamaba una tal Sol, de Televisión Española, para preguntarle si estaba interesado en participar en un nuevo concurso televisivo. Le anunció que podía ganar hasta siete mil euros, por lo que Roberto ni se lo pensó y le dijo que sí. Antes de aceptarle para el casting tuvo que pasar una prueba de cultura general de veinte preguntas, por teléfono. La pasó con creces y acordaron verse la semana siguiente en el casting. Era una suerte esta llamada que había recibido porque hacía casi un año escribió una carta a un concurso llamado “a saco” en el cual es facilísimo ganar pasta y además te llevan gratis a Barcelona y conoces al presentador que parece un tío enrollado. El caso es que el nuevo concurso era también válido para ganar pasta y no tener que trabajar de esclavo.

     El viernes acudió puntual a su cita con el VIS, donde una vez más estimuló su capacidad de asombro negativo,  pues descubrió la mayor secta laboral que había visto hasta entonces. Le habían citado en un edificio que la empresa tiene al final de la calle Velázquez exclusivamente para la contratación de personal. En el mismo trabajan por lo menos trescientas personas encargadas de todo el montaje de selección de personal. Se llaman así mismo “gente de recursos humanos”. Son, como decirlo, auténticos tarados mentales  peligrosos, muy peligrosos, como se comprobará a continuación. Realizan una media de mil quinientas entrevistas diarias, pues utilizan unas grandes salas en las que meten de golpe a más de cincuenta personas. Entras a una de estas salas y lo primero que ves es una gran pantalla,  en primera línea, por lo que ya sabes lo que te espera en breve: proyecciones. Efectivamente, al cuarto de hora de estar todos calentando las sillas aparece una de las entusiastas del VIS, una de las empleadas de recursos humanos. Apareció ante ellos con una sonrisa de oreja a oreja, con una ropa elegante a la par que informal, para dar impresión de afabilidad. (ya ves tú, si los tíos solo se fijaban en sus tetas y las tías en lo gorda o delgada que estaba). Se presentó, saludó y dio la bienvenida, para acto seguido apagar las luces, coger un marcador y empezar a comentar una pesadísima proyección autopromocional del emporio VIS, que comprende más de veinte restaurantes distintos, de esos de fast food disfrazados, como el Cambrinus de antes, solo que mucho más grandes, donde va  a parar, son lo mejor de lo mejor, según decía la mujer esa. Estuvo más de media hora mojándose las bragas mientras comentaba las excelencias de la cadena hostelera y empezó a hacer gala de ese falso corporativismo que le inculcaron cuando la hicieron la lobotomía diciendo que “somos una empresa que tal y cual” ,“nuestro trabajo consiste en esto y lo otro”, “hemos logrado aumentar  un mogollón por ciento las ventas”, “somos líderes en el sector hostelero”.  Alguien debería haberla dicho que ella no era nada absolutamente dentro de esa empresa, sino una piececilla insignificante más del engranaje que engordaba a diario la cuenta corriente de un par de peces gordos.  Empezó a hacer auténtica apología de “su” empresa diciendo que aquí ofrecían posibilidades reales de promoción a corto plazo y que si eras lo suficientemente competitivo y amoral podías escalar enseguida de puesto sin apenas chupar pollas y coños. Les comentó que ellos piensan sobre todo en el trabajador, y que a este fin les hacen los contratos indefinidos para darles la seguridad laboral que merecen. “¡Y una mierda! –pensó Roberto – nos hacéis indefinidos para poder darnos la patada cuando queráis y darnos a cambio la ridícula parte proporcional que nos corresponda por despido improcedente. Pero qué morro tiene la tía, y parece que se lo está creyendo”  La trepa siguió diciendo que era una oportunidad única la que les estaban brindando y que no deberían desaprovecharla, para acto seguido hacerles entrega de un formulario con mogollón de preguntas estúpidas del tipo: ¿por qué quieres ser uno más de la familia VIS? ¿Cómo nos descubriste? ¿Crees en nuestro proyecto de futuro? ¿Eres extrovertido¿ ¿Te masturbas mucho o sólo lo normal y en quién piensas cuando lo haces? Etc. Y la entusiasta estuvo todo el tiempo esbozando una sonrisa tremenda y hablando de forma amabilísima.

 Tras esto les condujeron a la sala de la entrada y les hicieron esperar allí mientras les iban llamando uno a uno para hacer las entrevistas personales. A Roberto le tocó relativamente pronto, a la hora de estar de pie. El tarado de recursos humanos que le atendió le saludó efusivamente delante de todo el mundo como si se conocieran de hace tiempo y tuviera una gran admiración hacia su persona. Roberto tuvo que contener la risa. Le invitó  amabilísimamente a pasar a una sala y a sentarse en una silla. Y empezó a hablarle respetuosamente y de usted, claro. Como en el Alcoto, leyó lo que había rellenado. Roberto le confirmó que ,efectivamente,  recordaba perfectamente su nombre, si tenía o no coche y el resto de cosas que había apuntado en el formulario. “Bien – le dijo su más fervoroso admirador- concuerda perfectamente con el perfil de empleado que estamos buscando, por lo que dentro de unos días le llamarán a su domicilio para citarle a otra entrevista más en profundidad” . O sea que todo este montaje era sólo un primer paso en el proceso de selección para un sitio en el que tenías o bien que servir cañas, o cobrar libros o limpiar mesas. Alucinante. Claro que del sueldo ni le hablaron en ese momento pues entonces hubiera sido el propio chaval quien hubiera anulado la segunda entrevista.

      Tras haber tanteado en  más de diez lugares, Roberto  decidió esperar a que le llamaran de alguno y no seguir engordando la madeja, pues seguramente le dieran trabajo de esclavo en alguno de los sitios donde casi se lo habían asegurado.  Y así pasaron varios días, sin que nadie le llamara, hasta que un  día fue Sol, la de la tele, quien lo hizo citándole para el casting del programa  el día siguiente en un teatro de Lavapiés. “Bueno – pensó él – a ver si al final no voy a trabajar de esclavo”. Acudió puntual a la cita, sentándose en unas sillas junto a otros seleccionados para el casting. Le entregaron un montón de papeles para  rellenar en los cuales debía de puntuar sus conocimientos en una infinidad  de materias. A su vez le volvieron a preguntar las tonterías típicas en estos casos: aficiones, estudios, último libro leído, personaje a quien admira, hijos, manías, vicios,  condenas cumplidas, etc. Tras gastar mogollón de  tinta y de fe en que fuera una buena idea haber acudido al casting logró terminar el terrible cuestionario. Cuando todos concluyeron les hicieron pasar a los siete a una sala tremendamente oscura en la cual iban a explicarles las bases del concurso e iban a hacer una simulación para que aprendieran la dinámica.

     Eran tres las hijas de Elena, al igual que el número de chicas encargadas del casting, junto a un chico el cual estaba lógicamente sometido y era quien cargaba con las cosas de peso mientras que las otras fumaban y se rascaban el coño. La que estaba más buena de las tres, pero de lejos, (y no es que las demás fueran unos callos, sino que es que esta estaba muy buena, qué coño) fue la que empezó a explicarles la dinámica del juego. “Ya verás – se dijo para entre sí Roberto – nos va a hacer la picha un lío”. Efectivamente , la chica empezó a decir cosas extrañas, ante la cara de perplejidad de todos. Se expresaba como un libro cerrado y envuelto en papel de regalo. “Lo mejor será que empecemos a hacer una prueba de juego para que lo comprendáis más fácilmente – dijo Sol asumiendo que nadie era capaz de aprender nada de un libro cerrado y envuelto”. El concurso consistía en colocarse todos en semicírculo y empezar a responder preguntas por turnos. Cada respuesta iba sumando dinero al bote que el grupo acumulaba como tal y cada fallo iba restando ese mismo dinero. El juego consistía en ir respondiendo rondas de preguntas de dos minutos para luego pasar a hacer una votación interna e ir eliminando a un concursante en cada ronda, el que más nominaciones recibiera, hasta que sólo quedara uno que sería quien ganase la pasta. El resto de participantes no ganaría absolutamente nada, por bien o mal que respondieran. Roberto  no salió mal parado de la prueba, pues acertó muchas preguntas y no fue nominado nunca.  La dinámica era sencilla aunque se veía ya desde este simulacro que el tema cultural importaba bien poco en este concurso, ya que se fomentaba la discusión y el morbo entre los concursantes pues tenían que justificar el por qué de la nominación de este o aquel compañero y éste, a su vez, tenía derecho a ajustarles las cuentas a los que le habían votado , diciéndoles todos los improperios que se le ocurrieran. Roberto pensó que como experiencia no estaba mal, pero sobre todo lo hacía por la pasta, como lo de trabajar. Si no le hubiera hecho falta el dinero hubiera pasado del concursito ese.

     Tras terminar el simulacro tuvo otra entrevista personal, esta vez con Sol. Ya empezaba a estar harto de las entrevistas personales.  Como en las otras cien que llevaba durante la última semana, le volvieron a preguntar lo mismo que había contestado en el papel y que qué iba a hacer con el dinero si ganaba y todo eso : “¿Qué coño te importa a ti lo que yo vaya a hacer con el premio?- pensó en contestarla”. “Pues me lo gastaré en marisco – dijo – Ah no espera, si a mí no me gusta el marisco, sólo como gambas y algún langostino. ¿Mucha gamba iba a ser siete mil euros, no?” “Si – contestó riendo la chica” “ Ponlas en fila, verás hasta donde llegan. Mejor me lo gastaré en un viaje, o en un piso. Ah, perdón que esto es España, a lo mejor no me llega para el piso, ¿verdad?- dijo irónicamente. Siguieron con este diálogo para besugos cachondos durante un rato más, hasta que Sol comprendió que no valía la pena seguir preguntándole a este chaval lo que le preguntaba  a los demás, pues él le  contestaba  cada vez más estrambóticamente. No obstante le anunció que era seguro que le llamarían para el concurso, pues había pasado muy bien la prueba.  En un mes como mucho grabarían el programa, ya le avisarían.

    

     Al día siguiente fue al dentista del seguro dental, para que le  hiciera una revisión, esta vez el órdago aumentó pues le diagnosticaron doce empastes y dos reconstrucciones (empastes a lo bestia). Tenían que alicatarle media boca exactamente. Le está bien empleado  por no haber ido en su vida al dentista. De todas formas él se lavaba los dientes tres veces al día y nunca le había dolido la boca hasta hacía unos meses. Ya sabéis, lectores niños, hay que ir al dentista a menudo, que las revisiones son gratuitas y si no corres el riesgo que te pase como a Roberto.

     A su segunda entrevista personal del VIS acudió veinte minutos tarde. Pensó que daría lo mismo, pues había una entrevista cada media hora y le podrían hacer un hueco si es que ya se le había pasado el turno. Al llegar, efectivamente, se le había corrido la vez. Y encima pasaron de verle, emplazándole para otro día. ¿No puede alguien hacerme un pequeño hueco? –preguntó “ “No, esta entrevista es muy importante y habrá que hacértela otro día”. Ya sospechaba él la importancia de la entrevista, como las anteriores, pero bueno, como necesitaba el trabajo habría que resignarse.

     Efectivamente, cuando a los tres días siguientes se sentó delante de un nuevo admirador suyo, confirmó sus sospechas de que todo era un camelo para justificar trescientos sueldos. La entrevista duró exactamente cinco minutos. Antes de la misma le hicieron rellenar el mismo formulario que el primer día, alegando que se había extraviado. “Joder- pensó- para una cosa que tienen que hacer y la hacen mal”. Se limitó a rellenar los datos personales, pasando de todo lo demás, pues se lo preguntaría el admirador en su entrevista personal.   Dicho y hecho, le preguntó lo mismo que ponía en el formulario y luego le pasó a comentar rápidamente que le llamarían en breve para llevarle a una academia especial del VIS donde forman al personal durante una semana en las labores que deberán desempeñar en su cargo. Si pasaba esta criba estaría tres días de nuevo aprendizaje en su lugar de trabajo, llevando en la solapa un cartel que diría “en prácticas” y luego , si era apto para el trabajo, le harían un mes de prueba para pasar luego a ser indefinido. En el hipotético caso de que no le seleccionaran para trabajar de inmediato le enviarían una carta de ánimo para que se mantuviera a la espera hasta que hubiese una vacante. El sueldo era ya para preguntarle a su admirador que dónde estaba la cámara oculta. No llegaba ni a los cuatro euros por hora. ¿Se da cuenta el lector de lo que esto supone?, además de puta tenía que poner la cama. Pero su mente procesó lo mismo que antes, “necesitas el trabajo, no insultes al tipo este”. Dijo que esperaría la llamada, no le quedaba más remedio, pues los albañiles llegarían mañana mismo a su boca. No obstante se permitió una pequeña burla hacia su entrevistador, diciéndole que si cuando entrara a trabajar podría llega a conocer a Emilio Aragón. Y el muy capullo ni se enteró de que lo decía porque antes había un programa en la televisión presentado por este hombre, que echaban a todas horas, y se llamaba igual que su empresa.

     Es alucinante el paranoico montaje que tienen liado estos sujetos del VIS. Para poner copas te exigen un exhaustivo proceso de selección. ¡Para poner copas!. Te tienen que formar una semana, ¡para poner copas!  y luego tres días más y un mes a prueba, ¡para poner copas!.  Son peligrosísimos. ¿Cómo trabajar en un lugar así? La respuesta es sencilla: absoluta necesidad.

     Durante la siguiente semana estuvo esperando a que le llamase alguien por teléfono, pero nada, no recibía ninguna oferta.   Únicamente le llamaron de una ETT, para ofrecerle un trabajo de encuestador en una universidad. Eran tan sólo cinco días sueltos, para rellenar huecos, por lo que casi no iba a cobrar dinero y además iba a tener que desplazarse bastante lejos. Bueno, la necesidad hace extraños compañeros de cama: aceptó el trabajo. Le iban a pagar a cuatro euros y medio la hora, una auténtica miseria, aunque antes era peor todavía pues te pagaban a la insultante cantidad de tres euros por hora. Es curioso lo de estas agencias, cuyo trabajo consiste en llevarse un porcentaje de tu trabajo. El PSOE es el padre de la criatura. La ese de estas siglas significa socialismo. Una de tres; o el socialismo ya no es lo que era, o estos tipos no son socialistas, o estamos ya todos locos y aquí vale todo.

     El primer día de trabajo tuvo que ir a la Universidad San Pablo CEU, cerca de Guzmán el Bueno. Es este un pijotero recinto universitario ocupado en su mayoría por neofachas, hijos de fachas, que es lo mismo que decir hijos de puta. Roberto tiene fobia a todo tipo de nacionalismo, y como al vivir en Madrid  el que tiene más cercano es el español, pues es al que más asco le tiene. Y mira por donde ese día iba a trabajar en una de las “ikastolas españolistas”. Hacía mucho tiempo que no veía polos con la bandera de España en la solapa, y cinturones y parches con los mismos colores. Durante las cinco horas que duró en su empleo vio más que en toda su vida, ornamentando a seres desalmados que vestían marcas y se engominaban el pelo. La mayoría iban vestidos como de fiesta, y eso que era un puto lunes por la mañana. Las arcadas iban a ser difícil de contener ese día. Llegó allí a  las ocho menos cuarto, pues la primera clase en la que tenía que hacer la encuesta comenzaba a las ocho. Hay que joderse, una clase a las ocho de la mañana. Bueno, tratándose de gente de Administración de Empresa no es de extrañar que hagan estas cosas tan raras. La chica que iba a ser su jefa durante esos dos primeros días (pues luego tenía que ir a Boadilla, que está justo donde el viento da la vuelta) era Emma, una joven muy mona ella y muy pija que tenía pinta de no tener ni zorra idea de lo que tenía que hacer. Menos mal que el trabajo era más sencillo que tirarse un pedo,  que si no, no se sabe muy bien como lo podría haber dirigido una chica más preocupada por como  le quedaba el escote y por la forma en que sujetaba los continuos cigarrillos que fumaba que por lo que se traía entre manos.

     El trabajo de encuestador consiste en coger una serie de estúpidas encuestas (en este caso sobre evaluación del profesorado y de los servicios de la universidad), repartirlas entre los estúpidos alumnos (porque hay que ser estúpido para rellenar encuestas),  recogerlas cumplimentadas y entregárselas a la mona fumadora. Es un trabajo tedioso como él sólo, pues hay que bregar con un puñado de estúpidos que no saben ni poner su nombre derecho, que te preguntan constantemente sobre lo que tienen que marcar en el papel, lo cual se les acaba de explicar, a parte de que en el papel que tienen delante también lo explica claramente  y que además es una simpleza tan grande que hasta un burro beodo podría hacerlo si le atásemos un bolígrafo a la pezuña. Roberto tenía que pasar al aula en cuestión, pedir permiso al profesor y escribir en la pizarra dos códigos: el de la carrera y  el del coordinador. Los alumnos tenían que escribir dos códigos más: el de su tutor (el cual debían de sacar de un listado que Roberto les entregaba y el del curso que estaban estudiando). Lo de esta universidad es para mear y no echar gota, pues viven en una especie de esquizofrenia docente por la cual cada alumno tiene un tutor, un coordinador y un profesor. Ahí es nada, tres personas pendientes del alumno. Y en cada clase, salvo el profesor, variaban los otros dos dependiendo de cada alumno. El asunto era que ya desde su primera encuesta Roberto comprendió que iba a ser una jornada mentalmente agotadora, pues los alumnos realmente eran tontos sin baba.  Nada más repartir los formularios el chaval les decía claramente lo que tenían que hacer: “Rellenad con tres dígitos las casillas de los códigos. El de carrera es este que veis aquí escrito, el de coordinador éste y el de tutor lo buscáis en esta lista.” No es tan difícil, ¿a qué no?. Pues bien, fueron varios los que le preguntaron que cuales eran los códigos que había que poner.  Hasta le preguntaban por el del curso, a lo que el chaval respondía desesperado que él no sabia en que curso estaban, que pusieran el curso en el que estaban, primero, segundo… y que lo hicieran con tres dígitos, “cero, cero, uno si estáis en primero – les explicaba”. Bueno, pues aún así le seguían preguntando y la mayoría lo ponía luego mal en el impreso. “Efectivamente –se decía sonriente para sí mismo – hay que ser muy tonto para rellenar encuestas”

     La encuesta en sí duraba un cuarto de hora más o menos, por lo que el resto del tiempo hasta la siguiente clase tenía que pasarlo en la oficina que usaba Emma como cuartel general,  ordenando las encuestas que acababa de hacer y preparando los formularios de la siguiente clase. Esto llevaba unos diez minutos si se hacía despacio, por lo que le quedaba un mínimo de media hora de estar junto a esa gente. Eran una tropa curiosa, muy curiosa, en su mayoría jóvenes, excepto una tía loca de unos cuarenta años, con pinta de zorrón recién divorciado, de esas que llevan ropa ceñidísima marcando michelines y fumando y diciendo gilipolleces de mujer cosmopólitan total. Esta, además, llevaba voluntariamente pinzado al bolsillo del apretado vaquero una identificación de la consultora que se encargaba de hacer la encuesta, para que todo el mundo pudiera ver que era una trabajadora de esa empresa. Estúpido corporativismo y vanidad que hace que una mujer se sienta orgullosa de trabajar para un sitio en el que le pagan una mierda por hacer un trabajo frustrante. Estúpida mujer en definitiva. Roberto sintió en seguida que no tenía nada de que hablar con estas personas, pues sus comentarios eran sobre el clima que hacía, la televisión y las noticias de sucesos que había en un periódico burgués. Decidió leer la novela que traía, aunque el sueño le dijera que era una empresa muy difícil. 

 

                    ¿Qué tal te ha ido Roberto? – preguntó Emma interrumpiendo la lectura del chaval.

                    Bien.

                    No es tan difícil, ¿verdad?

                    Sin el tan, no es difícil directamente.

                    ¿Has revisado si han rellenado todo bien?

                    Yo les he explicado como tienen que hacerlo, si lo han hecho bien o mal no es cosa mía.

                    Ya, pero tenemos que revisar para ver si está bien y si no lo completamos nosotros con el boli. Me refiero a los códigos.

“Joder- pensó el chaval- no creo que sean tan idiotas como para no rellenar bien cuatro casillas. Efectivamente por lo menos un tercio estaban mal rellenados. Menos mal que él si que no era un idiota y no rectificó nada limitándose a escurrir el bulto y echar sus encuestas en el montón general.”

     Al rato empezó a llenar de nuevo los cuadernillos con encuestas en blanco, trabajo complicadísimo consistente en abrir el cuadernillo y meter dos papeles. El lo hacía con resignación, pues era algo tremendamente aburrido. El caso es que Emma, la jefa de los estultos, y por ello la más tonta de todos, le preguntó muy amablemente: “¿Quieres que te ayude , Roberto, que te veo un poco liado?” .Pensó en decir alguna burrada pero se contuvo, limitándose a contestar que :” liado no, lo que estoy es aburrido. Esto es tan estimulante”.

     Al rato volvió a otra clase, a repetir lo mismo de antes: la profesora se queja porque pierde minutos de clase (habiendo llegado ella veinte minutos tarde…), Roberto escribe en la pizarra y dice sus cuatro tonterías y los alumnos empiezan a rellenar y a preguntar estupideces. El chaval decidió salir del aula para descongestionar un poco su cada vez más abotagada cabeza. Y al bajar al centro de operaciones de la estulticia más de lo mismo.

     -Joder, aquí pone que un tío mata de treinta y seis puñaladas a una compañera de clase- dijo un fumador compulsivo.

                    ¡De treintaiseis¡ , joder cuanta sangre – comentó una fumadora compulsiva.

                    Imagínate – dio una tercera fumadora compulsiva.

                    ¡Augh – augh¡ – tosió levemente Roberto debido a la niebla.

                    Habrá sido por no dejarle los apuntes – dijo uno con gracia.

                    Aquí dice que puede haber sido porque no hizo la parte de un trabajo en grupo que estaban haciendo entre ellos – comentó el primero.

                    Ahora nadie querrá formar un grupo de trabajo con él, seguro – dijo el único que se salvaba de la quema.

                    Qué bruto, se ha ensañado.

                    A lo mejor no, porque si con la primera puñalada la mató las demás ya no se consideran ensañamiento.

                    ¿Y cómo van a saber eso?

                    Esas cosas las saben, por la sangre.

                    Claro, a  lo mejor si las primeras puñaladas son el pecho, como ya va saliendo sangre por las otras sale menos y eso se nota luego en las manchas del cuerpo.

                    “El pan acaba de subir un euro – pensó Roberto”.

 

La tercera encuesta fue más de lo mismo y la cuarta, hasta que llego la quinta, que fue más divertida. Eran ya las doce de la mañana, aunque Roberto había perdido ya la noción del tiempo, al ser todo tan rutinario y tan poco estimulante (amén de que él no lleva ningún grillete en la muñeca que le imponga la hora). Como siempre la profesora llegó tarde (todo el personal docente había sido masculino hasta el momento, curioso) y cuando lo hizo empezó a montar en cólera ante la inminencia de la encuesta. Era una mujer joven, por lo que tenía el riesgo de ser la típica pija repelente, como así resultó ser, pues empezó a llamar al chaval de usted, siendo casi de la misma edad; y esto es una señal inequívoca de snobismo.

         ¡Ah, no, no¡ de eso nada. Más encuestas no, ya hicimos una ayer. – dijo nerviosa.

                    Esta creo que es distinta – contestó él.

                    Como distinta, ¿pero cuántas quieren hacer? – dijo alterada.

                    Yo no quiero hacer ninguna, a mi me da igual, yo no soy de la consultora esa, que quede claro.

                    Pues no pienso perder clase. – dijo alteradísima.

                    Son unos minutos, pero si no quiere hacerla es igual, esto es voluntario.

                    Le doy diez minutos.

                    A mí no me diga nada, eso es cosa de éstos – contestó Roberto señalando a los alumnos – lo que quieran tardar.

                    ¿Y se tarda mucho? – preguntó un gafotas.

                    No lo sé, yo nunca he hecho una encuesta de estas.

                    ¿Ah, no? – contestó asombrado el mismo gafotas.

                    No, no creo en ellas.

                    Pero bueno, ¿qué es eso de que no cree en ellas? – exclamó la exaltada.

                    Pues que son un engaño, no valen para nada. Pero el que las quiera hacer que las haga , a mi me van a pagar por ello o sea que está bien.

                    ¿Cómo que no sirven para nada? – gritó la histérica.

                    Pues que ésto es todo un paripé burocrático más. Las decisiones en las universidades se toman desde dentro, por vía interna, por lo que todo esto no importa nada en realidad.

                    Pues que sepa usted que a nosotros nos exigen sacar una valoración superior a siete en estas encuestas para poder promocionar .-gritó la histérica auto reconocida como trepa.- así que me parece que si que tienen muchísima importancia.

                    Eso es su problema, las decisiones se van a tomar igualmente por vía interna, en cualquier caso esto será sólo una justificación cara al público para alguna decisión arbitraria.

                    ¡Esto es demasiado¡ – gritó la loca – se supone que usted debería defender las encuestas.

                    ¿Yo?, si ni siquiera les he echado un vistazo – rió Roberto. – Yo las entrego y las recojo nada más.

                    Pero esta encuesta es para valorar los servicios de la universidad y mejorarlos. – Dijo la compañera del gafotas, que no tenía gafotas pero si unas gafas de sol “super  chachis”  ,de esas como de esquiador o ciclista que están de moda ahora, a modo de diadema.

                    Vamos a ver, ¿os creéis que  los gerifaltes de aquí no conocen las virtudes y los defectos de sus prestaciones?. Esto es solamente para dar un tinte democratizador al asunto y haceros creer que sois vosotros los que mandáis aquí y que vuestra voz se escucha y todo eso. Al final hacen lo que les da la gana y si algo de lo que hacen coincide con vuestras exigencias, porque hay veces que por pura lógica o por mera supervivencia coinciden, pues os creéis que lo habéis conseguido vosotros, cuando en verdad ha sido tan sólo el sentido común. Y todo lo demás que no lográis os dicen que es difícil y que se intentará, y  así van pasando los años.

                    Bueno, me voy a ir de aquí que me estoy poniendo mala , volveré en unos minutos – concluyó la  chalada.

 

     Roberto acabó la encuesta ante los comentarios de la clase, que se reía de cómo el chaval había cabreado a la joven profesora. Al rato regresó la histérica,  sin dirigirle la palabra. Cuando terminó se dirigió de nuevo al centro de operaciones, pero su deambular fue detenido por Emma y otra niñata también encargada.

 

          Roberto – dijo Emma sin mirarle a los ojos – ¿acabas de hacer una encuesta en esa  clase?

          Si – contestó él sabiendo que había algún tipo de problema.

                    Nos acaba de hablar el decano y dice que una profesora se ha quejado de ti.

                    ¿Bien.?

                    El decano está enfadadísimo porque dice que tú has dicho que estas encuestas no valen para nada.

                    Claro.

                    Y lo has dicho delante de la profesora.

                    Claro.

                    Pero eso no se puede hacer – dijo enfadada la segunda pija, que era la que hacía el papel de mala.- ¿cómo se te ocurre?

                    A mi no me coarta nadie.

                    ¿Pero cómo puedes decir que estas encuestas son un engaño? – preguntó indignada Emma.

                    ¿Ah,  pero es qué es mentira?

                    Eso es igual – se delató ella misma- pero no se puede decir.

                    Entonces si me preguntan digo que sí – contestó Roberto para picarlas más, pues sabía que no iba a seguir trabajando ya.

                    El decano nos ha dicho que no quiere que sigas haciendo encuestas. – dijo con tono apesadumbrado y sin mirarle a los ojos, como los cobardes.

                    Bien, ¿me tienes que firmar esto? – preguntó él tranquilamente sacando un parte de la ETT.

                    Sí, sí, te lo firmo abajo. – contestó ella extrañada de que el chico no dijera nada en su defensa ni se enfadara o algo así.

 

          Bajó al despacho y firmó el parte. Al verle sacar el papel los compañeros le dijeron que todavía era pronto para marcharse. El les contestó secamente que le acababan de despedir. Todos se asombraron. Emma firmó el papel y él, diciendo hasta luego, salió de allí sonriendo y contento por no tener que seguir aburriéndose más y formando parte de esa estúpida comedia académica.

     Menuda hija de puta la profesora esta. Típico comportamiento de fachas, ir por detrás y denunciar algo a su superior para que este, más cabrón que ella todavía,  saque la espada y decapite al lacayo. Menuda tropa, y se supone que en este país hay libertad de expresión, pero solo si se mantienen las opiniones calladas, una vez que hablas deja de tener valor ese derecho. Pobre infeliz la trepa chivata que, además, sabe perfectamente que las encuestas son un paripé y que lo que cuenta en la universidad es lo bien que se la chupes al superior en lugar de tus méritos académicos. Cuando esté con las bragas bajadas y con la gorda barriga de algún catedrático encima de ella tal vez se acuerde de lo de las encuestas. Muy inteligente el decano fascista al extirpar el grano en el culo que le acababa de salir a todo su sistema faraónico universitario y que de haber seguido propagando sus ideas hubiera podido hacer pensar a alguno de los siervos que con su ayuda o su  consentimiento mantienen y fomentan su cada vez más lujosa pirámide. Pensar es una de esas cosas que se prohíbe en la  universidad, y se persigue, vaya si se persigue, sino para muestra el sistema educativo que hay,  secante de toda actividad racional y fomentador del estudio convulsivo- auto destructivo que deja las mentes igual de vacías y llena únicamente expedientes. Mucho tonto en los pupitres y mucho cabrón frente a ellos, eso es lo que hay en las aulas.

Otra vez al paro y encima en lugar de trabajar lo que hacía era gastar dinero, pues la vida, aunque austerísima en esos días, requería cierto desembolso  sobre todo por el tema dentista.

    En su primera visita le hicieron tres empastes, que le dolieron en el alma, ahí justo. Roberto pensaba que el tema empastes era algo liviano, pero qué va, duele mogollón. Encima la dentista, antes de entrar a matar, te explica detalladamente lo que va a hacer y, lo que es peor, con qué lo va a hacer.  Roberto estaba tumbado en la silla de tortura, recibiendo del fogonazo de la lámpara directamente en los ojos cuando la dentista le empezó a enseñar su instrumental de matarife. “con esto – dijo blandiendo una especie de destornillador terminado en garfio – te voy a escarbar un poquitín en la muela. Con esto – dijo cogiendo la fresadora y poniéndola en marcha- voy a limpiar a fondo y con un poco de agua toda la caries. Luego te pondré esto en la muela y te lo fijaré con esto – dijo blandiendo una especie de secador terminado en punta. Vamos  a ver si necesitas anestesia- dijo tocándole la muela con una de las armas” El gesto de dolor que lanzó el chaval nada más acercarse el chisme al diente la indicó que tendría que usar bastante anestesia “Eres muy sensible en las encías, ¿eh?” “Pues si me tocas con eso en el la polla verás lo que es ser sensible – pensó”. Permanecer con la boca abierta hasta más no poder es algo que Roberto nunca había tenido que hacer. Joder, sentía perfectamente como se le estaba desencajando la mandíbula, pues la dentista le forzaba cada vez más el buzón. Y cómo suenan los chismes en las muelas. Hacen un ruido terrible. De vez en cuando el dolor era insoportable. Roberto trató de pensar en otra cosa, distraer su  mente como seguramente haría un maestro de yoga o algún tipo así. Pero qué va, imposible, en su cabeza sólo estaba el terrible hurgar de la dentista, que cada vez con más promiscuidad le destrozaba la boca.  “Si te duele hazme una señal y paro” “Si tengo que hacerte una señal cada vez que me hagas daño , no pasamos a la suerte de varas en toda la tarde” Y estando en ese incomodísimo sillón, que hacía que le doliera terriblemente el cuello y las lumbares, con la mandíbula desencajada, un tubo ruidoso sacándole la baba, la garganta irritada por los productos que le caían, las muelas agujereadas, las encías doloridas y media boca cada vez más anestesiada, pensó en que no podía estar peor de lo que estaba ahora mismo, pues a esto tenía que sumarle que acababa de romper con su novia, le habían  suspendido en la Universidad y no encontraba trabajo ni a la de tres. Sintió un cierto consuelo al pensar en la frase que una vez dijera Chaplin: “ la miseria es el mejor estado del hombre, pues una vez en él todo lo que hagas es mejorar”. Y es verdad, Roberto se identificó plenamente con eso, era un miserable, pero ya no podía ir a peor.

Siguieron pasando los días y nadie llamaba a su puerta para darle trabajo. Por el amor de dios, si había ido a buscar los empleos más precarios para un par de meses y no tenía éxito qué sería buscar algún puesto bueno. Aún así siguió esperanzado, pues la esperanza es lo último que se pierde, aunque cuidado, que te la pueden quitar si no estás atento.  Se dedicó a pasear más que nunca, pues eso es gratis. Se recorría Madrid andando y ofreciéndose en los lugares en los que veía un cartel demandando trabajo. Pero nada,  todo estaba completo. Hubo un bar la mar de curioso, pues anunciaban en la puerta que se necesitaba pinche de cocina. Entró para pedir el puesto y nada más entrar se percató de que en la barra había dos camareros jóvenes y de que el encargado era otro chaval joven. “Ni de coña me dan aquí trabajo – pensó- estos buscan a una piba que les alegre el curro, fijo”. Efectivamente,  el encargado le dijo que ya tenían el puesto cogido  pero que se había olvidado de retirar el cartel. No obstante hizo el paripé de cogerle los datos. A los tres días volvió a  pasar por ahí y el cartel todavía seguía puesto. “O este tío es más desmemoriado que todas las cosas, o está esperando a que entre un pibón a pedir el trabajo”. Al poco tiempo confirmó sus sospechas pues al no ver el cartel en la puerta entró en el local y comprobó que en la cocina estaba trabajando una tía bastante guapa. “Si es que como nos conocemos  los tíos – se dijo sonriendo”.

     Eran tiempos de carestía, aunque afortunadamente él sabía que este estado vital duraría tan sólo unos meses. No comprendía como no conseguía ningún tipo de empleo. Por todos los santos del catolicismo, él quería trabajar y no precisamente en una bicoca, pues había enfocado sus miras en la hostelería,   uno de los peores trabajos que existen, pues si lo haces por cuenta ajena ves como el dinero pasa a espuertas por delante de tus narices para engordar el bolsillo del dueño,  cuyo trabajo consiste en tocarse los huevos por la mañana y hacer inventario de los mismos por la tarde. ¡Manda huevos! ,que diría un amigo de la señora del tío con bigote de antes.  No estaba buscando algún tipo de subsidio ni pensión ni nada por el estilo, ¡sólo buscaba trabajo! Y mira por donde que éste apareció de la forma más insospechada.  Un día se encontró con un amigo de toda la vida. Estuvieron charlando un rato hasta que tocaron el tema laboral, momento en que este amigo le comentó que él iba a ir  a una entrevista para trabajar de barrendero los fines de semana y los festivos. Pagaban bien. Roberto memorizó el teléfono por si acaso se le ocurría llamar para ver si todavía buscaban gente. El prefería trabajar en hostelería, pero el tema barrer tampoco le venía mal, pues le permitiría tener libre toda la semana para estudiar y hacer lo que le diera la gana.

     El caso es que ya muy entrada la mañana siguiente, cuando vio que no le llamaba absolutamente nadie de los doscientos trabajos que había tanteado se acordó de lo del trabajo de su amigo. “¿Dónde apunté el número? – se preguntó. Ya me acuerdo, en la mejor agenda de todas, la memoria.” Asombrándose así mismo recordó un número, aunque no estaba seguro de que fuera el indicado. Llamó y al otro lado contestó una dulce voz femenina:

 

         ¿Digaaaaa?

                    Hola, llamaba por la oferta de trabajo.

                    Si, ¿está interesado en trabajar para Tedmec?

                    Pues sí – contestó él sin saber a lo que se refería realmente la dulce voz.

                    El trabajo sería en fines de semana y festivos, de siete a dos y el sueldo setenta mil netas más los festivos si los hubiera.

                    Muy bien.

                    ¿Tiene experiencia como barrendero?

                    ¿Experiencia para barrer? Pero bueno, qué pregunta es esa – dijo él riendo.

                    Pues todo trabajo tiene su secreto y hay que ir cogiendo experiencia.

                    Pues no, nunca he barrido en asfalto si es lo que quieres saber- siguió él en tono jocoso – pero vamos, he barrido unas cuántas veces sólo que en otras superficies. Yo creo que si puede decirse que sé lo que es barrer.

                    De acuerdo, hay un puesto libre, pase mañana a firmar el contrato. Apunte la dirección.

 

     Ya tenía empleo, tanto andar por Madrid, tanto llamar por teléfono, tanta entrevista y currícula para luego encontrar el trabajo de la forma más sencilla e insospechada.

     Al día siguiente acudió puntual a la cita. Ya ese día comprendió que la incompetencia era algo con lo que tendría que bregar en ese empleo, pues la firma del contrato se demoró un par de horas más de lo que le habían anunciado en un principio. Ojeando a los que serían sus futuros compañeros empezó a plantearse si sería una buena idea entrar en ese trabajo, pues todos, absolutamente todos, tenían una pinta de tarados de mucho cuidado. Y no sólo es que sacara esta impresión por el aspecto externo  que tenían en general: desarrapados, despeinados, con monos sucios, algunos oliendo a sudor y otros a cazalla.  También el hecho de que ninguno de ellos llevara un libro en sus manos y el tipo de conversación que se gastaban, repitiendo una y otra vez las mismas tonterías , le dieron qué pensar al chaval, aunque  visto de otra forma iba a ser un trabajo en el que podría aprender mucho sobre la condición humana, como así resultó ser. Firmó el contrato sin tan siquiera leerlo, ni confirmar lo que iba a cobrar. Por la parte que a él le tocaba lo hizo así porque necesitaba el empleo y le daban igual las condiciones, la duración y el sueldo, iba a firmar fuesen cuales fuesen. Por la parte que tocaba a la mujer de la empresa, ésta no le informó de nada de eso y se limitó a decir que cuando el contrato estuviera convenientemente tramitado por el INEM ya le daría a él su copia y podría así conocerlo en profundidad. Y así ocurrió más o menos con todos los empleados que ese día firmaron su incorporación a la empresa de limpieza contratada por la Comunidad de Madrid, Tedmec. Uno de los mayores montajes políticos que hay en toda España, un lugar en el que la apariencia que se de cara al ciudadano de a pie es lo único que importa. Menudo paripé que se tienen montado y menudo conchaveo con el Ayuntamiento, como bien comprobaría Roberto el tiempo que estuvo trabajando para ellos. El dueño de esta empresa es el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez. Puede imaginarse el lector el tipo de empresa que será, pues de todos son sabidas las actitudes mafiosas de este hombre que maneja media España y que cierra constantemente acuerdos multimillonarios en el palco del Bernabéu.

     El motivo de la contratación masiva de empleados de limpiezas que ha empezado a realizar  el Ayuntamiento de Madrid  durante el mes de abril es sencilla: falta un año exacto para las elecciones y hay que dar la imagen a los madrileños de que su alcalde se preocupa sobre manera por ellos, volcándose en uno de los aspectos básicos para que funcione una gran ciudad, que no es otro que el servicio de limpieza e higiene urbana.

     Al día siguiente fue a  recoger el uniforme. De nuevo se demoraron dos horas más de las necesarias para entregárselo. Era una curiosa y estrambótica indumentaria la que tenían que llevar, consistente en un pantalón, camisa, jersey, chaqueta y chaquetón amarillos y verdes chillones, con franjas refractantes por todos lados. Si a cualquier parte del traje le daba algo de luz, parecía un puto árbol de Navidad.  Tras recoger el trajecito acudió a una nueva cita con el dentista, que de nuevo le hizo un puñado de dolorosos empastes, aunque esta vez el chaval lo llevó mejor, por aquello de la costumbre.

     El sábado siguiente, seis de abril, Roberto tuvo su primer día de trabajo. La hora de entrada  era totalmente inhumana, a las siete menos cuarto de la mañana, lo cual implicaba casi ni acostarse para llegar a la hora. Tuvo que levantarse a las seis menos veinte, hora no del todo mala, pues afortunadamente podía ir en RENFE hasta la misma puerta del trabajo y ya se sabe que el tren es la forma más rápida de transporte público. Y además de ser la más rápida es también la más barata, pues a esas horas tan tempranas no hay ni el rumor de los esbirros del sistema y en Embajadores los tornos son de apertura automática para salir. 

     Obviamente todavía era de noche a la hora en que enfiló el habitual camino hacia el tren. Las únicas personas que pululaban por las calles eran algún otro pobre desgraciado como él que tenía que ir a trabajar un sábado a esas horas, o algún grupo de borrachos que se batían en retirada. El siempre había pertenecido a este segundo grupo, por lo que conforme les fue viendo no pudo evitar envidiarles  por el hecho de que en media hora estarían durmiendo la mona en su camita y no como él que estaría dándole a la escoba. En cualquier caso le iban a pagar por ello, por lo que no se sentía tan miserable, aunque sabía positivamente que si se viera obligado a trabajar más de los dos meses previstos en ese empleo, se tendría que hacer adicto a la cocaína o algo así para soportarlo. Eso de madrugar los fines de semana y los festivos es una de las peores cosas que puede haber en el mundo laboral. Cuando en los días posteriores algunos de sus compañeros se vanagloriaran de no haber tenido un día de descanso en cuatro años, trabajando a diario en esto de la limpieza, y pegándose los correspondientes madrugones los trescientos sesenta y cinco días del año, se fue reafirmando en su opinión de la estupidez supina de gran parte de la especie humana. A proporción no ha conocido trabajo ni situación como la de esa empresa de limpieza en lo referente a gilipollas por puesto. El noventa y cinco por ciento de la gente que trabajaba con él eran auténticos idiotas profundos, que tenían encima el agravante de no limitarse a llevar una vida de moderno esclavo miserable asumiendo su parasitaria condición, sino que encima se daban importancia y se mostraban orgullosos de ser una hormiga del sistema (en el caso de los barrenderos) o un esbirro cenutrio (en el caso de los capataces). Que cierto es eso de que el triunfo del despotismo moderno es hacer creer a los esclavos que son libres. Menos mal que siempre hay gente como Roberto que sabe la verdad de todo esto.

     “Madrid limpio y verde, es capital”, este es el estúpido lema que reza cosido en los uniformes de los barrenderos y serigrafiado en carros y vehículos de todo tipo.  Es sospechosamente parecido al que tienen los nazis castizos: “Madrid limpio y blanco, es capital de España”.  Parece que en cierta manera se le ve el plumero a Manzano,  nunca mejor dicho, por cierto. El cantón al que estaba destinado Roberto era el de Martín de Vargas, en el distrito de Arganzuela. Es este un lugar que lleva en la zona desde tiempos inmemoriales, habiendo sido siempre parte del servicio de limpieza de la Comunidad de Madrid, como reza el cartel de la entrada.  Visto desde la fachada  engaña y toma el aspecto de un moderno lugar perfectamente  habilitado para realizar las tareas de limpieza. En cuanto cruzas la valla de la entrada y doblas la esquina compruebas atónito que se trata de  una cloaca infecta de lo más nauseabundo que puede haber.  Es paradójico, pero la fachada en la que reza “limpieza” no deja ver la mierda.

     Roberto no sabe a ciencia cierta como eran las fábricas en las que se pudría el proletariado ruso que protagonizó la revolución de Octubre del 17, pero nada más entrar sospechó que no andaría muy lejos del lugar en el que él estaba entrando ahora con una cara de sueño cosa seria. Claro, sospechar siquiera que la gente que cuando él llegó ya estaba perfectamente vestida y predispuesta a coger la escoba media hora antes incluso de la brutal hora de salida, se iba a plantear que las condiciones de cualquier tipo de trabajo nunca han de ser infrahumanas era ser muy optimista; y por lo tanto, pensar que por su cabeza rondara la idea de rebelarse ente ello era ya ser muy ingenuo. De todas formas con los días iría comprobando que humanos, lo que se dice humanos no había muchos por allí.  Roberto era optimista por naturaleza, pero ingenuo no, por lo que decidió unirse a ellos lo mejor que pudiera sin plantearse nada.   En cualquier caso tendría que otorgarles el beneficio de la duda, pues a lo mejor el trabajo y el lugar no eran lo que sus soñolientos ojos estaban apreciando a primera vista. Lo mejor era empezar a trabajar y ver como se desarrollaba la historia, aunque su olfato le decía que el lugar y el oficio eran de lo peor. Roberto siempre confía en su olfato, pues este no es otro que el resultado de la experiencia, y experiencia es algo de lo que él tiene bastante.

     Según se atraviesa la valla de entrada, se observa la parte trasera de un gran container, a cuya espalda aparca siempre un camión de basura. Nada más doblar la esquina aparece ante la vista una zona de guerra, más parecida a un vertedero que a cualquier otra cosa. Hay dos containeres más, tan sucios que es difícil averiguar de qué color son, llenos de basura. Al final de este patio de barro salpicado por todo tipo de desperdicios hay otro par de containeres “trituradoras” donde se vacían los camiones pequeños que van recogiendo los desperdicios acumulados por los barrenderos. Junto a estas infectas máquinas se apiñan los carros, absolutamente cubiertos de mierda. Y dando a este campo de batalla están los vestuarios, dos puertas distintas. En el de hombres también se accede a la oficina del capataz,  al que Roberto apodó enseguida como “el incapaz”, vista su forma de trabajar.  El  vestuario de los hombres es absolutamente anacrónico, pues sigue conservando la misma estructura de cuando se construyeran allá por los años cuarenta. Consiste en dos habitaciones, en la primera de las cuales se sitúan las taquillas ( lo único moderno de la zona) , ocupando los lavabos el segundo habitáculo.  Y qué servicios, da asco hasta vomitar en el suelo, así de sucio está. Son como una continuación del patio, sólo que peor. Conservan los mismos sanitarios del primer día, salvo que con la mierda acumulada durante el paso del tiempo. Dice  la leyenda que de vez en cuando algún samaritano le da un manguerazo para eliminar la capa de mierda más superficial. Son realmente infectos. Si en el infierno hubiera servicios serían algo mejor que estos, los cuales solo valen para mear, bien  retirado del meadero,  y en caso de extrema necesidad.  Y los vestuarios son paupérrimos, parecen los del  servicio de limpieza de Eritrea,  con un único y sucio banco de madera de tan sólo dos metros para todo el personal.  El olor que se quedó impregnado allí tras la primera muda de los empleados  lo hizo  para siempre en sus paredes, por lo que al entrar allí una sensación de náuseas te recorre el cuerpo. Tiene una ventana para ventilación, pero que da al patio, por lo que es mejor ni tratar de abrirla “virgencita, virgencita  que me quede como estoy”. Con el paso de los días Roberto se fue acostumbrando, malo, no hay que acostumbrarse a semejantes lugares, pues al final puedes verlos como normales y llegar a convertirte en un animal salvaje e insensible como  la mayoría de los compañeros que le habían tocado en suerte. Y el despacho del incapaz es ya para morirse, pues consta de una senescente mesa de madera carcomida y una  estantería  repleta de formularios. Tan sólo un equipo de música humaniza algo el sitio.

     Por ser ese el primer día los empleados salieron en su mayoría por parejas, diciéndoles el capataz que los veteranos de otros lugares salieran con los noveles para enseñarles el oficio. La verdadera razón es que los que como Roberto salieron en pareja lo hicieron porque la incompetencia de los capataces no les permitió  igualar el número de carros al de empleados, por lo que tuvieron que repartirse el trabajo.  La gente comentaba que estaba muy bien eso de que el primer día fueran por parejas para así cansarse menos y aprender la mecánica del trabajo, todo un detalle del capataz. Roberto enseguida se dio cuenta (tampoco hay  que ser muy listo) de que la cuestión era puramente logística, por lo que así se lo hizo ver al capataz. “ no habéis previsto bien el número de carros, ¿eh? – le dijo irónicamente. “Si – contestó – habrá que apañarse hoy así”. ¿Cuándo aprenderá la mayoría del proletariado que el jefe es un ser despreciable que sólo piensa en su interés y en el de sus amos aunque lo disfrace de atención hacia el obrero?

     Mentalmente Roberto encendió la esperanza de que le tocara con alguna de las mujeres, bueno, con una en concreto que era la única que parecía poder tener una conversación agradable y que no se parecía a la madre de “Carrie”. Por supuesto que no le pusieron con esta chica, sino con un hombre, o algo parecido, pues se trataba de un alcohólico en fase descendente vertiginosa del cual todos los demás empleados huían a causa del nauseabundo olor a cazalla que desprendía.  Era este un ser extraño, el cual físicamente daba la impresión de ir a diñarla en cualquier momento, así de demacrado era su aspecto. De cuerpo extremadamente enjuto, coronado por un enmarañado, sucio y grasiento pelo, con rostro moribundo consistente en una colorada faz carcomida dios sabe por qué extraña enfermedad derivada de la ingesta de alcohol seguramente; la nariz cuarteada y en carne viva como la de un leproso y el aliento corrosivo de alcohol fermentado directamente en las entrañas del infierno. Los ojos rotundamente rojos y lacrimosos no reflejaban ningún tipo de vida inteligente. Por lo menos era una buena persona, aunque no por sus virtudes, sino por la absoluta abulia en la que el alcohol le había sumido. “Empezamos bien – se dijo para entre sí Roberto”.

     El trabajo que tenían que desempeñar era de lo más sencillo. Consistía en seguir una pequeña ruta marcada en un extracto de plano urbano de la zona y conseguir limpiarla en las siete horas que duraba la jornada. El camino estaba incluso marcado con unas flechas, tipo baldosas amarillas, siguiendo las cuales el barrendero empezaría en un punto y terminaría en el final, serpenteando como en esos pasatiempos en los que hay que encontrar el camino para llegar hasta un tesoro.  Yendo para adelante cual burros, sin levantar incluso la cabeza, podrían realizar su trabajo, con la única dificultad de que de diez a diez y media tenían el descanso y de que cuando se fueran llenando las bolsas de los cubos debían dejarlas en uno de los dos puntos de recogida de basura indicados en el plano. Pues bien, para un ser como el compañero de Roberto, el trabajo era algo complicadísimo, pues era incapaz de retener en su abotagada cabeza la hora a la que debían de tomarse el bocadillo, los puntos de recogida o la ruta que debían seguir.  Roberto decidió tomárselo todo a coña y pensar en la situación como algo cómico, pues si se fijaba en el trasfondo dramático del asunto la jornada podía ser insoportable. Pero el caso es que ya se sabe que el exceso de comedia es drama y viceversa, por lo que el día fue bastante dramático para el chaval, al tener que compartirlo con un hombre destrozado por la vida y que deambulaba por ella sin percatarse de nada.  Roberto comprendió entonces que hay muchas formas en las que un hombre puede ganarse la vida, pero que también hay otras muchas para  que la vida gane al hombre. El caso de este pobre desgraciado  era un ejemplo claro del triunfo aplastante de la vida.

     La jornada con el alambique humano comenzó justo en la puerta del cantón de limpieza, pues debían de empezar en la calle Martín de Vargas y bajar por unas cuantas más y otras adyacentes. A primera vista a Roberto le pareció una ruta muy corta, pues andando se recorrería en apenas un cuarto de hora, por lo que al no ser que hubiera pasado por allí el Papa en el papamóvil , con el consiguiente derroche de confetis y demás que realiza la tropa, su olfato le dijo que eso lo barrían dos personas en un periquete.

 

                    ¿Tú has trabajo alguna vez en esto?- preguntó la botella .

                    No – contestó el chaval medio aturdido ante el etílico viento que llevó hasta él las palabras de su compañero.

                    ¿Prefieres el cepillo o  el carro y la pala?

                    Me da igual, lo mejor será turnarse para no aburrirse.

                    A mí me da igual, si quieres coge la pala y si no el cepillo, yo cojo lo que tú prefieras.

                    Mejor nos turnamos un rato con la pala y otro con el cepillo, ¿vale? – repitió.

                    A mí me da igual, tu coge lo que quieras, el carro o el cepillo.

 

     Roberto decidió dejar aquí la conversación y empezar a empujar el carro viendo que era imposible dialogar con el hombre este. Tal vez cuando se le pasara el efecto de los doscientos carajillos que se habría tomado para desayunar pudiera mantener con él algún tipo de conversación coherente. O a lo peor se volvería todavía más imbécil. En cualquier caso sería algo curioso de ver.

El trabajo que tienen que desempeñar consiste en que uno de los dos vaya con un cepillo grande haciendo montones de mierda tanto en aceras como en carretera, mientras que el otro va empujando el carro y recogiendo los montones con un cepillito y una pala. Por supuesto que las palas tienen el mango de madera noble, por lo que pesan mogollón. En otras empresas tienen palas de aluminio, que son muy ligeras, pero eso sería en este caso pensar que el señor Florentino Pérez se preocupa por  sus trabajadores, que es como pensar que Jack “el destripador” tenía intereses científicos en sus descuartizaciones. También tienen que ir vaciando las papeleras, trabajo que se reparten los dos por igual. Es de lógica pensar que el barrendero lleva unos guantes gordos para  trabajar. Pues como en todo hay una excepción que confirma la regla: el compañero de Roberto.

   

     -Yo es que con guantes no me apaño – decía mientras metía la mano en las papeleras y cogía cosas incalificables del suelo. – Ahí los tengo en casa.

                    Tú lo que eres es un puto cerdo, tío – pensó en decirle, aunque viendo como cogía algo del suelo, lo echaba al carro y luego se tocaba las narices o el pelo comprendió que mejor no decir nada. Lo único que tenía que procurar era evitar cualquier tipo de contacto físico con él y  caminar siempre a favor del viento si estaba detrás de él y contra el viento  si tenía al alcohólico detrás. Aún con esta precaución del viento, no pudo evitar en ningún instante del trabajo percibir el pútrido olor que este ser desprendía, pues parecía caminar envuelto en una nebulosa de hedor etílico de varios metros de diámetro.

                    Te  voy a dar una llave para que tengas una.

                    ¿De qué?- preguntó Roberto.

                    De las papeleras.

                    ¿También tenemos que vaciar las papeleras?

                    Claro – contestó la petaca mientras abría una con una extraña llave de plástico y vaciaba su interior en uno de los dos cubos del carro. Luego la dejó en su sitio y preguntó al chaval si se había enterado de cómo se hacía.

                    Es fácil – dijo él intentando sacar otra que había al lado. Al ser la primera que abría lo hizo con mayor dificultad que su compañero, y no por que la cosa requiriera práctica alguna, sino que si lo haces con cuidado para no mancharte y no ver el nauseabundo interior de la misma  pues el trabajo se demora algo más. Como el alcohólico, aparte de cogerla sin guantes miraba en su interior para ver lo que había y no le importaba inhalar el hedor que de ella saliera, pues lo hacía más rápido, diciéndole al chaval que no era tan fácil como parecía.

                    ¿Y a qué hora podemos descansar? – preguntó el barril.

                    A las diez, hasta las diez y media.

                    Pues tendrás que acordarte tú de la hora porque yo no valgo para esas cosas.

 

     Roberto pensó que aunque, obviamente, su compañero no parecía una lumbrera no iba a ser tan simple como para olvidar algo tan sencillo como la hora del bocadillo. Lamentablemente se ve que el alcohol ha destrozado cualquier atisbo de neurona en este hombre, pues le preguntó cinco veces más hasta que dieron las diez que a qué hora era el descanso. Empezaron a recoger lo poco que había por el suelo, que era bien poco, pues había llovido la noche antes y como además hacía unas horas que otros empleados habían limpiado la zona, pues no daba tiempo material a que se ensuciara. La conversación con la botella se agotó en los primeros diez minutos de empezar la jornada, aunque estuvieron hablando  más o menos hasta eso de las once, solo que la conversación era siempre la misma. La botella le decía que “lo malo es coger las hojas pegadas al suelo, menos mal que ahora no hay muchas.”  Otras veces decía que “hay que coger todo lo que veamos, que si no viene el jefe y nos la cargamos” “Despacio, hay que ir despacio”. Y esas tres eran las únicas frases que decía el hombre. A Roberto le extrañó que en la media hora que llevaban ya de trabajo el borracho no hubiera sacado ninguna petaca o algo así para pegarle un tiento, por lo que pensó que tal vez mejoraría su estado mental durante la mañana si no ingería alcohol. No obstante cuando le empezó a decir una y otra vez su cuarta frase de “antes del descanso – que a qué hora es –  podemos tomar un bote o fumar un cigarro pero con cuidado de que no nos vean, que si no…” “Este quiere pimplarse una birra pero ya –pensó Roberto”

 Efectivamente, de siete y media a ocho menos cuarto estuvo todo el rato diciendo esto mismo, mientras que Roberto le decía que se comprara lo que quisiera y se lo tomara, que no iba  a pasar nada. Le dijo que fuera a una gasolinera de su zona que sería el único sitio abierto. El borracho dijo que en las gasolineras era muy caro. Roberto le sugirió que en un bar entonces, pues al ser tan temprano estaría todo cerrado. El alcohólico le contestó que también era muy caro en los bares y se empeñó en ir a un chino que él decía que estaba abierto a esas horas. “Joder -pensó el chaval-  ni que tuviera que hacer la compra del mes en la gasolinera, total por unos céntimos más que le va a costar la birra” El caso es que el hombre se fue callejeando hasta que apareció al rato con una lata de medio litro de cerveza. Como había empezado a llover se refugiaron debajo de un tejadillo  hasta que escampara, pues no tenían ningún tipo de chubasquero.  El hombre se  hincó  la birra de tres tragos mientras que Roberto le decía que no tuviera tanto miedo que era imposible que nadie le viera en el lugar donde estaban. “Ya, pero es que si me pillan… –decía una y otra vez mirando temeroso para todos lados”.”No creo que venga nadie por aquí, el trabajo es muy sencillo. ¿quién va a controlarnos?”  Y no terminó de decir esto el chaval cuando apareció un coche del servicio de limpieza con dos esbirros dentro. Se pararon justo a su lado y se dirigieron a ellos en plan borde total.

                    Nombre y zona. – dijeron prepotentemente.

                    Roberto García.

                    Ja-Jacinto Díaz.

                    Traigan el papel de la zona.

Roberto miró hacia el cielo haciendo ademán de que estaba lloviendo y si iba hacia el coche se empaparía. Sabía que los niñatos del coche, porque eran dos niñatos de a penas veinticinco años, no iban a salir a mojarse, pero les puso un poco a prueba.

     -Qué traigan el papel de la zona – exigieron.

 Roberto se lo entregó  y volvió a resguardarse. Una vez comprobaron que estaban efectivamente en la zona que les correspondía, siguieron con las tonterías.

 

                    ¿Se puede saber qué hacen ustedes ahí parados?

                    A ver si va a ser por la lluvia – contestó el chaval irónicamente. Le devolvieron el papel y se fueron con la misma cara de perro rabioso con la que habían venido.

                    ¿Y estos gilipollas quienes son?

                    Son los jefes, bueno unos de ellos, ya te dije que vendrían. Vamos a seguir limpiando , que si no…

                    Tranquilo, hombre, vamos a esperar a que escampe, no pensarán que vamos a empaparnos.

 

     Al poco rato volvieron los esbirros, diciéndoles que acababan de hablar con el capataz de su cantón y este había ordenado que volvieran para coger los chubasqueros y siguieran trabajando. Roberto les trató de explicar que se trataba de una nubecilla que descargaría en unos minutos y luego podrían seguir trabajando. Si iban hacia el cantón se iban a mojar por el camino y luego les estorbaría el chaquetón. Como era de esperar no hicieron caso a la lógica y les ordenaron de malos modos que fueran inmediatamente al cantón. Roberto no sabía, por ser el primer día, que si llovía no podían obligarles a trabajar sin entregarles un traje de agua consistente en unas botas, un pantalón y una chaqueta impermeables, y no sólo el simple chaquetón con capucha que les habían dado. Por supuesto que los del coche sabían esto, pero como ellos dos no les dijeron nada pues les ordenaron lo que ya sabe el lector. El alcohólico debería haber conocido esto pues llevaba mucho tiempo limpiando las calles, pero claro, si no se acordaba de la hora del bocata como se iba a acordar de sus derechos. Tuvieron que empaparse hasta llegar al cantón, coger el chaquetón y salir de nuevo a la calle justo cuando se abrió el día. Entre la lluvia, la vuelta al cantón   y la búsqueda de la cerveza habían trabajado bien poco. Siguieron con la ruta indicada, ante las constantes preguntas de la botella, que insistía en mirar el plano cada cinco minutos. “No te preocupes –decía Roberto cada vez más desesperado- que me sé perfectamente la ruta, no hace falta que la miremos más” Porque, además, siempre era él quien tenía que coger el plano y explicarle a la petaca por donde iban y por donde seguirían luego. “Si son cinco calles mal contadas – se desesperaba el chaval”. “¿Y a qué hora tenemos que parar?-insistía la jarra”.

     El trabajo de barrendero es lo más anodino del mundo, sobre todo a esas horas tan tempranas y en fin de semana, por lo que a eso de las nueve Roberto estaba ya asqueado. Si por lo menos le hubiera tocado un ser humano por compañero se pasarían antes los segundos, ya no los minutos ni las horas, qué va, los segundos, que estando en semejante compañía  se percibe como pasan uno a uno los segundos.  Y cuando el alambique cogió confianza con el chaval, le dijo que podía ir a comprar otro bote a algún sitio. Roberto pensó que no estaría de más librarse aunque fuera por unos minutos de ese nauseabundo olor que le mareaba cada vez más, por lo que le dijo que primero él iría  a mear a un bar y luego se quedaría en el carro para que pudiera comprarse el bote de birra. Así por lo menos logró estar cinco minutos lejos del hedor etílico. Se pusieron bajo unos soportales de la calle Curtidores, viendo pasar el día, eso sí con el cepillo en la mano por si aparecía la furgoneta de los esbirros. La botella se quedó detrás de una columna tomando el nuevo medio litro de cerveza.  Roberto se separó de él, pues el viento estaba revoltoso y a veces le venían auténticos bofetones de un aliento aumentado ahora por la cerveza ingerida. Decidió no pensar en nada, pues si lo hacía a lo mejor dejaba colgaba la escoba ese mismo día. Pero cuando oyó el sonido de la vomitona de su pobre compañero en unos matorrales no pudo evitar sentir lástima del hombre. Se hizo el sueco, ya que todavía sería más ignominioso para el alcohólico darse cuenta de que su compañero sabía que estaba en tan decadente estado que hasta vomitaba lo que bebía. Roberto decidió seguir con la ruta, a ver si barriendo un poco lograba distraer su mente del hombre acabado que iba callado junto a él.  Y durante la hora que les quedaba para el descanso la botella abrió la boca sólo para repetir el mismo estúpido comentario: “ ¿A qué hora es el descanso?. Yo voy a una tienda de ahí arriba y me compro un bote, tú ves donde quieras, yo voy ahí” . Joder, lo dijo diez veces.

Cuando por fin llegó la hora del descanso Roberto paró junto a la primera tienda que vio, pasando a ella para comprarse un bocata y una cerveza.  La petaca se quedó fuera como pensando que no le cuadraba mucho comprar algo en un lugar distinto al de otras veces. Finalmente se decidió y entró a por una cerveza. Fueron a tomársela a un parque cercano, que por lo menos era mejor que unos coches junto a unos contenedores donde quería quedarse el barril. Roberto se compró una flauta de jamón york y queso, pero al abrirlo comprobó sin asombro que le habían puesto lacón del malo con queso fresco. “Por aquí deben de estar todos igual de gilipollas – pensó”.

Por su puesto que el cubata no se pidió nada de comer, él sólo bebía. Cada vez tenía la cara más roja y la nariz más en carne viva. Parecía a punto de ir a sufrir algún tipo de ataque. A las diez y media en punto volvieron a darle a la escoba, pues Petaca empezó a tener miedo de que les vieran parados después de la hora del bocata.  Roberto sentía verdadera lástima de su compañero,  viendo como se tambaleaba casi sin poder sujetar el cepillo. Ni que decir tiene que no volvieron a intercambiar palabra alguna, pues Alambique casi ni podía barrer nada, como encima para hablar… El único acto voluntario que hizo fue comprarse otro bote de cerveza, pues parece que cada media hora tenía que llenar el depósito. Roberto empezó a sentir que los segundos tienen décimas y centésimas.  Empezó a observar las calles por las que pasaba, leyendo todo lo que tuviera letras para engañar a su mente, pues encima el trabajo se había acabado a eso de las once y todavía tenían que estar casi tres horas más paseando el carro. A  las doce y media se toparon en una de sus calles con otros dos cepillos, un sudamericano con cara de desesperación y  una  mujer con cara de todo menos de mujer. Al juntarse la propia naturaleza se encargó de emparejarles.

 

                    ¿Qué hacéis por esta zona? – preguntó Roberto.

                    Esta calle está en nuestro plano, somos del cantón de la Puerta de Toledo. – contestó el otro.

                    Pues mejor, así barremos menos todavía.

                    ¿A qué no hay casi nada que hacer?

                    La lluvia ya lo ha hecho todo por nosotros. Mejor, ¿no?

                    Claro, pero es que la tía esta no se entera – dijo el sudamericano señalando a la otra que barría una hoja que estaba pegada al suelo. – Esta mujer se cree que está en su casa y tiene que barrer hasta las esquinitas. Ahora se pondrá a fregar el piso y todo.  Mira que se lo digo, pero nada, dice que le dan rabia las hojitas y las quiere barrer todas y yo las tengo que meter con la pala en el cubo. No señor, esto no se puede aguantar.

                    Pasa de ella – le aconsejó Roberto.

                    Pu, pues esta zona es nuestra.- dijo el coctail.

                    Si, ya – contestó la anormal.

                    ¿Tú llevas mucho traba, trabajando aquí?

                    No, he empezado hoy – contestó ella mientras barría ávidamente la arenilla del suelo.

                    Pu, pues mira lo que nos hemos encontrado – la dijo enseñándole un muñeco de plástico de ET que Roberto había descubierto en el suelo.

                    Pues para tus hijos , mira qué bien – dijo ella en vez de preguntarle directamente si estaba casado y tenía hijos.

                    Qué va, si yo no tengo ni mujer – contestó Coma Etílico.

                    Pues yo  tengo dos hijos.

     Y así siguieron hablando ante la  desesperada mirada del sudamericano al ver como ella barría el suelo, porque a la tía le daba rabia ver una hoja tirada; y ante la estupefacción de Roberto que veía como Copa de Ginebra Caliente y Bitelchús estaban ligando mutuamente. “Afortunadamente Dios los cría y ellos se juntan – pensó viendo a la extraña pareja”  Y así estuvieron caminando los cuatro aunque estaba absolutamente prohibido deambular juntos por las calles, pero como a Roberto y al otro les traía sin cuidado, Botellín prefería arriesgarse y tratar de ligarse a la mujer y ésta no se enteraba de nada, pues siguieron dando vueltas juntos hasta que dieron la una y media y cada mochuelo se fue a su olivo. No obstante, a los diez minutos de haberse conocido  Bitelchús repudió claramente a Petaca, pues el hedor que este desprendía era insoportable hasta para ella, que a pesar de tener bigote, una sola ceja, gafas de culo de baso y dientes podridos, tenía algo de buen gusto.

 

     -Vamos ya al cantón – sugirió Roberto- es absurdo que continuemos dando vueltas.

                    No podemos hasta menos diez.

                    Si hubiera trabajo lo entiendo, pero llevamos ya tres horas sin hacer absolutamente nada. Si nos dice algo le explicamos lo que pasa.

 

     Aunque Botella se negaba regresaron al cantón a las dos menos veinticinco.  El capataz se mostró asombrado al verles tan pronto de vuelta. Roberto le explicó lo que pasaba y éste lo entendió pero les mandó limpiar parte de la mierda del patio hasta que llegara la hora. “Nota mental- pensó el chaval – en lo sucesivo no aparecer por aquí hasta las dos menos diez”. Y en ese asqueroso trabajo estaban cuando el incapaz salió con un bidón de gasolina y ordenó a  Roberto que le siguiera, sin darle mayores explicaciones. Roberto soltó la escoba ipsofacto y se alegró de que le sacasen de allí aunque no sabía para  lo que era. El capataz salió a toda hostia del lugar y comenzó a caminar rápidamente por la glorieta de Embajadores, hablando por un móvil. Roberto le seguía a duras penas, pues el tío iba casi corriendo. Cuando dieron la vuelta completa a la gran rotonda, se paró en seco y le preguntó a él que si sabía donde coño había una gasolinera.  “Pues por allí hay una, se ve desde aquí” “Toma, échale cinco litros de gasolina y llévala a  la Puerta de Toledo, que se ha quedado una moto tirada. Corre que mira la hora que es, como nos pillen ya verás”

 

     Roberto fue hasta la gasolinera. Aunque el incapaz le había dicho que echara gasolina, él sospechaba que esos cacharros que van por las aceras deben de ir a gasoil. Le preguntó al gasolinero ,que tendría que saberlo pues esos cacharros repostan siempre ahí. Le confirmó que esas motos iban a gasolina, por lo que se dirigió con su bidón al rescate. Efectivamente, cuando llegó y fueron a echar el combustible vieron una etiqueta que decía que la moto era diesel. “Pero si le he dicho al capataz que la moto es diesel – dijo el motero” “Pues ya ves” El de la moto   llamó de nuevo al jefe y este le dijo que Roberto fuera de nuevo a la gasolinera, que estaba tela de lejos y consiguiera gasoil. Y así lo hizo. Al volver al cantón allí no quedaba ya ni el Tato, siendo el incapaz el único que estaba. “Perdona tío, es que yo he dicho gasolina pensando en combustible, no me he dado cuenta de que era diesel” “ Es igual –contestó Roberto” No obstante el paseo no había sido en balde pues el incapaz le apuntó una hora extra, que conmuta como dos, aunque está claro que no se la incluyeron posteriormente en la nómina.  Roberto había decidido cambiar de turno, pues esos madrugones no tienen que ser buenos para la gente de bien, por lo que le comentó a su incapaz si cabía la posibilidad. Cómo no, él no sabía nada del tema y le dijo que para eso tenía que rellenar una solicitud y ya le responderían las altas esferas. “Malo – se dijo- este sitio funciona a base de solicitudes, menudo contacto entre jefes que hay, sólo se limitan a ordenar y a temer según estés arriba o abajo, y además cada uno de ellos juega este doble rol, teme y obedece al superior y ordena y avasalla al inferior. Mal voy a estar aquí”.

            Como la de un general, así fue la siesta que se echó ese día después de comer como una alimaña.  Y luego hay gente que se queja de que sufre insomnio. Sesudos científicos investigan sobre como combatirlo: que si pastillas, hipnosis, terapias psicológicas, etc. Y una mierda para ellos, el mejor remedio es levantarte a las cinco y media para empujar un carro siete horas, ya verán como se les quita eso del insomnio, enfermedad burguesa donde las haya.

     A la mañana siguiente, o a la noche según se quiera enfocar el asunto, Roberto volvió a cambiarse de nuevo en los vestuarios del cantón. Se encontró con Botella, el cual estaba algo aturdido metiendo sus cosas en una bolsa. “Me , me mandan a Legazpi, que dicen que falta gente”. Roberto se despidió de él, respirando por la boca, como siempre hacía. “A este lo que pasa es que se lo irán pasando entre los incapaces como la falsa moneda. Espero que tenga suerte, aunque viéndole creo que el pobre ya no tiene ninguna salvación”.

     Confió en que el incapaz hubiera conseguido más carros y poder ir sólo escuchando música con el Walkman. Pero no, los carros seguían siendo los mismos, por lo que le asignaron otro compañero, Faustino. Y mira por donde que este hombre cuarentón resultó ser el único ser humano del lugar,  a parte de él mismo. El incapaz repartió las zonas, como todas las mañanas y a las siete en punto ya estaban todos saliendo por la puerta. 

                    Si quieres lo mejor  que podemos hacer es turnarnos con el cepillo y el carro, para no cansarnos, ¿no? – dijo Faustino 

                    Claro hombre, eso es lo bueno-  contestó él entusiasmado por el cambio de compañero.”

                    La verdad es que no hay nada que hacer ¿eh?, está todo limpio.

                    Si, ayer yo estuve todo el rato dando vueltas por la zona.

                    Pues yo paso de dar vueltas, vamos bien despacito, parándonos de vez en cuando y eso , que yo no repito calle. Por cierto, qué tal ayer con el alcoholacha?

                    Pues imagínate, no se enteraba de nada y no hacía más que tragar cerveza.

                    Joder, yo no podía ni estar a su lado, menuda peste que echaba el tío, no sé como aguantaste tú.

                    Pues ya ves, con mucha moral.

 

Estuvieron trabajando tranquilamente  y charlando amenamente, por lo que enseguida les llegó la hora del bocata. Pero antes de eso tuvieron un encuentro con un coche de esbirros, esta vez del Ayuntamiento.  Iban  bajando una calle, cada uno por un lado, cuando un coche sin ningún distintivo se paró en medio de ellos. Iban tres personas en él, uniformados con trajes del Ayuntamiento. El conductor parecía el cabecilla, y así lo confirmó cuando habló y subió el pan un euro. “¿Qué hacen los dos juntos? “ “Pues barriendo” “No pueden estar juntos, está prohibido, tienen que ir cada uno por su zona, además sólo veo un cepillo” “ Es que uno lleva el carro y la pala y otro el cepillo” “Falta un carro, ¿dónde lo han dejado?” “Vamos juntos con el mismo carro” “Ya hemos metido la pata – dijo el copiloto” “Bueno, ¿ y no pueden ir a coger otro cepillo y barrer cada uno por un lado, separados para luego más tarde ir recogiendo los montones? Está por aquí el jefe dando vueltas y como les vea  juntos se van a enterar, lo tienen prohibido- siguió el pazguato” “ ¿Estamos hablando de lo mismo? –le preguntó  Roberto – se supone que tenemos que barrer , ¿no?, ¿Hace falta alguna estrategia napoleónica para hacerlo?” “Les digo que si viene el jefe…” “Vámonos anda, que estamos interrumpiendo el tráfico – dijo el copiloto haciendo un ademán de que el que conducía era más tonto que donde los hacen”.

 

                    ¿Tú te crees las tonterías que hay que oír, macho? – dijo riendo Faustino.

                    Esta gente roza le estupidez completa.

                    Ya te digo, no saben ni mirar un plano y dividir zonas, ayer pusieron a otro carro más en la mía.

                    Y en la mía también coincidimos con otros.

                    Lo que yo te diga, son tontos de baba. ¿Sabes cual es el problema? , que los pobres son guardias jurados de profesión pero les han contratado para esto, que hacía falta gente para esta nueva división.

                    Ahora entiendo todo, son esbirros del sistema. ¿Qué se puede esperar de alguien que se gana la vida con porra y pistola, qué encima sean capaces de pensar con coherencia? – dijo mientras los dos reían.

                    Ya te digo macho, y además son cerrados de mente que te cagas. Ayer  figúrate que un chavalito de aquí me dijo que se le pasó la hora del bocata porque iba con la moto caca esa o lo que sea. El caso es que le vio un capataz de estos a las diez y veinticinco todavía trabajando y le dijo que si ya había desayunado. El chaval cayó en la cuenta de que se había olvidado y el otro en vez de decirle que parara media hora a desayunar le dijo que a  ver si el próximo día no se le olvidaba porque ya no podía pararse nadie, que podía venir un jefe y se iba a liar si le veía parado después de y media. Y el chaval se quedó sin desayunar.

                    Vamos, me iba a haber quedado yo sin desayunar por los cojones.

                    Ya te digo,macho, qué más dará parar antes o después mientras que pares media hora sólo.

                    Estos son unos gilipollas. Siempre nos están amenazando con un supuesto jefe a lo “gran hermano” que nos vigila y controla y que nos castigará severamente si no hacemos todo según dicen sus estúpidas mentes. Es como este idiota de antes, que nos quiere enseñar a barrer y nos amenaza con que viene el jefe para que le hagamos caso, como si fuéramos unos timoratos de mierda.

                    Ya te digo, pues que no se pase que le pego un palazo – concluyó Faustino entre risas.

 

     Desayunaron algo en un bar para seguir a la media hora dándole a la escoba. Y en estos quehaceres estaban cuando ocurrió algo que a punto estuvo de dejar a Roberto sin trabajo. Resulta que mientras estaban barriendo una zona  se toparon con un indigente portugués que estaba parado tras un coche Clio contando unas monedas que había colocado sobre el maletero del mismo.  El chaval se estaba haciendo un gran lío con los céntimos de euro por lo que le preguntó sonriente a un hombre que pasó a su lado que si había más de un euro ahí. El hombre le dijo que sí y se largó a toda prisa.  El portugués se alegró de la respuesta del hombre que le había dicho que sí y empezó a reír mientras contaba histriónicamente las monedas.  Roberto, al pasar por la acera de enfrente a la suya, pensó en cruzar y ayudarle en las cuentas pues  seguía haciendo gestos de no saber cuantos escudos sería todo eso. El caso es que cuando iba a hacerlo vio como al final de la calle apareció un coche del departamento de limpieza con su incapaz dentro. Como les habían prohibido hablar con la gente, ni dejar por un instante de barrer, decidió no arrimarse al chaval. Y esperando estaba a que la furgoneta llegara hasta allí cuando vio aparecer por el otro lado de la calle a una pareja con pinta deshumanizada: ella vestida a lo “fashion” y él lo mismo, con barba recortada y todo. Se dirigían directamente hacia el vagabundo con cara de pocos amigos. “Malo – se dijo el chaval” Y efectivamente no se equivocó en su primera impresión, pues nada más llegar se pararon junto al Clio y le dijeron con muy malos modos al portugués que el coche era de ellos y que quitara inmediatamente todo lo que había en el  maletero. El indigente les dijo, sonriendo, que perdonaran y que esperaran un minuto que ya lo quitaba. Y ante esta respuesta el imbécil moderno le gritó autoritariamente: “¡lo quitas ya¡” “Si , ya voy “ “ Ya voy no, que quites de ahí esta mierda, escoria – dijo muy enfadada la anoréxica.” “ ¿Eres idiota, además de un cerdo? – gritó el prepotente mientras empezó a tirarle las monedas al suelo.” “Lárgate de aquí, escoria – gritó la cocainómana empujando al pobre portugués que trataba  de que no le tiraran todas las monedas a la carretera. A Roberto le empezó a bullir la sangre al ver la actitud fascista de los dos desgraciados esos, por lo que cuando tenía aún una  papelera en la mano dio un paso al frente y miró desafiante al cachitas prepotente, exclamando para que le oyeran perfectamente: “serán hijos de puta, pero tú te crees como le están tratando. Par de cabrones”. Pensó en estrellar la papelera sobre su estúpido utilitario, pero al ver que la furgoneta se acercaba a ellos dejó la papelera en su sitio, quitándose no obstante los guantes como dando a entender al figurín que iba a ir a por él. El glaoumuroso chaval se dio cuenta de que los dos barrenderos estaban del lado del portugués, por lo que cuando este empezó a insultarle diciendo que era un maricón y que le chupara la polla, el estulto burgués hizo además de ir a por él , pero se lo pensó mejor y se dirigió rápidamente  hacia el coche. Lo cierto es que le salvó la campana, pues Roberto iba a por él directamente, ya que no soporta este tipo de vejaciones a las personas. Y la campana vino en forma de coche con dos incapaces dentro. Se pusieron justo en medio del Clio y de los barrenderos.  Les dieron un par de estúpidas órdenes del tipo “Hay una caja en no sé que esquina, recójanla y barran luego tal calle” El caso es que para cuando se hubieron ido ya se habían largado también los imbéciles del Clio.

     “¿Y a ese tonto que le pasaba? – preguntó Faustino refiriéndose al figurín, pues él había  estado algo distanciado de la bronca.” Roberto le contó lo ocurrido y el otro contestó: “haberle dado con la pala, yo te hubiera ayudado si acaso hacía falta” “No me han faltado ganas, pero es que venían esos y no quiero perder el curro tan pronto”.

     A los siete días tuvo que ir otra vez al trabajo. Había sido una semana muy buena, salvedad hecha de la nueva visita al dentista, claro. Le llamaron del concurso de la tele, citándole para el siguiente lunes a las siete de la mañana en Príncipe Pío. También es casualidad que le llamen justo el peor día de la semana para él, ya que le pilla cansado y con el sueño alterado del trabajo del fin de semana. Trató de que le cambiaran la hora pero fue imposible, ya que las sesudas personas de selección de concursantes habían hecho todos los grupos muy escrupulosamente y él encajaba únicamente en ese grupo del lunes a las siete. Como era de esperar en esos días también recibió varias ofertas de trabajo., Le llamaron de varios bares y supermercados. Es matemático, cuando te hace falta no aparece lo que quieres y cuando ya no lo necesitas aparece.

       Una vez que las escaleras de la estación del tren del cercanías acabaron de subirle a la primera planta, se sorprendió desagradablemente al ver a un esbirro apostado en los tornos de entrada para controlar al personal que pasaba. Maldiciendo a este triste personaje, especie de recaudador de señores feudales, fue a la taquilla a  sacar el billete. Un euro con un céntimo. Hay que joderse, con un céntimo. Parece una tontería, pero qué va, en las primeras semanas del euro a todos los billetes le ponían esta coletilla de un céntimo y como la gente se hacía unos líos tremebundos con la moneda nueva, resulta que les cobraban diez céntimos en vez de uno. Multiplica diez céntimos por un mogollón de números y tendrás una gran cantidad de pasta para las arcas del señor feudal. El caso es que tuvo que comprar el maldito billete que no le serviría para nada una vez atravesada la aduana del triste esbirro, pues en el tren no hay revisor y los tornos de Embajadores ya se sabe que son automáticos. Esto cabreó bastante a Roberto, pero lo que ya le tocó las pelotas a dos manos fue el hecho de que perdió el tren con la tontería de ir a por el billete. Y ya se sabe que a las seis y veinte de la mañana de un sábado, y  si no se sabe aquí queda dicho, la frecuencia de los trenes es menor que la de los polvos que hecha un casado. Todo esto provocó un fuerte enfado en el chaval, que sentado en el frío asiento de la estación se dispuso a leer un poco para pasar el rato y no pensar más en el triste esbirro. Pero el caso es que cuando una persona duerme cuatro horas no tiene el cuerpo como para ponerse a leer, por lo que cerró el libro y se puso los cascos del walkman que había cogido para soportar el tedioso trabajo.

     Al igual que el fin de semana anterior, había grupos de jóvenes borrachos esperando el tren. Es realmente patético ver a estos grupos de chavales , pues si ya de por sí suelen ser algo tontos en general, ya borrachos son absolutamente despreciables. Hay que ver la de tonterías que pueden llegar a decir por minuto y lo alto que lo hacen. Y lo malo es que la borrachera que llevan es la peor que se puede llevar, pues no es tan grande como para dejarlos roncando semi-inconscientes  en el banco, ni tan pequeña como para ser un mero “puntillo” y que no se desinhiban como lo hacen. El caso es que era  la típica borrachera para dar la plasta, y vaya si la daban. Ya en el apeadero los comentarios parecían como de una competición entre la inteligencia y el que estaba hablando, competición en la que siempre acababa ganando la inteligencia, así de pazguatos eran los borrachos. Los chicos  no paraban de decir ordinarieces y de tirarse eructos, ante el beneplácito de los que les rodeaban, decían cosas como : “hoy no te han metido bien el rabo, eh, Puri” o “Esa tía quería chupármela pero yo he pasado porque tenía que ir a pegar al Chusqui, otro día me la follaré”. Y lo más triste de todo es que ante estos comentarios las chicas se reían.

     Durante las seis estaciones que hay hasta Embajadores fueron muchos los grupos de jóvenes y no tan jóvenes que bajaron y subieron. Los grupos de chavales jovencitos , también conocidos como “Warriors” o “Kids”  (por lo de las películas), tienen un pequeño pase porque son jóvenes y están borrachos, por lo que tienen derecho a hacer el ganso, como lo hemos hecho todos. Pero coño, los grupos de más de veinte años son patéticos cuando el nivel intelectual en conjunto no supera el de un guardia jurado cualquiera. A esta gente le suele dar por meterse con todo Cristo. Si hay una chica feucha en frente, se parten el culo de ella. Que la chica está buena,  la dicen barbaridades. Que el de enfrente es un pobre mentecato con pinta de currela, se meten con él y se ríen de la bolsa que lleva con el bocata. Que el de enfrente es un tío de uniforme, se meten con él por lo hortera que va vestido (ya que los uniformes siempre son irrisorios). Y si no hay nadie en quien vomitar su estupidez, pues empiezan a hacer el ganso, escupiendo en el suelo, armando jaleo o riéndose exageradamente de groserías dichas en alto. Son realmente patéticos, porque hay edades y edades para todo. Y ahí les tienes, tan felices con sus pedos y con lo que han hecho esa noche: pillar una borrachera gastándose mogollón de pasta, no comerse un rosco  porque no hay ninguna tía que pueda sentirse atraída por semejantes ocelotes  (y la que lo hace tiene todavía más delito que ellos) y liar un par de broncas con otras amebas de su especie. Y encima suelen ir disfrazados, arreglados como pensando en que por ponerse ropa de marca y echarse colonia van a triunfar en la vida, cuando deberían de saber que el único triunfo que puede obtener un hombre se encuentra en el “ser” y no en el “aparentar”. Claro que para seres tan vacuos e insensibles como ellos lo único que puede esperarse es que lleguen al “ser” pero por lo seres que son.

     Debido a lo del billete llegó algo tarde al trabajo, bueno llegó justo a las siete. Cuando entró ya no quedaba casi nadie dentro, pues llevan ahí desde las seis y media y antes de las siete ya están todos paseando los carros.  Se metió a los vestuarios y se cambió en dos minutos. El incapaz le dijo que había que venir antes y él le dijo que dependía del tren. A las siete y cuatro ya estaba saliendo por la puerta, esta vez  sin compañero. El incapaz le instó a que saliera muy deprisa de allí y mirara la ruta una vez estuviese en la calle porque “si viene un jefe y te ve todavía aquí a estas horas me cortan el cuello”. Eran las siete y cuatro minutos de la mañana. Lo de esta gente empezaba a ser ya paranoico. 

     Por fin podía salir solo con el carro, escuchando música  y vaciando la mente por completo, pues la responsabilidad y la concentración que exige el trabajo de barredero es inexistente. Le dieron una nueva ruta, que empezaba en la Glorieta de Embajadores  y abarcaba unas cuantas calles más como parte de Ferrocarrill, Tarragona e Islas Canarias. Andando se recorría en cuarto de hora, así que había que tomárselo con calma. Ir con un carro relativamente grande y con un uniforme estrambótico da cierta sensación de ser un claro centro de atención urbana.  Además te da licencia para caminar a tus anchas y vacilar un poco al personal. Roberto tenía la sensación de haberse colocado en la piel de Ignatius Really cuando iba empujando un carro de perritos calientes en aquella exquisita “Conjura de los necios” de Toole. Se dio cuenta de que la gente  de la zona, sobre todo los ancianos y los niños,  le veían como una especie de funcionario público a su servicio y como una especie de agente de la autoridad, pues le mostraban respeto  y demandas al mismo tiempo.  Durante ese primer día en solitario fueron muchos los ancianos que le saludaron a su paso, algunos hasta se paraban a hablar con él. Hubo uno muy cachondo que le dijo: “Oiga  joven, hay que ver lo elegante que va usted. Menudo traje tan elegante que les dan. Parece usted un ministro.” Roberto, claro, se rió ante el comentario, pues no sabía si el viejo le estaba vacilando o qué. En cualquier caso le contestó diciendo que no le comparara con un ministro, pues él se ganaba el pan trabajando.

     Trató de ralentizar el paso, pues todavía no era la hora del descanso y ya había hecho más de la mitad del trabajo.  No había venido ningún jefe a molestarle, por lo que la mañana estaba pasando estupendamente.  En su zona había un bar de esos de fast food camuflados, un Cambrinus. Este sería el lugar en el que Roberto se aseara y liberara a Willy por las mañanas, ya que el servicio estaba muy limpio a esas horas. Ese primer día le pidió permiso al camarero, un tío amargado de vida triste y gris que ni le miró cuando le pidió permiso para bajar al baño. El resto de los días ni se molestó en molestar al pobre camarero. El descanso lo pasó en un parque de su zona, que era el único lugar en el que podía sentarse y disfrutar del sol. Allí sentado también era el blanco de los comentarios de la tercera edad: “Qué bien está usted ahí, hijo, comiendo ¿eh?. Hay que alimentarse – le dijo una elegante vieja que pasaba por allí” “Si señora, si no me cuido yo no lo va a hacer nadie por mí” “Tiene usted toda la razón, aunque tal y como están las cosas en el mundo a uno se le quitan las ganas hasta de comer. No hay más que guerras y gente mala. Es un desastre esto, se le quitan a uno las ganas de vivir” “Bueno, señora, todavía hay sitios en los que se puede disfrutar del sol, como aquí por ejemplo” “Claro, hijo, usted que es joven puede pensar así, pero ya nosotros – dijo con tono de auto conmiseración” Roberto decidió  no seguir con la conversación, pues aunque le conversación con la gente mayor siempre es interesante y enriquecedora, en ese momento no tenía ni pizca de ganas de platicar con esta buena mujer sobre el sentido de la vida, pues lo único que quería era escuchar un poco de música y disfrutar de su cerveza mientras descansaba el cuerpo en el banco de madera y recibía el beneficioso calor del sol.

     Por fortuna el parque no pertenecía a su zona, teniendo únicamente que barrer la las aceras que lo bordean.  La fortuna reside en que dicho recinto estaba poblado por unos extraños seres que llevaban perros atados con cuerdas y por otros aún más extraños que fumaban petas, bebían litronas y escuchaban exabruptos de un radiocasette. Tener que barrer entre tanto animal – chuchos y cerdos – no es algo que le agradara al chaval. El trabajo de barrendero es a veces muy escatológico, como bien comprobaría él los días sucesivos, pero ya ese día sintió verdadero asco de los cerdos que se drogaban en el parque. El también es un ácrata de narices, y también ha tomado cerveza en los parques y ha ido y va con pintas de macarra, hippy o como se quiera llamar a alguien que pasa de la sociedad y las normas establecidas. Bohemio podría calificársele,  que es un tipo de anarquismo amable, también trasgresor pero no agresivo hacia el prójimo. Aquí se volvía a lo de antes del tren, este grupo de acabados estaban más cerca de los cuarenta que de los treinta y tenían una pinta absolutamente demacrada, con chupas de cuero roído y pantalones llenos de mierda.  Sus gestos eran de auténticos peleles, y según iban pasando las horas, más abúlicos se volvían, pues se limitaban a fumar y beber, mientras que de vez en cuando cantaban alguna de las horribles canciones que vomitaba su loro. ¿Cómo puede llegar a degenerar tanto una persona? Viendo a estos seres tan desnaturalizados, envueltos y rodeados  de mierda, porque no tiraban nada a la papelera, Roberto no sintió lástima por ellos sino auténtico asco pues la lástima es un noble sentimiento reservado para las personas, y estos seres que eructaban y meaban en los bancos no eran en absoluto personas.  Seguramente algún día lo hubieran sido, pero ya habían perdido absolutamente el norte. A Roberto le hubiera gustado acercarse a ellos y preguntarles: “oye, decidme una cosa, ¿qué os gustaría ser si vivierais?”.   Se acordó entonces de una etapa de su infancia, en los ochenta, en la que tenía que atravesar un gran parque todos los días para ir al colegio. Era la década de la heroína y, cómo no, en un parque de un pueblo del sur de Madrid esto estaba a la orden del día. Por lo menos eran cien los yonquis que se chutaban a diario en dicho lugar. Y él pasaba todos los día por ahí varias veces, entre ellos, viendo como se inyectaban, como vomitaban, como se quedaban tirados en el césped, como les daban bajones, monos y subidones.  Y cómo discutían entre ellos para conseguir una mayor dosis o un mejor precio, gritándose, suplicando, llorando y pegándose. Era algo realmente triste, pero lo más lamentable del asunto no era esto, sino que tanto a él, como a los demás niños y adultos que pasaban por ahí ésto les parecía normal y no se asombraban ni se asqueaban ante tamaño espectáculo. Se habían acostumbrado a ello, y no hay nada peor que eso para un hombre, ya que al ser un animal de costumbres puede ver como normal algo que no lo es en absoluto. Afortunadamente Roberto ha vivido bastante y ha aprendido a diferenciar y a valorar las cosas en su justa medida. Si volviera la vista atrás comprendería que lo que podía llegar   a sentir por esos pobres yonquis era lástima, pero lo que ahora sentía por estos fumetas era asco, ya que los pobres heroinómanos que se mataban lentamente se engancharon a la mierda por desconocimiento, ignorancia y por dejarse llevar, pero es que estos casi cuarentones del parque estaban ya en el año 2002, época en la que se conoce mucho más la vida y en la que no es tan fácil ser un tirado de mierda al no ser  que sea eso lo que quieres ser. Además, esta gente no tendría ni oficio ni beneficio, dedicándose únicamente a los trapicheos y a joder a la gente normal, pues son ellos los que atracan, roban y acojonan al personal doquiera que vayan. Y esto es cierto, aunque pueda sonar a comentario fascistoide, pero nada más lejos de la realidad, pues Roberto reconoció en uno de ellos al cabrón que  una vez viera quitándole el bolso a una pobre señora que esperaba el autobús en Carabanchel. Que se droguen, que se meen encima, pero que no lo hagan en un céntrico parque público a plena luz del día. Meteros en cualquier casa, en cualquier pocilga, echaros al monte  o lo que sea, pero si queréis vivir entre personas comportaros mínimamente como tales. No es tan difícil. Por ejemplo: la ropa la pueden cambiar cada año en tiendas de segunda mano o aprovechando las putas rebajas. Los litros cambiarlos por  latas y los porros hacerlos sentados en un banco de forma tranquila. La música la quitan y  para mear ir a un bar cercano o a algún recoveco escondido de la ciudad. Es así de sencillo y pasarían de ser unos cerdos asquerosos a unos ácratas normales, que eso no es nada malo. Luego un trabajito para dejar de delinquir y ya está, a vivir, si es que quieren vivir en sociedad.

     El trabajo se terminó a eso de las doce, por lo que tuvo que estar deambulando con el carro durante hora y media más. En cualquier caso no era tampoco algo agotador, pues como a él le encanta pasear no hay problema.  Y si el paseo se hace escuchando un poco de música,  bien proveniente del walkman o bien de la propia conciencia, el paseo es bastante relajante. Alguien dijo una vez que cantar es el mejor estado que puede adoptar un hombre para olvidar, pues al cantar sólo pensamos en cosas que amamos. Tal vez habría que preguntarle a este hombre que qué pasa cuando lo que se quiere olvidar es precisamente un amor. Roberto sabe que lo mejor para sosegar un alma inquieta, dentro de una gran ciudad, es pasear y canturrear aquellas canciones con las que te identifiques. Es por esto que el trabajo solitario del barrendero puede resultar altamente sosegante. El problema, como siempre, son los demás. Es como ese cartel que hay en muchos bares: “hoy es un día estupendo, verás como viene alguien y lo jode”. Pues lo mismo pasa en este caso, la jornada laboral puede ser estupenda y fructífera, pero siempre hay alguien que viene y la jode. En este caso este negativo papel lo representan los incapaces. Por fortuna ese primer día no le molestó nadie, pero el resto iba a comprobar ampliamente lo que era que alguien “te joda un día”.

     El domingo no debería de empezar nunca antes de las doce de la mañana. Esto es algo que debería ser ley. Para los barrenderos del cantón de Roberto el domingo era un día que comenzaba a las seis menos cuarto de la mañana. El chiste de Placido Domingo y el jodido lunes cambiaba ahora pasando a ser un dueto de jodidos. Por suerte le dieron la misma ruta que el día anterior, por lo que al conocerla, podría ralentizar su trabajo hasta el punto de terminar justo a la hora indicada para volver al cantón. La jornada empezó bien, pues no había casi nadie por las calles y la suciedad era casi inexistente. Pero a la hora y media de haber empezado a barrer  apareció el incapaz para joderle el día.  Roberto le vio venir desde lejos. Nada más verle debería de haberse quitado los auriculares, pues está prohibidísimo trabajar con ellos, es lo primero que te dicen cuando firmas el contrato, y hasta te lo ponen con letras mayúsculas en la primera hoja que te dan. Roberto lo sabía perfectamente, pero no hacía caso, claro,  ya que si hiciera caso a todas las tonterías a las que te obligan en la vida se convertiría en un tonto más. El caso es que el capataz llegó a su lado y  al verle con los cascos le dijo que estaba prohibido y que por lo menos se quitara uno. Así lo hizo, mientras el jefe empezaba a decirle tonterías del tipo “límpiame bien esta calle” o “por dónde estas siguiendo la ruta” , etc. Pensó en decirle que le dejara en paz, que de sobra sabía él en que consistía el trabajo que tenía que desempeñar. Pero como no quería llevarse mal con el joven pazguato, le siguió la corriente y le contestó: “ Ya he barrido tal zona y esto lo quito ahora, no te preocupes, es que primero voy a limpiar aquellos esquinazos que tal y cual Pascual…” Y el incapaz se fue tan contento. Si es solo esta visita se puede aguantar. Pero al rato, antes del descanso, apareció de nuevo el pesado, esta vez para decirle que “le quitara” (vuelta al corporativismo vanidoso) todos los cartelitos de las farolas. “No te preocupes – le siguió él”. Y después del descanso otra vez apareció el tío, esta vez para decirle que  le había llamado el jefe muy urgentemente para que le dijera que fuera corriendo a quitar unos plásticos que había en una esquina que pertenecía a su zona. “El jefe”, Roberto empezaba a tener ganas de conocer al tipo ese que se paseaba con el móvil siempre encendido escrutinando las calles de Madrid.  Otras personas que te pueden “joder el día” son algunos ciudadanos, que al verte de uniforme se piensan que eres algún tipo de delegado del ayuntamiento y te hacen todo tipo de consultas: “Oiga, joven, se ha roto el grifo de la fuente, ¿usted podría arreglarlo o llamar a alguien?”. “Alguien ha roto unas botellas en tal plaza, quien se tiene que encargar de recogerlas?” “¿Sabe usted donde está la entrada del aparcamiento del centro cívico este?” “ Sus compañeros de la manguera me dejan por las noches la fachada del bar llena de salpicones, eso no se puede permitir, ¿usted podría arreglar este asunto?” Y a todas las cuestiones el respondía de la misma manera: “llamen al Ayuntamiento”. Y luego están los que piensan que es una base de información. Tanto conductores  como transeúntes le preguntan constantemente por esta o aquella calle, o por este o aquel lugar, como si el fuera alguna especie de taxista.

 

     Y por fin llegó el lunes, día en el que con un poco de suerte podía aparcar definitivamente el carro de barrendero. No iba a ir en las mejores condiciones físicas al concurso, pues durante el fin de semana había dormido poco y el lunes tenía que levantarse a las cinco para estar a la hora convenida para la cita. Habían quedado a las puertas de un hotel donde les recogería un autocar que les llevaría hasta el lugar en el que la productora tiene los estudios de grabación., en un polígono cercano a la sierra de Madrid.  Al llegar al hotel se encontró con un buen puñado de gente. El pensaba que solo estarían los nueve concursantes para la grabación de ese día, pero parece ser que habían citado como mínimo a otros nueve para grabar el siguiente programa también. El sabía que hacían dos grabaciones diarias, pero no suponía que los de por la tarde tuvieran que pasarse todo el día en el estudio. La gente parecía conocerse muy bien, por lo que se extrañó de que en tan solo unos minutos que llevaban juntos ya se hubieran estrechado tanto los lazos. Era algo raro, aunque tenía una explicación lógica que descubriría mas adelante: tan sólo eran nueve los concursante que iban en el autocar, mientras que los otros veinte eran miembros de la productora. Buen paripé que se tienen montado en este oficio. Roberto ya sabía, por amigos periodistas que tiene, que en el mundo de la televisión el paripé es lo que prima habiendo gente que trabaja llevando los cables del que lleva los cables de un cámara y trabajos absurdos e innecesarios de ese tipo, sobre todo en las televisiones públicas. Y además cobran un pastón. Uno de sus colegas ganaba una pasta por estar pendiente de que un foco no se fundiera, como se oye, por esto. El caso es que para esta ocasión eran veinte las personas que les acompañaban para realizar el programa, amén de otros tantos que les esperaban en el local de grabación.

     A los nueve concursantes los colocaron en las primeras filas, para empezar a explicarles  el funcionamiento del concurso y lo que tenían que hacer. En un primer vistazo los concursantes contra los que tenía que competir le parecieron cuanto menos peculiares: un punki gordinflas, una chica gorda vestida con una ropa ceñida y estrambótica, una maruja todavía más gorda, un chaval con gafas clavadito a Javier Cámara, una mujer con pinta de macarra venida a menos, un hombre de aspecto erudito, un chaval normal y una chica normal también. Más o menos todos sabían el funcionamiento del programa,  aunque  solo en líneas generales y sin conocer las miserias del mismo y las medias verdades que les habían dicho. El tío de la productora les empezó a contar todo acerca del concurso, diciéndoles cosas que de haberlas sabido antes hubieran hecho que la mayoría de los nueve que estaban montados en el vehículo hubieran renunciado  de antemano. Resulta  que  a la hora de leerles el contrato había unas cláusulas estúpidas que hacían ya presagiar la estupidez del evento televisivo, así como otras leoninas que hacían encender todo tipo de sospechas sobre el mismo. Las estúpidas eran del tipo que se prohibía  a los concursantes hablar con alguien sobre el funcionamiento del programa y los entresijos de la grabación en un plazo de tres años. Menuda tontería. Y las leoninas, las realmente preocupantes, eran que el ganador no tenía en absoluto garantizado el cobro del premio, ya que este se sometía a la previa emisión del programa y se efectuaría, además, a los tres meses de haberse emitido. El programa iba a ser vendido a Televisión Española, por lo cual la productora no adquiría ningún tipo de compromiso ni daba garantía de que esto fuera así realmente, por lo que quedaba a la discreción de Televisión Española la compra o no de los programas grabados así como la emisión de los mismos. Si no había emisión no había premio. Roberto es el primero de los nueve que no hubiera ido al concurso sabiendo esto, pues él quería el dinero para ya mismo, para no tener que trabajar hasta el verano. Una vez en el verano  ya no quería para nada el dinero del premio. El de la productora les explicó que en caso de que tuvieran duda con la validez de alguna respuesta dada que hubiera sido dada como nula y ellos pensaran que era verdadera debían de esperar a que terminara el turno de preguntas y luego hacer la reclamación. Aunque no obstante les explicó que había tres personas encargadas de las preguntas: una que las elegía, otras que las contrastaba y otra que las re-contrastaba. Es para cagarse: “Hola Pepe, ¿a qué te dedicas ahora?” “Soy contrastador de preguntas en un concurso de televisión” “ no te preocupes, yo tengo un cuñado que es re-contrastador de preguntas en otro concurso”. Lo dicho, menudo paripé.

     Llegaron al estudio a eso de las ocho de la mañana. Nada más llegar les hicieron pasar a un restaurante en cuyas espaldas estaban los camerinos de la productora. Les condujeron por un elegante laberinto alfombrado hasta un camerino que hace las veces de sala de estar en la que concentran a los concursantes.  El personal que trabaja para atender a los concursantes es superior en número a éstos. La función que desempeñan el noventa por ciento de los mismos está todavía por descubrir. El caso es que pueden verse siempre caras nuevas dando vueltas por la zona. Lo que parece es que cada cargo tiene un par de ayudantes, que no hacen nada en absoluto y que si hacen algo es el trabajo que debería hacer su superior, con lo que ahora es este último el que se queda sin función. En definitiva, que un trabajo para uno es realizado por cuatro personas.  Tenían que pasar por turnos a la sala de maquillaje y a peluquería. Lo harían de tres en tres. Roberto fue de los primeros que fue a maquillaje, pues había oído que les iban a servir algo de desayuno y no quería que, fuera lo que fuera, se enfriase. En el estudio de maquillaje  estaban tres de las chicas del autocar.  La sala estaba llena de espejos de esos rodeados por bombillas. Se sentaron frente a su imagen en unas sillas de cuero como de cohete espacial. Y entre él y su imagen se expandían innumerables artilugios  maquilladores. Es increíble la cantidad de ungüentos y potingues grasientos que inventa la industria del maquillaje. La señorita Pepis empezó a untar a Roberto una crema facial con una esponjilla. Joder, qué mal huelen esas cosas. Después empezó a tocarle la cara como si se tratara de Mister Potato en vez de una persona, pues le ponía posturas faciales inverosímiles. Le decía: “Sube la barbilla, frunce el ceño y espera a que te pinte aquí” y a su vez ella le agarraba por la frente y le inclinaba la cabeza  para atrás hasta que el chaval cogiera complejo de contorsionista. Y la chica parecía elegir muy escrupulosamente los artilugios de maquillaje. Tenía frente a ellas cientos de objetos, de los cuales cogía uno y escrutinaba la cara del chaval , para acto seguido aplicárselo. Le daban con unos lápices en los ojos, con un pincel en los labios, etc. Roberto tenía a su lado al punki, por lo que al ver en el espejo como le estaban maquillando no pudo evitar partirse literalmente de risa. ¡Un punki siendo maquillado por la señorita Pepis¡ Es para cagarse, ya sólo por esta visión merecía la pena el viaje. El punki y las maquilladoras le preguntaron que de qué se reía. El les respondió que de la situación, pues si les dijera que del punki podría malinterpretarse su comentario.

     Cuando volvió al cuarto de estar había una fuente de cruasanes encima de la mesa, junto a una jarra de café y otra de leche. Roberto fue el primero en coger un croasan.  De la peluquería él se libró al llevar la cabeza rapada, pero aún así le hicieron pasar por otra sala, la de vestuario. Resulta que les habían dicho a todos los concursantes que llevaran ropa de repuesto  por si coincidían entre ellos en la vestimenta y debían de cambiarse de ropa. Roberto pensó, inteligentemente, no llevar más ropa y que fueran los otros quienes se cambiaran en caso de coincidencia. El iba con una camisa blanca, al igual que la mayoría, por lo que no podía concursar así, ya que una mujer no podía cambiarse al haber traído ropa de repuesto que no servía, pues en la televisión les prohibían llevar casi todo tipo de prendas. No  podían llevar nada negro, ni con rayas, ni con cuadros, ni amarillo, ni de varios colores. Joder, el guardapolvo se reduce bastante de esta forma. El caso es que a Roberto le condujeron a la sala de vestuario. Para hacerse una idea del paripé laboral que hay  aquí mostrar sólo este botón: a Roberto le dijo un chaval que tenía que pasarse por vestuario. Al salir del salón fue un segundo chico quien le condujo hasta el lugar, a unos diez metros de donde estaba. Una vez allí le recibió una chica muy mona, tras la cual apareció un tío con más pluma que Caponata que era el encargado de elegirle la ropa. Cuatro personas para un trabajo que podía realizar una. En la sala había gran cantidad de ropa, por lo que Roberto empezó a vacilar al sarasa y a la tía buena con lo que tenía que ponerse. 

 

                    ¿Te gusta alguna prenda en especial? – preguntó muy serio el travieso.

                    Pues esta no está mal – contestó él señalando un top de mujer – aunque va a ser corta tal vez, ¿no?. Además, como no tengo piercing en el ombligo no me la puedo poner, ¿verdad?.

                    Es que esa es de chica – dijo la tía buena, que llevaba el ombligo al aire y con un pendiente.    

                    Yo creía que en televisión la moda era unisex.

                    Mira a ver si te gusta esta camisa – dijo Sarasa muy serio cogiendo una prenda azul.

                    No está mal,  pero aquella está mejor – contestó él-  Lo que pasa es que yo soy daltónico y a lo mejor estoy poniéndome algo horrible. ¿Esto tiene cuadros o rayas?

                    Es lisa – dijo la chica dando vueltas en la cabeza a que los daltónicos cofundían los colores pero no las formas, aunque sin decírselo al chaval, que les estaba vacilando.

                    Pues yo creo que mis cejas reclaman un tono más pastel – dijo mientas se probaba la camiseta y la camisa elegidas por Sarasa- además, esta me está corta del tiro, a lo mejor si le cogemos un poco los bajos se arregla – les dijo como si estuviera hablando de un pantalón. Antes de que los dos currantes le dijeran algo del asunto él siguió con su royo –  Y el pantalón este me está corto de sisa, si me lo pudierais arreglar. Ya sé que no es vuestro, pero ya que estamos.- La chica empezó a reírse al comprender por fin que el chaval estaba de cachondeo total. Sarasa ,no obstante, seguía impertérrito la jugada y  se tomaba de forma concienzuda su trabajo. 

                    Yo creo que así estas muy bien – le dijo – ¿te quedas con esto puesto entonces?

                    Si ,el verde me favorece – contestó él  con la camisa azul puesta. Salió de allí mientras la chica reía y Sarasa colocaba prendas de vestir en los percheros.

 

     Sus compañeros iban desfilando por las distintas salas, por lo que nunca había más de tres en el salón.  Todavía quedaban más de la mitad de los croasanes , por lo que Roberto tuvo la tentación de comerse otro. “Oye, perdona, – le preguntó a uno de los sin función que había por allí- los “curasanes” los tenéis contados?” “No lo sé – contestó el chaval- ahora lo pregunto, pero tenéis uno para cada uno. Si ya has comido uno cómete otro si quieres, seguro que hay más, aunque no lo sé seguro, pero lo pregunto y…” “Vale, vale – le interrumpió ante el aparente agobio del chaval- es igual si tampoco me apetece mucho, déjalo.” No obstante, al rato vio a otro sinfunción distinto que asomaba la cabeza por la puerta y no pudo evitar darle algo que hacer. “Perdona, ¿tenéis algo para beber que no sea café?. Zumo, agua, infusiones, güisqui, no sé, algo distinto.” Y cuando el sinfunción fue al bar a coger algo de beber, apareció la tía buena del vestuario que le dijo sonriendo que tenía que volver a la sala de la ropa. 

 

   -Hay una mujer que va también con tonos azules, por  lo que  tenemos que cambiarte. – le dijo.

                    ¿Cambiarme a mí?, por quién, a mi me gusto tal como soy.

                    No, la ropa – contestó ella riendo.

                    Ah bueno, si es eso me da igual. Además es vuestra y el amarillo no me sienta muy bien, lo estábamos comentando antes en el salón.

                    ¿Qué te parece esta camisa? – preguntó Sarasa muy serio y mirando fijamente y de arriba  a abajo a Roberto como para dar justo con la prenda que su físico requería.

                    No, no me veo yo con eso – contestó él por dar importancia al trabajo de Sarasa, el cual dejó esa prenda como afirmando que era vedad, que mejor le quedaría otra.

                    ¿Qué te parece  esta camiseta?

                    Bien, muy bonita. ¿de qué color es?.

                    Rojo burdeos.

                    Hombre, como el vino, me gusta, me gusta.  – dijo para acto seguido probársela.

                    Te queda muy bien, estas muy guapo. – dijo la tía buena.

                    No es cuestión de estar, sino de ser, yo soy guapo. – dijo mientras la chica reía.

                    Mejor esto te lo quitas – dijo Sarasa refiriéndose a un collar que llevaba el chaval.

                    No puedo, es una promesa que le hice a un moribundo y tengo que llevarlo puesto en  el programa. – mintió sonriendo.

                    Bueno, pues entonces lo metemos por dentro – dijo Sarasa metiéndole el colgante por debajo de la camisa.

                    No,  no puede ser, la etiqueta dice que hay que llevarlo por fuera – dijo él. Salió de allí ante la risa de la chica y la incomprensión de Sarasa.

 

Al rato ya estuvieron todos juntos en el salón, apurando el desayuno y fumando como carreteros, se supone que por los nervios, aunque de todos es sabido que el tabaco es estimulante y no relajante, así que fumaban porque eran adictos a la nicotina y punto. Empezaron a hacer una ronda de preguntas para entrar en calor y quitarse los nervios. Maldito tópico de los nervios, allí nadie estaba nervioso. Habían ido de forma voluntaria y a todos, menos a Roberto, parecía encantarles el mundillo y ya habían estado en otros concursos televisivos, así que de nervios nada. Pero bueno, el de la productora decía que debían calmar los nervios y eso va a misa, así que a jugar: “instrumento que se utiliza para medir el PH”. Ni dios la sabía, salvo el Punki, que contestó: “peachímetro”. Todos rieron ante la macarrada, que al final resultó ser la respuesta correcta.

     Y cuando iban por la cuarta ronda de preguntas les interrumpieron. Era la directora del evento que venía junto a una ayudante (recuérdese que aquí hasta los ayudantes tienen ayudantes) a dar un poco el coñazo. Primero se presentó toda orgullosa del puesto que ocupaba, faltándole únicamente el gesto aquel isabelino de poner la mano para que los lacayos se la besaran. Y tras su baño de masas empezó a hacer preguntas personales a los concursantes, tomando como base de datos lo que el día del casting éstos apuntaron en el exhaustivo formulario. Le interesaban sobre todo las manías y rarezas de cada concursante, para luego en el programa incidir sobre ellas ( humillar o burlarse de ellos, vaya). El que tenía pinta de erudito dijo que él tenía la manía de que cuando iba de copiloto con su mujer al volante le hacía la vida imposible, porque afirma que ella no sabe conducir y él la indica y la da órdenes ante la lógica desesperación de la parienta.  La chica que parecía más normal dijo que ella tenía la manía de tocar madera, por lo que llevaba siempre un anillo con una maderita incrustada para tocarla siempre que la situación lo requiriera. La chica gorda y estrambótica dijo que ella era del Atlético de Madrid, y aunque ya puede esto parecer una manía lo suficientemente macabra, dijo que su manía era estar siempre de pie en el estadio y no ponerse con nadie conocido alrededor, que así le daba suerte al equipo.  Roberto se partía de risa imaginado a esta chica tumbada y rodeada de sus mejores amigos los días de partido, porque si no no se entiende la marcha deportiva del Atleti. Y así siguieron un rato más.

     Cuando la directora se retiró a sus aposentos aparecieron nueve tipos cargando cámaras y focos. Iban a grabar un previo allí en el salón-camerino, y como tenía que dar la apariencia de ser algo casual y espontáneo… , empezaron a preparar todo meticulosamente. Les colocaron a todos apiñados en una esquina, para que entraran bien en plano. Y esto tenía que parecer espontáneo, como si el espectador fuera tan gilipollas (porque gilipollas si que son por ver esos programas) como para tragarse que nueve personas apiñadas y sentadas en los reposamanos de un sofá o unos encima de los otros estaban en esa situación por gusto y de forma espontánea. El realizador les dijo que hablaran como si la cámara no estuviera allí, de forma espontánea (y van ya veinte veces que decía esta palabra). Claro, la situación salió forzada de narices  y aburrida de pelotas (lo cual es un punto más que las narices). El caso es que todos los concursantes menos Roberto eran unos auténticos Freaks de la televisión y empezaron a hablar con gesto muy serio sobre los pormenores del programa. Aburridísima era la conversación que redundaba sobre que si “aquí venimos a jugar y el que gane será el que más suerte tenga” “Lo que hay que hacer es juntar mucho dinero para el bote y así haber acumulado mucho para el final” “Los nervios van a ser determinantes” “Habrá que tener cuidado en no confiarse y perder dinero al final, debemos de guardar siempre en la banca”.” Lo mejor es contestar lo primero que se te ocurra si no sabes la respuesta, para por lo menos decir algo, ya que si pasas pierdes igual”. “Si, como lo del peachímetro”.  Y así siguieron hablando espontáneamente con una cara forzadísima y todos, menos Roberto, reclamando la presencia de la cámara para empezar a lucir palmito por televisión.

     Y por fin llegó el momento de ir al plató para empezar el concurso. El edificio donde estaban estaba a unos cien metros del plató, por lo que había que caminar esa distancia a la intemperie, expuestos a la gélida temperatura que hacía. Y como estos de televisión son tontos hasta decir basta, no les dejaron salir con las chaquetas, por lo que se helaron literalmente en el camino, sobre todo Roberto que iba con una camiseta como si fuera pleno verano.  Manga de gilipollas, como si no hubiera sitio en el pedazo de plató para dejar las chaquetas. Tras el helado paseo por fin entraron en el estudio de grabación, una gran y diáfana nave oscura, ruidosa y olorosa : una auténtica boca de lobo. Ahora es cuando iba a empezar el mayor espectáculo del mundo contemporáneo,  el pútrido reflejo de una sociedad decadente: la televisión.

      Nada más entrar tuvieron que tener cuidado en no tropezar, pues el sitio era tremendamente lúgubre. Un bestial olor a incienso les golpeó nada más pasar, por lo que Roberto no pudo evitar comentar que : “esto es una iglesia, tened cuidado con el botafumeiro que tiene que estar oscilante por encima de nuestras cabezas”. Y era cierto, porque el olor a incienso era muy superior al que puede haber en Santiago de Compostela, y eso que allí esta la madre de todos los botafumeiros.

     Les hicieron colocarse en el plató, que era una superficie circular de metal en cuya mitad había un semicírculo elevado donde se situaban los nueve atriles en los que debían ubicarse los concursantes. El lugar es realmente tétrico, pues todo es oscuro  como los cojones de un grillo y está salpicado por una serie de deslumbrantes luces serpenteantes y envuelto en humo. Todo es para dar sensación de siniestralidad, para acojonar directamente al espectador, pues la música suena estridente, los concursantes son iluminados por una luz directa quedando rodeados por la penumbra y envueltos en niebla, mientras que una luz de flash les sacude intermitentemente por detrás al ritmo de la música. En definitiva, una ambientación altamente agresiva, digna para el tipo de espectador medio que iba a ser audiencia del evento.

     Les tuvieron cerca de media hora ahí de pie, cada uno apostado tras un atril con su nombre inscrito.  En este tiempo estuvieron haciendo pruebas de sonido y de luces, por lo que probaron  mil y una veces los destellos luminosos así como el ruido de la música, que a eso no se le puede llamar sonido. A la media hora empezaron con las pruebas de voz. Les colocaron los micrófonos con la correspondiente petaca detrás. Esta función la realizaban tres personas, mientras que una cuarta les dijo que él era el encargado de traerles agua si querían. También estaban por allí las maquilladoras de antes, que eran las que secarían el sudor de los más sudorosos par evitar brillos faciales. El primero en hablar fue Roberto, pues había sido elegido por sorteo como concursante número uno. Tras decir su nombre, profesión  y edad, tuvo que repetirlo cuatro veces más , pues en realización son realmente torpes. Y así ocurrió con todos los demás. Llevaban ya casi una hora de pie, cuando por fin apareció la presentadora, que era una conocida actriz televisiva, muy simpática, aunque ahora le tocaba interpretar el papel de auténtica hija de puta y debería de mostrarse arisca, agresiva y maleducada con los concursantes. ¿El motivo de esto?, muy fácil; la audiencia. Ahora  hay que estar atentos a las veces en que se repite “audiencia”, es como un juego para el lector. La cuenta empieza por uno a partir de… ¡ya¡.

     Una vez grabadas las respectivas presentaciones, el realizador – un guaperas con cara de amargado porque ya había grabado  dos programas más en los días anteriores y sabía lo estúpido, cansino y desagradable que resultaba –  comenzó a indicarles la forma correcta en la que tenían que escribir en una pizarrita, darle la vuelta y sostenerla a cámara. El asunto, como puede intuirse ,es acojonantemente difícil por lo que eran tres personas las encargadas de indicar, ejemplificar y escrutinar una y mil veces que tan complicada operación consistente en escribir, voltear y mostrar, fuera realizada correctamente. Roberto se reía claramente ante la importancia que toda la gente parecía dar a este asunto, y cuando iba a decir en voz alta que  se dejaran de tonterías, que todos sabían perfectamente  como hacerlo, la compañera que tenía a la derecha le preguntó que cómo había que dar la vuelta a la tablilla. “Hija de puta – pensó él”. Y al momento otros cinco estaban apurados preguntando la manera correcta de hacerlo. Cuando lo hubo repetido cien veces, el realizador llegó hasta él y le preguntó que si sabía la mecánica. Roberto se limitó a sonreír y a hacer tres movimientos acompañados de tres silbidos: primero escribió (silbido), segundo volteó la tabla (silbido) y después la mostró (silbido prolongado).

     Y tras esto empezó el show de la presentadora. Tenía que decir un par de frases, las mismas que los días anteriores pues era la presentación al programa. Joder, tardó más de veinte minutos para hacerlo, pues se trastabillaba y olvidaba el pequeño texto cada dos por tres. Fue ahora cuando Roberto comprendió la amargura instalada en la cara del realizador, pues tuvo que repetir una y otra vez, cada vez más compungido, el gesto de levantar el puño y decir: “silencio en plató. Grabando”. Y la presentadora parecía oír “cagando”, pues eso es lo que hacía una y otra vez: cagarla.

     Ya por fin, tras hora y media de estar de pie en el infernal plató, comenzó el concurso propiamente dicho.  Consiste en que se van haciendo preguntas a cada concursante, que de ser respondidas correctamente se van acumulando en un bote común, en el cual hay un máximo de dinero a ganar. En cuanto que alguno falle o no conteste se rompe el bote y empiezan otra vez desde cero. Para guardar lo que se va acumulando hay que decir “banco” y se vuelve a empezar de cero hasta que se agote el tiempo.  Roberto fue quien inauguró  la primera ronda. “¿En qué provincia se encuentran los vinos denominación de origen Valdepeñas?” “Ciudad Real”. “Correcto”. Y empezó el carrusel de preguntas . Si todos los participantes contestan bien se llega a acumular el máximo posible en cada ronda, lo que pasa es que siempre hay una pregunta complicada para que se rompa la cadena y no se gane todo el dinero.  Por esto es conveniente decir “banco” cuando se hayan respondido cinco o seis seguidas y así ir acumulando dinero. Alberto respondió bien, la maruja macarra también, la chica normal también, Javier Cámara ídem. La cosa no iba mal hasta que la maruja gorda la fastidió: “Futbolista argentino de nombre Diego Armando y apodado ^el pelusa^ “. “Paso”. Se rompió la cadena. El chaval normal respondió bien, el pureta erudito igual, la gorda estrambótica lo mismo y el punki la jorobó. “Palacio segoviano con nombre relacionado con lugar donde habitan animales” “Paso”.  Roberto otra vez bien, y la maruja macarra también, la normal bien y el gilipollas de Javier Cámara dijo “banco”. Acumularon nada y menos y otra vez a empezar de cero.  Tras esto comenzó el síndrome acumular pasta, porque el tiempo corría y tanto el punki como la gorda estrambótica dijeron “banco” cuando sólo había dos o tres respuestas. Es resultado fue que no acumularon casi nada y que si se hubieran callado la boca hubieran enganchado una ronda entera de nueve respuestas seguidas acumulando así el máximo posible. Así se lo hizo saber la presentadora cuando se agotó el tiempo. Roberto sabía perfectamente que eso era lo que tenían que hacer, pero los demás pensaban que  aunque sean diez euros hay que acumularlos pues es mejor que nada.  Menudos capullos, en vez de arriesgarse a tope y ganar algo de pasta se conforman con acumular calderilla. En esta primera ronda había ya que eliminar a uno de los nueve, mediante una votación interna entre todos ellos. La que más había fallado era la maruja gorda, por lo que todo hacía pensar en que sería ella la sacrificada. Efectivamente todos la votaron para botarla.  Ahora hay que fomentar la audiencia , por lo que la presentadora pregunta a dos de los que han nominado a la que se elimina sobre los motivos por los cuales la han votado. Y lo hace instando a que se diga que porque es muy tonta, o muy gorda, o algo así porque ella dice cosas como: “¿Sabes que tú has fallado igual que ella? ¿Pretendes ocultar tu estupidez eliminando a alguien igual que tú?” “¿Qué no te gusta de ella, qué sea mujer? Porque sabemos que tú crees que las mujeres no saben conducir por lo que pensarás también que no saben concursar”. Eligen a quien preguntan  por las manías que confesaron en el text previo, a fin de buscar el enfrentamiento entre concursantes, que es lo que les interesa pues el rollito cultural con el que se cubre el evento es mera fachada.  Y si alguno ha fallado algo muy gordo se ceban con él, diciéndole que como no sabe algo que sabe hasta un niño de pecho, que si es que se ha dejado las neuronas en casa, etc. Un dato: cada concursante responde tan solo una media de tres preguntas por ronda, por lo que si se hace un minutaje se ve que se dedica más tiempo al morbo entre concursantes que al tema cultural. Y por cierto , muchas de las preguntas no tienen nada de cultural pues suelen ser del corazón, de pasatiempos y de  deportes.

     Y hasta que los pazguatos de control grabaron este proceso pasó otra media hora. Les obligaban a dar la vuelta a la pizarrilla (que era metálica, por lo que pesaba un huevo), decir en voz alta la nominación y aguantarla con ambos brazos a la altura del pecho y separada medio metro de este. Cuando llevas diez minutos en esta posición empiezas a sentir una seria antipatía por el realizador  y por la directora que necesita diez horas para grabar un estúpido plano que dura dos segundos en pantalla. Y a la hora de hacer salir al eliminado otro espectáculo. La operación consiste en que la presentadora le insulta un poquito para engordar la audiencia, diciendo que gente como ella son una desgracia para el grupo más que una ayuda y que lo mejor es que se vaya con su estupidez a otra parte y no interrumpa el concurso con sus tonterías. Luego la  despide con un arisco y despectivo “adiós”. La eliminada tiene entonces que dejar la tabla en su atril y bajar de él atravesando el plató y mirando a la cámara. Es una operación simple, ¿verdad?, pues bien, ellos la hacen repetir cuatro veces. Desde el “adiós”. Realmente desesperante la lentitud de esta gente, es para tirarse de los pelos.  

En una sala contigua el eliminado tiene la ocasión de resarcirse de los que le han votado y decir lo que piensa de ellos y del desarrollo del concurso en general. Esto es lo que realmente importa en el programa, pues es lo que demanda la audiencia, que los concursantes lloren un poco o se insulten entre ellos o  digan alguna gilipollez. Es por esto que en este turno de réplica sitúan al concursante hierático frente a una cámara y le tienen un cuarto de hora respondiendo preguntas maliciosas que le van llevando poco a poco a que de respuestas del tipo: “si, es injusta mi eliminación” “Tal o cual es un imbécil que ha fallado más que yo, pero se ve que tiene suerte” “Tal o cual es el que va a ganar” “tal o cual no gana ni de lejos, es muy malo”. Y el caso es que el concursante no piensa esto de sus compañeros, ni quiere decirlo , pero las preguntas le hacen responder eso y luego en televisíón sólo  emiten las respuestas como si fueran reflexiones espontáneas del concursante. Y como encima están totalmente sacadas de contexto pues queda un espectáculo televisivo rico y jugoso para alimentar la audiencia. Hasta que el hijo puta que esta preguntando consigue que el concursante diga “tal debería haberse ido antes que yo porque se nota que sabe menos que yo” le ha hecho por lo menos diez preguntas del tipo “¿A quien has votado tu?” “¿Quién es el más fuerte o el más débil?”. Claro , al final respondes a alguna de estas preguntas con lo anteriormente dicho que es de donde sacan ellos la carnaza.

     Y antes de comenzar la segunda ronda de preguntas la presentadora pensó un poco en la audiencia y empezó a decir a los concursantes “ ¿no sabéis que en este concurso se trata de ganar dinero?, porque de los ochocientos euros que podíais haber conseguido habéis  logrado tan sólo noventa, menos de una octava parte; realmente lamentable.  Al final van a tener razón los que defienden que el nivel cultural del país es muy bajo, con ejemplos tan lamentables como el vuestro no me extraña.”. El que comienza la siguiente ronda es el concursante que mejor ha contestado la anterior. Era Javier Cámara, por lo que la presentadora dijo muy seria “Comencemos con la segunda ronda de preguntas y lo haremos con el adversario más fuerte de la primera ronda, Javier” Y al decir esto se giró para Roberto y comenzó a preguntarle ante el asombro de todos. Cuando le hizo la respuesta el chaval le respondió que “Yo no soy Javier” Y la pazguata de la presentadora estaba tan metida en su papel que ni se percató de esto y dijo “no es correcto, la respuesta es Brasil” y continuó preguntado a la siguiente concursante ante las risas de todos, y así hubiera seguido horas y horas si desde control no la hubieran avisado –por el pinganillo que lleva en la oreja- de su error.  Fue otra mujer la que cayó eliminada en esta ocasión, la maruja macarra, pues cometió un error garrafal sobre el cual se cebaría la presentadora. “Nombre de las células reproductoras masculinas” “¿Testículos?”.  Y además tuvo que sufrir la ignominia de repetir su errónea respuesta una vez más pues hubo un fallo al final que hizo que se repitiera toda la ronda tal y como había salido. El fallo lo cometió, como siempre, la presentadora al leer mal una pregunta que era “Nombre del jugador brasileño pichichi de liga en el 97” El concursante respondió que Ronaldo, que era quien fue pichichi ese año, pero como la pregunta hacía referencia realmente al año 99, la respuesta fue Rivaldo. El caso es que nadie se percató de esto salvo Roberto y así lo hizo saber cuando acabó la ronda, comprobándose así que la pregunta estaba mal formulada. Se armó un jaleo de padre y muy señor nuestro, pues había que subsanar el fallo, por lo que había que grabar toda la ronda de nuevo, tal y como había salido y rectificar luego en el momento del error. La directora bajó al plató y les empezó a explicar la mecánica. Tenían que hacer teatro y responder las mismas preguntas de antes como si no las conocieran. Empezaron a repasar todo y a recordar quien y cuando habían dicho “banco”. Fue algo esperpéntico, pues todos decían que había sido este o aquel y después de tal o cual respuesta. La directora les hizo repasar todas las preguntas, como si pensara que iban a ser tan tontos como para no recordar las respuestas dadas hace unos minutos. El caso es que ensayaron todo y cuando la presentadora se concentró debidamente para dejar de ser tan idiota empezó de nuevo la ronda. Lo peor fue para la mujer de los testículos, que tenía que repetir la burrada y sabía que la iban a echar y que tenía que aguantar seguramente el oprobio de la imbécil de la presentadora. Efectivamente una vez acabaron el paripé tuvieron que esperar un cuarto de hora hasta que en control le dijeran a la presentadora con quien tenía que meterse y qué tenía que decirle. “María, la mujer que no sabe la diferencia entre un testículo y un espermatozoide. Bien, es triste conocer gente así. ¿Nunca has tenido un novio o has visto alguna película por lo menos?” Y hasta que dijo esto tuvo que repetir cinco veces debido a sus constantes errores, por lo que más humillación para la mujer que tenía que oír lo mismo una y otra vez. La verdad es que al principio parecía que lo de la presentadora eran problemas de dicción, pero lo que ocurre  es que es muy, muy tonta.

     Llevaban ya dos horas y media grabando y no les habían dejado ir al servicio ni sentarse. La única concesión que habían tenido era un par de vasos de agua que les traía el aguador del plató, trabajo duro el de este tío, por cierto.  Todos empezaban a cansarse ya de la situación, especialmente Roberto, que comenzaba a estar desesperado ante tanta idiotez.  Sobre todo cuando llegó el de la productora y les empezó a decir que mostraran más dinamismo, que “trasmitieran” a la cámara. Roberto fue explícito con él: “¿qué quieres que trasmitamos si nos obligan a estar de pie, quietos, a oscuras, entre humo y soportando el ruido de la música y los insultos de la presentadora. Si no nos dejan hablar más que lo necesario y no podemos ni cambiar de postura. ¿Quieres dinamismo en estas condiciones? Si nos tenéis acojonados aquí sin dejar que nos sentemos ni que nos movamos”.

Tras mucha lucha consiguieron que les permitieran dos minutos de descanso, para ir a fumar un cigarro. Roberto fue al baño y al volver no pudo ni darle una calada a su Ducados ya que les obligaron a volver al plató. Y siguieron jugando, sin ganar prácticamente dinero, pues todos empezaban a estar tan abatidos que respondían cada vez peor. En la siguiente ronda fue eliminado el punki y en la siguiente el chaval normal. Quedaban cinco concursantes, por lo que el objetivo de ganar se veía ahora más cerca. Pero era tal el cansancio que tenía Roberto, el aburrimiento y el asco que le daba el desarrollo del programa que decidió eliminarse en la siguiente ronda. Llevaban ya cinco horas de grabación, que se dice pronto y es, además,  un auténtico infierno en las condiciones en las que ellos se encontraban. Roberto despotricaba una y otra vez contra los responsables del programa, diciendo que: “ esto es inhumano, no va a tener éxito en España. Nuestra cultura no tiene nada que ver con la británica. Esto no es Inglaterra, aquí queremos algo divertido y no nueve tíos a oscuras ,acojonados y sin decir nada interesante mientras que una tía callo les insulta. Esto es para tontos, joder, yo me piro de aquí. Votadme por favor, que si no me auto eliminó. ¿Puedo auto eliminarme?” Ya en la anterior ronda le había costado Dios y ayuda comprender las preguntas que le hacían y había nominado al chaval sin ninguna justificación, pues no había escuchado ninguna de las preguntas ni respuestas del resto de concursantes, tal era el grado de aturdimiento en el que estaba sumido.

     De los cinco que quedaban el mejor parecía el pureta erudito, estando igualados tanto Javier Cámara como la chica y Roberto, siendo claramente peor la gorda estrambótica. La nueva ronda fue desastrosa, solo tenían acumulados seiscientos euros, cuando podían haber ganado ya casi cuatro mil. Todos estaban aturdidos y mareados, sobre todo Roberto, que como le tocaba las narices el concurso y estaba asqueado y super cabreado acrecentaba su sensación de aturdimiento. A la hora de nominar dieron dos votos a Roberto, dos a la gorda y uno al erudito. Había que desempatar. Roberto preguntó que si no podía decidir él mismo salir de allí, pero le dijeron que no, que la decisión le correspondía al concursante más fuerte de la ronda anterior. Fíjese el lector en lo cabrones que son pues ponen en el compromiso de decidir a quien eliminar a uno de los propios concursantes, para que fomentar el enfrentamiento, en lugar de tener algún sistema aleatorio de decisión, como el número de respuestas acertadas o algo parecido. Audiencia. Era Javier Cámara quien debía decidir. El había nominado a Roberto por aquello de ir eliminando a rivales fuertes y así no tener tanta competencia al final. Había justificado su voto diciendo que el chaval no decía “banco”. Y era cierto, pues Roberto no iba a decir “banco” para acumular diez o treinta euros, como hacían el resto, que también hay que ser miserable. Pero el caso es que  ahora que tenía que decidir se arrepentía de su nominación, porque comprendía que debería de irse la chica gorda ya que era más bien un estorbo. Habló con el de la productora para pedirle si podía cambiar su voto, pero no se podía, así que se resignó y eliminó al chaval. No sabe bien la alegría que le dio, bueno si la sabe porque toda la gente del plató era consciente de que el chaval quería salir de ahí a toda costa.

     Y ahora venía lo peor del concurso, el amarillismo sin tapujos. El de la productora le acompaño hasta la sala de réplicas diciéndole en confianza que no le parecía justo ni acertado que le hubieran eliminado, que el le hubiera aguantado hasta el final.  Le hicieron pasar a la sala , en la cual hay dos tíos, uno que maneja la cámara y otro que hace las preguntas. Empezó a preguntarle cosas para hacerle decir lo anteriormente comentado. Roberto se dio cuenta en seguida de que iba la historia, por lo que decidió darles un poco de su propia medicina. Empezó a contestar las preguntas con total sinceridad, por lo que  el programa quedaba por los suelos, hasta que  preguntó que qué sentido tenía eso si no iban a emitir esos comentarios despectivos hacia el programa aunque cargados de la pura verdad. El de las preguntas le dijo que ciertamente eso no lo iban  a sacar por televisíón, por lo que probó con otra batería de preguntas a ver si sacaba carnaza televisable. Y vaya si la sacó , pues Roberto decidió improvisar mentiras en forma de carnaza para la audiencia. A la pregunta de si ya tenía pensado en qué iba a gastarse el dinero respondió: “Lo cierto es que ya me lo he gastado” “¿Cómo?, – preguntó el otro asombrado- ¿qué ya te lo has gastado? O sea que pensabas ganar seguro.Cuenta, cuenta” Ahora les tenía en su terreno. “Si, siempre soy positivo y si no hubiera estado seguro de ganar no hubiera venido a concursar. Además el dinero no era para mí, era para un amigo, un amigo que estaba en la cárcel y yo le he pagado la fianza” “Hostias – exclamó entusiasmado- qué fuerte sigue contando, ¿ y ahora qué vas a hacer?” “Pues nada- dijo él casi sin poder contener la risa- tendré que trabajar, qué remedio, el dinero se lo debo al banco”. Siguieron hablando un rato de esto hasta que Roberto dijo que ya estaba bien, momento en el que le preguntaron sobre si le parecía justa su eliminación. “Hombre, el motivo de que porque no digo “banco” no me parece justo, porque para ganar diez euros no merece la pena. Vamos que si yo veo ahora diez euros aquí tirados ni me agacho a recogerlos”.

     Se fue al restaurante de antes, donde estaban los camerinos, a esperar a que terminara la grabación. Allí estaban sentados los otros cuatro eliminados , siguiendo el desarrollo del concurso por un circuito cerrado de televisión. Le saludaron efusivamente nada más verle y le comentaron que lo habían pasado muy bien viendo como se quejaba y como estaba hasta las pelotas de estar en el concurso. Todos despotricaban contra el mismo, aunque como eran tremendamente competitivos y teleadictos seguían concursando, respondiendo las preguntas desde la silla. Roberto alucinaba con esta gente.  El siguiente eliminado fue Javier Cámara, que nada más llegar al restaurante, a la hora por lo menos, se disculpó primeramente con Roberto por haberle eliminado. Todos los allí presentes empezaron a hablar de sus experiencias televisivas, y resultó que todos habían concursado ya en más programas, y tenían familiares y amigos que hacían lo mismo. La historia más curiosa era la del falso Javier Cámara, que  había concursado en un programa en el que tres chicas  y tres chicos tenían que hacer una serie de pruebas para acabar emparejados entre ellos. La pareja que quedaba al final ganaba un viaje más lo acumulado durante el concurso. “Ese si era bueno – decía – porque te llevabas cosas. Yo gané unos patines de esquí, un video y cien mil pesetas en metálico, además de un viaje al Caribe con una concursante, y eso que no gané al final del todo”.  Todos comentaron que eso estaba muy bien, que había sacado partido del programa. Le preguntaron que qué tal con la chica en el viaje. “Bien, ahora es mi novia. Llevamos tres años desde entonces – contestó con escasa alegría” “¡Coño! –exclamaron todos – pues entonces si que te salió bien el concurso que te echaste hasta novia” “ No sé yo que decir…”. “Es la que te está llamando siempre al móvil, ¿no? – le preguntó Roberto que estaba sentado a su lado” “Si”. “Ahora entiendo tu cara” “ Claro, los otros premios los puedes vender o algo, pero a la novia te la tienes que quedar y no es tan fácil deshacerte de ella”.

     Al final ganó la chica normal, la paupérrima cantidad de mil euros de los cuales el dieciocho por ciento sería para Hacienda. Durante el viaje de vuelta todos estuvieron hablando de la televisión, de los concursos que había en la actualidad, todos menos Roberto, claro, que miraba a todos esos teleadictos con cara de asombro y pánico, pues alucinaba con ellos. Llegaron a decirle que cómo es que el no veía nada la tele. Se reservó su opinión sobre la televisión, que estaba jugando en campo contrario y además cada uno tiene derecho a perder el tiempo como quiera.

 

     Otra vez vuelta al trabajo. Afortunadamente le volvieron a dar la misma ruta para él sólo, por lo que comenzó la jornada  como los días anteriores, poniéndose  un auricular nada más salir y  yendo muy despacito hasta su zona.  A esas horas, las siete de la mañana de un sábado, las calles están prácticamente vacías. Hasta las ocho y media más o menos el trabajo es muy tranquilo, pues nadie perturba a la escoba. Roberto aprovechaba estos momentos para escuchar la música que traía y barrer lentamente con la escoba, a fin de ralentizar la faena lo más posible para no tener que  estar dando vueltas absurdas al final. El trabajo estaba siendo tedioso, como siempre, cuando apareció el incapaz para animarlo un poco. Nada más  llegar a la altura de Roberto miró fijamente el auricular del chaval, y sin atreverse a decirle nada porque veía que él no hacía ni el gesto de ir a quitárselo, le empezó a decir  las tonterías de siempre: “límpiame bien esta calle y eso está muy sucio, ¿qué ruta estás siguiendo?”. Roberto decidió seguirle el juego, porque así se largaría antes de allí y le explico la ruta que estaba siguiendo y que estaba barriendo primero esto porque es lo que más se ve y tal y cual Pascual. El incapaz se mostraba satisfecho de que su empleado pareciera haber adquirido algún cierto tipo de compromiso con el trabajo y se lo tomara en serio. Y como pareció coger confianza con él , antes de irse le dijo que se quitara el casco, que estaba prohibido y si le pillaban se iba a armar una buena. Al chaval no es que las tonterías que decía el incapaz le entraran por un oído y le salieran por el otro, sino que directamente ni le entraban. Siguió dándole a la escoba escuchando música y pasando de todo.

     Desde que había empezado este trabajo se había auto impuesto una norma de obligado cumplimiento : no acercarse a ninguna mierda de perro o algo que pareciera serlo.  Un porcentaje alto de los habitantes de Madrid son, como en todas las ciudades, unos auténticos cerdos, y como parece ser que Dios los cría y ellos se juntan, pues estos animales se compran otros animales llamados perros con los cuales conviven en unas casas de sesenta metros cuadrados y a los cuales sacan a pasear  unos cuantos minutos al día no ya para librarles de su cruel reclusión, sino para que hagan sus necesidades en la calle, no vaya a ser que manchen la puta alfombra. Cualquier lugar es válido para que los chuchos dejen sus  miserias: la acera, el césped, un árbol, una farola o la carretera.  Unos auténticos campos de minas, eso es lo que parecen muchas calles de Madrid.  Afortunadamente el Ayuntamiento a decidido obligar a los dueños de los perros a que recojan las deposiciones de sus chuchos, ya que se han dado cuenta de que de ellos no iba a salir hacer esto, pues a ellos les importa tres cojones que  el perro arruine una acera ya que mientras su alfombra esté impoluta se dan por satisfechos. Claro está que el Ayuntamiento tomó en su día esta medida debido a que comprendió que hay más votantes sin perro que con perro. Si fuera al revés habrían creado algún tipo de premio a la caca más grande depositada en la vía pública. El voto es el voto, vaya. El problema es que la cagada del perro no es algo que se elimine de forma espontánea, sino que es metida por el dueño en una bolsa negra que se deposita posteriormente en la papelera más cercana o al lado de un árbol o farola. Pero, amigo lector, la plasta sigue ahí, dentro de la bolsa. Aquí es cuando aparecen en escena los barrenderos , los encargados de “comerse la mierda”.  Roberto no se había acercado nunca a ninguno de estos excrementos, aunque como todavía quedan muchos cerdos alguna vez se había sorprendido desagradablemente al ir a retirar un pepel y descubrir que estaba pegado a una ñorda. Es indescriptiblemente asquerosa la sensación que esto produce. Seguramente la única situación en la que ésto  no es desagradable es cuando le cambias los pañales a tu hijo, aunque también has de querer mucho al bebe en cuestión para aceptar tamaña rutina. El caso es que ese día todos los dueños de perro de la zona se confabularon contra él para darle una sesión de la más pura y dura escatología. Y lo hicieron,  como era de esperar, en las inmediaciones del parque donde sus chuchos corretean. La calle que bordea este parque es Islas Canarias, seguramente la calle más escatológica del mundo. Roberto pecó de pardillo, pues aunque no se arrimaba a las bolsas del suelo ni a los papeles sospechosos, empezó a vaciar las papeleras de la zona, que eran precisamente los almacenajes de las ñordas. Empezó  a vaciar  y aunque procura no mirar nunca al interior de la papelera ni al cubo cuando lo vacía o cuando camina con el carro, hay veces que es inevitable atisbar algo. Ese día se percató de que había gran cantidad de bolsas negras. Cada vez que vaciaba una papelera quedaba por encima una de estas bolsas. Y el muy gilipollas en lugar de pasar de vaciarlas – como haría en lo sucesivo- siguió haciéndolo, acumulándose por ello cada vez más bolsas y hasta papeles impregnados en “ruina”. Cada vez estaba sintiendo más asco de su trabajo, de los dueños de los perros y hasta de la madre del topo. Y ya cuando el carro empezó a oler a mierda pura tuvo que apartarse de él para aguantar una arcada. Que asco, lectores, que asco tan increíble puede llegar a producir esto. En ese momento le hubiera gustado ver al incapaz para meterle de cabeza al cubo. Decenas, cientos de excrementos. Decidió no arrimarse a ninguna papelera más y sortear las bolsas y las numerosas minas sin tapar que había por la calle. Pero es que como su trabajo es limpiar pues va mirando hacia el suelo, por lo que no se le escapa una mierda. De todos los tamaños y formas.  Sentía tanto asco que empezó a jurar en hebreo y en voz alta, empujando el carro con rapidez para salir de esa infernal calle y sacar las bolsas haciendo un último esfuerzo, y dejarlas en el punto de recogida de basura. Tuvo la impresión de que Madrid era una gran cagada de perro cubierta de contaminación.

       Empezó a preguntarse que por qué narices tenían que ser los barrenderos quien limpiaran las porquería de los perros. ¿Acaso no son uno más de la familia? Pues que hagan sus necesidades en el piso, como todo el mundo.  Y si lo quieren hacer en la calle, estupendo, pero que la asquerosa bolsita se la suban al piso y la vacíen en el baño o hagan lo que les salga de los cojones con ella, pero que no se la tiren a la cara al pobre barrendero, pues la función de éstos es barrer, no hacer de retretes caninos. 

     Cuando por fin dejó las bolsas repletas de porquería y puso las nuevas, decidió no arrimarse a ninguna papelera de la zona y no barrer nada de esa asquerosa calle. Siguió  andando hasta que apareció una vieja pelleja con varias ratas peludas, las cuales empezaron a depositar en la calle. Roberto giró la cabeza para no ver tan lamentable espectáculo , sobre todo el momento en que la vieja se agacha y recoge los excrementos. Es lamentable ver a  una persona adulta agacharse para recoger mierda. Se temía lo peor , pues estaba apenas a diez metros de ella y, efectivamente, ocurrió lo  peor, la vieja hecho la bolsa en el carro. Roberto tuvo que contenerse para no darle una voz a la señora, la cual, para tocar más las narices empezó a decirle en plan autoritario que si no pensaba recoger unos papeles que estaban en el suelo. Él no la contestó y recogió el asunto para no oírla, pero ya cuando la pelleja siguió ladrando exigiéndole que recogiera un carro de la compra abandonado y tirado en el suelo tuvo que pararla los pies para no tener que acabar soltándola una hostia o algo así: “Señora, llame al Ayuntamiento”. Después de la mañana que llevaba encima esto, era para empezar a cagarse en Dios sin bolsitas negras ni nada.

     Al día siguiente, Domingo, el trabajo escasea más que la inteligencia y el buen gusto en la sociedad urbana. Así que empezó a fijarse en las cosas que le rodeaban, en como se comportaba la gente. Qué raros que son , copón, cada uno tiene sus manías. El camarero con cara de perro que se rasca las pelotas delante de todo el mundo. El viejo que va paseando a paso de tortuga y se tira un pedo o te escupe en los pies cuando pasas a su lado. El típico tarado que va haciendo footing con una ropa horterísima mientras sujeta un transistor. La típica tía buena que va mirándose en todos los cristales para colocarse las tetas y el culo. La gorda que traga bollos como si los fueran a prohibir. La vieja loca que habla con sus ciento treinta perros como si fueran personas. La mujer que pasea con sus asilvestrados hijos pequeños mientras que el marido se está poniendo de carajillos en el bar de al lado. En fin, una auténtica fauna. Y hablando de animales, Roberto certificó ese día, mediante una escrupulosa observación, que las palomas son auténticas ratas con alas. Qué animal tan asqueroso, son auténticas aves de rapiña y de basurero. Si uno se fija en ellas puede comprobar atónito como picotean y se alimentan de todo tipo de desperdicios, tanto orgánicos como inorgánicos. Son auténticos animales de cloaca. Y cuanta desnaturalización anida en ellas, seres que casi nunca vuelan y que no se asustan en absoluto cuando alguien pasa junto a ellas.  En este caso se rompe totalmente el dicho popular de “ave que vuela a la cazuela”. En este caso debería ser “paloma que vuela a la cisterna”.

     Está bien eso de trabajar sólo los fines de semana, pues tienes cinco días en el medio para hacer lo que te plazca. Roberto aprovechaba bien el tiempo, el cual únicamente era perturbado por las visitas al dentista, un pequeño desierto dentro del oasis de su rutina diaria.

     El siguiente día de trabajo volvieron a darle la ruta de siempre. Durante las últimas semanas el sol había empezado a brillar con personalidad, por lo que la cabeza rapada del chaval comenzaba a resentirse ante el bombardeo masivo de ultravioletas. Es por esto que ese sábado pidió a su capataz que le diera una gorra. Este le dijo que no tenía y que debería de rellenar un informe para solicitarla. Lo de esta gente es increíble, tienen informes para todo. Para el cambio de turno tuvo que rellenar uno, y nunca más se supo de su petición, claro. Cuando necesitó unos guantes tuvo que rellenar otro, y ahora para la gorra. Son unos auténticos trogloditas, menudo sistema interno de comunicación que tienen. Antes de salir el incapaz le volvió a comentar lo de los auriculares, ante lo cual él le dijo que si , que sí, mientras  se metía el walkman en el bolsillo. Pobre incapaz, el cual estaba asustadísimo de que el “jefe” que todo lo puede sorprendiera a Roberto con los cascos puestos y le decapitara a él por ello.  Fue un sábado más, aburrido y de poco trabajo como siempre. Además, con cada día que pasaba el chaval limpiaba cada vez menos, pues como sólo iba  a estar un mes más como mucho no le traía cuenta deslomarse y ponerse a barrer histéricamente el suelo como hacían la mayoría de sus compañeros. La calle Islas Canarias estaba vetada para él, por lo que se limitaba a recoger las cosas gordas que hubiera tiradas. Desde hacía días llevaba tomándose media hora más de descanso, pues se sentaba en el banco diez minutos antes de la hora y se levantaba veinte más tarde. Encima, cuando iba al servicio del Cambrinus se tomaba su tiempo y se aseaba en condiciones.  En otras ocasiones se sentaba para descansar con la escoba en la mano por si aparecía algún incapaz y la mayor de las veces paseaba cantando canciones o escuchándolas, pero sin agacharse a recoger nada. Y no es que hiciera mal su trabajo, es que el trabajo se realizaba en dos horas perfectamente. El resto era hacer el paripé o el gilipollas, dependiendo de quien fuera el que llevaba la escoba. Tanto él como Faustino hacían el paripé, mientras que los otros hacían bien el gilipollas, porque hay que ser muy idiota para ponerse a barrer hasta la arenilla de las aceras, o para vaciar todas las papeleras aunque hubiera sólo un envoltorio de caramelo en ellas. Ese día estuvo hablando con un compañero, antes de subir al cantón , pues coincidieron una vez más en parte de su zona.

-¿Un cigarro? – le ofreció el compañero.

                    Claro.

                    ¿Ya has terminado?

                    Hace horas, llevo mogollón paseando el carro.

                    Si, la vedad es que no hay mucho que hacer, ¿verdad?. Pero es que estos tíos se empeñan en putearnos y hacernos barrer todo.  El chico este es un poco gilipollas ¿no?. Pues no va y a las mujeres les grita que no quiere que dejen ni una sola colilla en el suelo.

                    ¿En serio les dice eso?

                    Si, y a mi también viene y me empieza a decir de malos modos que no puedo estar nunca parado , que barra cualquier cosa que vea y que deje todo brillante. ¿A ti no te dice eso?

                    ¿A mi?, que pruebe un día a hacerlo – contestó Roberto sonriendo.

                    Joder tío, no sé cómo te lo montas y encima vas con los cascos puestos, que es lo primero que nos prohibieron al entrar. ¿No te dice nada?

                    Claro que me dice.

                    ¿Y tú que haces?

                    Pasar de él y darle la razón como a los tontos pero hacer luego lo que me da la gana. Tonterías las justas.

                    Joder, macho, no sé como no te dice nada.

                    Porque sabe que lo que dice son estupideces y que yo no soy ningún borrego como él que va a hacer las tonterías que le dice el jefe. Vosotros deberíais de hacer lo mismo. 

                    Ya, pero es que yo me quiero quedar fijo aquí y no puedo jugármela.

                    Como quieras, pero yo no cambio mi forma de ser ni dejo que me humille nadie por conservar un trabajo. A parte que aunque necesites el dinero, no merece la pena rebajase por la pasta que nos dan aquí.

                    ¿Sabes cuanto nos pagan?

                    Setenta al mes.

                    Mucho me parece eso, yo creo que serán cincuenta y pico, porque es lo que cobran unos amigos míos que están en otra empresa como esta.

                    A mi la chica del contrato me dijo que nos daban setenta mil netas.

                    Ya veremos mañana o pasado que nos ingresarán…

 

     Ya en los vestuarios se asombró al ver la inusitada algarabía que había. El motivo era que el día siguiente, al ser último de mes, saldrían una hora antes. Todos los capullitos estaban la mar de contentos y decían muy orgullosos que por convenio el último día de mes se salía una hora antes, y se cobraba la hora, cuidado. Se decían unos a otros que era un gran logro y que ese era el mejor convenio que habían firmado nunca. “Pobres idiotas – pensó – les dan una estúpida concesión simbólica para distraerles de las cosas realmente importantes, como la mejora de las condiciones de trabajo y de los sueldos, y se contentan.  Ya no se acuerdan de las tercermundistas infraestructuras con las que trabajan y del pobre sueldo que reciben. Mírales, si están más contentos que unas castañuelas”.

     No hace falta ni decir que, encima, no les dieron esa hora libre al día siguiente. Si es que el que vive como un tonto y es tratado como un tonto  al final resulta que es tonto.

 

 

     Era cierto que el único que se permitía el lujo de pasar de los jefes era Roberto, pues sabe que a los tontos hay que darles la razón pero no hacerles caso nunca. Lo malo es que el incapaz se la tenía jurada, por lo que decidió vengarse de él al día siguiente mandándole junto a otros tres capullos a otra zona distinta. Y además mató dos pájaros de un tiro, pues sabía que el chaval trabaja bien, por lo que como para ese día necesitaba a gente que diera el callo y no le hiciera quedar mal,  mandó a lo mejor que tenía. 

     Ese domingo, el incapaz les dijo a él y a otros tres hombres que tenían que ir a una zona de la maratón popular de Madrid que se celebraba ese día. A Roberto le daba igual donde le mandaran siempre que le dejaran ir sólo, pero ese día le pusieron junto a otro compañero, el peor de todos los que le podían haber tocado. Segundino, se llama el hombre, de unos cuarenta y pico años de edad. Es el clásico currante concienzudo en su empleo y orgulloso de él. Pero este no era ni de lejos su mayor defecto, el cual redundaba en que no paraba de hablar nunca, no sabía pensar para sí mismo y todo, absolutamente todo lo que su mente barruntaba, lo expresaba por los labios.  Y además le olían los sobacos cosa mala. Roberto le había calado desde el primer día en los vestuarios, pues un tío que está constantemente hablando, él solo, al que tiene al lado, a todos, a la pared. “Pues a ver si estas botas no aprietan tanto como las anteriores porque (…) y este banco debería estar más centrado para que(…) , son ya y media por lo que tendré que llamar a casa para ver si mi hermano ha llegado no vaya a ser que llegue tarde y (…)”  Padre nuestro que estas en los cielos, este tío piensa  en voz alta, y le da lo mismo que le escuche alguien o no, el sigue a lo suyo. Y nunca dice algo interesante. Siempre gilipolleces dignas de una ameba borracha más que de una persona. Ya en alguna ocasión, a la hora de volver al cantón, se lo había encontrado para subir por la calle Embajadores. Era todo un suplicio ir con él, y eso que sólo duraba diez minutos el trayecto. A Roberto le pilló un día de pardillo y no volvió a repetir, llegando a esconderse si le veía o a ir por un camino más largo o directamente pasar de él, todo vale con tal de no estar a su lado. El día en que subió con él empezó a hablar sin parar como siempre, “pues ahora si que se está bien aquí , aunque yo prefiero ir con el camión, porque(…) Mi hijo está en Transa, que se encarga de la zona de Madrid que está más pa`lla, de Saturno hacía arriba. Llevo tres años en Transa, pero el fin de semana me voy a cualquier otra(…) Este pantalón es mío, de verano de Transa, es más mejor que el que dan aquí, mira como se nota en (…) Voy a ver si hay agua en la gasolinera, de la manguera para los coches ¿Qué compre una botella? Eso vale dinero. Prefiero no beber, estos zapatos son de cuando estuve en(…) Mira cuantos hierros, que montón tan bueno, si me diera tiempo a coger la furgoneta y venir a cargarlo, esto vale por lo menos dos mil pelas. Pero ya se le habrá llevado alguien para cuando quiera venir yo.” Claro, intentar explicar a semejante ameba que la fuente de Saturno se llama de  Neptuno en realidad, que el agua vale cincuenta céntimos de mierda o que entre la gasolina y el esfuerzo iba a perder dinero si recogía la chatarra, es trabajo inútil. Pero el caso es que Roberto se lo dijo, y a él le dio igual, porque gente así no escucha y volvió a decirle que: “ de Saturno para allá es peor zona” y que “tenía mucha sed” y que “menudo buen montón de chatarra que había ahí detrás”

     Segundino, la pareja que toda persona normal en este mundo odiaría tener,  era el hombre con el que caminaba Roberto a las siete de la mañana del último domingo de abril. Habían quedado a las ocho en una esquina para que les  dijeran la zona en la que debían de situarse ese día. Pero como la consigna es que ningún barrendero esté parado el incapaz les dijo que limpiaran por el entorno del lugar  en la que habían quedado hasta que dieran las ocho. Y el caso es que todo el entorno estaba completamente limpio, pero claro, Segundino desenfundó su escobón y empezó a barrer, mientras  hablaba sin parar, sin parar, sin parar. No había absolutamente nada que limpiar, pero el tío seguía dándole a la escoba con brío sin sacar nada en claro. Y encima le dijo a Roberto que cada uno fuera por un lado de la carretera. El chaval permanecía impertérrito, mirando asombrado a un hombre que barría y barría para acumular una colilla, dos hojas secas y arenilla, que cogía la pala y la escobilla , recogía esas tres cosas y seguía barriendo sobre una superficie  limpia. Y mientras hacía esto seguía hablando sin parar. Y al rato la cosa degeneró aún más, pues el tío se puso con la pala a quitar el barro de  la carretera producido por un socavón que habían abierto los del Ayuntamiento. increíble, se empeñó en que había que quitar el barro de la obra y echarlo al hoyo de nuevo. O sea que los obreros sacan la arena para meter tuberías o lo que fuera y el cabrón este se empeña en volver a meterla porque “ hace feo y tampoco vamos a estar parados”. El caso es que apareció el incapaz y ante la insistencia del loco de  Segundino, el chaval cogió la pala y dio unas cuantas paladas desganadas  al barro, ante la mirada del incapaz que hablaba en el móvil con “el jefe” para recibir órdenes.  Y aunque esto parezca ya insuperable, el día no había hecho más que comenzar y la estupidez iría en aumento hasta cotas insospechadas. El incapaz les ordenó que fueran hacía la otra esquina donde había un montón de “mantillo” para echar en un camión. Roberto no sabía a qué se estaría refiriendo, pero según fue avanzando y divisó la montaña se dio cuenta que estaba hablando de estiércol. “¿qué tiene que ver esto con nuestro trabajo? – se preguntó”. Según se iban acercando vio como había un tío vestido de paisano gesticulando  frente a otro barrendero, el conductor del camión. Nada más llegar Roberto comprendió que se trataba del  tan cacareado “jefe”  que él nunca había visto.   Estaba discutiendo con el barrendero sobre la mejor manera de recoger el montón de mierda. Al llegar los otros tres simuló tener una pala en la mano y, dando grandes e iracundos gritos, empezó a gesticular como si echara una palada al camión, diciendo : “ ¡así, con la pala, una , dos, tres… , no es tan difícil! ¿creéis que seréis capaces de hacerlo, eh? Es muy difícil para vosotros esto ¿o qué?, es fácil, no, yo creo que hasta vosotros podéis hacerlo”.  Dijo esto mirando a Segundino, al conductor y a Roberto. Los dos primeros son seres abúlicos y por lo tanto sumisos, pero el otro, ¡ay el otro¡, bueno, el lector ya lo conoce. “¿Y este gilipollas quién es? – le preguntó al incapaz  que se quedó perplejo ante tal afirmación ,que había sido oída por todos los presentes” “¡Te digo que quién coño es este gilipollas¡ – insistió mirando esta vez al “jefe”, el cual había cesado en sus exabruptos y permanecía callado. El capataz empezó a hablar a los tres barrenderos para tranquilizar la situación diciéndoles que empezaran a echar el estiércol al camión. Pero Roberto seguía mirando furioso al imbécil que había tratado de humillarles anteriormente. “Tu calmadito ¿eh? – le dijo mirándole fijamente a los ojos y señalándole con el dedo-  Calmadito ¿eh?, a ver si voy a tener que usar esto – dijo apoyándose en la pala- para otra cosa diferente”. El incapaz se quedó blanco al oír estas amenazas al “jefe” que todos temían. Este, asustado, no contestó a Roberto y se limitó a marcharse de allí con aire nervioso. “¿Será gilipollas y chulo el mierda este? – siguió él” El incapaz les dijo que empezaran rápidamente a retirar el abono, sin comentar nada del altercado anterior, hasta que Roberto le preguntó que si “¿ese imbécil es el jefe del que siempre hablas?” “Si, y no le contestes así que te la juegas, no sé como no te ha dicho nada. Esto no lo había visto nunca”. “Qué iba a decirme si sabe que no tiene razón y que es un gilipollas.  Ya con eso tiene bastante, no se va a arriesgar a que encima le partan la cabeza, porque si me llega a volver a faltar al respeto   sabe que se la hubiera partido”

     Había que retirar el montón de estiércol que estaba en una acera y que debería ser de los jardineros de la zona para abonar los jardines al día siguiente. Y ellos iban ahora a tirarlo a la basura porque por esa calle pasaba la maratón y no tenía que haber nada en las aceras. En lugar de tapar el montón, que ni siquiera olía si no se removía,  porque  no molestaba en absoluto a los corredores ni a la gente al ser una avenida muy grande, tenían que tirarlo a la basura, por esa paranoia de los jefes de limpiar todo, porque hoy había “mucha gente importante por la zona”. Y para que el lector entienda hasta que punto llegó la obsesión con limpiar a toda prisa el lugar que incluso el incapaz cogió un escobón y se puso a ayudar, al tiempo que les apremiaba cada treinta segundos para que acabaran rápido.  Los tres barrenderos estaban dándole a la pala. Roberto y el otro estaban callados, con cara de cabreo por la tarea que les habían ordenado, que no entraba dentro de sus funciones. Pero el otro, Segundino, ese estaba tan contento dando paletadas y teorizando sin parar sobre la mejor manera de hacerlo, en lugar de preocuparse más por el horrible olor a sudor que rezumaban sus axilas, que se percibía perfectamente aún con el aroma del estiércol. Y tanto habla el cabrón que empezó a decir a los otros que así no se echan las paladas, que había que hacerlo como él lo hacía. Y como estos jodidos obreros borregos son unos cobardes y no se atreven a decirle al jefe que es un hijo de puta y aguantan sus constantes vejaciones, van acumulando tensión en su interior, la cual explota en el momento más inesperado e injustificado. Al decir Segundino lo de que no sabían palear, Roberto ni le miró, pero el otro se lo tomó a pecho y le dijo que si iba a venir él a enseñarle a palear, que el había estado haciéndolo durante más de diez años. Y el loco le siguió la discusión y empezaron a gritarse muy malhumoradamente que si así era como se hacía o si era asao. Afortunadamente se calmaron los ánimos rápidamente, pues Segundino tiene tan poco cerebro que enseguida se olvidó del asunto y empezó a hablar de otra gilipollez diferente.   Un ejemplo más de la estupidez y prepotencia de los incapaces tuvo lugar en ese momento, pues cuando estaban a la mitad de la faena paró un taxista junto a ellos y les dijo que si podían llenarle una bolsa para llevarla a su jardín. Los barrenderos dijeron que sí, pero en esto que salió a escena el incapaz y , autoritariamente, dijo que nadie podía tocar ese abono. Menudo niñato imbécil, les das un poco de poder y lo usan para avasallar a los demás. Ese abono iba  a ir directamente a la basura, pero por sus cojones que nadie se iba a llevar algo. Seguro que si el taxista hubiera dicho que ni de coña se llevaría él una bolsa de ese abono, el incapaz hubiera sacado una pistola y le hubiera obligado a llevarse todo el montón. El caso es llevar la contraria e imponer su voluntad a la de los demás , por muy irrisoria que esta sea.

     Cuando terminaron de llenar el  camión todavía faltaba más de media hora  para que fueran las nueve, hora en la que habían quedado para  empezar con lo de la maratón. Y como están obsesionados con que nadie puede estar parado , tanto a Segundino como a  Roberto les mandaron ir a limpiar unas calles que estaban impolutas.    El chaval se limitó a pasear el carro, para hacer tiempo. Todavía estaba medio mareado por el olor a sudor del jodio tarao, cuando se percató de que ahora que estaba él solo también percibía el olor a sobaco. “Joder, ya me vale la tontería también – se dijo – estoy pensando que el loco este es además un puto cerdo y soy yo el que está pegando el cante a sobacazo”. Se asombró de este hecho, ya que él es aseado y nunca ha tenido problemas de olor corporal y aunque en los vestuarios Segundino siempre echaba para atrás, bien era cierto que era a última hora, después de haber sudado tal vez.  A él le daba apuro ir desprendiendo tamaño aroma, pero qué le iba a hacer, no podía ir a ducharse  ni echarse por lo menos una colonia para despistar al enemigo. El caso es que no entendía del todo por qué desprendía tan fuerte olor, por lo que se desabrochó la camisa y olfateó directamente su axila, comprobando atónito como no desprendía ningún tipo de olor . Pensó entonces que debería ser la camisa que había acumulado olores de los otros días de curro, pero la camisa tampoco olía por dentro, solo olía por fuera. Se quedó de piedra, pues comprendió que se le había impregnado el olor a sobaco de Segundino, pues así de fuerte le cantaba el alerón al tipo.  Conforme fueron pasando los minutos se fue disipando el olor. “Con esta panda de cerdos hay que trabajar respirando por la boca – dijo acordándose de botellín y de Segundino”

     Por fin dieron las nueve y se encaminaron hacia la zona de la maratón. Nada más llegar al lugar en el que les habían indicado que esperaran, Roberto conoció al nuevo incapaz que estaría con ellos esa mañana. Era otro niñato con pinta de no saber ni cual es la capital de Francia y con cara desencajada por la “presión” a la que les someten los “jefes”. Nada más toparse con él Roberto comprendió que iba a tener problemas , pues a esta gente se la cala enseguida. “¿Qué hace usted aquí? – le preguntó – ¿le han asignado también la maratón? Bien, pues espere aquí y métase la camisa por dentro, por favor”. Y todo esto lo dijo con una cara desencajada  e iracunda. Pero antes de que pasara por allí la carrera, el incapaz de todos los días  le tenía reservada otra sorpresita: acompañar al conductor a descargar el camión en el cantón.  “A toda hostia que nos la estamos jugando – dijo nerviosamente  el pobre infeliz”. Si malo estaba siendo el día, la cosa empeoraba a cada minuto. Ahora tenían que subirse al camión y empezar a dar paletadas  para sacar el abono e irlo tirando en uno de los infectos containeres del cantón. Pero es que el camión estaba igual de infecto, produciendo un terrible olor a estiércol que les ahogaba literalmente al ser un espacio reducido y pequeño. Roberto se estaba cabreando cada vez más y ya cuando apareció en escena el incapaz y les empezó a apremiar para que fueran a toda prisa acabó de explotar. Empezó a decirle que por qué no cogía una pala y subía él a hacer ese trabajo. Se paraba a cada rato y salía para poder respirar mientras decía que ese era un trabajo para animales. Empezó a cagarse en todo el departamento de limpieza y a decir que era un gilipollas por estar haciendo esto, nada más que porque  necesitaba el puto dinero y por solidaridad con su compañero. Y le desafiaba diciendo que si le parecía bien tener ahí a dos hombres, sin mascarilla ni nada sufriendo el inhumano olor a estiércol y a basura, pues debajo del estiércol había bolsas de pútrida basura.  “Ahí abajo se está de puta madre , ¿eh? – llegó a decirle mientras le tiraba cosas para ver si le daba – como me baje de aquí me parece que se te van a quitar las ganas de mandar a la gente  a hacer cosas como estas. No somos animales, somos personas, me cago en la puta” El incapaz no le respondía, pues temía que si le cabreaba el chaval ese le podía hinchar a hostias y porque, además, sabía que tenía toda la razón del mundo. Y mientras él despotricaba el compañero le daba la razón por lo bajini y decía: “qué remedio. Hay que hacerlo y callarse”. Jodidos borregos.

     Tras acabar con el horrible trabajo, salieron pitando para la maratón. Se estaban pegando una buena paliza, por lo que Roberto pensaba empezar a hacer poquito a partir de ahora, pero nada más lejos de la realidad, pues el trabajo empeoró todavía más.  Sólo faltaban los redobles de tambores para el “más difícil todavía”.  Serían las diez menos diez cuando estuvo de nuevo junto a su fiel carro, esperando las órdenes del otro incapaz. Este llegó y le dijo que su zona serían unos treinta metros de calle, por una sola acera. Era la parte en la que estaba el último avituallamiento, consistente en una fila de mesas repletas de refrescos y agua y de voluntarios vestidos de blanco que se encargarían de repartirla entre los participantes.  Todavía faltaba más de una hora para que pasara por ahí la carrera, por lo que el trabajo era nulo. Aún así Segundino barría y barría, hasta cosas que no eran de su competencia, como los jardines. Lo de este hombre debe ser una enfermedad grave. El incapaz hablaba triunfante con él, diciéndole que siguiera así por toda la calle. Mientras tanto Roberto estaba parado, pues no había nada que hacer. Iban a dar las diez por lo que le comunicó al capataz que iba a hacer el descanso de media hora para comer algo y sentarse. El incapaz le miró con cara asombrada y le dijo que  eso no podía ser, que luego más tarde en todo caso, que ahora había mucho que hacer. Roberto miró a su alrededor y le dijo al incapaz que si acaso se estaba perdiendo algo, pues no había absolutamente nada que hacer.  Insistió en su intención de ejercer su derecho al descanso matutino, ante lo cual el incapaz fue a consultar con el “jefe”. Volvió y le dijo que en todo caso se tomara un café muy rápido y volviera en unos minutos a su puesto. Roberto le dijo que iba a tomarse exactamente media hora. 

 

                    ¿Tanta prisa tiene por comerse el bocadillo?

                    No se trata de ganas o no, es un derecho que tengo. Además llevo desde las siete de la mañana cargando estiércol, cosa que no es mi función,  y me voy a comer el bocadillo que si no voy a desfallecer de un momento a otro.

                    Pero es que ahora no puede irse, hoy es un día especial – dijo el incapaz con impotencia.

                    Son las diez, a las diez y media vuelvo – dijo él quitándose los guantes.

                    Pero es que hoy están los concejales – gritó casi con lágrimas en los ojos.

                    A mí eso me da igual, como si viene el Papa, a y media vuelvo. Si ellos – dijo refiriéndose a los demás barrenderos que seguían sumisamente haciendo el paripé – quieren quedarse hacen muy bien, pero lo que soy yo me voy pero ya.

                    Muy bien, muy bien, aténgase a las consecuencias.

 

     Roberto obvió este  último comentario con sonido de amenaza  para no perder el trabajo ese mismo día. Compró su habitual lata de cerveza y se fue a un parque cercano a comer el bocadillo y a disfrutar de la paz y sosiego que tras la infernal jornada se merecía.  El resto de barrenderos siguieron haciendo el paripé y con el estómago vacío, pues hacían todas las tonterías que los incapaces les decían. A la media hora volvió. El incapaz le dijo que barriera su zona. Lo hizo en cinco minutos , pues no había absolutamente nada que hacer. En la otra acera estaba Segundino, el cual barría sin parar la arenilla que se acumula en la acera, entre las baldosas.  Como no había absolutamente nada de trabajo Roberto decidió sentarse en el manillar del carro, en espera de que empezara la faena. Y en esta posición de espera, con el escobón en la mano, le sorprendió el incapaz, que nada más verle montó en cólera y  exclamó indignado “¡Qué, se está bien así!” “Pues no es muy cómodo, pero es mejor que estar de pie sin hacer nada” “Muévase ahora mismo y barra todo lo que vea por el suelo” “Pero si no hay nada” “¡Pues va de un sitio para otro!” Decidió no discutir con semejante cenutrio así que empezó a dar paseos de un lado a otro de la acera, desfilando cansinamente y marcando una especie de irónico ritmo militar, al compás de unos silbidos. Desde la otra acera el incapaz estaba apunto de estallar viendo que el chaval no hacía el paripé completo y no fingía estar barriendo para que el ciudadano creyera en el concienzudo esfuerzo del Ayuntamiento por tener limpio Madrid. El incapaz estaba junto a dos “jefes” en el otro lado de la acera, sin hacer absolutamente nada. Hacía un calor cosa seria, pero como son tan capullos los tres llevaban un plumas de barrendero para dar el cante y que el ciudadano viera todavía a más trabajadores. Entre policías, colaboradores, protección civil, Samur y barrenderos , había por lo menos quinientas personas en un tramo de apenas cincuenta metros. Es increíble lo que hace el Ayuntamiento para engañar a los ciudadanos. Y aún siendo esto malo lo peor es que los muy  cretinos  se lo tragan.  A los diez minutos de haber comenzado su desfile, pasó junto a él el incapaz, y tras pensárselo un rato cogió valor y le dijo al chaval que por favor barriera las virutillas del suelo, que no eran otras cosa que pétalos secos de las flores de los árboles. Roberto asintió con la cabeza y pasó de acatar la estupidez. El incapaz, viendo que no le hacía nada de caso en sus divagaciones, pasó dos veces más junto a él a decirle cada vez más alterado que “barriera la virutilla, que hacía muy feo debajo de los bancos” “Vamos a ver – dijo Roberto ya cansado- lo primero esto no es viruta, pues la viruta son laminillas de madera o metal . Esto son pétalos secos de las florecillas de los árboles.  Van a seguir cayendo durante semanas y en un par de días se han biodegradado y desaparecen, porque son muy finas. Y al ser tan finas es muy difícil recogerlas. Además es lo único bonito de la acera. Esto no hay quien lo recoja, hombre” “¿Qué no? – dijo tremendamente excitado y a punto de explotar- pues yo he recogido montones así de estas cosas” Roberto no pudo evitar reírse y dar media vuelta para seguir desfilando pisando las “virutillas”. Es increíble darse cuenta de que este pobre besugo se ha pasado años obedeciendo a un jefe que le humillaba haciéndole recoger los pétalos de las plantas y ahora él quería resarcirse haciendo lo mismo con sus subordinados.

     A las once empezó a pasar la maratón por ese tramo. Antes del primer corredor pasaron unos veinte vehículos del ayuntamiento con las sirenas a todo meter, para que el ciudadano sintiera la presencia de los poderes públicos. Era de verdad algo patético ver el despliegue que habían montado para tamaña gilipollez. Sirenas a todo gas y mogollón de funcionarios haciendo el paripé. Roberto se estremecía al contemplar esta escena. Y entonces pasaron los primeros corredores, un par de negros( amos absolutos del tema correteo) y un blanco, seguramente dopado,  echando las tripas por la boca tras ellos. La gente que había empezado a acumularse en las aceras rompió en aplausos entusiasmada como si cuanto más aplaudieran más les fueran a subir el sueldo al día siguiente. Y hasta que empezó a pasar el resto de participantes, el grueso de la carrera, transcurrió  por lo menos una hora, tiempo  en el que Roberto estuvo tocándose las narices, pero en la que tuvo que hacer a veces que barría y hasta llegar a apagar una colilla para echarla en el carro a fin de que el incapaz viera que le hacía algo de caso en sus idioteces.

     Y cuando empezó a pasar toda la masa de corredores, comenzó el infierno para los barrenderos. Serían por lo menos veinte mil los payasos que jadeaban agonizantes en pantalón corto. Y todos cogían una bebida, y todos la tiraban a los cinco metros, y el encargado de recoger los botes era Roberto y otra mujer que había aparecido por arte de magia como refuerzo. Suponiendo que la mitad de los corredores tiran las botellas a un lado y la otra mitad al otro, quedan sólo diez mil botellitas, que si se divide entre dos barrenderos que eran da el resultado de cinco mil botellitas.  Es de locos, no daban, ni por asomo, abasto. Toda la calle estaba repleta de botellas  y vasos de plásticos, y los corredores no cesaban de pasar, todos en grupo, miles y miles de idiotas corriendo sin que nadie les persiguiera. Como deporte  correr está bien, pero ya esas estupideces de hacer retos deportivos y rozar la muerte para nada, es algo patético.  “Espíritu deportivo” dicen que es eso. “Estupidez mental absoluta y negocio de las marcas deportivas” es lo que es en realidad.

     Corrían de  ambos sexos y de todas las edades, la mayoría de los cuales iban andando sin poder con su alma, congestionados y apunto de sufrir un patatús. Pero como a todo hay quien gane, todavía eran más tontos los que se pasaban toda la mañana viendo este extraño fenómeno desde la acera y aplaudiendo y gritando a rabiar.  Roberto sabe que mucha gente es estúpida, pero tanto como esos que estaba viendo ese día nunca había sospechado que se pudiera ser.   Estos seres aplaudían entusiasmados mientras jaleaban a los moribundos con gritos de “ ¡vamos, campeones¡, ‘¡sois los mejores¡,  ¡todos al podium¡, ¡venga campeones, animo que ya falta poco¡ ¡Sois un ejemplo¡ ¡todos estáis ganando¡” Parece ciertamente que se estuvieran cachondeando de ellos, pero nada más lejos de la realidad, pues lo decían completamente en serio. Y cantaban canciones de esas del fútbol. Roberto estaba apunto de estallar ante tanta idiotez y ante tanto trabajo como tenía por culpa de estos seres. Tenía que agacharse constantemente a coger botellas, las cuales le llovían literalmente, pues los corredores no miraban ni  a donde las tiraban. Solían pegar un trago a la bebida y la tiraban entera. Qué bien, por ahí millones de personas sin agua potable y estos hijos de puta tirando las botellas sin apenas abrirlas. Estupendo, qué bonito es Occidente. En un momento dado, cuando estaba agachando metiendo un montón de botellas en el cubo, le dieron un botellazo en la cabeza.  Instintivamente se levantó y buscó con la mirada al involuntario agresor. No logró ver quien había sido, pero de haberlo hecho no podía decir que no hubiera salido tras él para devolverle el botellazo.

     Y  cuando la maruja más tonta que seguramente hay en el mundo empezó a vitorear a un grupo de mujeres que corrían juntas : “¡Bien, mujeres,mujeres, mujeres…¡” y no paró durante una hora de decir esto, saltando  entusiasmada, Roberto perdió por completo su fe en la mayoría de la especie humana. Y ya cuando entre todos los vítores empezó a oír  “¡torero, torero¡” creyó volverse loco. Y en el momento en que se giró y vio que efectivamente había un corredor vestido de luces, decidió cerrar su mente por ese día y trabajar automatizadamente.  Decenas de bolsas llenas de botellas y vasos y el suelo seguía repleto. Era como si en un día de lluvia alguien se empeñara en secar la acera con una fregona.  En un momento dado un tipo le comentó que “hoy si que tenéis trabajo ¿eh?, si que es un mal día, hoy os vais a cansar pero bien” y él sentencio ante el asombro de algunos y la risa de otros que “Si, pero por lo menos a mí me pagan por hacer esto, no como a estos gilipollas – dijo señalando a los maratonianos”.

Cuando eran las dos menos cuarto decidió volver a su cantón, sin que le viera el incapaz, ya que le diría que tenía que quedarse, como iban a hacer todos los demás idiotas, que sabían perfectamente que no iban a cobrar nunca las horas extras y que era un terrible abuso tenerles trabajando a destajo y sin haber desayunado, pero que como son tan imbéciles acataban y seguían en faena. El camino que siguió fue por la carretera, junto  a los corredores, por lo que se lo pasó vacilando al público, ya que cuando a su paso vitoreaban a  los maratonianos, él daba las gracias y saludaba y decía tonterías. Al llegar al cantón el incapaz de siempre se asombró al verle y le dijo que si le habían dado permiso para volver. El contestó que el reloj es quien da el permiso. Hizo amago de ir a obligar al chaval a volver hasta que acabara la maratón pero se cayó a la mitad de la frase comprendiendo que no estaba hablando con uno de los borregos.

     Y el miércoles siguiente, día uno de mayo, el de los trabajadores, otra vez al tajo, pues también cubrían los festivos. Ese día el incapaz le dio una nueva zona, seguramente más complicada que la de siempre, pues estaba muy resentido con él. Le encargó hacer buena parte de la calle Delicias. Roberto volvió a la rutina de siempre , escuchando música y barriendo lentamente. Estaba muy cabreado con el incapaz , pues todavía tenía agujetas del día de la maratón. Se la tenía guardada, pues fue una faena terrible la que le hizo ese día.  Y no llevaría más de una hora liado, barriendo escrupulosamente, cuando apareció en escena el incapaz para tocar las narices. Y vaya si se las tocó…

 

   -¡Fuera esos cascos ahora mismo, no te lo repito¡ – gritó exaltado.

   -“Malo, este se la va a buscar hoy – pensó Roberto quitándose el auricular”

          Sabes que esta prohibido y no lo repito más.

          Vamos a ver –intentó razonar – por llevar un casco no pasa nada, ¿no comprendes que el trabajo se ameniza de esta forma y aumente la eficacia?

          ¡Esta prohibido y punto¡.

          Pero es ilógico, no te preocupes que si me pilla el “jefe” le diré que tú me lo has dicho cien veces y yo no te hago caso.

          Y si te pilla un coche por ir con la música qué, nos la cargamos nosotros.

           “O sea que su preocupación es la hipótesis de que alguno sea tan gilipollas como para saltar a la carretera cuando pasan coches , no oírlos y que le pillen –pensó – y no les preocupa que te maten, sino que a ellos les metan el paquete”

          El otro día fatal en la maratón, ya me ha dicho el capataz que te fuiste sin su permiso, que no le hiciste caso cuando te dijo que no se desayunaba y que no le obedecías nunca:

          ¿Es que tengo que obedecer a las tonterías que dice un capataz?

          ¡Lo que dice el capataz se hace y punto, sin discutir ni pensarlo. Si no se come, no se come  y si hay que quedarse se queda! – gritó más nervioso que iracundo.

          Vosotros estáis completamente locos ¿no?.

          Vas por muy mal camino, no sé como vas a acabar tu aquí, ¿eh?

          ¿Me estás amenazando?. No tientes la suerte payaso, que al final te parto la cara. ¿Sabes lo que te digo, infeliz? – exclamó quitándose la chaqueta y los guantes – que aquí te quedas con tu estupidez mental y tu trabajo. El carro lo llevas tú hasta el cantón. Te metes el trabajo este de mierda por el culo. ¿Sabes que yo tengo dos carreras? No necesito esta mierda, solo lo quería para sacar pasta estos dos meses.

          Muy bien, muy bien – dijo el incapaz medio asombrado  – estupendo. Y cogió el móvil y empezó a llamar a algún empleado de camión para que dejara su trabajo y cogiera el relevo de Roberto.  El chaval agarró su bolsa de plástico, se puso los dos cascos y fue caminando hacia el cantón para cambiarse de ropa. Tras él, el ahora timorato incapaz le seguía los pasos. “Tienes que firmar la baja – le dijo suavemente y con cara de arrepentimiento, pues en el fondo no era un mal tipo y sabía que la razón la tenía el barrendero, pero como era un esbirro tenía que acatar órdenes estúpidas,  que él sabía que eran así” Durante el camino le volvió a decir un par de cosas más mientras que Roberto pasaba olímpicamente de él. Una vez en el cantón se mostró tremendamente amable y hasta metió personalmente la ropa del chaval en una bolsa y no le dijo nada por haber roto la llave de la taquilla al abrirla.  Estaba realmente compungido por lo sucedido, por lo que era todo amabilidad y caras de circunstancia y arrepentimiento. Le instó a que olvidarán lo sucedido y volviera a coger el carro. Roberto ni le miró. El incapaz hasta le rellenó  el informe, que era como el de la gorra y el cambio de turno,  teniendo el chaval sólo que firmar. Los estúpidos informes para todo.

 

                  Cuando salió de allí, cogió el libro que se estaba leyendo esa semana y se lo señaló diciendo: “coge uno de vez en cuando. De esta forma a lo mejor aprendes a vivir,” Pensó en preguntarle que qué le gustaría ser si viviese, pero le pareció que cebarse en las desgracias ajenas no está bien, y otra cosa no, pero el joven capataz, guardia jurado entre semana, es un auténtico desgraciado de la vida.

     Salió de allí tremendamente contento, pues ser fiel a tus creencias y no dejar que te exploten ni te humillen es algo siempre gratificante. Vivir sin soportar la coz interna de tu propia cobardía es la única forma en la que él considera que se puede llegar a la felicidad, y mantener la dignidad como lo había hecho durante el trabajo de barrendero era una de sus formas.  Se topó con dos de sus compañeros, que se asombraron al verle. El primero que vio fue con el que días atrás se fumara un cigarro. Le dijo que era un ejemplo a seguir, un auténtico “fiera” y que se alegraba mucho de haberle conocido. “todos teníamos que hacer como tú, pero…””Ahí está la coz – pensó él” El segundo que vio fue el único que merecía enteramente la pena, Faustino. Se fumó un cigarro con él y estuvieron hablando de lo sucedido. “Has hecho muy bien, yo también me iré pronto, como me toque las narices el niñato este me largo y a lo mejor hasta le meto un puño. Estuvieron hablando y riendo largo rato hasta que se despidieron con un fuerte apretón de manos y un sincero : “Me alegro de haberte conocido. Suerte y ya nos veremos”.

      Fue al cajero para ver lo que le habían ingresado por el mes de trabajo. Por supuesto que le habían engañado con el sueldo, pues  le pagaron sólo  331 euros, o lo que es lo mismo, quince mil pesetas menos de las setenta que le habían prometido.

     Caminó alegremente mientras escuchaba una cinta de un grupo heavy llamado “Stryper”. Se encontraba en un estado de absoluta libertad. Se dirigió hasta una basílica que hacía tiempo quería visitar, la de San Francisco el Grande. Una vez estuvo en ella viendo las maravillas ornamentísticas que contiene y contemplando su espectacular cúpula,  sintió en el alma que ahora había vuelto a coger la buena senda, otra vez estaba caminando en pos de la belleza.

     A los quince días de esto cogió un ferry que le alejó de la península. Su objetivo era claro, quería volver a subirse al mundo.

 

 

FIN

 

 

EL REY DE LAS FILAS

Posted in Relatos on febrero 21, 2008 by César Bakken Tristán

  Tomás ha sido siempre un ciudadano normal y corriente, es decir: trabaja, vive en un pequeño apartamento con su mujer y sus dos hijos, ve el fútbol por televisión y se toma unas cañas de vez en cuando al salir del trabajo. No se mete con nadie y nadie suele meterse con él. Puedo decir, sin ninguna duda, que Tomás no es precisamente “carne de biografía” para ningún editor ambicioso.             No obstante, para mí si es algo más que un ciudadano estándar, pues hace cinco años que nos conocemos y hemos establecido algo que podría muy bien ser una relación de amistad.  Además, como quiera que mi profesión es, precisamente, la de editor, para mí Tomás no es  un mero ciudadano, ya que tiene una cualidad especial, innata, hasta prodigiosa podría decirse, que le hace apetecible como sujeto novelesco: es el rey de las filas.            Toda la vida de Tomás gira en torno a esperas, filas, colas, hileras, ristras, sartas, cadenas, recuas, alineaciones…; en definitiva, Tomás vive en un continuo estado de espera. Toda su vida se la pasa haciendo cola. Esta cualidad puede parecer insignificante a primera vista, pues todos los urbanitas tenemos que hacer filas en muchas ocasiones. Lo extraordinario del caso de mi amigo es que él las hace siempre, y digo siempre. Y hace todas las posibles, y digo todas. Os lo voy a especificar:            Tomás nació en el seno de una humilde familia manchega, a mediados de los cincuenta. Es el quinto de cinco hermanos. Aquí tenemos la primera de las esperas que tuvo que afrontar mi amigo. Ni que decir tiene que al ser el pequeño de la casa y, lógicamente, vástago no deseado, su infancia hogareña es un cúmulo de colas: siempre era el último que accedía al baño, era el último en ser servido en la mesa y el último en ser consultado para todos los asuntos. El vestuario que llevó hasta el día de su boda fue siempre el que iban desechando sus hermanos, por lo que siempre tuvo  que esperar para ponerse esta o aquella prenda. Fuera del hogar también empezó desde la maternidad a guardar filas. Fue el último niño en nacer, pues su madre fue la última parturienta atendida ese día.  En sus primeros días, también era el último niño al que atendían las comadronas, al ser su apellido Zamora, pues éstas situaban a los niños por orden alfabético. Este hecho del apellido le ha supuesto infinidad de esperas a lo largo de su vida, pues siempre tenía que ser el último en todo: el último en sentarse en la clase, el último en salir de la clase, el último en recibir las notas del curso, el último al pasar lista, el último en las agendas telefónicas, el último en recibir la nómina…            En cualquier caso lo del apellido, aunque significativo, no es sino una jugarreta del destino de la cual Tomás no tiene ninguna culpa.  Lo que sí se le puede atribuir son infinidad de circunstancias en las que si cabe hablar de “talento”. Estos hechos son, por ejemplo, que mi amigo fue el último de su pandilla en perder la virginidad, y lo hizo, además, con una de esas chicas ninfómanas que se cepillan a todos los del barrio. Esta chica solía acostarse hasta con seis chicos en el mismo día, ni que decir tiene que Tomás fue el sexto de uno de esos días tan promiscuos.  Y con su primera y única novia, actual esposa, también tuvo que hacer fila.  Cuando la conoció, ella salía con otro chico, por lo que Tomás tuvo que esperar hasta que cortara con él para intentar cortejarla. El caso es que en esto se tiró casi cinco años, y no es que su actual mujer durara ese tiempo con aquel novio, sino que cada vez que cambiaba de chico, Tomás no se enteraba y tenía que volver a esperar. Hasta siete novios tuvo su actual mujer, el octavo de una fila de ocho ha sido él para ella.            En su trabajo también ha aprovechado su talento, pues es el ordenanza de una empresa constructora. Su labor consiste en recorrer infinidad de organismos oficiales, notarías y negocios, atendiendo las demandas de sus jefes. Innumerables son las colas que ha tenido que esperar en la seguridad social, en correos, en las notarías, bancos, etc. Y eso durante todos sus días laborables. Y, por supuesto, como para ir a estos lugares tiene que usar el transporte público, pues también son innumerables las filas que ha tenido que hacer para subir a este o aquel autobús, o a este o aquel vagón. Hasta ciento cuatro colas llegó a acumular  un día de máxima inspiración. Fueron estas (se computa un día entero desde las doce de la noche, a las doce del día siguiente):Fue en último en acostarse, pues fue el último de su familia en  poder entrar a lavarse los dientes. Esa noche hizo el amor con su mujer, y, como siempre, ella tuvo el orgasmo y se durmió antes que él. (van tres).  Por la mañana fue el último en levantarse, tuvo que esperar a que todos se asearan para hacerlo él y a que todos se untaran la mantequilla en las tostadas para hacerlo él. (van seis). Al tener tan sólo dos copias de las llaves de casa, y como su mujer entra antes al trabajo, tuvo que esperar a que todos salieran para hacerlo él. Los vecinos de enfrente salieron al mismo tiempo, por lo que tuvo que esperar a que el ascensor les bajara a ellos primero, junto a sus dos hijos. Para comprar el periódico tuvo que esperar detrás de seis personas más. (van nueve). Cola en el autobús que le lleva a la estación de tren, cola en el estanco de la estación de tren, pues tenía que comprar el abono mensual, cola en los tornos, cola para subir por las escaleras mecánicas y cola para entrar al tren. (van catorce). Tuvo que esperar también para bajar del tren, para las escaleras de bajada , para los tornos de salida y para el autobús que le lleva al trabajo (van dieciocho).  Como es el encargado de coger el correo en la portería de la oficina, tuvo que esperar a que el conserje se lo entregara a tres personas antes. El ascensor también lleno por cuatro ocasiones (porque mientras esperaba el correo, la gente se iba acumulando en la puerta del mismo. Y van veinte).             Ya en la oficina, para entregar el correo al jefe, tuvo que esperar a que saliera un empleado que se estaba entrevistando con él.  En las siguientes ocho horas de trabajo, le fueron encargados diez asuntos, cada uno de los cuales era de ida y vuelta, por lo que  tuvo que esperar diez veces para bajar y diez para subir en ascensor (van cuarenta y una)  Tuvo que coger el metro diez veces y cinco el autobús (van setenta y una) .Por supuesto, en los diez sitios a los que fue tuvo que aguardar su turno. (van ochenta y una). A media mañana paró un momento a tomar un bocado en un bar y su bocadillo fue el último en salir de la cocina. También fue al baño, cuando estaba ocupado, claro. (Van ochenta y tres). Tras haber realizado su sexto encargo, se fue a comer al bar, con lo que sumó las dos colas del ascensor, la espera a que le dieran mesa, fue el último de los sentados en ser servido y el último en ser cobrado (van ochenta y siete)  Del trabajo a la puerta de casa, otras cinco esperas. Y una vez en casa, su mujer se estaba duchando, por lo que tuvo que aguardar para hacerlo él. (van noventa y tres). Después de cenar, tras ser el último en sentarse, en servirse y en levantarse, bajó a comprar tabaco al bar , tras esperar a que sus vecinos, y los cuñados de éstos, que habían venido de visita, descendieran en el ascensor. Tuvo que esperar a que el camarero atendiera a cinco clientes para que le diera cambio. En la máquina de tabaco, un tío con bigote estaba sacando un paquete y la máquina no le devolvía el cambio, por lo que tuvo que esperar cinco minutos hasta que el camarero la abriera para solucionar el problema. Por supuesto a él también se le tragó el cambio la máquina, por lo que tuvo que esperar a que el camarero volviera a abrirla ( van cien) Subió a casa, de nuevo el segundo en el ascensor tras su vecina Gertrudis y sus cinco caniches, y  tuvo que esperar a que sus hijos acabaran de ver una serie para poder sintonizar en la televisión los resúmenes de la vuelta ciclista.  Tuvo que esperar para mear, pues uno de sus hijos estaba suelto del estómago y frecuentaba mucho el baño. Y ya en la cama su mujer se durmió primero. ( Total: ciento cuatro colas durante el mismo día).

El caso es que ha habido un día, anteayer concretamente, en el que mi amigo no ha hecho cola en algo en lo que muchos hombres suelen y les gustaría hacer: Morir. Sí, como lo oyen, mi amigo Tomás, a los cuarenta y ocho años, ha dejado de existir. Para la única vez en la que podía haber esperado unos treinta años como poco va y se adelanta, se salta la fila, se cuela. Y además, si todas y cada una de las colas que ha tenido que esperar a lo largo de su vida, eran ajenas a su voluntad, esta vez se ha colado por iniciativa propia, se ha suicidado.  No obstante,  hasta a la hora de morirse a sabido sacar ese talento innato para la espera, pues el tanatorio  de su zona estaba lleno y se ha tenido que pasar una noche esperando en el depósito de cadáveres. 

Descanse en paz mi  amigo Tomás: “el Rey de las filas”.

TAXI DRIVER

Posted in Relatos on febrero 21, 2008 by César Bakken Tristán

  Salir  de marcha con mi amigo Pastrana siempre es una especie de aventura, y ya no tanto por él ni por mí, sino por las cosas que nos pasan cuando estamos juntos. La historia que voy a contarte sucedió hace muchos años, cuando ambos éramos unos niñatos. Ahora todo es diferente, pero siempre que la recordamos lo hacemos con una sonrisa: eran otros tiempos, pero eran buenos tiempos, qué narices. Todo empezó en un Pub casi vació, atendido por dos camareras de unos treinta años  y un pibe que debería ser el dueño. Mi amigo y yo llevábamos varias horas tomando copas por Leganés. Estábamos cansados, tanto por la maratoniana sesión etílica, como por el aburrimiento que supone alternar por una zona de copas tan anodina y hasta sórdida como es la de Leganés. El caso es que antes de claudicar ante nuestro aburrimiento decidimos pasar a tomar la última en un pub hasta ese momento desconocido para nosotros.  Nada más entrar nos hicimos coleguitas de  las camareras, y éstas empezaron a mostrarse muy simpáticas con nosotros. No eran físicamente nada del otro mundo, aunque ese dato estético poco o nada nos importaba a nosotros, que únicamente aspirábamos a completar nuestro cupo alcohólico de esa noche en ese lugar nuevo, para posteriormente caminar (o arrastrarnos, en su caso) hasta nuestras casas para dormir la mona. El caso es que ante nuestras abotagadas jetas, ambas camareras hacían serios esfuerzos por despertar nuestro interés. No sé si sería por matar su aburriendo o por qué sería, pero el caso es que las camareras empezaron a darnos seriamente la brasa. Nosotros estábamos a nuestro royo, por lo que tardamos un buen rato en atender las constantes llamadas de atención de las dos chicas.  Y si lo hicimos fue porque una de ellas insistió en que nos tomáramos unos chupitos con ellas. Tras el segundo chupito puedo decir que ya habían empezado a estrecharse los lazos entre nosotros y las camareras. Concretamente una de ellas hizo lazada y media con mi colega, mientras la otra se decantó claramente por mis cordones. Retomando  el dato estético anunciado antes, he de decir que la que se anudó a mi amigo no era nada del otro mundo, aunque comparada con la mía era un verdadero portento de belleza estética. Pastrana descubrió que tras siete u ocho copas de güisqui la libido parece ahogada, y que, paradójicamente, tras dos chupitos servidos por una mujer insinuante, revive más fuerte que nunca. Debido a este descubrimiento, decidió dedicar todo su esfuerzo a seducir a la chica. Yo por mi parte, no es que tuviera la libido ahogada, pero como quiera que el eufemismo de tía que me había tocado en suerte no me gustaba para nada,  la tenía por ahí flotando tan ricamente, sin plantearme en ningún momento llegar a puerto alguno. No obstante le seguí el juego a mi camarera para no aburrirme, ya que mi amigo estaba entregado completamente a la otra y no me hacía ni caso.  A la hora de estar allí nos anunciaron que el Pub cerraba ya. Nosotros, con la tontería del tonteo y los chupitos, teníamos más ganas de marcha, y vista la predisposición hacia nosotros que tenían las camareras,  las convencimos para que salieran con nosotros a tomar algo.  El único problema es que no teníamos dinero para seguir de juerga, y por aquella época ni conocíamos las tarjetas de crédito. Al salir del Pub nos dijeron que ellas vivían en Madrid y, de salir, tenía que ser por esa zona. Además, no tenían coche, por lo que tendríamos que ir en taxi. Yo hablé un momento con mi colega, pues viendo que no teníamos ni un duro, no me parecía buena idea irnos a Madrid a las tres y media de la mañana. Mi colega dijo que él se iba seguro con ellas, por lo que yo, tanto por no dejarle sólo como porque también me seducía el plan, decidí ir. Por suerte el jefe de las pibas nos acercó hasta Plaza Elíptica, desde donde cogimos un taxi. Al salir de Leganés los dos nos hicimos ilusiones de ir a la casa de una de ellas y liar una orgía romana, pero que va, una vivía con más gente y la otra tenía una hija acostada ya.      En Plaza Elíptica cogimos un taxi, que nos llevo hacia el centro, por la zona del Bernabeu, me parece que son los bajos de Orense. Al llegar allí mi colega pagó el taxi con nuestro último talego. Mi cabeza le dijo que por qué coño había pagado él, y mi hígado supongo que le agradeció el gesto.  Empezamos a caminar emparejados, Pastrana con la mamá y yo con  la otra, que me agarraba muy posesivamente. Mi colega estaba bastante cachondón, y se daba besitos con la chica. Mientras, yo trataba de encontrar mi libido por algún sitio, pero nada, se había quedado flotando plácidamente por algún remoto lugar del Atlántico y como para ponerse a buscarla a esas horas y sin barca. Mi acompañante, desconocedora de la ausencia de mi libido,  cada vez me hacía más proposiciones.  Me agarraba y decía que tenía frío, que por qué no la calentaba. Me decía que era muy guapo (sobre gustos no hay nada escrito) y cosas por el estilo. Viendo que yo no ponía mucho ímpetu en calentarla, era ella la que me agarraba y sobaba como si estuviera en juego el premio a la tía más sobona del lugar.  Yo intentaba convencerme de que tampoco estaba tan mal la chica, pero hasta ese momento no había sido capaz, y no lo fui en toda la noche.     Me di cuenta enseguida que el sitio por el que nos movíamos era caro del copòn. Los pubes parecían muy lujosos.  Nos dirigimos hacía uno cuya puerta era custodiada por el negro más grande del mundo, vestido completamente de blanco, hasta con sombrero, y lleno de oro. Absolutamente infranqueable sin su permiso. Nos dijo que la entrada costaba dos talegos, con consumición, claro. Resolvimos tácitamente no entrar en el sitio, nosotros porque no teníamos dinero y ellas por que preferían ir a otro lugar que conocían. Al llegar a este otro garito, el mismo rollo, apoquina pasta gansa para entrar. Ellas dijeron que pasáramos ya a ese mismo, a lo que nosotros respondimos cómplicemente que no, por que “no nos gustaba el ambiente que parecía tener”. Viniendo de dos tipos semiborrachos con pinta de meterse en el primer tugurio que se encuentren, la explicación que habíamos usado para rehusar la entrada al pub no sonaba nada convincente, pero a ellas pareció valerlas. Volvimos sobre nuestros pasos, con la esperanza de encontrar algún sitio de entrada libre. Las tías empezaron a sospechar que no teníamos ni un duro, y así nos lo hicieron saber.    -No, si ya sabía yo que no podíamos salir con vosotros, no tenéis dinero.   -Que sí, mujer, lo que pasa es que no nos gustan esos sitios.   -Claro, claro. Os hemos dicho en Leganés que nosotras nos movemos por sitios así, y que si no teníais dinero no sé para que veníais.   -Hemos pagado el taxi, que no se te olvide.   -Habéis pagado la mitad. ¿O te crees que eran sólo mil pelas?     Nuestra condición de tíos miserables estaba quedando patente por momentos, menos mal que pasamos de nuevo por el pub del negro, el cual, al vernos, se dirigió a nosotros:         Oírme, parejitas, ¿por qué no entráis aquí? No vais a encontrar un sitio mejor en toda la zona, os lo aseguro.         Sois muy careros –le dije yo.         ¡Qué va!  -insistió él-. Mira, vamos a hacer una cosa, os dejo pasar con la condición de que os toméis algo dentro.      “Fenómeno- pensé yo- no nos cobra la entrada en la puerta, sino en la barra. Este tío se cree que somos gilipollas” Pero a las tías esto les pareció estupendo, por lo que no tuvimos más remedio que entrar, ya no teníamos excusa. Afortunadamente el negro se quedó impávido en su puesto, y nosotros nos movimos libremente por el garito sin el apremio de tener que pedir algo nada más entrar. Las chicas fueron derechas a la barra, yendo nosotros detrás, como con miedo de lo que pudiéramos encontrar en ella. Mi amigo y yo nos miramos haciendo el gesto de que estábamos caninos.    -¿Qué tomáis vosotros?- preguntó una de ellas.   -Eh… nada de momento, es que estamos ya hartos de tanto alcohol.- respondió Pastrana.   -Anda, no digáis tonterías.    -No, si es verdad, llevamos todo el día bebiendo. Luego más tarde empezaremos a tomar cosas. – dije yo.   -Pues pediros algo sin alcohol –sugirieron lógicamente.   -Qué va, si no tiene alcohol no nos gusta.    -Bueno, como queráis.       Se pidieron dos güisquis con coca cola. Por la cara que teníamos yo y Pastrana se deducía que nos gustaría haber tomado otros tantos enseguida. Pagaron religiosamente sus copas, pues nosotros no hicimos ni el gesto de sacar tabaco, no fueran a creer que las íbamos a invitar, aunque de sobra sabían ya ellas que éramos unos miserias. Se fueron un momento al servicio, antes de probar las copas. Nosotros, al ver las copas en la barra, decidimos ir a su abordaje, y que le dieran morcilla a las pibas. Le pegamos dos buenos tragos a los cubatas, que fuimos rellenando con lo que sobraba de refresco. Luego dejamos los cascos en otro lado. Al volver, las chicas dijeron que dónde estaban las botellas. Dijimos que no sabíamos, que seguramente se las había llevado la camarera. Visto ahora esto no se lo creé nadie, pero pedos como estábamos nos sonaba bastante creíble. Afortunadamente las mujeres decidieron correr un tupido velo y nos dijeron que fuéramos a sentarnos.  Antes de hacerlo decidimos ir al servicio.  Una vez dentro del lujoso mingitorio, empezamos a partirnos de risa por la situación tan rara que estábamos viviendo.    -¿Tienes algo de pasta? –le pregunté a mi colega.   -Ni un duro, mira-dijo sacándose los bolsillos a fuera.   -Joder, pues yo sólo tengo esto –dije enseñando cinco duros.Ni que decir tiene que nos volvimos a partir la polla.   -Estas tías van a pasar de nosotros dentro de nada.   -A ver si podemos sacarlas un par de copas por lo menos.         Oye, te has fijado en la peña que hay aquí.         Ya te digo, si sólo con ver al negro de la puerta te lo puedes imaginar. Anda vamos a salir que estas son capaces de pirarse.         Oye, tronco, yo estoy hasta las narices de la tía esa, la tuya por lo memos está potable, me la podrías pasar, ¿no?         Y una mierda. Además, es ella la que me desea, ya lo has visto.      El sitio que eligieron para tomar las copas eran unos sofás blancos muy pintones, ligeramente apartados del bullicio del pub. Nada más verlos supuse que iba a ser difícil esquivar los lujuriosos ataques de mi eventual pareja. Mi colega se defendía muy bien con su piba, la cual estaba prendada por él, aunque viendo que no teníamos ni un duro estaba algo más reticente que al conocerla.  Yo hablaba automatizadamente de no sé que leches con la tía que tenía al lado, la cual se pegaba cada vez más a mí, e intentaba sobarme y que yo la sobara.      Aburrido de mi compañía decidí largarme de allí inmediatamente. Pero no físicamente, pues no quería ser descortés con la chica ni dejar tirado a Pastrana, así que desconecté la mente mientras mi amorcito me atosigaba. Empecé a fijarme en la gente que tenía por alrededor. ¡Menuda tropa! .No había mucha clientela, pero con los que estaban se podía hacer perfectamente una aceptable segunda parte de “La parada de los Monstruos”. En una pequeña pista de baile habitaban un par de tías que deambulaban por ahí totalmente colocadas. Bailaban de una forma extrañísima la música “Dance” que regurgitaban los altavoces. Tenían pinta de auténticos zorrones desfasadísimos, y no parecían tener acompañantes. A decir verdad no sé si realmente iban juntas, pues lo único que las vi compartir en todo el tiempo que estuvimos allí fueron sus respectivos mareos. Enfrente de nosotros había un montón de “gitanacos” de los ricachones, poniéndose hasta las orejas de farlopa. Se ponían allí mismo, encima de la mesa, y hasta con espejito y todo. Eran los típicos gitanos súper arreglados, con sombreros y oro por todas partes. Y por la barra había una serie de indescriptibles personajes que engullían pelotazos  ávidamente mientras miraban de vez en cuando a las dos mareantes chicas de la pista.      Mi mente volvió enseguida al sofá, pues la gordita de mi acompañante insistía en que la besara. Y casi consigue robarme un beso, pues en mi alineación temporal había bajado la guardia tanto que se me había puesto encima literalmente. Menos mal que cuando iba a juntar sus labios con los míos, mi mente volvió a dominar mi cuerpo y dio rápida orden de esquivar lo que se me venía encima. Logré apartar a la chica suavemente, la cual se quedó con un gran gesto de extrañeza:  debió pensar que yo era frígido o más maricón que un palomo cojo, seguro. Menos mal que a mí me da igual lo que piensen de mí mis conocidos, por lo que lo que piensen mis desconocidos (como era ella) me importa tanto como la declaración de la renta de mi vecina del cuarto izquierda.     Al rato salimos del sitio. Nos despedimos del negro de la puerta, el cual nos dio un fuerte apretón de manos, como a la entrada. A las tías pareció haberles entonado muy bien el pelotazo y sugirieron entusiasmadas que fuéramos a un sitio al que ellas iban a menudo. Nos dirigimos hacia el sitio, con la esperanza de que no cobraran entrada.  Al llegar nos encontramos con la desagradable sorpresa de que cobraban un talego y medio. “Ahora no podéis negaros- dijeron ellas- aquí si que vamos a entrar”. Nuestra cara le reveló que estábamos más tiesos que la mojama. “Si es que lo sabía, no teníamos que haber salido con vosotros. Si es que no tenéis ni para pagaros lo vuestro. Nada, pues nosotras vamos a entrar. Hacer lo que queráis, ya sabéis donde estamos”.  Y dicho esto se metieron al garito, dejándonos ahí plantados, con cara de capullos. Optamos por echarnos a reír, diciéndonos mutuamente que se veía venir y que mucho habían durado con nosotros. Yo me alegré tremendamente de perder de vista a mi empalagosa pretendiente.     Eran las cinco y media de la mañana, más o menos. Empezamos a andar y, cuando salimos a la Castellana, nos dimos cuenta de que estábamos donde Cristo pegó las tres voces, y de que no teníamos un duro para volver a casa.    -Ahora qué hacemos, tío.   -Vamos a coger un taxi, ¿no?.   -Si no tenemos un duro.   -Uno puede subir a su casa cuando lleguemos y coger pelas.   -¿Vas a subir tú?, porque yo tampoco tengo pasta en mi keli, y no se la voy a pedir a mis padres en medio de un sueño.   -Pues yo estoy igual que tú.   -Podemos pillar un taxi e irnos sin pagar.-sugirió mi colega.    -Vale, pero vamos a pillar uno que lo conduzca una piba o un gordinflas que no pueda ni salir del coche, no vaya a ser que nos persiga o algo. Tenemos que pensar en cómo vamos a hacérsela al taxista       Supuse que esperaríamos a que apareciera un taxista propicio para tanarle y a decidir como nos íbamos a pirar del taxi al llegar a Leganés, pero antes de que pudiera decir palabra, mi colega va y para un taxi. Le dije que qué estaba haciendo, que teníamos que elegir a algún pardillo. Pastrana dijo que daba igual, que ese mismo. Nos montamos con la esperanza de haber tenido suerte. Nada más sentarnos nos quedamos medio sin respiración, pues el tío era una especie de macarra recién salido de Carabanchel. Más que el propietario del Taxi parecía que acababa de robarlo. “La hemos cagado -pensé”.     El Fari tenía puesta música “lolaila”, y estaba fumando. Nada más arrancar nos ofreció un cigarro a cada uno. Le cogí uno, total,  con un cigarro quizás pensaría mejor la forma de chulear a aquel chuleta: un tío que te ofrece tabaco en su taxi, con una pinta de  yonqui que te cagas, de estos super enrollados que hablan soltando tacos. Hacerle el lío a este tío era para profesionales del escaqueo, y nosotros no lo habíamos hecho en la vida. Durante el viaje empezamos a preparar el plan de fuga, en total silencio. Debido a los nervios y la ebriedad, nos reíamos bastante. Mi colega me hacía gestos ostensibles de que él se iba a pirar por la puerta de la izquierda y yo por la otra, cuando contara tres. Eran tales sus gestos, que el Fari debería de estar coscándose, pues miraba mucho por el retrovisor. Yo le decía a mi colega que no gesticulara tanto, lo que sin duda empezó a ponerle más moscas detrás de la oreja al conductor. Durante todo el viaje fuimos hablando con el Fari, que no paraba de rajar. Ya te digo, era un auténtico fiera el tío. Con forme íbamos llegando a Leganés, íbamos asumiendo más la realidad: teníamos que jugársela al Torete.     Fuimos por la carretera de Toledo, y entramos por Parque Sur. El taxista nos dijo que si nos dejaba por allí. Nos miramos dubitativos, y viendo la situación decidí que ya que íbamos a hacerlo, íbamos a hacerlo bien, que nos llevara hasta la puerta de casa, qué coño. Le indiqué el camino. Subimos por la carretera de Villaverde hasta casi la entrada de Leganés, momento en el que le dije que se desviara por la Avenida de la Mancha, una zona bastante solitaria, pues tiene un parque en uno de los lados. Cuando faltarían unos trescientos metros para llegar a nuestras casas (vivimos uno enfrente del otro) le dije al Fari que parara cuando pudiera. Ya no había lugar a la vuelta atrás. Me fijé en que los seguros de la puerta no estaban echados, y adopté una posición totalmente campechana con el taxista. Nada más parar lo que no podíamos hacer era salir disparados cada uno por un lado, había que darle confianza al tipo para pirarse luego. Pero mi colega pasó olímpicamente de todo esto y, nada más parar, se piró echando hostias. Yo abrí la puerta y saqué la pierna derecha, mientras le preguntaba al Fari cuánto le debíamos, hurgándome en el bolsillo izquierdo del vaquero, como si fuera a sacar la pasta. El taxista, que ya había encendido la luz,  miró el taxímetro y empezó a echar sus cuentas. Mientras yo iba paulatinamente incorporándome, como para poder sacar la pasta del fondo del bolsillo. Abrí más la puerta y me levanté definitivamente, de repente. Dejé al muy capullo del Fari con la palabra en la boca y, diciéndole un sarcástico: “!Hasta Luego!” me piré a toda caña dando un portazo.      Empecé a correr calle abajo sin mirar atrás, y me topé con mi colega que salía de un jardín oscuro. Lo último que recuerdo del Torete es una visceral exclamación desde la carretera: “!Hijos de puta, cabroneeeees!” .No se me olvidarán en la vida estos insultos.      Mi colega, al verme bajar a todo trapo, se puso a mi lado y corrió conmigo, preguntándome que si venía. “Yo qué sé, tu corre”. Pasamos como balas por entre un grupo de gente que hablaba en la esquina, los cuales se quedaron estupefactos ante nuestra tremenda galopada. Ya medio asfixiados decidimos pararnos en un parquecillo que hay entre unos bloques, tanto para descansar como para despistar al Torete, no fuera a ser que nos estuviera buscando.  Estuvimos agachados tras un matorral durante unos minutos.      En la calle no había un alma y ningún ruido rompía el silencio. Decidimos ir avanzando poco a poco, mirando por todas partes. Salimos junto a la carretera, en la calle Rioja, y caminamos por la acera hacia nuestra casa. Y nada más empezar a andar, vimos como un taxi aparece delante nuestra y nos pasa al lado por la derecha.  Nos preguntamos si sería el nuestro y, antes de respondernos, comprendemos que sí  pues el coche paró en seco, a unos quince metros de nosotros, y empezó a dar marcha atrás rápidamente. ¡Pies para qué os quiero!. Volvemos a correr, cruzamos una carretera, mientras oímos el ruido acelerado del taxi. Empezamos a cansarnos en serio, pues la adrenalina ya se nos había agotado.. Le dije a mi colega, entre jadeos, que nos parásemos, pues ya no podía correr más. Pastrana me dijo que siguiéramos  un poquito más y entráramos a un bloque que él conoce en el que la puerta del portal está abierta. Así lo hicimos. El bloque está pegado a la carretera por la que iba el Torete, menos mal que el portal está algo escondido. Decidimos subir hasta el décimo piso y esperar allí arriba un rato, para ver la reacción del Fari. No sé el tiempo que estuvimos, pero más de cinco minutos seguro.  Nos reíamos bastante, pero lo cierto es que estábamos cagados. Salimos despacito del bloque, mirando de un lado a otro con total sigilo, no fuera a ser que nos volviéramos a encontrar con el taxista. Afortunadamente no vimos ni rastro de él. Anduvimos lo más alejados posible de las carreteras. Durante este último trayecto los dos estábamos sin habla, con la boca totalmente seca. Yo me había quedado completamente sin saliva, la sensación de sequedad en la boca era insoportable. Cruzamos rápidamente la última carretera que nos quedaba y nos fuimos a toda leche a nuestros respectivos portales, uno enfrente del otro, con un escueto: “Hasta luego”. Ya en la seguridad de nuestras casas pudimos respirar aliviados, habíamos chuleado al Torete. Días más tarde confesamos que al llegar a casa ambos miramos tímidamente por la ventana por si veíamos al taxista, y que durante unos días cada vez que veíamos un taxi igual nos entraba un nervioso cosquilleo en la tripa hasta que se alejaba de nosotros.

EL GAS DELATOR

Posted in Relatos on febrero 21, 2008 by César Bakken Tristán

                                                                                                                   CESAR BAKKEN

  

EL GAS DELATOR

  

     El día acababa de despertar, y con él la vida en la gran ciudad. Los primeros coches comenzaban a aparecer por las calles, y los bares y quioscos empezaban a abrir sus cierres. En un pequeño bar del madrileño distrito de Arganzuela el día ya había comenzado, pues así lo indicaba el ruido de la máquina tragaperras, que se había convertido desde años ha en una especie de gallo urbano dentro de ese bar.

     -Es una costumbre como otra cualquiera,  cada uno tiene sus manías –dijo  Jenaro a Amadeo, el camarero que le estaba sirviendo el primer carajillo de la mañana..

      -Di que sí, qué coño, que el que no lo hace es porque no puede-  le contestó el otro desde el otro lado de la barra.       -Y es que donde estén un buen par de hostias pegadas a tiempo que se quite cualquier cosa. Lo malo es cuando se convierte ya en rutinario, eso es lo complicado. Cuando llegas ya a ese punto todo parece que se va a la mierda, te sientes como atrapado en una vida que no es la que te gustaría estar viviendo. Menos mal que llegados a ese punto siempre puedes apoyarte en los hijos, que para algo los hemos traído  a este jodido mundo, ¿no?.         Si, amigo, eso pensaba yo también pero llega un día en que los cabrones crecen y se largan de casa. Eso es inevitable y cuando llegamos a ese punto ¿qué hacemos entonces?. Pues te lo digo yo: jodernos y quedarnos con cara de gilipollas. – dijo Amadeo mientras servía el segundo carajillo a su amigo.         Eso es lo que estoy temiendo ahora. Siento que me voy a quedar sólo. Miro a mi familia y ya no encuentro en ella el apoyo y la motivación de antaño. Recuerdo que antes de casarme  todo era de color de rosa.  – dijo Jenaro bebiendo de un trago su segundo carajillo-  Nunca olvidaré nuestro primer día en el Parque del Retiro, recién llegados del pueblo. Fuimos a la zona esa del lago, cuando el sol se estaba poniendo. Era primavera, lo sé porque Margarita es alérgica y ese día estaba estornudando cosa linda. Íbamos a casarnos al mes siguiente, en el pueblo, pero estábamos ya aquí trabajando y amueblando nuestro piso. Joder, eso si eran buenos tiempos. Cada vez que paso por el Parque me acuerdo. Fue allí donde la pegué mi primera buena hostia. En Madrid quiero decir, porque las palizas del pueblo no cuentan. Que cierto es eso de que la vida de la capital no tiene nada que ver a la del pueblo.         El pueblo es  para los paletos – sentenció Amadeo.         Si, aunque menudas palizas que le daba mi padre a mi madre, joder, el abuelo Zacarías siempre decía que no sabe de donde había sacado mi padre ese nervio, pues él siempre tenía que tirar de correa, así era de debilucho. El caso es que lo que te estaba diciendo, que cuando le pegas una buena hostia a tu mujer y ella te pide perdón por haberte llenado la mano de mocos, eso es imborrable. A veces lo hablamos  y nos dan ganas de volver al mismo banco de entonces y volver a hostiarla allí.          Coño, ¿y por qué no lo hacéis? Revivir viejos tiempos siempre es bueno – Exclamó el camarero sirviendo el tercer carajillo de la mañana.         Pues porque ya no tenemos veinte años, hombre. Ya no  es lo mismo, ahora le pegas a  la parienta un par de hostias mientras ves la tele y te quedas tan a gusto.         Eso es conformismo, que nos hemos vuelto muy cómodos, qué coño.         Claro, pero no puedes hacer nada para remediarlo, ya es tarde. Y lo que te decía antes, que también te cansas de pegar siempre a la misma mujer. Me lo decía siempre mi abuelo y yo no le creía, porque a mi abuela si que le pegaba buenas tundas. Y aún así siempre me decía: “Jenarito, recuerda que tu mujer siempre te acabará aburriendo por lo que procura formar una buena familia y buscarte también un par de amantes”. Y me soltaba una hostia de las buenas. Joder, todavía me emociono al recordarlo.         Pero los tiempos cambian, ¿a que sí?, ¿A qué tú ahora le pegas a tus hijos dos días seguidos y empiezan a quejarse?         ¡Calla dos días¡ Que si les pego una hostia un martes tengo que esperar hasta la semana siguiente por lo menos, que si no empiezan las caras largas. Así no hay quien esté. Menuda mierda, cuando me termino la botella de Dyc y comprendo que no puedo hostiar a nadie a gusto me entran ganas de estrellármela en la cabeza. Menos mal que Margarita siempre está ahí para que le de un par de hostias y para echar un polvo, que si no creo que me volvería loco. Aunque ya no es como antes. Recuerdo como antes de que tuviéramos hijos  alguna vez la rompía un brazo de una paliza, y como si nada, ella me la seguía meneando con la otra mano cada vez que a mí me daba la gana. Eso era una mujer, y no como ahora, coño; que si la pegas un martes tienes que esperar hasta el lunes por lo menos para volver a hostiarla. ¡y eso no es vida¡         ¿Y por qué no pruebas con las putas, como hacíamos antes?         Calla, que ahora las muy putas se defienden. Desde que una me hecho un spray de esos defensivos no he vuelto a intentarlo. Además, qué coño, que es muy triste comprobar que a una simple puta le pegas mejores palizas que a tu señora.         También tienes razón, haber si vamos a estar todos locos.- dijo Amadeo sirviendo el cuarto carajillo.         Para ya, que hoy tengo que conducir, no me jodas. Luego por la tarde me lo tomo.         Venga hombre, ¿me vas a hacer el desprecio?         Bueno, todo sea por los amigos.         ¿Y cómo es que tienes que conducir hoy?         Porque hay huelga de autobuses. La madre que los parió, siempre están igual.         A todos esos de las huelgas les ponía yo en fila ante un paredón de fusilamiento, ya verías como cuando hubieran caído unos cuantos los demás desconvocaban la jodida huelga.         Tú si que sabes, qué coño, ponme una copa de ginebra, vamos a brindar por lo que has dicho. Tras beberse de un trago la copa caliente de Larios, Amadeo se fue medio tambaleándose a su trabajo. Llegó algo tarde, pues aparcar en Madrid es misión casi imposible. Trabaja de mecánico en un taller. Es una verdadera eminencia en lo relativo a  coches. Pero no le saques de ahí y del fútbol, porque del resto de los componentes de la vida -, o sea, de casi todo – no tiene ni la más remota idea.     Mientras él estaba dándole a la llave inglesa y a los botellines que junto a sus dos compañeros traen constantemente del bar de al lado, en su casa su mujer acababa de levantarse y estaba viendo la televisión mientras planchaba algo de ropa. Margarita, que así se llama la señora, tiene la costumbre de realizar las tareas de la casa con la televisión encendida (las dos, la del salón y la de la cocina). Suele ver los programas para “marujas” que emiten por las mañanas. El que estaba viendo ese día era el sempiterno de María  Teresa Campos. En el momento en que estaba planchado los calzoncillos de su marido, empezó en la televisión un debate sobre el maltrato a las mujeres. Salieron en pantalla cinco señoras con gafas de sol que daban testimonio de los malos tratos a los que habían sido sometidas durante años por parte de sus parejas sentimentales. Margarita no pudo evitar componer una sonrisa amarga al contemplar su amoratado ojo en el reflejo de la puerta del comedor. “Yo si que podría hablar toda la mañana sobre este asunto –pensó compungida”. Llevaba veintidós años casada con Jenaro. Ya de novios la pegaba, por lo que sumando también este periodo  eran treinta años los que se había pasado recibiendo mandobles de su marido. Ella tenía cuarenta y cinco, por lo que recapitulando se había pasado dos tercios de su vida recibiendo hostias como el que recibe correo bancario, o sea, casi a diario. Según iban pasando los testimonios, más vueltas le daba ella al asunto, preguntándose que cómo podía ser tan estúpida de aguantar ese tipo de vida. El caso es que su  madre ya recibía palizas de su padre, y la madre de ésta lo mismo de su abuelo. Lo tenía asumido desde pequeña y lo encontraba como algo normal, había aprendido que eso era la vida en pareja y que el amor de su marido tenía estos “altibajos”, pero que él la quería mucho.     Y en estas cábalas estaba, junto a la Campos, cuando apareció el soñoliento cuerpo de su hijo.        -Ya estás viendo las tonterías esas – dijo con tono de reproche.         Hoy es muy interesante, mira.         Coño, podrías llamar tú y pegarles una buena charla – dio el hijo al ver el tema sobre el que versaba el debate – seguro que podrías enseñarlas a cómo encajar bien los golpes.         Tú también podrías llamar, ¿eh? – contestó Margarita con aire  contrariado.         A mi me queda muy poco tiempo de estar aquí, tú vas a ser la que no podrá ponerse nunca un bikini por los moratones.         Cállate, qué sabrás tú.          Yo sólo sé que alguien que se dedica a pegar a su mujer y a sus hijos constantemente es un hijo de puta. Eso es precisamente lo que es papa.         Qué sabrás tú. Tu padre nos quiere mucho, lo que pasa es que cuando bebe pierde un poco el control y  a veces…         ¿A veces?. Joder, yo diría que siempre está borracho.         Bueno, vamos a dejar el tema que siempre hablamos de lo mismo. Hoy es, además, el día del padre, así que habrá que comprar algún regalo.         Si, no te jode, ¡una botella de güisqui y un látigo¡, -sentenció el chaval.      Margarita siguió viendo a la Campos según planchaba, mientras que Carlos se fue a la cocina a desayunar.  Permaneció muy atenta a lo que decían las mujeres del debate, y por primera vez en su vida sintió que ya no quería seguir viviendo de esa forma. Y así se lo hizo saber a su hijo.           ¿Y qué quieres que hagamos? – le preguntó el chaval.         No lo sé, pero ya no pienso aguantar que tu padre me ponga la mano encima.         Ahora cuando venga por la tarde, medio borracho, se lo explicas, ya verás la somanta de hostias que te pega…         Tenemos que hacer algo.         Tu vida gira en torno a él, si te divorcias no tendrás nada. ¿Dónde va a trabajar una mujer de tu edad y sin formación?         Eso es lo único que me ha mantenido atado a él durante estos años, eso y vosotros.         Si, pero desde que Paco se casó y sabes que yo me  largo dentro de bien poco, te estás pensando qué vas a hacer sola, ¿no?. Es normal, desde que se fue Paco tocamos a más hostias cada uno de los dos, ¿te has dado cuenta?.         Pues a mí no me va a pegar ninguna vez más. Si quieres podemos terminar hoy mismo con esto.      A las ocho de la tarde llegó a casa , como siempre , Jenaro. Tras saludar brevemente a su mujer  y quitarse el mono del taller, se bajó al bar, como todos los días.  “No comas mucho en el bar, que hoy tengo una cena especial , que es el día del padre, cariño – dijo ella.” “  A mí me importa tres cojones el día del padre, tú ten lista la cena como siempre y no hagas experimentos raros, a ver si vamos a tenerla también hoy”.     A las diez, como siempre, Jenaro ya estaba sentado en la mesa del comedor, viendo lo que estuvieran echando a esa hora por  televisión y  completamente borracho. Elvira empezó a servir la cena. Había hecho unas gachas de pitos, que le gustan mucho a su marido, aunque esta vez  aderezadas con un condimento especial, insípido, incoloro e inoloro: matarratas. Jenaro, ávido de esa hambruna típica del borracho, devoró literalmente la cazuela de gachas, sin saborearlas ni  percatarse de que tanto su mujer como  su hijo no  las probaron. Al terminar se tiró su típico eructo y, dejando la mesa tal como estaba, se fue al sofá para ver la televisión. “Tú, -ordenó a su hijo como hacía siempre – tráeme la jodida copa,¿no ves que ya estoy sentado?” . Carlos le trajo la copa de güisqui como hacía siempre, extrañado de que su padre no diera muestras de encontrarse mal. “¿Pusiste todo el bote?” “Sí, no entiendo como no le hace efecto”. Efectivamente, Jenaro estaba tomando su copa igual que todos los días, sin atisbarse en él ningún rasgo de envenenamiento.  Sería tal vez el alcohol ingerido lo  que hacía de antídoto ante el veneno puesto por su mujer en la cena. No obstante un bote entero de matarratas no es ninguna tontería, por lo que a la media hora de estar sentado en el sofá  Jenaro empezó a encontrarse indispuesto. “Creo que he cenado demasiado – dijo llevándose la mano al vientre con gesto dolorido – o a saber la mierda que le has echado a esto, seguro que estarían caducadas las putas gachas”. “Tómate la copa y a ver si te encuentras mejor – aconsejó la mujer”.   Jenaro intentó darle un nuevo trago a la copa, pero acabó tirándola al suelo, del fuerte dolor que sintió en el estómago. “ Ah, -exclamó retorciéndose junto a la copa rota- me encuentro fatal. Llama a una ambulancia, me siento morir, no es broma.” “Llámala tú, cerdo – exclamó el hijo” “No puedo ni moverme – balbuceó él, congestionado”. “A lo mejor te ha sentado mal esto – dijo la mujer mostrándole el paquete de matarratas”  La mirada de Jenaro se congestionó aún más y pareció decir algún tipo de iracundo insulto, pues su boca ya no podía articular palabra alguna. Y de esta manera, mirando con odio y asombro a su mujer, murió tirado en el suelo.     El plan les había salido perfecto, ahora tan sólo tenían que deshacerse del cuerpo para que no les inculparan y denunciar la desaparición de su marido, por lo que Margarita tendría derecho a cobrar una pensión vitalicia igual que la de viudedad. La forma que habían acordado deshacerse del cuerpo era infalible, aunque les demoraría casi una semana: se lo iban a comer poco a poco.     Al día siguiente del asesinato denunciaron la desaparición de Jenaro. Nadie recordaba haberle visto el día anterior, salvo el dueño del bar que aseguró que , como siempre, estuvo allí hasta las diez. A partir de esa hora nadie más había visto al hombre , pues nadie se fija en lo que hace un alcohólico todos los días.     Amaro, el camarero, fue el único que declaró ante la policía que Jenaro nunca se hubiera marchado sin decírselo a él. “Mi hermano, es como mi hermano – decía constantemente el camarero claramente embriagado”. Margarita y  Carlos mostraron su asombro ante los agentes, exclamando que el día de la desaparición Jenaro había bajado al bar después de cambiarse pero que no había vuelto luego. Acordaron dejar pasar una semana, tras la cual, si no había señales del hombre, se lo daría oficialmente por desaparecido.  Y así pasó la semana entera, llegando el lunes, día en el que por fin desapareció Jenaro por completo, tras el sonido de la cisterna.     Tanto la viuda como su hijo estaban felices, pues todo había salido conforme habían planeado y ahora podrían vivir por fin tranquilos. Pero no habían contado con los peritos de la compañía de seguros que debía hacer frente al pago de la pensión, los cuales sospechaban que se trataba de algún tipo de  fraude para cobrar. Se pusieron a investigar a la familia. Tanto a la mujer como al chico  no les preocupaba la investigación que pudieran llevar a cabo, pues el cuerpo había desaparecido y no podían acusarles de nada.     Les citaron a los dos para comparecer ante la compañía de seguros y arreglar los papeles de la pensión. Acudieron puntuales a la cita, pero hete aquí que lo que parecía a priori un encuentro rutinario se convirtió en el día en el que se descubrió el delito. La cita era a las doce de la mañana en las oficinas de la mutua. Ya nada más levantarse tanto Margarita como su hijo notaron cierto malestar corporal, algo parecido a una hinchazón interna provocada por una mala digestión o por los gases. No obstante, no lograban expulsar ningún gas. Acudieron puntuales a la cita y fue en el despacho de uno de los peritos cuando ocurrió lo inexplicable.  Estaban firmando los documentos cuando Carlos no pudo reprimir un eructo en el cual se podía oír claramente la palabra : “!cabrones¡”.  Tanto el perito como ellos dos se quedaron asombrados de lo ocurrido. “Lo siento – dijo extrañado el chaval” Pero al instante de eso fue la madre quien no pudo contener una ventosidad, la cual sonó con un claro “Hijos de puta” (aunque con sonido de pedo,  extremadamente grave y gutural, como la voz que se le pone siempre al diablo en las películas) El perito empezó a pedir explicaciones ante lo sucedido, pero los más sorprendidos eran Carlos y Margarita, los cuales se miraban asombrados ante lo que estaba sucediendo. Y la incontenible necesidad de eructar y ventosear  se apoderó de ellos. Se tapaban la boca y permanecían cerrilmente sentados, apretando el culo. Pero todo era inútil, los gases salían inconteniblemente, cada vez más rápidamente : “Me han matado ellos” “Son unos asesinos, me envenenaron “ “Cabrones, vais a pagar por lo que hicisteis”, … y así continuaron un sin fin más de frases que inculpaban claramente a los dos en la desaparición de Jenaro.       Rápidamente la oficina se llenó de personas , que contemplaban atónitos lo que estaba sucediendo, sin dar crédito. Se trataba de Jenaro, quien en forma de pedo y eructo estaba denunciando su propio asesinato. En un momento dado exclamó en un pedo que :”Hasta que no confeséis no os libraréis de mi”. Y así fue como los dos confesaron su crimen, pues no podían soportar la desesperación de estar eructando y tirándose pedos delatores constantemente. Por supuesto que no trascendió la forma en la que se habían visto obligados a confesar su crimen, pues ¿cómo se iba a explicar a la opinión pública que habían sido víctimas de “el gas delator”?    

¿BLANCO Y EN BOTELLA?

Posted in Relatos on febrero 21, 2008 by César Bakken Tristán

Recuerdo perfectamente esa noche, no podré olvidarla jamás. Ahora sé que las cosas más inverosímiles pueden ocurrir de verdad, creeré incluso a alguien que me diga que ha llegado tarde al trabajo porque se pinchó una rueda del metro y tardaron en cambiarla.

            Hasta el día en que tuvo lugar el asombroso hecho que voy a narrarte a continuación, yo era una persona totalmente descreída en las casualidades de la vida, en la mala o buena suerte, en el destino y en todo aquello que no lo pudiera provocar uno mismo con su propia actuación. Pero desde entonces he aprendido que a veces las situaciones desbordan a las personas que las viven, y que estas personas no tenemos sino que apechugar con las consecuencias de algo que no hemos provocado, pero que inevitablemente nos está sucediendo.

            Voy  a contarte ya a lo que me estoy refiriendo, y luego juzga tú mismo si es o no conveniente preocuparse por las cosas o si es mejor dejarse llevar y que los acontecimientos se precipiten, porque poco o nada puedes hacer para cambiarlos.

            El día del que te estoy hablando había sido un día rutinario como otro cualquiera. Era ya de noche cuando me dirigía hacia mi casa después de tomar unas copichuelas por ahí. Serían cerca de las dos de la madrugada, y la calle estaba prácticamente vacía. No faltarían más de diez minutos para llegar a mi casa, cuando me fijé en un tipo que estaba sacando pasta de un cajero automático situado en la calle, en la fachada del banco. Estaba de espaldas, pero pude ver que se trataba de mi a migo Paco, un buen chaval que conozco desde el colegio y al que hacía ya casi un año que no veía. Recordé en ese momento  que en el colegio siempre estábamos gastándonos bromas, por lo que decidí acercarme a saludarle, y hacerlo de la manera como lo hubiese hecho entonces: gastándole una pequeña broma.

            Resolví acercarme sigilosamente hacia él, para pegarle un pequeño susto, antes de que se diera cuenta de que se trataba de mí, su viejo coleguilla. Por ello me acerqué con cautela hacia él, que continuaba trasteando con el cajero automático. Cuando me hube situado justo detrás de él, casi no podía contener la risa de pensar en la cara que pondría al verme. Mi idea era hacerme pasar por un atracador, para asustarle un poco y luego reírme con él por el sustillo que acababa de darle. Menudo pazguato que soy, en qué hora se me ocurrió a mí hacerme el graciosillo.

            Me situé justo detrás de él, y precisamente en el momento en que estaba retirando el dinero en efectivo, le agarré por detrás. Con la mano izquierda le tapé la boca, mientras que con la derecha le oprimí la espalda simulando tener una pistola.

            -¡No te muevas o te pego un tiro! – le susurré al oído.

         Ummhmhmm… –dijo él.

         Dame ahora mismo toda la pasta, y vuelve a meter la tarjeta o te mato. –  le insistí yo casi sin poder aguantar ya la risa.

         Ummhmmhm. – volvió a contestar.

         Voy a soltarte, pero como hagas algo raro te dejo seco, ¿de acuerdo?

         Tranquilo, ahora saco el dinero, tranquilo. –dijo él con voz timorata.

 

Y justo cuando iba a decirle que era yo, su antiguo amigo Alberto, va el tío y me pega un codazo terrible en el estómago, se da la vuelta y me golpea en la cabeza con tanta fuerza que me dejó inconsciente.

            El siguiente recuerdo que tengo es ya en comisaría.

                        -Valla, por fin despierta Blancanieves. ¿Qué tal ese chichón?- me preguntó un policía desde el otro lado de la reja.

                        ¿-Pero dónde estoy? –dije yo aturdido.

         Estas en el hotel Palace, no te jode el tío –rió el policía.

         Pero oiga, en serio. ¿Estoy en la cárcel?

         No amigo, todavía no, pero tranquilo, ten paciencia, que todo se andará.

         Debe tratarse de un error, ¿qué ha pasado? ¡Yo no he hecho nada¡- grito mi impotencia.

         Eso tendrá que decidirlo el juez.

         ¿Pero de qué se me acusa? – preguntó mi incredulidad.

         Ahora mismo vas a saberlo, en cuanto te tomemos declaración. Acompáñame –dijo el policía abriendo la puerta de la celda.

 

Subimos unas escaleras que daban a un pasillo, al final del cual había un  cuarto en donde me instaron a que tomara asiento. Frente a mí se situó otro policía, tras un ordenador.

 

            -Vamos a ver, ¿son correctos estos datos?. –preguntó el agente mientras empezó a decir mi nombre, dirección y demás.

            -Si, si, pero todavía no entiendo por qué estoy aquí.

            -Vaya con Blancanieves, a dormido tanto que ya se ha olvidado del atraco. –dijo el policía que me sacó de la jaula.

            -Blancanieves no era la que durmió tanto, esa era “la bella durmiente”, que no te enteras.

         ¡Anda y que le den dos duros a las dos! –contestó el otro claramente contrariado.

         Perdonen, pero quisiera saber de qué se me acusa.

         A ver, se le acusa de intento de atraco con intimidación.

 

Fue entonces cuando recordé lo del cajero y mi buen amigo Paco. Me apresuré a aclarar la cosa.

                        -Creo que ha habido una terrible confusión. No he atracado a nadie, sólo se trataba de una broma que quería gastar a un viejo amigo. Lo que pasa es que no me dio tiempo a que le explicará, porque creyó que yo era un atracador de verdad y me dio un golpe. Si hablan con él verán que somos amigos.

                        -¿De qué amigo está hablando?. A usted le pillaron in fraganti mientras atracaba, señor mío. Es usted tan tonto que atracó a un agente de policía fuera de servicio.

                        -¿A un agente de…?. ¿Francisco es policía?

                        -¿Qué Francisco ni qué niño muerto? Usted atracó al sargento Peláez, que le redujo y le condujo hasta aquí.

                        -¿Sargento? –exclamé boquiabierto.

                        -¡Sargento! –gritó el policía.

 

                        Acto seguido apareció por la puerta un tipo alto y fortachón, como mi amigo Francisco, con su mismo corte de pelo, pero que no era mi amigo.

 

                        -Vaya hombre, por fin has despertado. Ya se te acabó el cachondeo, ¿eh?. Hacía ya meses que te estábamos buscando, y tú eres tan capullo de venir a entregarte como aquel que dice, menudo imbécil, ja, ja. – rió el tal Peláez junto al resto de los policías.

                        -¿Pero de qué están hablando, por el amor de Dios? – Yo soy Alberto García, trabajo de Auxiliar Administrativo y en mi vida he cometido un delito.

                        -Dirás que en tu vida te habíamos pillado. Eres bueno, aunque has tenido mala suerte, muy mala suerte.

         Pasará usted el resto del día en el calabozo, a la espera de la rueda de acusados a la que será sometido. Pesan sobre usted cinco denuncias por atraco.

         ¿Atraco? Pero si yo no he hecho nada, le repito que era todo una broma.- dije yo levantándome, lo cual fue interpretado como un acto de insubordinación.

         Cómo te gaste yo una broma a lo mejor tienes que pasarte dos meses en el hospital  y no riéndote precisamente – amenazó Peláez zarandeando su porra.

         Tranquilo, Sargento –inquirió el hombre de detrás de la mesa.

         Es que esta gentuza me saca de quicio, si me dejaran a mí pronto se iban a acabar los rateros como este.

 

     Intenté explicarles que yo era inocente, que en mi vida había hecho daño a nadie, que preguntaran a mis conocidos. Pero todo esto no sirvió de nada, lo único que estaba claro es que yo acababa de atracar a un policía, y eso era irrefutable.

            Pasó casi un día hasta que me sometieron a la rueda de acusados. Me situaron junto a tres tipos más, dos de los cuales eran policías. No hacía falta ser ningún lince para darse cuenta que yo era el acusado, ya que los otros tres estaban perfectamente vestidos y arreglados, con el pelo perfectamente peinado, mientras yo aparecía frente al cristal con una pinta demacrada que dejaba entrever que había estado toda la noche metido en una celda. Además tenía la señal de una herida en la frente. No cabía duda de que quien quiera que estuviese detrás de la opaca pecera me acusaría enseguida.  Me hicieron mirar de frente, sin moverme. Al momento me hicieron cambiar de sitio con los otros, y quedarme otra vez quieto. Al minuto estaba de nuevo en la celda.

 

                        Al día siguiente pude salir en libertad  , bajo una fuerte fianza que me dejó sin un duro en el banco, y a la espera de juicio. Se me había acusado de seis atracos, realizados todos ese mismo fin de semana. Los denunciantes me habían reconocido como el autor material de los mismos.  No tenía ninguna coartada factible, pues a las horas en las que se produjeron los atracos yo estaba ya durmiendo, y como vivo sólo, nadie puede atestiguar que fuera así. Hay que joderse, me habían confundido con un ratero, igual que yo confundí a mi amigo Francisco. En qué hora conocí a este tío. Le he visto tres veces en los últimos cinco años, y me lo tengo que “encontrar” precisamente esa noche, y gastarle encima la estúpida bromita.

            A las dos semanas se celebró el juicio. El juez me declaró culpable casi antes de preguntarme el nombre. Mi abogado de oficio, supongo que si tendría el título de abogado, pero de oficio no sé que sería, seguramente camarero o algo así, porque no me sirvió absolutamente de nada. “Soy tu abogado, te vas a declarar culpable, así conseguiremos que se reduzca la pena lo máximo posible. No hay nada que hacer en tu defensa… ¡atracaste a un policía, en el nombre de Dios¡. Gente como tu hace que la profesión de abogado resulte innecesaria. Yo voy a cobrar lo mismo por este que por otro caso, pero a veces es conveniente buscar algo de estímulo. Atracar a un policía, en mi vida había visto semejante cosa.” Esto fue lo único que me dijo. Ni siquiera me saludó en el juicio. Se limitó a reírse, junto al fiscal, el juez y todo el que allí estaba cuando yo me puse a declarar y conté lo de mi amigo Francisco. Según iba relatando mi versión de los hechos, la verdad absoluta, más me daba cuenta de que no había por donde agarrar mi historia, y de que era realmente algo para partirse de risa, aunque maldita la gracia que me hacía a mí.

            En el juicio también pude comprobar atónito como todos los denunciantes no dudaban en señalarme a mí como el tío que les había atracado precisamente cuando estaban sacando dinero del cajero. Resulta que el tipo que les atracó dijo básicamente lo mismo que yo al maldito Peláez, y parece ser que se parecía a mí, y como encima el lugar del delito era bastante oscuro, pues eso, que todos los gatos son pardos, y un tío de metro setenta y siete, moreno y de complexión normal puede pasar perfectamente por un gato pardo, que era el tipo de gato que habían denunciado las víctimas del atraco. Estaba frito, ya sólo me quedaba  asumir mi culpa y cumplir la pena que me impusiera el casi desternillado juez.

            Me condenaron a pasar dos años en prisión. Con un poco de suerte, conseguiría el régimen abierto en el primer año.

            Hace ya cuatro meses que cumplo condena. Aquí dentro hay una fauna que no puedes ni imaginarte. Violadores, asesinos, rateros, navajeros… delincuentes de todo tipo, vamos. Y entre ellos me encuentro yo, que lo máximo que he hecho es meter unos cuantos bollos más de los que indica en la etiqueta en la bolsa de los bollos a granel del Alcampo. Si lo sé hubiera delinquido alguna vez, pues el resultado hubiera sido el mismo que estoy viviendo ahora. Si pudiera volver atrás en el tiempo, robaría siempre los bollos que he comprado en las gasolineras, que te cuestan un “huevo” y además están siempre duros. Me iría sin pagar de algún bar en el que te han puesto una comida horrible, o una bebida de botellón. Si lo llegó a saber antes, le hubiera partido la cara al cerdo de Santiago, un amigo que me quitó la novia de forma rastrera. Debería haberle hecho comer el Walkman al tío ese de la tienda que me lo vendió jodido y que me hizo el lío con la garantía para no descambiármelo.

     Si sé que iba a acabar de todas formas en la cárcel, porque ahora creo en el destino, me hubiera puesto a insultar al alcalde de mi ciudad, por las veces que he tenido que pagar multas de aparcamiento debido a que él me ha dejado sin un sitio en el que aparcar el coche. Si lo sé, le hubiera partido la cara al capullo de mi vecino de arriba, que siempre pone la música a toda pastilla, y hasta las tantas. Si hubiera sabido esto hubiera ido un día a mi Banco con un bidón de gasolina y lo hubiera quemado enterito, a lo “kale borroka” por ser tan usureros y robarme tanto dinero en intereses sobre créditos que necesito sencillamente para vivir. Si lo sé hubiera ido un día a La Moncloa a armarle una bronca al Aznar ese por permitir que tanta gente vivamos de forma precaria.

            Pero mira que ir a parar a la trena por el motivo que yo lo he hecho. Es para tirarse de los pelos. Por supuesto que a mis compañeros de presidio no les he dicho nada del motivo real de mi ingreso en prisión, pues seguramente me iban a fastidiar bastante al descubrir que yo era un “primavera” de mucho cuidado.

            No sé lo que haré cuando salga dentro de unos meses. No sé si ir en busca de mi amigo Francisco y partirle la cara, por el lío en que me ha metido. Pero, en honor a la verdad, qué culpa tiene él de todo esto.

            Lo único que he aprendido de todo este lamentable suceso es que no voy a volver a dudar jamás de lo que me diga la gente, por muy increíble que parezca lo que me estén contando..

            Una vez conocí en un pub a un borrachín que me relató una historia de esas para no dormir. Empezó a relatarme el caso de una pareja de novios de lo más curioso. Resulta que eran un chico y una chica que vivían juntos desde hacía unos años. Lo relevante de la historia es que hace unos años, antes de conocerse mutuamente, Héctor, que así se llama el hombre, respondía al nombre de Emilia, mientras que María, que así se llama ella, era Eduardo. El borrachín me contó que a Emilia le habían gustado de siempre las chicas, pero no en plan de lesbiana, sino siendo ella un hombre, pues ella por dentro se sentía hombre. A Eduardo le ocurría lo mismo, sólo que al revés, desde niño había sido amanerado y su sueño era poder convertirse en mujer, para así sentirse realizado y poder conocer a un hombre con el que compartir su vida amorosa. Así pues que los dos decidieron operarse en el momento en que juntaron el dinero para la operación de cambio de sexo.

            Y hete aquí que Emilia pasó a ser Héctor, y Eduardo pasó a ser María. Y fue al año de estar operados cuando se conocieron tomando  copas en un pub. Héctor se sintió enseguida atraído por María pues veía en ella a la mujer que siempre hacía soñado, mientras que a María le ocurrió tres cuartos de lo mismo con él. Así que se enamoraron y se enrollaron ese mismo día. Desde entonces llevan ya un par de años viviendo juntos, y son tremendamente felices. Ninguno de los dos conoce el pasado del otro. Así que, recapitulando, resulta que lo que todos ven como un tío es una “tía en realidad” y lo que es una tía es un “tío de nacimiento”. Y resulta además que al que era antes una tía lo que le gustan son las tías, pero está en realidad enrollado con un tío, con el antiguo Eduardo. Y a lo que era un tío, lo que le gustan son los tíos, y está liado en realidad con una tía, la antigua Emilia.

                        Me costó varias horas comprender todo el lío este que me contó el borrachín, y cuando por fin lo hube entendido no le creí en absoluto. El me dijo que era cierto, que se lo había dicho un amigo suyo médico que se dedica a las operaciones de cambio de sexo, y había conocido casualmente la paradójica situación.

            Ahora sé que la historia puede ser verdad, pues he aprendido una moraleja que le iría bien a nuestra existencia, tras analizar mi caso personal y el que me contó el borrachín del Púb. : la vida es un puto lió a veces. No es leche todo lo “blanco y en botella”, puede tratarse de Mangaroca.

                     

NUEVOS CRUZADOS

Posted in Relatos on febrero 21, 2008 by César Bakken Tristán

NUEVOS CRUZADOS

 “Un furor impío hierve horrible e interno en sus labios sangrientos”  VIRGILIO.        La noche dominaba hacía tiempo. El tiempo avanzaba cansinamente conforme se hacía el camino. El camino, opaco, dificultaba mi deambular. Mi deambular era torpe. La resaca tenía serias posibilidades de aparecer dentro de unas diez horas.

     Una ráfaga de viento golpea mi cuerpo, y con ella unos exabruptos coléricos. Mi curiosidad se dirige hacia la caja de Pandora, abierta a la vuelta de la esquina. Truenos de odio ensordecen mi mente, rayos de ira ciegan mi anhelo. Un grupo de unos quince valientes acosa a un, seguramente, peligrosísimo moro. La mecha del odio está encendida sin que yo sepa quien lo ha hecho. Sólo sé que va a estallarle de lleno al moro.

     Viendo los empujones, amenazas y golpes que gastan los esbirros de Don Pelayo, decido armarme de valor y poner un punto de sosiego en la Cruzada. Gritos de “moro de mierda”, “moro hijo de puta”, “¿Qué te has creído tú?”, “no me mires que te mato, cabrón”, etc., me rodean ostensiblemente. Los cruzados ni siquiera parecen percatarse de mi presencia. “Dejadle en paz, venga –insinúo seguro de mí mismo-“     Los insultos al morito persisten de igual manera. La cara de terror del chaval me sobrecoge una vez más. “¡Qué le dejéis en paz, joder –grito poniéndome entre medias del moro y el cabecilla de los guerreros santos”.     Inevitablemente se percatan de mi presencia. El moro me asemeja a un bote salvavidas y se aferra a mi espalda. Entonces siento terriblemente el temblor de sus miembros. Su voz se ahoga en etéreos balbuceos. “Quita y no te metas –dice uno empujándome levemente para quitarme de en medio. -¡A mí no me toques, cabrón. Yo soy blanco y español, ¿no lo ves?- exclamo señalándome la piel de un carrillo”     El moro apenas si logra sostenerse en pie. Nadie debería pasar tanto miedo nunca. “¿Qué dices moro? –pregunta la irascibilidad”. Vista la poca capacidad de raciocinio que invade el ambiente decido adoptar una posición imperativa y coercitiva. Atenazo a mi aliado. “¡Dejadlo en paz!. Venga, tú, pasa de ellos. ¡Vámonos!” El moro es un pelele aferrado a mí. Los ignorantes no parecen estar muy de acuerdo con mi propuesta, e insisten en sus estulteces. Yo no me achanto y, con el morito pegado a mí, me abro camino entre esa jungla de visceral intolerancia. Las vejaciones van a terminar en ese preciso instante, porque a mí me da la gana y punto.      Ante mi actitud tan segura los quince se quedan dubitativos y asombrados. Nos alejamos unos veinte metros y los insultos disminuyen. A esa distancia me vuelvo hacia ellos, algunos todavía lanzan miradas desafiantes. Yo les devuelvo la misma mirada y les insulto mudamente con el dedo medio. Se dispersan, seguramente convencidos de haberle dado una lección al moro.     Todavía no entiendo como se acojonaron tanto ante mí. Creo que el motivo es que pocos estaban seguros de la sensatez de lo que estaban haciendo con el moro.     Ya fuera del radio de acción de los energúmenos el moro recuperó el aliento y empezó a hablarme en un dudoso castellano. Le pregunto si habla inglés y él me contesta en esa lengua. A partir de ahí hablamos en inglés (como los indios muchas veces, pero entendiéndonos perfectamente).     -Policía, ¿dónde? –me pregunta.   -Deja tranquila a la policía.   -¿Dónde está la comisaría?   -¿Quieres ir allí?   -Sí. A mí no me pueden hacer esto. Yo no he hecho nada.   -Bueno, cálmate. ¿Quieres una cerveza?   -No quiero ir a más bares nunca.   -Ya, si digo que vayamos a la gasolinera y nos compremos unos botes.   -¿La comisaría está por allí?   -Luego, eso luego, ¿vale?.      Compro unas cuantas latas. Él insiste en ir a denunciar a los energúmenos. Ante su expresión de súplica e impotencia decido acompañarle hasta la comisaría.     Durante el trayecto nos presentamos. Su nombre suena a “Rasid”. Ya mucho más calmado, me da las gracias efusivamente y alaba mi bondadosa actuación. Me explica que él estaba  en el Pub “Rodeo” y que unas chicas atractivas le habían mirado un par de veces. El se había acercado a hablar con ellas, pues estaban solas. Y en ese momento empezó todo el problema. La gente del bar, clientes y empleados, le echaron a empujones de allí y se enzarzaron con él en la calle.     Seguimos andando calle abajo.  El sobrio silencio es roto por el repique de nuestros pasos. Físicamente no tenía ninguna secuela aparente, pero moralmente estaba aturdido, triste, colérico.    -No van a hacerte caso, sólo vas a crearte más problemas. Ya sé que son unos hijos de puta, pero tú en la comisaría vas a seguir siendo un moro de mierda, ¿entiendes?   -No. Quiero denunciarles por lo que me han hecho.     Ante su insistencia y ante la justicia de ésta decidí apoyarle.    -De acuerdo, a la mierda. Vamos a denunciar a esos cerdos. Yo responderé por ti. ¿Eres legal en España?   -Si, soy estudiante.   -Muy bien, se van a enterar.      Conforme se va terminando la cerveza el morito empieza a echarse para atrás en su idea. Yo intento mantenerle en su antigua determinación. Al llegar a la comisaría decide no pasar. Le insisto en que lo haga. Recojo entonces de él la misma expresión de pánico de hace un rato.    -De acuerdo Rasid, como quieras.   -¿SERVIRIA DE ALGO?- dice él retóricamente. Sus ojos titubean acuosos. Nos separamos al rato, ya era hora de acostarse.     Este ignominioso hecho, que afortunadamente no fue a más, (ignoro si yo tuve algo que ver en ello) no ocurrió en ninguna gran urbe de España, ni tuvo por protagonistas a ninguna cuadrilla de skins heads. Ocurrió en Ciudad Real (capital), en una madrugada de fin de semana. La gente que formó parte en el asunto es totalmente normal. Nadie atisbaría en ellos rasgos xenófobos o racistas alguno.     Simplemente se trataba de un grupo de estúpidos ignorantes. Y es que la ignorancia sobre las cosas suele provocar en el hombre la creación de falsas ideas, conceptos y expectativas sobre la cosa determinada. Pero el no saber éste o aquél matiz sobre ésta o aquella cosa no resulta, en demasía, dañino para la cosa en sí, ya que lo único que sale perjudicado de dicha ignorancia es la propia persona. Pero hay otro tipo de ignorancia, sobre las personas, que aparte de perjudicar al infeliz ignorante puede producir grave daño sobre el ignorado. Esta ignorancia sobre la persona lleva a la creación de falsos prejuicios, que derivan en claros perjuicios sobre la persona falsamente entendida.     Llevo yendo a Ciudad Real toda mi vida. Normalmente vivo en Madrid. Aquí en mi ciudad si ocurren hechos racistas con cierta frecuencia. Buscando una sonrojante justificación se puede decir que en la capital de España hay muchos inmigrantes delincuentes, ante los cuales no hay que tener compasión (como a los que sean de raza blanca)     Si hechos del tipo narrado ocurren en remansos de paz como Ciudad Real, donde no existen prácticamente personas de otras razas, es para ponerse a pensar. Creo que la simiente de la intolerancia está arraigada en todo el mundo y todos la tenemos impregnada en alguna medida. Cada vez son más los que la desarrollan, aunque algunos seguimos infecundos.     Yo seguiré defendiendo mis valores, sin personificación de antemano alguna, aunque hay veces que, como mi amigo Rasid, me pregunto SI SIRVE DE ALGO.     Yo no podría dormir por las noches si no defendiera mis creencias. A mí SI ME SIRVE DE ALGO.                                                                                        CÉSAR  BAKKEN                                            1999