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KAREN GARCÍA: El arte del buen vivir

Posted in Theatrum mundi KAREN GARCÍA with tags , , on mayo 8, 2021 by César Bakken Tristán

Pensaba, pensaba y pensaba (cogito, ergo sum) que es difícil encontrar hoy día a personas plenamente serenas, tranquilas, en paz… No importa su procedencia geográfica (en qué país o ciudad viven), género, raza… hoy, más que nunca, el ser humano vive alejado de su esencia, de su espíritu, y en un estado espiritual/mental pésimo o, cuanto menos, lamentable…

No importa si estamos hablando de médicos, ingenieros, panaderos o padres de familia a tiempo completo… Viven una vida totalmente angustiada, desasosegada, intranquila, atosigada… por sí mismos.

No importa tampoco que hablemos de personas con un amplio catálogo de lecturas, de aprendizajes en papel o visuales… ni siquiera existenciales. Son incapaces de gobernarse a sí mismos o, lo que es lo mismo, a su vida interior, para proveerse de lo que debería ser un derecho (y un deber, propio) inalienable del ser humano: procurarse una vida interior serena, en paz.

El que fue uno de mis más queridos amigos (ya no está aquí) vivía como un lector y cinéfilo voraz, bulímico (luego lo plasmaba, infatigablemente… en papel) y… la persona más infeliz del planeta. La más ansiosa, la más insegura, más atormentada mental y espiritualmente… ¿Para qué pues tantas lecturas? ¿No debería haberse centrado en (aparte de sus novelas y ensayos habituales que no le aportaban nada práctico en su propia vida) algo que le hubiera podido guiar en sus pasos –más serenos, más tranquilos- por esta tierra?

Y es que cuando quedábamos para vernos teníamos siempre el mismo ritual: comida en restaurante sencillo, kilométrico e interminable paseo por la ciudad –todos los parques, todas las esquinas- para pasar a -e indefectiblemente- acabar husmeando como dos perdigueros (y ladrándonos mutuamente sobre la presa) sobre los libros de esta o aquella librería (hoy no queda ninguna de esas librerías, querido amigo. No sé si ahí donde estés te han dado el parte ya… pero las que veíamos aquí, en mi ciudad, han tenido que cerrar porque ni dios lee ya un libro… el lugar lo ocupa ahora alguna cadena de ropa internacional… ya ni lo sé. Pero infórmate desde ahí arriba, infórmate… Ya sé… te importa un carajo lo de aquí abajo, que ahora, ya sé, tienes una biblioteca infinita –y de la mejor calidad- para leer… Pero te lo cuento por si quieres valorar a tu favor –que ya sé lo que haces- donde estás y donde estamos nosotros, aquí y ahora…)

Decía, querido lector, que este amigo (el hombre más culto que ha dado Dios sobre la faz de la tierra, también el más sencillo) no era capaz de hallar la esencia, la base, de lo que debería ser su interés esencial (él creía que leer y leer y leer novelas era –o debía ser– la respuesta… pero yo ahora creo que si hubiera implementado alguna de las cosas que aquí expondré –y que entonces desconocía– otro gallo hubiera cantado).

Y no es que yo crea haber dado con la piedra filosofal de una vida en paz y serenidad, para todos, en la tierra… (en el mundo debe haber ya 8000 millones de personas y 24.000 millones de personas “gruñonas”, porque el que empieza a quejarse, se multiplica solo…); es que, sin intentar querer llegar a la perfección (que podría darnos lugar a crear otra fuente de insatisfacción -y  neuroticismo- constante: la búsqueda de la innecesaria y loca ausencia de defectos) sí creo poder afirmar que es posible –y necesario- dar unas pinceladas al cuadro que todos deberían colgarse en sus casas… No solo para contemplarlo con curiosidad, sino también, y sobre todo, para copiarlo una y otra vez, cuando uno se dé cuenta de que se le van olvidando las bases del buen vivir, arte fundamental y esencial en nuestra esencia divina que tenemos y somos (si no se lo cree usted, todos mis respetos… pero así es…).

Así que empezaré, hoy, por el primer principio (que no regla) para vivir una vida serena, tranquila, en paz… Depende de usted desdeñarlo o no (pero, aviso, se pierde usted una enseñanza enorme…). Ahí vamos…

Agradecimiento

Creo que esta es una de las piedras angulares de una vida En Dios, Con Dios, de Dios… Dar las gracias. Siempre. A todo y a todos (y a uno mismo). Se ha repetido hasta la extenuación en diferentes libros y enseñanzas ancestrales (nos podemos retrotraer y mencionar las más variadas iniciaciones espirituales de la humanidad, pero no es merced entrar aquí al detalle de las mismas. Repito, mi objetivo es que usted aplique y practique las enseñanzas aquí expuestas. Y que se comprometa a hacerlo (sobre todo por usted mismo, si es que se quiere un poco…).

Vivir en modo agradecimiento es, desde mi punto de vista, una de las grandes piedras angulares del arte del buen vivir. ¿Por qué? Porque el ser humano del siglo XX/XXI, sobre todo de los países occidentales e industrializados, está acostumbrado a vivir en la abundancia y, aun así, nunca tener suficiente. Somos entrenados, programados, codificados (en modo “machaca”) desde nuestra más tierna infancia a que, hagamos lo que hagamos, nunca es suficiente. ¿Que has sacado un 8 en un examen de Física Computacional? “Tú eres más inteligente que eso, amigo/a… tienes que sacar un 10”- te dicen. (Y lamentas…). ¿Qué hace frío en Burgos en invierno o calor en Sevilla en verano? Pue eso: más quejas…

Que esto, aquello, lo de más allá…

¿Que tienes un coche compacto que te lleva perfectamente a este o aquel sitio? No te vale, quieres otro más grande, más potente… Y es que la lista de insatisfacciones que se crean (artificialmente) puede llegar hasta el infinito, en todos los ámbitos…

¿Que tu esposa es morena y te gustan todas las rubias de los alrededores? Ídem.

¿La solución del millón? Sencilla, barata (solo hace falta papel y boli, o pluma o lápiz –en lo que usted escriba-). Siéntese relajadamente cada día, al terminar la jornada (preferentemente) o al levantarse (a su gusto, que es libre) y escriba 5 o 6 cosas por las que estar agradecido/a cada día… Le parecerá que este ejercicio es baladí, insignificante, fútil y hasta pueril… Pero, créame, le cambiará la vida (mejor dicho, le cambiará su diálogo mental…). La mente de un humano medio está surcada y parasitada por ideas debilitantes que le hacen quejarse (o sus “amigos del alma”: clamar, protestar, gruñir, reclamar) desde que se levanta hasta que se acuesta… sin pausa. Cuando uno no está entrenado de la manera antedicha (y sí muy programado por la sociedad manipuladora) a uno le molesta todo lo que se mueve… y o que no. Le molestan no solo los pequeños ruidos, los cambios de temperatura o encuentros con la Administración –que podrían ser causa, teóricamente, de molestia, sí–: le molesta también la luz que se cuela entre las rendijas de las persianas, en esa mañana radiante… el perro amigo que le quiere a usted (vaya a saber porqué) que le lame la cara por las mañanas y hasta al compañero o compañera que, felizmente, nos acompaña en la cama y nos estorba con las dimensiones de su humanidad (tanto quisimos su compañía, antes…).

Y es que cuando la mente está en modo queja o “no agradecimiento”, todo, absolutamente todo lo que podría ser objeto de nuestro más profunda gratitud y abrazo (material y espiritual) se convierte en algo a combatir… Y, claro… si no quieres caldo, toma taza y media… Las personas que se quejan de esto o aquello o lo de más allá suelen recibir –ironías del teatro de la vida- quintales de la misma cosa que se quejan… Tiene el mismo efecto que si la invocaran y ampliaran… Cuando se observa esto (en propia vida o en la vida de otros) con atención y delicadeza, se da uno cuenta de que esto es casi “una ley infalible”.

¿Qué se queja usted de esto o aquello, que le parece a usted que le han tratado de manera injusta en aquella o esta situación? Pues ahí va… otra ración… ¡Qué pesadilla, dirán ustedes! Bueno, la pesadilla se la crean ustedes mismos, aun sin quererlo… porque no conocen todavía el poder del agradecimiento… Y sí que conocen -porque han sido programados para ello desde su más tierna infancia- el poder de la pataleta, el refunfuño y las caras largas… Y que si quieres arroz, Catalina

¿El antídoto? Escribir, día sí y día también, las 5 o 6 o más cosas (conque escriba 5, para empezar, vale) por las que uno/a está agradecido… Cosas que no tienen porqué ser gigantescas (he ahí el fallo de nuestra programación mental), sino las más pequeñas: agradecer el chocolate caliente del desayuno; la llamada amorosa de ese amigo que se acuerda de ti y te recuerda que te quiere; el haber conocido –casualmente- a una persona muy especial; la película tan bonita que viste en buena compañía o esa ducha caliente, larga, que te acarició unos benditos y largos minutos de tu día…

Suena a ‘hunky-dory’ o chachi-piruli de filosofía New Age…; suena a “caramelo para los niños…” (sí, lo sé). Pero reto a cualquier persona curiosa a que realice este pequeño gesto, libreta en mano y diariamente (he ahí la clave) para que observe como su mente (esa mente salvaje, indomeñable y sin la verdadera educación que importa –y que nadie supo ofertarle–) se va domesticando…

Pruébelo y sea constante… venga, 1 mes. ¿Qué le puede pasar? Nada pernicioso, lo juro…

Es significativo como la mayoría de la gente, cuando empieza este curioso trabajo práctico de agradecimiento diario, empieza sin poder ser capaz de escribir una o dos frases seguidas sin que se le funda el cerebro. “¿Y qué coño tengo yo que agradecer?”- dicen, mientras se estrujan las entrañas neuronales pensando en lo antedicho (¡qué coño van a escribir, de agradecimiento, en su cuaderno…! – piensan). Pero, poco a poco, como el (potencial) deportista que no puede correr más de 1 minuto en su primera escapada atlética, aquello empieza a transformarse en algo más natural, más rodado… Tras unos cuantos días escribiendo los motivos por los que uno está “agradecido…” aquello empieza a salir solo… la mente está empezando a ser modelada y uno empieza a ver colores que, anteriormente y a causa de su focalizado astigmatismo (programado por la sociedad) no podía ni se permitía ver…

Palabras del genial (y divertidísimo) autor canadiense Ernie J. Zelinski: “hay millones de personas que estarían encantados de cambiar su lugar por el tuyo. Agradece lo que tienes: piensa en lo feliz que serías si perdieras todo lo que tienes ahora y luego te lo devolvieran”. ¿Lo visualiza? Una verdad como una catedral…

Y es que, enemigo acérrimo del agradecimiento es la señora queja. Dicha individua, que gusta de colonizar las mentes de criaturas humanas del mundo mundial (en España es siempre bien recibida), hace la vida imposible no solo al que la lleva consigo… sino al que se pone de por medio… y es que el que acepta a dicha interfecta por compañía vital hará un sinvivir la vida de todos los demás… aparte de la de uno mismo.

Bill Wowen, autor yanqui y exitoso conferenciante de masas, propuso una idea digna de ejecutar: su percepción era que los seres humanos estamos todo el día quejándonos sin parar, de todo y de todos… como un disco rayado que no para de sonar… La idea o reto era y es simple: agarras una goma de pelo o trocito de tela o lo que gustes ponerte en una de tus muñecas (él sugería que fuera de color morado, por diferentes razones… yo elegí otro color –para gustos, los colores-). El objetivo era permanecer 21 días sin quejarte, ni verbalmente ni por escrito… Si uno se “pillaba” a sí mismo ante el habitual ejercicio de la queja, ya sea de las dos antedichas formas, tenía que cambiarse el lacito de muñeca y volver a empezar… El objetivo estaría cumplido cuando uno hubiese conseguido estar con el dichoso lacito en la misma muñeca (ergo, sin quejas verbales o escritas) sin proferir algún “uuuuhhh, ehhhhh, ihhhhh”… durante 21 días seguidos.  “Bahhhh… ¡pan comido!” –pensé… “Yo no me quejo mucho… “. Jajajaja… Ya…

Creo que lo máximo que conseguí estar con el lacito de marras en la misma muñeca, sin cambiarlo, fue de ¡24 horas! El objetivo se tornaba imposible… ¿21 días? Y es que todo era vuelta y vuelta y vuelta a empezar a la posición original (Sísifo, y su piedra…). Yo, que pensaba que no era nada quejica –en comparación al resto- me encontraba a mí misma, una y otra vez, quejándome de esto, o aquello, o aquel, o aquella… ¡Qué golpe para el ego! ¡Qué crueldad de los dioses!

Y es que, he de ser sincera… al final acabé quejándome del propio lacito y del propio desafío y lo mandé al carajo… Por pura frustración personal (no me gusta perder en los juegos). Pero entendí de manera taxativa y meridiana que todos, absolutamente todos (si alguien ahí fuera está leyéndome y se atreve a hacer el antedicho experimento y le va bien, que me lo cuente…) tenemos programada nuestra mente en modo queja… Algunos muchísimo, otros menos, pero, en una y otra medida, todos somos sus esclavos…

Como puntualización final, comentar que también comprendí que si a tu mente le prohíbes que haga algo (“no pienses en sexo, no pienses en sexo, no pienses en sexo” –es un ejemplo, jajaja… piense usted en sexo, ¡es una orden!” –), lo más probable es que no pares de visualizar en tu retina todo tipo de imágenes e ilustraciones, de todo tipo y condición innombrable para estas prístinas líneas… ¿Verdad?

Por eso, mejor… olvidarse del “no puedo hacer esto –quejarme, en este caso– “y sí focalizarme en, como principio: “voy a ser agradecido/a…” con libreta de por medio…

Juro por mi vida que esto es tan efectivo para el bienestar emocional, álmico, de los seres vivos humanos (si es que queda alguno ahí fuera) como 5 días de meditación, una charla motivadora de Wayne Dyer o una sesión de Ska-P (España, va bien…) tras escuchar a Sánchez hablar de “toca avanzar… hablando de igualdad”.

¿Aceptará alguien el reto (1 mes mínimo, por favor) y me contará los resultados?

Lo dicho… Gracias.